El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

sábado, 26 de mayo de 2012

 Blog de Patricio Pron

Principios del pensamiento paranoico

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Algunas horas después de enterarse de que se había dictado una orden de arresto en su contra por haber colaborado con el enemigo alemán, el escritor francés Pierre Drieu La Rochelle se suicidó; dejó una de las cartas de despedida más bellas y terribles de la literatura del siglo XX, en un pasaje de la cual recomendaba a sus lectores "sed fieles al orgullo de la resistencia igual que yo lo soy al orgullo de la colaboración". No fue el único escritor colaboracionista, pero sí fue el único que se enorgulleció de ello y que murió por su mano sin traicionar una decisión política que (quizás de forma inevitable) acabó siendo traicionada en el bando de la Resistencia.
 
A ese espíritu del colaboracionismo al que se refirió el desgraciado Drieu La Rochelle sí le son fieles todos los personajes de La trampa de Emmanuel Bove, no importa cuáles sean sus convicciones; ni siquiera Joseph Bridet escapa a él: cuatro meses después de la derrota del ejército francés, Bridet se niega a aceptar la Ocupación y viaja a Vichy para solicitar un salvoconducto; su plan es fingir que desea ser útil al nuevo régimen en el extranjero, pero allí unirse al general Charles De Gaulle; cada una de las entrevistas que sostiene con sus antiguos correligionarios y cada una de las oficinas que visita, sin embargo, lo va hundiendo más en las arenas movedizas de una burocracia inmisericorde: al comienzo sólo falta un papel para que le otorguen el salvoconducto, a continuación hay un expediente en su contra, más tarde se ve sometido a un careo con uno de sus amigos, seguidamente es detenido y liberado por intercesión de su mujer; Bridet ingresa ilegalmente a la zona ocupada, pero es detenido y procesado por la posesión de octavillas comunistas que los policías le han colocado en los bolsillos, absuelto pero vuelto a recluir, esta vez en un campo de internamiento en las afueras de París. Cada vez, las decisiones que toma lo llevan a enredarse más y más en una telaraña (la trampa del título) que él mismo ha tejido a su alrededor, y esto es debido a que (aun cuando desprecia explícitamente el régimen), Bridet (un tipo intransigente y orgulloso) ha internalizado el terror y la sospecha que son sus características principales y sus mejores herramientas; en ese sentido, el protagonista de esta historia acaba ganando de alguna manera: convencido de que su salvación está supeditada a hacerse pasar por un entusiasta del régimen, Bridet contribuye a la perpetuación de ese régimen con su aniquilamiento, que resulta de internalizar los principios del pensamiento paranoico que opera en el fondo de todo sistema totalitario del mismo modo (aunque en sentido contrario) en que lo hace su mujer, que está convencida de que todo saldrá bien porque Bridet es inocente y el régimen dice que no tiene ningún interés en castigar a los inocentes.
 
Los suyos son apenas dos de los rostros de una época en que "no había lugar para la solidaridad" (7) y que Emmanuel Bove (en realidad, Bobovnikoff; nacido en París en 1898 de padre ucraniano judío y en paro y de madre sirvienta) conoció bien: descubierto por Colette (que publicó en 1924 con gran éxito su primer libro, Mis amigos) y considerado por Philippe Soupault, Rainer Maria Rilke y Max Jacob "el Proust del pobre", Bove se negó a ser publicado durante la Ocupación y huyó a Argelia, donde escribió sus tres últimas novelas: Départ dans la nuit (1945), Non-lieu (1946) y esta atrapante La trampa, en la que se anticipó en más de medio siglo a los primeros esfuerzos colectivos por discutir la tragedia del colaboracionismo en Francia (esfuerzos iniciados oficialmente con el discurso del primer ministro Jacques Chirac del dieciséis de julio de 1995). El escritor murió en julio de 1945 a consecuencia de los estragos en su salud producidos por el exilio argelino; fue olvidado y descubierto nuevamente gracias a la traducción de sus obras al alemán por parte de Peter Handke y en la actualidad es considerado uno de los grandes escritores franceses del siglo XX. Fabrice Gaignault afirma en su (ya discutido aquí) Diccionario de literatura para esnobs que "su universo despojado, su estilo voluntariamente llano lo convierten por siempre en el cantor de la banalidad", pero no hay nada banal en La trampa, excepto esa banalidad del mal de la que se ocupa la mejor literatura.
 
