El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

sábado, 26 de mayo de 2012

 Blog de Vicente Molina Foix

Recuerdo de Chabrol

En el año 1976, Claude Chabrol se sometió a sí mismo al Cuestionario Proust, proclamando allí que su ocupación preferida era la meditación; a la siguiente cuestión, su sueño de felicidad, contestaba esto: "No tener tiempo para meditar". En la hora de su muerte, cumplidos los ochenta y con una filmografía de más de cincuenta largometrajes y muchos otros títulos cortos o televisivos, parece que aquel sueño lo pudo cumplir, pues ha sido, entre los cineastas europeos de calidad, el más prolífico.

       Chabrol sumó su nombre a la imagen de marca de la Nouvelle Vague, y ya desde el principio (siendo estupenda su segunda película, ‘Les cousins', de 1958) no tuvo más remedio que contar con la sombra proyectada en torno a él por sus más radiantes amigos Godard y Truffaut. Las parcelas o cotas de poder se delimitaron pronto; Godard era el gran reinventor del relato fílmico, y Truffaut y Chabrol, más ‘americanistas' que ningún otro director del grupo salido de la revista ‘Cahiers', se repartirían el legado de la continuidad de un cine no por personal menos sujeto a las normas de la narrativa clásica. En razón del excelente libro de entrevistas que hizo con Hitchcock en 1966, Truffaut pudo parecer (al menos hasta la aparición de Brian de Palma) el heredero formal del maestro anglo-americano. Yo creo que lo fue Chabrol, quien, más calladamente que el autor de ‘Los cuatrocientos golpes', estudió y aplicó a sus películas, sobre todo en su período cumbre de finales de los años 60 y primeros 70, la invención estilística y la sabiduría técnica de ‘Hitch'. En sus memorias, ‘Et pourtant je tourne...', Chabrol declara su filiación con un homenaje de (quizá falsa) modestia: "El padre Hitchcock decía: "I try to achieve the quality of imperfection". "Intento conseguir la extrema calidad de la imperfección". Hay que pensar siempre en ello".  

     Su segunda mujer, Stéphane Audran, ya sale como actriz en ‘Les cousins', y casi nunca falló en sus repartos a partir de entonces, pero al casarse los dos en 1964 podría decirse que ese matrimonio (disuelto en 1980) realzó extraordinariamente la carrera del director. Entre ‘Champaña por un asesino' (1966) y ‘Al anochecer (1971), se suceden las obras maestras ‘chabrolianas', en un trabajo de simbiosis o entendimiento cómplice que, como señaló el crítico Robin Wood, no incurre en el trato mimoso de Fellini con Giulietta Massina ni "se permite la intrusión de liosos elementos autobiográficos", como en el caso de Godard y Anna Karina.

   Audran, trabajando junto a actores del rango de Michel Bouquet, Jean Yanne o Anthony Perkins, da a las películas de esos años su temperatura adecuada, con una intensa turbulencia aliviada a menudo por el humor. Para muchos aficionados, ‘El carnicero' es la cima del arte de Chabrol, y, sin discutirlo, yo expongo aquí mi fijación con la que aquí se llamó, en tontísimo título, ‘Accidente sin huella' (‘Que la bête meure', 1969). Basada en ‘The Beast Must Die', la novela de Nicholas Blake homónima (y seudónima: Blake era el alter ego policiaco del gran poeta Cecil Day Lewis), este apólogo protagonizado por un padre que busca venganza del hombre que atropelló mortalmente a su hijo adquiere unas profundas resonancias morales sobre la culpa en el ambiguo tratamiento que se le da al desenlace, distinto al del libro, siendo magistral y muy propio del cineasta parisino el modo de irrupción de la tragedia en la placidez provincial. También es de resaltar el efecto estremecedor de la primera de las ‘Cuatro canciones serias' de Brahms en la banda sonora (un apartado, por cierto, siempre muy esmerado en la filmografía del autor, padre de un músico). Las palabras tomadas del Eclesiastés, en la traducción bíblica de Lutero que utilizó el compositor alemán, igualan en la muerte a la bestia y al ser humano, y la referencia resulta esclarecedora en un film que explora  -como es frecuente en la obra de Chabrol- el sustrato animal latente en el corazón de los hombres.

    Chabrol fue un hombre muy leído, el que más de la ‘Nueva Ola' junto a Rohmer, y es triste o paradójico por eso que sus adaptaciones literarias más ambiciosas, ‘Madame Bovary' (1990) o ‘Los fantasmas del sombrerero' (1982), de su admirado Simenon, no le salieran bien. Sería pertinente, y para la mayoría de espectadores no-franceses muy revelador, que se reeditasen en homenaje póstumo los excelentes programas televisivos que filmó a principios de los años 70 para la ORTF, entre los que destacan sus dos adaptaciones de Henry James (un autor que idolatraba) y la serie de ‘Historias insólitas', donde hay una, que nunca he visto, a partir de un cuento de Cortázar.

