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jueves, 9 de septiembre de 2010 suscribirse a avances editoriales

Librería: escaparate de novedades

  • portada de 'Pájaros en la boca'
  • Ficha técnica

    Título: Pájaros en la boca | Autor: Samanta Schweblin | Editorial: Lumen | Colección: Futura | Género: Cuentos | ISBN: 9788426417480 | EAN: 9788426417480 | Rango de edad : Adultos | Páginas: 219 | Formato: 14,1 x 21 cm. | Temática: Novela corta, cuentos y relatos | Formato: Tapa blanda con solapa | PVP: 17,90 € | Publicación: 7 de Mayo 2010
  • Foto de Samanta Schweblin
  • Biografía

'Pájaros en la boca'

Samanta Schweblin

LUMEN

Un hombre bajito, que atiende la barra de un bar sabiendo que en el trastero la muerte lo está esperando, unas mujeres vestidas de novia que confabulan en una carretera de noche, un trabajador honesto y loco, que cava un pozo como queriendo hurgar las raíces de la tierra, la mirada extraviada de un niño que no recuerda el sabor del azúcar, un anciano que se deleita con juguetes y un perro que agoniza en el maletero de un coche sin saber que su sacrificio será inútil...

Este es el mundo de Samanta Schweblin, un territorio peculiar, hecho de esperas y preguntas, donde el lector tiene su parte en la resolución de los enigmas que plantea el cuento; un mundo que a veces nos recuerda a Kafka y otras nos lleva hasta Flannery O´Connor, manteniendo siempre su propia identidad, y donde la escritura, sobria y eficaz, está al servicio de las historias que cuenta, sin un adjetivo de más o un verbo de menos. Si, como decía Italo Calvino, la buena literatura es aquella que acecha la vida usando las palabras adecuadas, aquí tenemos a una joven autora que conoce muy bien su oficio y con Pájaros en la boca abre una nueva puerta a la literatura de nuestro tiempo.

 

PÁGINAS DEL LIBRO

Oliver manejaba. Yo tenía tanta sed que empezaba a sentirme mareado. El parador que encontramos estaba vacío. Era un bar amplio, como todo en el campo, con las mesas llenas de migas y botellas, como si hubiera almorzado un batallón hace un momento y todavía no hubieran hecho tiempo a limpiar. Elegimos un lugar junto a la ventana. Sobre el mostrador había un ventilador de pie del que no llegaban ni noticias. Necesitaba tomar algo con urgencia. Oliver sacó un menú de otra mesa y leyó en voz alta las opciones que le parecieron interesantes. Un hombre apareció atrás de la cortina de plástico. Era muy petiso. Tenía un delantal atado a la cintura y un trapo rejilla oscuro de mugre le colgaba del brazo. Aunque parecía el mozo, se lo veía desorientado, como si alguien lo hubiese puesto ahí repentinamente y ahora él no supiera muy bien qué debía hacer. Caminó hasta nosotros. Saludamos; él apenas asintió. Oliver pidió las bebidas e hizo un chiste sobre el calor, pero no logró que el tipo abriera la boca. Me dio la sensación de que si elegíamos algo sencillo le hacíamos un favor, así que le pregunté si había algún plato del día, algo fresco y rápido y él dijo que sí y se retiró, como si algo fresco y rápido fuese una opción del menú y no hubiese nada más que decir. Regresó a la cocina y vimos su cabeza aparecer y desaparecer en las ventanas que daban al mostrador. Miré a Oliver, sonreía; yo tenía demasiada sed para reírme. Pasó un rato, mucho más tiempo del que lleva elegir dos botellas frías de cualquier cosa y traerlas hasta la mesa, y al fin otra vez el hombre apareció. No traía nada, ni un vaso. Me sentí pésimo; pensé que si no tomaba algo ya mismo iba a volverme loco, ¿y qué le pasaba al tipo? ¿Cuál era la duda? Se paró junto a la mesa. Tenía gotas en la frente y aureolas en la remera, bajo las axilas. Hizo un gesto con la mano, confuso, como si fuera a dar alguna explicación, pero se interrumpió. Le pregunté qué pasaba, supongo que en un tono un poco violento. Entonces se volvió hacia la cocina, y después, esquivo, dijo:

     -Es que no llego a la heladera.

     Miré a Oliver. Oliver no pudo contener la risa y eso me puso
de peor humor.

     -¿Cómo que no llega a la heladera? ¿Y cómo mierda atiende a la gente?

     -Es que... -se limpió la frente con el trapo. El tipo era un desastre- mi mujer es la que agarra las cosas de la heladera -dijo.

     -¿Y...? -Tuve ganas de pegarle.

     -Que está en el piso. Se cayó y está...

     -¿Cómo que en el piso? -lo interrumpió Oliver.

     -Y, no sé. No sé -repitió levantando los hombros, las palmas de las manos hacia arriba.

     -¿Dónde está? -dijo Oliver.

     El tipo señaló la cocina. Yo sólo quería algo fresco y ver a Oliver incorporarse acabó con todas mis esperanzas. 

[Etiquetas: cuentos]

[Páginas del libro]

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