 
Emmanuel Bove
La trampa
Trad. Salvador Pernas Riaño
Barcelona: Barataria, 2011

[Publicado el 11/1/2012 a las 18:20]

[Etiquetas: Emmanuel Bove, Novela, Barataria]

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"Palíndromo en otra cerradura (Homenaje a Duchamp)" de Lorenzo García Vega: Prólogo

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A menudo escuchamos como argumento a favor de la literatura que ésta puede crear el París de Balzac, es decir, otorgar sentido y belleza a aquello que de otro modo no es más que un puñado de calles y algunos habitantes anónimos; esta concepción de la literatura, que deposita su valor del lado de la posibilidad de significación (y las características que se le asocian de forma más recurrente en el ámbito de la literatura: profundidad psicológica, referencialidad histórica y coherencia argumental entre las más recurrentes) no es aceptada de forma general, sin embargo: un puñado de escritores entre los que se encuentra el cubano Lorenzo García Vega han puesto en entredicho esa concepción de la literatura como instrumento para la producción de una visión ordenada del mundo y le han opuesto otra cuyo valor está depositado en la posibilidad de superar las limitaciones impuestas a la literatura por su instrumentalización y por la idea de que ésta tiene que poseer necesariamente un sentido.
 
Palíndromo en otra cerradura (Homenaje a Duchamp) participa de esa tendencia (que podríamos denominar "negativa" en relación a la concepción dominante) cuya finalidad es liberar a la literatura de su aparente obligación de ser referencial y cuyos antecedentes son Raymond Roussel, André Breton, Louis Aragon y los surrealistas, William Burroughs, Georges Perec, Macedonio Fernández, Juan Emar, Pablo Palacio, César Vallejo, César Aira y otros raros. Escrito a partir de unas notas tomadas por Marcel Duchamp para la creación de su obra "La marièe mise à nu pair ses célibataires", también conocida como "El gran vidrio" (1915 a 1923), Palíndromo en otra cerradura no requiere necesariamente ser evaluado por lo que es, sino precisamente por aquello que no es: en él, García Vega renuncia a los personajes, al argumento y a la referencialidad; es decir, a todas aquellas cosas que determinan que una obra sea leída como literatura; en su lugar, produce un texto que reúne elementos de la poesía visual, didascalias, listados, diálogos inconclusos, pasajes de escritura automática, instrucciones para juegos inexistentes, fragmentos de sueños y proyectos para piezas conceptuales que no serán realizadas, todo un artefacto fragmentario cuyo significado parece escapar al lector a cada momento; si lo posee, el significado del texto debe buscarse en el pasaje en el que el narrador alude a la desecación como metáfora del proceso creativo (es decir, en el texto como resultado de una operación de sustracción), pero también en los versos del poeta y ensayista venezolano Eugenio Montejo "La nada de donde todo se suspende, / eso es lo nuestro" que el narrador glosa una y otra vez: "Quisiera dibujar la Nada. Que todas estas páginas fueran como la Nada" o "La Nada es un largo desarrollo sobre la Nada".
 
Se trata del intento de producir un texto cuyo único significado sea la sustracción del significado, un artefacto textual que carezca de referente por ser él mismo su única finalidad y su único sentido. Palíndromo en otra cerradura es todo aquello que, supuestamente, un texto literario no debería ser jamás: es repetitivo, irregular, está plagado de cortes abruptos y de preguntas que carecen de respuesta y de hilos argumentales que se deshilachan a poco de haber sido esbozados sin llegar a ninguna conclusión visible, no adhiere a las convenciones sobre el uso de los signos de puntuación y carece aparentemente de sentido, pero la razón por la que existe, y el único criterio de validez que el texto requiere [...] es el de su propia singularidad. El texto no sólo es un monumento de sí mismo, sino el ámbito de producción de un tipo de acción artística que aparece singularizado en la propia obra en pasajes como aquellos en los que se habla de cápsulas (por ejemplo las "cápsulas Duchamp" para energías desatendidas) o en "Para construir un gato huyuyo", en el que se ofrecen instrucciones para realizar una intervención artística improbable, una operación que en Vilis (1998), otro de los textos del autor, aparece en el diario de un constructor de "cajitas" [...]
 
 
Fragmentos del prólogo al libro de
Lorenzo García Vega 
Palíndromo en otra cerradura (Homenaje a Duchamp)
Barcelona: Barataria, 2011

[Publicado el 04/1/2012 a las 12:00]

[Etiquetas: Lorenzo García Vega, Barataria, Miscelánea, Prólogo]

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La promesa de una huida

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El escritor Joseph Conrad, provisoriamente en tierra. Crédito: desconocido.