   La longevidad, en todo caso, no estropeó su talento. A falta de ver ‘Bellamy', aún no estrenada, guardo muy buen recuerdo de varias de sus últimas obras (‘Gracias por el chocolate', ‘La dama de honor', ‘Borrachera de poder'), en las que, tal vez más imperfecto que antes, el maestro no perdía mordacidad ni el don de convertir las frecuentes escenas de comida en un pequeño teatro del mundo pasional de los burgueses.

[Publicado el 02/11/2010 a las 09:58]

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Cansinos hijos

Después de lidiar con los patriotas de la literatura a raíz del último Nobel, ahora los hijos. Qué fatiga tener que hablar de lo obvio porque el orgullo herido de los nativos o los familiares se encrespa hasta el ridículo. En este caso, recibo el ataque de alguien que, sin conocer personalmente, respetaba, por su labor de difusor y buen editor de la obra del padre, Rafael Cansinos Assens, a quien ni siquiera su hijo me va a enseñar a amar. Probablemente, antes de que este hoy indignado Rafael Manuel Cansinos Galán tuviera uso de razón literaria para advertir los méritos de su progenitor, yo ya lo admiraba; en mi biblioteca, a pocos pasos de donde escribo esto, conservo primeras ediciones de varios de los títulos de Cansinos padre que compré siendo estudiante (y ya lector suyo), alguno con la fecha de compra: febrero de 1965. Don Rafael Manuel, si mis sumas no fallan, contaría entonces la tierna edad de seis años.

    He seguido leyendo desde aquel tiempo, siempre con gusto y provecho, los libros de Cansinos Assens, los de creación, los de traducción y los -para mí más importantes- de ensayo, y me precio de haber leído en su mayoría las casi 1500 páginas de la espléndida edición en dos volúmenes de su Obra Crítica que mi amigo Alberto González Troyano publicó en 1998 en Sevilla y tuvo a bien regalarme.

    Nada tengo que añadir al texto de mi blog ‘El peso de Borges' que tanta ira le ha provocado a este hijo. Cansinos Assens fue un excelente escritor y un hombre de letras sin duda incomparable en la literatura española, pero no por ello deja de ocupar una fila que está detrás de otras ocupadas por Azorín, Juan Ramón, Machado, García Lorca o Valle Inclán, estos dos últimos mis términos de comparación en el mencionado texto. No se trata de hacen un ranking, sino de señalar algo que las obras de arte poseen, y yo diría que exigen: valores. Un criterio, por cierto, que hoy se desdeña, con resultados funestos en el campo de la crítica.

   Tengo predilección por autores de los llamados malditos, raros o atípicos, muchos de ellos injustamente olvidados. Me gusta enormemente Djuna Barnes, pero no por ello olvido que Faulkner era su contemporáneo de muy superior estatura. La trascendencia del interesante Valery Larbaud no es igual que la de Proust. Ni el enigmático John Webster, autor de dos extraordinarias tragedias isabelinas, puede medirse con Shakespeare. Tampoco -y es un criterio fundado en lecturas, no en modas-  Cansinos Assens con Valle Inclán.

   Lo peor del asunto es que, queriendo defenderle, el hijo de Cansinos Assens deshonra a su padre, cayendo en lo que un hombre tan cosmopolita y cultivado como fue el autor de ‘La novela de un literato' jamás, creo, habría caído: responder a la opinión distinta con la descalificación y el grosero ataque personal. Y le diré de paso que tampoco rinde un buen servicio al nombre del padre sacando a relucir el hecho (falso) de que yo y otros escritores como Manuel Vicent vivamos de las "columnas ocurrentes". Soy novelista, poeta, traductor y ensayista, y a veces hago otros trabajos subsidiarios para vivir de lo que me resulta propio y más me justifica y me gusta: la escritura. ¿No hacía lo mismo, y quizá más voluminosamente que nadie, Rafael Cansinos Assens?

[Publicado el 25/10/2010 a las 10:54]

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El peso de Borges

Borges murió hace casi veinticinco años, pero su vuelo se sigue viendo por todo el cielo de la literatura. El influjo de su obra en los escritores es tal vez el más universal que hoy existe, y también en la tierra que pisan los lectores, muchos de ellos en las antípodas, crece el número de quienes lo descubren o lo releen. Lo que sucede con Borges en la Argentina es de un carácter distinto, quizá más preocupante; allí su peso sobre los escritores cae inexorable, marcando de un modo tan indeleble a tantos de los mejores que uno se pregunta -haciendo un juego de ucronía- cómo habría sido en los últimos treinta años la ficción escrita en Argentina de no haber nacido en Buenos Aires, a finales del siglo XIX, un hombre llamado Jorge Luis Borges.

    Aunque la nómina es extensa (y comprende, por supuesto, a escritores en castellano de otros países; Bolaño, por ejemplo, ‘tampoco' sería Bolaño de no existir un Borges), yo estoy pensando en algunos ejemplos de ese ‘borgianismo' instintivo o quizá genético tal y como lo veo en excelentes escritores argentinos que he leído recientemente: Edgardo Cozarinsky, César Aira, Fogwill, Ricardo Piglia, fijándome en los dos últimos, uno por su reciente y lamentable desaparición a la edad de 68 años, y en Piglia por la actualidad de su estupenda ‘Blanco nocturno' (Anagrama), de la que un crítico español ha dicho ocurrentemente en su reseña que es la novela gauchesca que Borges nunca escribió.