Vladimir Nabokov afirmó alguna vez sobre Joseph Conrad que no podía soportar "su estilo como de tienda de suvenires y sus clichés románticos de barcos en botellas y collares de conchas". A pesar de la diatriba de su colega (que compartía con el autor de El corazón de las tinieblas el pasado eslavo y la elección de la lengua literaria), Józef Teodor Konrad Nałęcz-Korzeniowski (1857-1924) sigue siendo leído y periódicamente reeditado. Unas semanas atrás, la editorial mexicana Sexto Piso publicó la biografía escrita por su viuda y la española Barataria anuncia ahora su novela La locura de Almayer, segunda entrega de su trilogía malaya que comenzara con Un paria de las islas, publicada por el mismo sello. ¿Qué ofrece Conrad al lector contemporáneo? Muy posiblemente, una angustia y un pesimismo y la promesa de una huída hacia horizontes amplios y repletos de posibilidades con los que éste puede identificarse fácilmente, pero también el estilo que sedujo a T.E. Lawrence (que lo consideraba "un gigante de lo subjetivo como [Rudyard] Kipling lo es de lo objetivo"), Evelyn Waugh y Kingsley Amis, quienes afirmaron que hasta la aparición del primer volumen de A dance to the music of time de Anthony Powell (1951) ningún novelista en lengua inglesa había conseguido una precisión del lenguaje y un sentido de la atmósfera narrativa semejantes a los de Conrad. O quizás aquello a lo que, en el prólogo a El negro del Narciso (1897), decía aspirar: "hacerle oír [al lector], hacerle sentir y, por sobre todo, hacerle ver mediante el poder de la palabra escrita. Eso y nada más, y eso es todo. Si tengo éxito, [el lector] encontrará, de acuerdo a sus merecimientos: aliento, consuelo, miedo, encanto... todo lo que demanda, y quizás, el vislumbre de una verdad por la que había olvidado preguntar". En tiempos en que escapar parece más perentorio que nunca, Joseph Conrad tiene algunas islas paradisíacas que ofrecernos en las que la huida de la civilización (a pesar de todo) todavía es posible.
 
 
Jessie Conrad
Joseph Conrad y su mundo
Trad. Gabriela Bustelo
Madrid; Ciudad de México: Sexto Piso, 2011.
 
Joseph Conrad
La locura de Almayer
Trad. Adrià Edo
Madrid: Barataria, 2011
 
 
[El próximo viernes: Algunas palabras sobre Osvaldo Lamborghini]

[Publicado el 12/10/2011 a las 11:45]

[Etiquetas: Jessie Conrad, Joseph Conrad, Biografía, Novela, Barataria, Sexto Piso]

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Algunas notas para un ensayo futuro sobre la tradición de la ruptura y otra docena de cosas que nunca leerás en tu revista de modas favorita (y II)

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"Quiroga íntimo" de Horacio Quiroga: uno de los rescates recientes.

Nota 13, Así habló Vallejo (Y no le entendió casi nadie): "Luis Urquizo [sic] habla y se arrebata, casi chorreando sangre el rostro rasurado, húmedos los ojos. Trepida; guillotina sílabas, suelda y enciende adjetivos; hace de jinete, depone algunas fintas; conifica [sic] en álgidas interjecciones las más anchas sugerencias de su voz, gesticula, iza el brazo, ríe: es patético, es ridículo: sugestiona y contagia en locura" ("Los Caynas", 71-72).

Nota 14, Más políticas de la Posvanguardia: Las poéticas de Emar, Macedonio, Vallejo y Adán son poéticas de la discontinuidad y de la fragmentación, así como de la negatividad y de la ruptura; los procedimientos que emplean (la descontextualización, la sustracción, la parodia, el sinsentido, la puesta en cuestión de la autoridad narrativa, la irracionalidad, lo inverosímil) varían de autor en autor pero les unen en un rechazo radical de las convenciones no sólo narrativas de su época. Este es todo el mensaje político de las vanguardias, y resulta de un descontento con el estado del mundo del que carecen las propuestas estéticas contemporáneas que reivindican el legado de la vanguardia. El resultado de esa apropiación es el de una vanguardia sin programa político, una vanguardia afirmativa de los valores dominantes cuyo Dios es el mercado, al que se ha entregado hace tiempo a juzgar por los sellos en los que publican sus principales representantes. Alguien llamaba a esto en una época "literatura de derecha". Éste también es el drama de la posvanguardia.

Nota 15, Vidas complicadas: Ninguno de los escritores mencionados tuvo una vida simple, pero la verdad es que casi ningún escritor la tiene: Pablo Palacio murió en un psiquiátrico a los cuarenta y un años; Martín Adán se recluyó en un sanatorio en 1960 a consecuencia de su alcoholismo y murió allí veinticinco años después; Juan Emar jamás vio editada su última novela. Ninguno de ellos supera sin embargo a Horacio Quiroga (1878-1937), quien, en una hipotética competencia por convertirse en el vanguardista latinoamericano que peor la pasó, se llevaría todos los premios: su padre murió en un accidente de caza, su padrastro se suicidó, dos de sus hermanos murieron de tifus, su mejor amigo murió cuando Quiroga le disparó por accidente, su primera mujer se suicidó después de una fuerte discusión matrimonial y la segunda lo abandonó y la aparición hacia 1930 de una nueva promoción de autores vinculados al vanguardismo acabó expulsándolo de la escena literaria.

Nota 16, Los silencios: Sin embargo, ninguna de estas tragedias es mencionada en las trescientas ochenta cartas que conforman la correspondencia del uruguayo, reunida por la joven académica y poeta española Erika Martínez en Quiroga íntimo[1]. Las cartas de Quiroga resultan fascinantes por lo que dicen y por la importancia de muchos de sus corresponsales pero también por los hechos que callan, uno de los cuales es la determinación del suicidio, que Quiroga cometió poco después de despachar la última de ellas. Aunque el escritor no habló en su correspondencia sobre los hechos más trágicos de su vida sí dejó testimonio de ellos al menos en una ocasión y de forma indirecta: en el silencio epistolar de un año y medio que tuvo lugar tras la muerte de su primera esposa; ese silencio y la ausencia de testimonios, cartas o fotografías, y la indeterminación incluso de la fecha exacta de su muerte, son paradójicamente lo que Quiroga nos ha dejado de ella.

Nota 17, París: La publicación de la correspondencia del escritor uruguayo se completa con la del diario que llevó durante su viaje a París de marzo y junio de 1900. Quiroga viajó a la capital francesa con la excusa de visitar la Gran Exposición Universal y conocer de primera mano la pasión francesa por el ciclismo, pero allí pasó penurias económicas, no pudo establecer relaciones duraderas y acabó aborreciendo la ciudad. Su rechazo a París fue algo más que una cuestión de simpatías. En su prólogo, Martínez sostiene: "Quiroga cambió las grandes lenguas de cultura por el castellano mestizo de frontera, el ocio burgués por la consagración al trabajo manual, la gran metrópolis por un pueblecito cercado por la selva". Quizás haya que felicitarse por el hecho de que al gran escritor rioplatense del monte y la selva y la naturaleza cruel la ciudad no le haya gustado, porque en la breve y malograda estancia en París, más que en los largos años de residencia en San Ignacio, está todo el origen de su obra.

Nota 18, Macedonio: Unos años después de regresar de París, Quiroga ejerció la función de justicia de forma heterogénea en una pequeña localidad del noreste argentino; allí conoció a Macedonio Fernández (1874-1952), que por entonces era juez. Macedonio fue un autor excéntrico y genial; la publicación de sus Papeles de Recienvenido y Continuación de la Nada (1929 y 1944)[2] es la que más cerca pone al lector español de una auténtica revelación. El escritor argentino produjo una literatura provisional y desmadejada producto de un recelo radical por la forma escrita: en ella, Macedonio se apropia de discursos de gran circulación social en su tiempo como el género epistolar, los anuncios publicitarios, la autobiografía breve, la causerie y el brindis público y los vacía de convencionalismos mediante la comicidad, la ironía sentenciosa y el absurdo. Su gran novela, Museo de la Novela de la Eterna, fue escrita, reescrita, anunciada, postergada y publicada fragmentariamente entre 1904 y 1952 hasta su publicación definitiva en 1967; en ese período tuvieron lugar varios movimientos literarios, incluyendo toda la vanguardia, y dos guerras mundiales, pero Macedonio continuó interesado en dinamitar las convenciones de la novela realista permitiendo la entrada en la literatura argentina de lo paradójico, lo insólito y lo poco convencional. Sin su obra, las de Jorge Luis Borges, Julio Cortázar y Ricardo Piglia no hubieran sido posibles, pero Macedonio, a diferencia de muchos autores que leemos como meros precursores de escritores importantes (y por lo tanto como autores de segunda categoría), tiene entidad y merece ser leído sin necesidad de invocar a sus sucesores.