     El caso de Fogwill tiene otro perfil. Me lo presentaron el viernes 6 del pasado agosto en Montevideo, donde participábamos, junto a otros escritores, en el Festival Eñe, le oí esa misma tarde hablar, compartí el desayuno y sus gruñidos al día siguiente en el buffet del Hotel Columbia, frente al Río de la Plata, y dos semanas después leí su necrológica. Al margen de sus méritos literarios, que son muchos, Fogwill fue un maestro de la invectiva, aunque no siempre la mordacidad de su discurso tuviera consistencia; en la charla de Montevideo, quizá su última comparencia pública en vida, consiguió que varios autores conocidos (cuyo nombre silencio por discreción post-mortem) se salieran de la sala donde peroraba, hartos, con toda razón, de sus insubstanciales ‘boutades'. Lo curioso es que las ‘boutades' de Fogwill son absolutamente ‘borgianas', siendo los dos tan diferentes en ideología, en modo de vida y hasta en sus presupuestos literarios. Pero Borges pesa mucho.

   Sin la circunspecta ironía de aquél, Fogwill arremetió a las bravas en ese festival financiado por entidades privadas y públicas de España contra los españoles, uno de los pasatiempos preferidos -tanto en privado como en algunos de sus escritos y declaraciones- por el autor de ‘El Aleph'. Y también Fogwill usaba con frecuencia la conocida argucia engañosa de Borges de poner por las nubes a escritores curiosos o secundarios (Cansinos Assens) para vituperar mejor a los verdaderamente importantes como Valle Inclán o Lorca. Las bromas sobre españoles (o ‘gallegos') abundan en los textos de Fogwill, y son en su mayoría francamente divertidas, sobre todo leídas en España y por nativos. La escena cómica en la "pizzería de españoles' de su relato ‘Muchacha punk' es memorable, pero yo me quedo con ese apunte del hermoso texto autobiográfico que precede a sus ‘Cantos de marineros en La Pampa', donde, tras decir otras maldades, señala porqué los grandes almacenes londinenses nunca emplearían a españoles. La explicación que da es ‘puro Borges'.

[Publicado el 18/10/2010 a las 11:01]

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Premio y patria

Comento brevemente los comentarios a mi comentario sobre el Nobel de Vargas Llosa. Todos los agradezco, excepto los pocos, dos o tres, que se permiten el insulto personal, esa característica tan frecuente (y tan flagrante) en la escritura de la Red.

      A los patriotas que se han sentido ofendidos por mi reflexión sobre Miguel Ángel Asturias les responde mejor de lo que yo podría hacerlo ‘Isabel', a quien podríamos llamar la comentarista número 25. Jamás me fijo en la nacionalidad de los artistas que admiro, y es paradójico que alguien me tache ahora de gachupín, cuando lo que más me han llamado siempre en España es extranjerizante de gustos. Tranquilizo en todo caso a ‘Mar Vila', que ve la mano negra catalanista en mi escrito. No soy catalán, ni he vivido jamás en Cataluña.

      También informo a ‘Aulic' de que he escrito más de una vez (en la revista Letras Libres, en El País, en otros medios) sobre la obra de Mario Vargas Llosa, y no necesitaba en este caso, tratándose mi entrada de un breve apunte de celebración de su premio, reiterar unos elogios que me saldrían espontáneamente y comparto (imposible pues la originalidad) con tantísima gente repartida por todo el mundo.

   Y yo no sería tan osado como ‘Diego Giraldo' en su vaticinio irónico. Si repasara él la lista de premiados del Nobel desde que empezó a darse el premio y se tomara la molestia de leerlos uno por uno (como yo mismo hice en un momento dado de mi vida), podría comprobar que la posibilidad de que Molina Foix lo gane próximamente no es tan descabellada. Peores cosas se han visto.

[Publicado el 14/10/2010 a las 09:37]

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El décimo

Al décimo premio Nobel de la lengua castellana no le ha tocado la veleidosa lotería de Babel con la que tan a menudo nos sorprende la Academia Sueca.

El de Vargas Llosa es un premio ‘gordo', y en él sólo nos sorprende  -sólo un poco, la verdad- lo que ha tardado en cantarse.

Deseándolo (y ahora celebrándolo con todo entusiasmo), yo tenía muchos recelos, siempre que, al llegar la hora señalada del mes de octubre, se hacían cábalas y sonaba inevitablemente el nombre del autor de ‘La fiesta del chivo'. ¿Cómo van a premiarle, me decía a mí mismo, habiendo esos mismos señores suecos premiado poco tiempo antes a Elfriede Jellinek o a Dario Fò? 2010 ha sido un año fasto. Aún hay cordura en el mundo.

Nosotros no podemos quejarnos, en cualquier caso. De los diez escritores hispanos galardonados, al menos siete son excelentes. Me refiero, naturalmente, contando hacia atrás, a Octavio Paz, a Gabriel García Márquez, a Vicente Aleixandre, a Pablo Neruda, a Juan Ramón Jiménez y, ‘last but not least', a Don Jacinto Benavente, que escribió basura y cantó el ‘Cara al Sol' (¿no hizo lo recíproco Neruda?) pero tiene numerosas obras de teatro de una sorprendente modernidad. Dos de los diez son, si no compartibles, comprensibles: Gabriela Mistral, Camilo José Cela, éste premiado cuando ya era tarde, la chilena cuando no había más remedio.

Y queda Echegaray, un ‘conundrum' sin explicación posible. Yo tengo una. En 1904 la Academia aún no había aprendido a equivocarse, pero daba sus primeros palos de ciego.

 

El undécimo

Con las emociones de la noticia conté mal, yo que nunca he sido muy propicio a la aritmética. Vargas Llosa es, por supuesto, el undécimo autor de lengua castellana premiado con el Nobel, y mi olvido tuvo también quizá algo de lapso freudiano. El olvidado era Miguel Ángel Asturias, un autor que leí ‘dutifully' más que ‘willingly' en mi juventud de estudiante, y ahí se quedó. Monumental, meritorio, comprometido, y lleno de un color local hoy para mí un poco desvaído.

 

[Publicado el 08/10/2010 a las 09:54]

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La contable irlandesa

‘Brooklyn' es una novela de viajeros y también del temor a salir de casa y abandonar el cálido mundo de la rutina familiar y las certezas acumuladas por la costumbre. En todos los trayectos -y en las dudas y en las angustias que causan- el lector acompaña a Eilis Lacey, la joven protagonista magistralmente convertida por Tóibín en un espejo de realidades contrapuestas, y con ella salta desde la pequeña población de Enniscorthy, en el condado irlandés de Wexford, hasta Nueva York. Uno de los encantos de la novela es que ese lector compañero de viaje, si no lo sabe de antemano por alguna reseña, ignora cuándo suceden los hechos relatados. ¿El siglo XIX, la segunda o tercera década del XX? Sólo al llegar a la página 154 una mención al Holocausto nazi nos pone sobre aviso de lo que podremos confirmar en la segunda mitad por ciertas alusiones musicales y cinematográficas: la acción de ‘Brooklyn' se desarrolla en los primeros años 1950, aunque la parsimonia de las relaciones, el predominio de la comunicación postal entre los personajes, la duración infinita de los viajes marítimos y el marco de una religiosidad tradicional nos indican en todo momento la persistencia de unos valores y usos decimonónicos. De ese modo sutil, casi imperceptible, Tóibín ya crea un primer círculo de interés narrativo, de intriga se podría decir, que no decae en ninguna de las cuatro partes de esta hermosa, serena y a menudo emocionante novela.

      Aunque el libro anterior a ‘Brooklyn' sea la estupenda (e inexplicablemente inédita en castellano) colección de cuentos ‘Mothers and Sons', es inevitable señalar una cierta impronta ‘jamesiana' en un autor que no sólo hizo de Henry James el protagonista de ‘El maestro' (su obra maestra narrativa al lado de ‘The Story of the Night', tampoco que yo sepa traducida) y prologó un volumen de relatos neoyorkinos del novelista norteamericano sino que, sobre todo, le ha leído sabia y provechosamente, sacando de él  -como todo escritor con o sin la ansiedad de las influencias saca de sus grandes predecesores- utillaje, concepto, prioridades, sin por ello perder el timbre de una voz propia. En ‘Brooklyn' está el gusto por la comedia (no pocas veces dramática) de costumbres sociales, así como esa recurrencia de los desterrados voluntarios en doble dirección entre Europa y América que James hizo suya, reinterpretadas por Tóibín en una historia de formación y descubrimientos encarnados en la figura femenina de Eilis Lacey. Eilis es el centro y conducto de la novela, pero el autor también traza una rica galería de secundarios agrupados -y es otra original manera de organizar la línea narrativa y sus episodios-  en unidades familiares (la de los Lacey y la italo-americana de Tony, el novio de la chica), espacios habitacionales (la pensión para señoritas irlandesas que mantiene en Brooklyn la viuda Kehoe) o profesionales, como ese deliciosamente descrito microcosmos de los Almacenes Bartocci´s donde trabaja la protagonista. Mención aparte merece el elusivo personaje de la hermana de Eilis, Rose, que deja en todo el libro una potente estela con sus palabras, sus ropas y su ausente presencia.

    Y con los personajes, los ritos de paso. Tóibín, no sabemos si con mucha documentación o con mucha imaginación, va plasmando de un modo tan atractivo como convincente las travesía en barco, las misas de gallo y las bodas laboriosas, el flirteo en el ‘pub' o en la playa de unos adolescentes circunspectos, todo ello a través del seductor personaje de la joven emigrante que al fin consigue ser contable, aunque no por ello quizá más feliz. Es bueno el trabajo de Ana Andrés Lleó, si bien uno se queda con las ganas de saber qué quiere decir cuando traduce (en un contexto funeral) "fresh flowers" por "flores ufanas", y cómo la expresión femenina "being wallflowers" (no tener pareja en un baile) se transforma en un "quedarse comiendo pavo" para mí totalmente esotérico.  