Nota 19, Personas con las que podría confundirse a Macedonio Fernández en la Argentina si se lo llamara Fernández: Felipe Fernández, poeta y narrador; Guillermo Oscar Fernández, poeta; Mauro Fernández, poeta; Aníbal Fernández, jefe de gabinete; Adrián Fernández, portero de Banfield (1997); Adrián Gustavo Carucha Fernández, de paso risible por el Colo Colo chileno en 2004; Christian Román Fernández, seis partidos con Independiente de Avellaneda en la temporada 1992-1993; Cristian Gabriel Fernández, ex jugador de Racing de Avellaneda; Eber El Pájaro Fernández, jugador que, militando en Cerro Porteño de Paraguay, recibió una cachetada de Diego Armando Maradona en un partido amistoso contra Boca Juniors; Cristina Fernández de Kirchner, presidenta de la Nación; Fernando Fabián Fernández, dieciséis partidos en la Primera de Talleres de Córdoba de 1991 a 1993; Francisco Mate Fernández, jugó tres minutos en la primera división de Olimpo de Bahía Blanca en 2002; Cintia Fernández, modelo y actriz; José Manuel Fernández, treinta encuentros en Argentinos Juniors entre 1995 y 1996 y dos goles; Sergio Alberto Panchito Fernández, jugó cincuenta y dos encuentros en Rosario Central entre 1994 y 1997; Claudia Fernández, modelo y actriz.

Nota 20, Humorismo de Macedonio: Proviene de tres autores que menciona en uno de los textos de Papeles de Recienvenido, Mark Twain, Laurence Sterne y Ramón Gómez de la Serna, aunque también de cierto humor sentencioso y displicente que es propio de los primeros habitantes de la Argentina y puede leerse aún en su gauchesca: piezas como "Aniversario de Recienvenido" están entre los mejores textos humorísticos que se han producido en español.

Nota 21, Las novedades: Al igual que Papeles de Recienvenido, ni Escalas melografiadas de César Vallejo ni Un año de Juan Emar, Un hombre muerto a puntapiés de Pablo Palacio o el Diario de París de Horacio Quiroga son obras nuevas, pero su radicalidad las asemeja a los proyectos que en la actualidad reivindican la herencia vanguardista. Macedonio Fernández se anticipó a su tiempo al plantear cuestiones como la de la obra abierta y la intertextualidad y la concepción del lector como productor de sentido, sobre los que escribirían más tarde Julia Kristeva, Roland Barthes, Jacques Derrida y otros. El repertorio de innovaciones reivindicado en nuestros días por la posvanguardia ya fue empleado por estos autores, lo que actualiza la pregunta acerca de la novedad de aquello que reclama para sí esa etiqueta. ¿Qué pasa cuando las vanguardias atrasan, cuando los procedimientos con los cuales pretenden ponerse "por delante" del resto de los autores de su tiempo han sido practicados ya hace casi cien años, cuando (para decirlo de otro modo) su novedad ya no es nueva? Nada probablemente, excepto que (como sucede en algunos casos) esa novedad sea lo único que la posvanguardia tenga para ofrecer. En ese caso, el resultado es la inopia.

Nota 22, Saúl Yurkievich y la inopia: Ningún estudiante que coleccione los momentos más desafortunados de la crítica literaria debería olvidar al crítico argentino Saúl Yurkievich. En su libro A través de la trama. Sobre vanguardias literarias y otras concomitancias (Fráncfort del Meno y Madrid: Vervuert; Iberoamericana, 2007), el crítico argentino dijo, de un poema de Martín Adán, que en él "la poesía se recoge, se retira del mundo para fabular su quimera, para entrar en el otro reino que le es inherente -inherencia que toca la trascendencia, que a la caza da alcance-, para entrar en el milagroso reino de la imaginación soberana" (244); hablando de Ecuatorial de Vicente Huidobro, afirmó: "Descendida al fondo sémico, al tiempo y al espacio unitivos, allí donde el ritmo vocal reencuentra el bucal, la lengua, melificada por el placer oral y glótico, opera su regresión genética, abandona la estructura frástica por la sopa sonora" (53). No sabemos lo que todo esto significa, y quizás ni siquiera tenga sentido, pero justifica plenamente la decisión de tanto estudiante de filología que se pasa a veterinaria.