[Publicado el 04/10/2010 a las 09:00]

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Felliniana 2

En la literatura hay más costumbre conmemorativa -y más que conmemorar- que en el cine, un arte comparativamente niño, pero la celebración del cincuentenario de ‘La dolce vita' se presta a muchas glosas. Por un lado empezaba una década que luego supimos, algunos de nosotros incluso viviéndola de cerca como adolescentes, que iba ser ‘epoch making'. Cinematográficamente hablando, la revolución de los llamados ‘nuevos cines' también se iniciaba (de 1959 son ‘A bout de souffle' de Godard y ‘Los golfos' de Saura), y las Nuevas Olas fueron llegando a las costas más remotas, sobre todo en la Europa central comunista con y sin mar. En la propia Italia, 1960 es el año de ‘La aventura' de Antonioni y de ‘Rocco y sus hermanos' de Visconti.

    Revisitada ahora, ‘La dolce vita' asombra, y no sólo por sus grandes méritos. Asombra desde luego su duración, cercana a las tres horas, pero aún más la locuacidad de sus personajes centrales, en una obra que se articula a través de episodios esencialmente hablados y concentrados en un solo espacio. Industrialmente, este sexto largometraje del director revela el gran empaque del cine italiano de entonces: el extraordinario arranque de los dos helicópteros sobrevolando Roma, la masa de figurantes en las escenas de los falsos milagros marianos, la imponente reconstrucción de Via Véneto en los estudios de Cinecittà. Ideológicamente, lo que llama la atención es la fidelidad de Fellini a su cristianismo de base en una película atacada con virulencia entonces por la prensa vaticana bajo las acusaciones de una obscenidad que, efectivamente, tiene, y no sólo en virtud de las imágenes de Anita Ekberg vestida de cura en la basílica de San Pedro y bañándose con poca ropa en la Fontana de Trevi. Y es que en realidad ‘La dolce vita' es un ensayo sobre el vicio, realizado con la delectación carnal, el instinto de penitencia y la mirada de puritano de la cámara que son la marca del autor.

    Marcello Rubini, el escritor frustrado y periodista de conveniencia que interpreta Mastroianni, es el ‘alter ego' del cineasta  (y no se trata de la única película suya donde el actor desempeñó tal misión), tan fascinado Rubini como Fellini por las cercanías del pecado y tan ansioso de fustigarlas, en búsqueda de una salvación espiritual nunca encontrada o no verdaderamente deseada. En los episodios que tienen como co-protagonista a Maddalena (Anouk Aimée, en un interesante personaje que parece modelado en el rico hastiado por sus excesos sensuales y su sobreabundancia, el Des Esseintes de ‘À rebours' de Huysmans), al igual que en la larga, yo diría que demasiado larga, secuencia de la fiesta final, los ojos ávidos pero de Rubini/Fellini se fijan ávidamente, tediosamente, en la decadencia moral de la que forman parte con invencible apego e invencible repugnancia. La aportación profética, muy lúcida, que la película hace a esa primera capa moralizante de su argumento es la denuncia de la sociedad del espectáculo, poniendo en circulación ‘avant la lettre' la figura de los ‘paparazzi', las corruptelas del periodismo, la simonía de la iglesia católica, incluso el síndrome de un ‘new age' musical orientalista.

      Por encima de su mérito oracular, ‘La dolce vita' deslumbra por la fogosidad narrativa que caracteriza al cineasta de Rímini, maestro indiscutible en el dominio de los espacios  -las escaleras, las calles oscuras del centro de Roma, los arrabales desolados, los palacios pomposos y un tanto ajados- y en la formalización de interior y exterior, que brilla particularmente en el desenlace: esa escena de los pecadores saliendo borrachos de la fiesta y encontrando en la playa, a modo de Leviatán acusador, el monstruoso pez-raya recién capturado, y, un poco más allá, a la angelical muchachita rubia que se ofrece como salvadora de Marcello y es amargamente rechazada.

    Tal vez ‘La dolce vita' no es la mejor película del año 1960; a su altura están, en una terna histórica, ‘El apartamento' de Billy Wilder y ‘Psicosis' de Hitchcock, cinematográficamente más perfectas, me atrevo a decir. Su espíritu del tiempo, sin embargo, siendo tan puramente ‘felliniano', es más universal. Tan universal como el carrusel grotesco, desmesurado, arrollador y humanamente revelador creado por él, de modo inolvidable, entre 1950, fecha de su debut cinematográfico, y 1990, cuando se despidió de nosotros con ‘La voz de la Luna'.

[Publicado el 30/9/2010 a las 09:00]

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Felliniana 1

‘Hitchcokiano', ‘buñuelesco', ‘felliniano'. Yo diría que no hay más adjetivos gentilicios indiscutibles en el cine, tal vez con la salvedad, entre los vivos, de ‘almodovariano'. Esa categoría rara de obtener a escala mundial fuera de las bellas artes (lo goyesco) o la literatura (lo dantesco), la consiguió Federico Fellini pronto, a partir seguramente de su tercer largometraje ‘La strada', y no dejó de marcar su cine y su personalidad desde entonces, aunque lo felliniano se impuso al gran público a partir de la que es su primera obra maestra absoluta, ‘La dolce vita', que ahora cumple cincuenta años. Con ese motivo se ha publicado en España un dvd remasterizado digitalmente (la calidad de la imagen no es, sin embargo, óptima) de la película estrenada y premiada en Cannes en 1960, que, eso sí, resulta generoso en los dos discos extras que la acompañan. La he vuelto a ver con inmenso placer la noche del mismo día en que visité la exposición sobre el cineasta de Rímini, que está, después de una larga gira, en la sede madrileña de Caixaforum, donde permanecerá abierta hasta fin de año. Vean la exposición si tienen la ocasión (sobre todo por las pequeñas joyas de los ‘spots' publicitarios rodados por Fellini, tanto el verdadero como los falsos), pero de ningún modo dejen de revisitar o descubrir ‘La dolce vita' en el año del cincuentenario.

   Toda película que dura casi tres horas, como toda novela que ocupa seiscientas o mil páginas, encierra sus momentos de leve desmayo, y así le sucede al film que puso en circulación el término ‘paparazzi' (tomado del apodo de uno de sus personajes secundarios, el fotógrafo sensacionalista Paparazzo). El baile al aire libre de Anita Ekberg descalza se hace largo, y el reencuentro del padre del protagonista con su hijo Marcello, interpretado por Marcello Mastroianni, se demora demasiado en el night club, aunque termina siendo profundamente conmovedor. Pero qué pertinente y qué brillante es todo el resto del film, desde su inolvidable arranque del Cristo volando en helicóptero sobre la antigua y la moderna Roma, un episodio para el que -la exposición de Caixaforum lo detalla bien- Fellini se inspiró en una ceremonia sacra desarrollada en 1956 en la plaza del Duomo de Milán.

     Fellini, que tenía pretensiones de artista plástico, es un dibujante mediocre y pueril (también eso se revela en la exposición). Hay, por el contrario, pocos cineastas que hayan sabido perfilar y rellenar con tanta densidad dramática el trazo de sus personajes, una galería que millones de espectadores hemos hecho nuestra a lo largo de una filmografía abundante en obras excepcionales. En ‘La dolce vita' destaca la actriz despampanante y su famoso entrada en las fuentes de Trevi, pero hay otras figuras de poderosa identidad: la rica heredera deseosa de emociones fuertes (Anouk Aimée), la amante histérica, el sofisticado intelectual católico, la fauna bohemia e internacional de la Roma de entonces. De hecho, una de las posibles lecturas de ‘La dolce vita' es la documental; Fellini pasea su cámara por los escenarios donde el concepto de vida privada y fe religiosa empezaba a degradarse (escena de las apariciones), en un relato que se debate siempre entre la atracción y el rechazo por ese mundo.

[Publicado el 27/9/2010 a las 10:40]

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Mi vida con los médicos

Mientras todo el género humano está en el paro o en crisis, la medicina sigue tan campante. Es el único sector del empleo, junto con el más inapelable de las pompas fúnebres, que nunca pierde vigor ni clientela, exceptuando, claro, a la banca o, mejor dicho, a los directivos bancarios. He oído últimamente una buena cantidad de chistes de médicos, y he llegado a pensar que el galeno ha sustituido, como figura emblemático-cómica, a la suegra. La cosa tendría su lógica; el matrimonio también ha caído en picado, y el declive de la institución arrastra consigo suegras, cuñados y demás familia. Lo más divertido (a la par que aterrador) que he oído en mi vida no es ningún chiste deliberado, sino lo que dice un querido médico amigo, quien, siempre que se le propone algo que le resulta aburrido, incómodo o abominable, responde así: "Antes me opero".

    Operarse, y toda la amenazadora variedad de prestaciones que se dan en los hospitales son, en efecto, circunstancias de las que huir si se puede, por lo que no sé explicarme a mí mismo el apego que siento -genéricamente- por los médicos. El primer culto de latría que me inculcaron en la infancia, antes que el de San Pascual Bailón o el beato Marcelino Champagnat, fue el de un doctor que en mitad de una noche de invierno alicantino acudió a nuestra casa a pasar consulta y, según la novela familiar, que tiene todos los visos de ser verídica,  salvó a mi madre -con la receta de un medicamento recién aparecido- de morir de una grave infección pulmonar. Para hacer más romántica la noche, la visita y el medicamento, que hubo que traer en coche desde Valencia, aquel médico, el doctor Ribas Soberano, era un represaliado republicano que, al perder su puesto clínico y su cátedra en Barcelona, había recalado oscuramente en Alicante. Y ahora, hace pocos días, leí en las páginas correspondientes de El País una nota necrológica que -a modo de remembranza o caldo ‘proustiano' sin tropezones- me ha devuelto a un personaje, otro médico, que fue muy importante en la primera parte de mi vida y había completamente olvidado. De hecho, la impresión inicial fue de sorpresa, pues nada me hacía pensar que el Doctor Luis Rivera hubiese estado vivo hasta ahora; ha muerto a la dadivosa edad de 97 años. Lo que decía el doctor Rivera sobre cualquier dolencia o síntoma era palabra de dios (más que mano de santo) entre los míos, aunque ahora descubro ‘a posteriori' que en eso no éramos originales; cientos de miles de alicantinos de varias generaciones le tuvieron la misma fe. Rivera fue un reputado endocrino, y saber de su especialidad y de su eminencia en ella también me asombra; era tan asequible y tan general que yo le daba sólo el rango de un médico de familia.