Nota 23, La tradición de la ruptura: Aunque resulte paradójico que los autores rupturistas de las vanguardias latinoamericanas hayan sido incorporados con tanta facilidad al mismo canon cuyos criterios de valor despreciaban y cuya existencia misma les resultaba inconcebible, que escritores como Juan Emar, César Vallejo, Pablo Palacio o Martín Adán sean leídos actualmente como miembros destacados de una tradición rupturista o anti tradicional y que esta tradición ocupe un lugar central en lo que llamamos la literatura latinoamericana, habla de cambios en los valores que determinan la incorporación al canon pero también de la riqueza y la solidez de una literatura que ha podido incorporar incluso a aquellos que procuraron socavarla.

Nota 24, Rescates, posibles explicaciones: Naturalmente existen razones principalmente económicas para este auge de los rescates en España, y esas razones están relacionadas con la pertenencia de las obras rescatadas al dominio público, lo que abarata considerablemente su publicación, ya abaratada en relación a otras épocas en virtud de la incorporación de nuevas tecnologías a la producción editorial. Otra explicación plausible se encuentra en esa precocidad y en la actualidad de las obras recuperadas, que a menudo superan a sus epígonos. Otra se halla en una cuestión generacional: los autores eran jóvenes a la hora de producir estos textos y sus editores a menudo también lo son y unos y otros comparten la muy sana intención de patearle el culo a un par de viejos; en ese sentido, una explicación alternativa se deriva del hecho de que la ruptura producida por estas obras genera la simpatía de editoriales cuyo carácter y programa alternativos les llevan a interesarse por obras situadas fuera del campo de lo establecido. Otra explicación plausible radica en el hecho de que, al menos aparentemente, la popularidad de los epígonos ha preparado a un cierto tipo de lector para el consumo de obras mucho más radicales que las que son escritas en el presente; una última explicación es que quizás, simplemente, la tradición rupturista de la literatura latinoamericana producida entre 1920 y 1940 es, con excepciones obvias, mucho más interesante y posee mayor calidad que la literatura iberoamericana posvanguardista producida en nuestros días. En el caso de que esto último sea cierto, como todo parece indicarlo, supongo que podemos comenzar a celebrar: aún nos queda por leer a Jorge Cuesta, Leopoldo Marechal, Xul Solar, Gilberto Owen, Norah Borges, Arqueles Vela, Santiago Dabove, Hefrén Hernández, Vicente Huidobro y Felisberto Hernández (éste último rescatado recientemente en la Argentina) y a muchos otros, entre ellos los textos más importantes de los miembros de la vanguardia argentina de la primera mitad de los setenta: El fiord de Osvaldo Lamborghini, El frasquito de Luis Guzmán y La piel de caballo de Ricardo Zelarayán. Todos ellos surgen de una fuente que parece inagotable.

Nota 25, Bibliografía: En la ingente bibliografía de la vanguardia latinoamericana destacan el libro de María Bustos Fernández Vanguardia y renovación de la narrativa latinoamericana (Madrid: Pliegos, 1996), el de Carlos García y Dieter Reichardt Las vanguardias literarias en Argentina, Uruguay y Paraguay. Bibliografía y antología crítica (Fráncfort del Meno y Madrid: Vervuert; Iberoamericana, 2003), la antología de Mihail Grünfeld Antología de la poesía latinoamericana de vanguardia (1916-1935) (Madrid: Hiperión, 1997) y el extraordinario ensayo de Ana María Amar Sánchez "Literature in the margins: a new canon for the XXI century?". Ciberletras. 26 marzo 2007 . También el libro de Katharina Niemeyer ya mencionado. En todos estos casos, sin embargo, es pertinente recordar al lector las palabras que Martín Adán dirige a su amada en La casa de cartón: "¡Ah, Catita, no leas libros tristes, y los alegres tampoco los leas!" (88).



[1] Quiroga, Horacio: Quiroga íntimo: Correspondencia. Diario de viaje a París. Ed. y pról. Erika Martínez. Madrid: Páginas de Espuma, 2010.

[2] Fernández, Macedonio: Papeles de Recienvenido y Continuación de la Nada. Pról. Ramón Gómez de la Serna. Epíl. Jorge Luis Borges. Barcelona: Barataria, 2010.

 

 [Publicado originalmente en Quimera 330. Abril de 2011]

[Publicado el 01/6/2011 a las 12:30]

[Etiquetas: Horacio Quiroga, Macedonio Fernández, César Vallejo, Juan Emar, Martín Adán, Pablo Palacio, Saúl Yurkievich, Páginas de Espuma, Barataria, Vanguardias]

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Algunas notas para un ensayo futuro sobre la tradición de la ruptura y otra docena de cosas que nunca leerás en tu revista de modas favorita (I)

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"Un año" de Juan Emar: uno de los rescates recientes.

Nota 1, El Dedo de Dios: Algunos de estos rescates tuvieron lugar ya el año pasado, cuando la editorial barcelonesa Barataria inauguró una colección de vanguardistas latinoamericanos dirigida por la narradora chilena Claudia Apablaza. Una de esas obras, Un año de Juan Emar (1935)[i], es el relato de ese período de tiempo en la vida de su autor realizado a través de las entradas mensuales de un diario cuyos sucesos absurdos y extraordinarios ponen en cuestión la salud y la unidad de la conciencia del sujeto que narra: una figura resbala de una ilustración en un ejemplar de La Divina Comedia y queda tirada en la calle, el dedo de Dios se clava en la nuca del narrador, éste debe ser operado para que se le extraiga el auricular del teléfono que se le ha quedado pegado a la oreja tras una llamada y se producen otros prodigios que son narrados como si no lo fueran, lo que ha llevado a que algunos críticos comparasen a Juan Emar con Franz Kafka. César Aira, quizás el escritor que más le debe entre los latinoamericanos contemporáneos, lo comparó a su vez con Raymond Roussel y Witold Gombrowicz en su prólogo a la reciente edición de los cuentos de Emar por parte de la editorial argentina Mansalva, y describió su obra como "un surrealismo mecanicista y maniático".

Nota 2, Un cielo vanguardista: Si el fragmentarismo y la autoconciencia de Un año se proponen como el anticipo de la literatura que vendrá, La casa de cartón (1928)[ii] del peruano Martín Adán parece detenerse en el estadio previo a la vanguardia, en un malditismo y un decadentismo mucho más interesados en poner punto final a todo un período de la literatura que en adoptar las formas de una literatura futura. La casa de cartón no es tanto el relato de un verano en el balneario limeño de Barranco como el vehículo narrativo de una cierta mirada rompedora; bajo esa mirada el sol puede ser "un coleóptero, raro, duro, jalde, zancudo", una mujer es un "resorte vestido de jersey que saltaba de la caja de sorpresa del balneario peruano" y su "almita de educanda de monjas europeas" se abre "como un devocionario íntimo por la parte que trata del pecado mortal", en un despliegue de inventiva verbal que a duras penas puede ceñirse al argumento, si es que éste existe. Lo que La casa de cartón viene a contar es cómo se constituye esa mirada en las largas tardes indolentes de un balneario, en las que un viejo es "una bomba de aspiración y dos manos de párroco perdonadoras y joviales" y el cielo se afilia "al vanguardismo" y "hace de su blancura pulverulenta [sic], nubes redondas de todos los colores".

Nota 3, Aclaración: Aquí nadie se llama como dice hacerlo. Juan Emar es el pseudónimo de Álvaro Yáñez Bianchi; Martín Adán, de Rafael de la Fuente Benavides; y a Macedonio Fernández los argentinos lo llaman sólo Macedonio, probablemente para no confundirlo con ningún futbolista apellidado Fernández.

Nota 4, Juan Emar (1863-1964): Fue un escritor y pintor chileno cercano al creacionismo de Vicente Huidobro y a las vanguardias europeas de las décadas de 1920 y 1930, en particular el cubismo y el surrealismo. Su obra comprende un libro precoz, Torcuato (1917), tres novelas breves y simultáneas, Miltín, Un año y Ayer (todas de 1934), un libro de relatos, Diez (1937), y un silencio público, resultado quizás de la incomprensión que generó su obra entre sus lectores, y un esplendor creativo completamente privado cuyo producto fue Umbral, una novela de cuatro mil páginas compuesta por cinco libros que sólo vio la luz en su totalidad en 1996, treinta y dos años después de la muerte de su autor.