   No sé si influye en mi disposición favorable el hecho de vivir en una zona de Madrid llena de hospitales y clínicas. Al principio me daba regomello tener tan cerca esa red de edificios en su mayoría feos y señalados por la presencia en la madrugada de personas que fuman atribuladamente o lloran abrazados ante la puerta de ‘Urgencias'. Luego eso me dejó de llamar la atención, y por acostumbrarme me acostumbré hasta a la rondalla diaria de ambulantes sirenas bajo mi ventana, que no para a ninguna hora, en intensidades que van desde el estertor ‘rapero' al ulular dodecafónico. También empecé a ir a esos centros hospitalarios, al principio como visitante de enfermos en distinto grado de gravedad, reparando en las floristas de ocasión que se ponen a la entrada del más grande de todos, y quizá por ello el más letal de todos. Después, con los achaques que a uno le vienen, me hice más asiduo de alguna clínica o ambulatorio, topándome en ellos con la especie real, ya no romántica ni salvífica, de los facultativos que nos atienden.

    A partir de una cierta edad, y en unas culturas más que en otras, la medicina se convierte en el ‘gran relato' de nuestra existencia. No comparto, sin embargo, la noción de sacerdocio que algunos pacientes atribuyen a los médicos; eso implica -aparte de una veneración por los curas que las constantes actuales desaconsejan- una creencia en ‘poderes' o visiones taumatúrgicas. Prefiero ver a los médicos como practicantes de la profesión más difícil que pueda haber, la de curar el dolor de sus semejantes, sin dejar a la vez de ser individuos ‘normales' del género humano, tan antipáticos algunos como los escritores o los jueces, tan tristes o chistosos como nuestros cuñados, tan generosos como ese doctor que, al verme preocupado por una herida que no cerraba antes de salir yo de viaje, me dio su móvil, con el recordatorio de que podía consultarle a cualquier hora: la imagen de la temida némesis medical convertida en un ‘seven/eleven' de la asistencia. En un tiempo de crisis y de quiebra de los ‘cuentos' de la gran política, la alta economía y la religión trascendental, yo mantengo mi confianza en los narradores de la medicina, que se aventuran con su conocimiento, su experiencia y sus errores en la novela de nuestra vida, tratando siempre de darle un ‘happy end'.  

[Publicado el 23/9/2010 a las 11:01]

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Poesía del avión

Llegué a Barajas después de un vuelo de doce horas en un avión llamado Vicente Aleixandre. El nombre del poeta lo había visto en un costado del morro, junto a la cabina de los pilotos, antes de embarcar, y me dio paz, sobre todo en las turbulencias sufridas durante el cruce del Atlántico, cerca de las costas de Mauritania. Llegamos a Madrid a la hora prevista. Antes de descender del avión, una de las azafatas, habiéndole mostrado mi curiosidad poético-aeronáutica, me contó la historia de las relaciones de Iberia con la literatura.

       Sabía yo de antemano que nuestra compañía de bandera es, si no siempre puntual en los horarios, muy cumplida en las cosas de la nomenclatura. Tenía en mi memoria, por ejemplo, el recuerdo de un vuelo a Lanzarote en el avión Timanfaya, el parque volcánico semi-extinto de aquella hermosa isla; son muchos los aviones nombrados según la geografía del país, desde los que incorporan accidentes de montaña a los que designan ciudades. También me acordaba de otro trayecto en la aeronave Avutarda que hizo honor al nombre de estas aves zancudas de pesado vuelo y, tras un despegue abortado y una diferida aproximación al aeropuerto de destino (congestión aérea, el mal de nuestros cielos), nos plantó en Alicante con dos horas y media de tardanza. Un ecologista convencido me explicaría después, con cierto orgullo de clase, que Iberia había dado a una parte de su flota los nombres de la fauna nacional, buscando para cada uno el apoyo moral de personas de reconocida valía; mi viejo amigo Joaquín Araujo fue el padrino del avión Águila Imperial Ibérica, y Odile Rodríguez de la Fuente la madrina del Halcón Peregrino.

     Pero vuelvo a lo mío. La azafata literariamente bien informada me puso al corriente de lo muy antigua y persistente que es la presencia de los artistas españoles en nuestra aviación civil. Se empezó por lo visto con los pintores y los músicos (yo no llegué a montarme en ninguno de esos aviones), y en 1970, al primer Boeing B-747 de la compañía se le llamó Miguel de Cervantes, y varias de esas grandes naves, popularmente conocidas como los Jumbos, llevaron el nombre de Calderón de la Barca, Lope de Vega o Francisco de Quevedo. Años más tarde, y no sé si la democracia tuvo algo que ver con los cambios en esa fe de bautismo, llegarían los aviones Miguel de Unamuno, Federico García Lorca, Pío Baroja y Jacinto Benavente, así como, en una iniciativa que excede felizmente todo cupo de atención feminista, los Airbus A-340 puestos bajo la advocación de Rosalía de Castro, Concha Espina, Teresa de Ávila, Emilia Pardo Bazán o, volviendo la mirada al pasado clásico, María de Zayas y Sotomayor y la palpitante monja mexicana Sor Juana Inés de la Cruz. Al hilo de esa lista de grandes damas de las letras me vino a la cabeza el día en que volé, sin saber que formaba parte de una serie, en el avión de María Moliner, la autora del maravilloso Diccionario de Uso del Español, tal vez el libro que más veces he tenido en las manos a lo largo de mi vida. Se me hizo corto aquel vuelo, pasado en un ensueño de palabras sacadas del tesoro que nos dejó la lexicógrafa aragonesa.

     Hay por cierto otra tres ‘marías' en el acervo de la compañía Iberia: la heroína María Pita, la actriz María Guerrero y la filósofa María Zambrano, un ejemplo, esta última, asombroso de inspiración para los responsables de nuestros medios de transporte, ya que la autora de ‘Claros de bosque' honra con su nombre, además de un avión, la estación del AVE en Málaga. ¿Le habría gustado a esa maestra del pensamiento calmo verse conectada para la eternidad con un lugar de tanto trasiego? ¿Le gustaría a Picasso dar nombre al aeropuerto de la misma capital andaluza? ¿Estaría feliz Aleixandre, malagueño de espíritu, de prestar el suyo al avión que me trajo el otro día desde América Latina?

     Es curiosa nuestra relación con los muertos ilustres. Les ponemos placas y calles, no siempre muy transitadas, y damos a las escuelas, a las bibliotecas y los centros culturales la impronta de su prestigio, sin importarnos mucho la continuidad de nuestro apego. El caso de Aleixandre es sintomático, y conviene comentarlo una vez más por escrito: su casa de la calle Vicente Aleixandre (ex-Velintonia), en la zona del Parque Metropolitano cercana a la avenida de la Moncloa, sigue abandonada y derrelicta, en medio de una disputa entre unos herederos y una administración que no se ponen de acuerdo en el dinero que costaría adecentarla y convertirla en un centro de estudios poéticos o residencia de jóvenes creadores. En Montevideo, la ciudad de la que yo volvía precisamente en ese largo vuelo en el Airbus Vicente Aleixandre, me dijeron que quizá pronto se le de el nombre de Mario Benedetti a la plaza próxima al modesto piso de la calle Ramos Carrión, en el barrio madrileño de Prosperidad, donde vivió tantos años el poeta y narrador uruguayo. ¿Y Onetti? Cada mañana paso por delante del ático donde este compatriota suyo vivió exiliado hasta su muerte, y veo la lápida que lo recuerda. No sé si me gustaría volar en una nave espacial con el nombre de ese genio tumbado que, después de crear el país de Santa María, no se asomaba al final de sus días ni a las ventanas.

[Publicado el 20/9/2010 a las 10:41]

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Biografía

Nació en Elche y estudió Filosofía en Madrid. Residió ocho años en Inglaterra, donde se graduó en Historia del Arte por la Universidad de Londres y fue tres años profesor de literatura española en la de Oxford. Autor dramático, crítico y director de cine (su primera película Sagitario se estrenó en 2001, la segunda, El dios de madera, en el verano de 2010), su labor literaria se ha desarrollado principalmente -desde su inclusión en la histórica antología de Castellet Nueve novísimos poetas españoles- en el campo de la novela. Sus principales publicaciones narrativas son: Museo provincial de los horrores, Busto (Premio Barral 1973), La comunión de los atletas, Los padres viudos (Premio Azorín 1983), La Quincena Soviética (Premio Herralde 1988), La misa de Baroja, La mujer sin cabeza, El vampiro de la calle Méjico (Premio Alfonso García Ramos 2002) y El abrecartas (Premio Salambó y Premio Nacional de Literatura [Narrativa], 2007);. en  2009 publica una colección de relatos, Con tal de no morir (Anagrama). Su libro más reciente es El hombre que vendió su propia cama (Anagrama).

Cabe también destacar muy especialmente sus espléndidas traducciones de las piezas de Shakespeare Hamlet, El rey Lear y El mercader de Venecia; sus dos volúmenes memorialísticos El novio del cine y El cine de las sábanas húmedas, sus reseñas de películas reunidas en El cine estilográfico y su ensayo-antología Tintoretto y los escritores (Círculo de Lectores/Galaxia Gutenberg).

 

Foto: Asís G. Ayerbe

Bibliografía

 

Enlaces

Información sobre la película El dios de madera

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