Nota 5, El pasado: Ninguna época dispuso de tanto pasado, pero todas las que le sigan tendrán mucho más a su disposición; la afirmación es pueril pero puede ser esgrimida como una posible explicación a los rescates recientes de vanguardistas latinoamericanos. Juan Emar, Pablo Palacio, Martín Adán y Macedonio Fernández son relativamente desconocidos en España fuera de los círculos de especialistas y César Vallejo y Horacio Quiroga tienen ese prestigio difuso del escritor que es más comentado que leído, el escritor que es sólo su nombre. Que sus libros sean rescatados del fondo difuso de un pasado inabarcable y puestos a disposición de los lectores españoles es una buena noticia, pero ésta no debería ser recibida sin preguntarse qué lleva a que esos rescates se produzcan en este momento y no en otro; toda historia, incluso la literaria, es historia del presente, y parece pertinente interrogarse antes de continuar acerca de qué es lo que falta en la actualidad para comprender la necesidad de estos rescates.

Nota 6, "Posvanguardia": Aunque poco difundida, quizás la opinión más consistente en torno al problema que plantea la apropiación del legado vanguardista por parte de lo que llamamos los escritores "posmodernos" sea la de la profesora de la Washington University Elzbieta Sklodowska; para ella, nuestra época debería entenderse como una contestación a las vanguardias históricas, por lo tanto como una "posvanguardia", que recoge buena parte de sus innovaciones formales restableciendo una tradición interrumpida por las dos guerras mundiales. Sklodowska propone reemplazar el término "posmoderno" por el término "posvanguardista" para evitar confusiones entre el "modernism", término que incluyó a las propias vanguardias históricas, y el movimiento literario finisecular conocido en Hispanoamérica como modernismo, con el que no está relacionado. Que textos como Un año y La casa de cartón parezcan contemporáneos en su escepticismo ante las convenciones narrativas debería ser entendido pues como el resultado de un lazo invisible que reúne a las vanguardias y a quienes adoptan su legado, cuya dificultad principal radica en ignorar las dos guerras mundiales que han tenido lugar en el período que media entre unas y otros y la conciencia de que la mayor parte de las contravenciones a las convenciones narrativas han sido realizadas ya por los vanguardistas históricos.

Nota 7, Tensiones: La tensión que recorre la vanguardia y la posvanguardia es la que tiene lugar, en palabras de la crítica argentina Ana María Amar Sánchez, "between ‘high, experimental and politicized art' and ‘mass, consumerist and alienated' forms". La convicción de que el arte politizado ha agotado su reserva de sentido tras el fracaso de los proyectos utópicos del siglo XX supone la pérdida de uno de los elementos cuya tensión hacía productiva a la vanguardia. La posvanguardia es una vanguardia sin política, y este es uno de los grandes dramas de la literatura vanguardista del presente y una de las razones de estos rescates.

Nota 8, La cárcel del lenguaje: La narrativa más reciente comparte con el vanguardismo de autores como César Vallejo o Juan Emar una autoconciencia cuya consecuencia más desencantada y evidente es la afirmación implícita de que todo es lenguaje, que la lleva a poner el énfasis en las formas narrativas. Que todo es lenguaje es, sin embargo, una convicción presente ya en obras como La casa de cartón y en los relatos de Un hombre muerto a puntapiés de Pablo Palacio. En la primera de estas obras una mujer es "parecida a la b en las manos, a la n en los ojos, a la r en el andar, a la ñ en el carácter, a la k en el genio, a la s en la mala memoria, a la z en la buena fe..."; algo similar sucede en los relatos de Un hombre muerto a puntapiés y relatos dispersos (1921-1930)[iii], en los que la narrativa parece escapar continuamente del control del narrador, movida por una potencia y por una lógica que son las del lenguaje. A menudo, el escritor ecuatoriano parece olvidar qué desea contar y se abandona a la pura invención lingüística, al retruécano ingenioso y a la reflexión irónica sobre la propia escritura. Allí donde consigue controlar al menos parcialmente su imaginación verbal, el resultado es extraordinario, como en "El antropófago", "La doble y única mujer" y "Relato de la muy sensible desgracia acaecida en la persona del joven Z".

Nota 9, Pablo Palacio: Nacido en la ciudad ecuatoriana de Loja en 1906, Palacio vivió tan sólo cuarenta y un años y sólo escribió durante once, en los que produjo dos novelas, Débora (1927) y Vida del ahorcado. Novela subjetiva (1932) y una tercera llamada Ojeras de virgen (1921) que ganó un concurso y cuyo manuscrito se perdió. En 1940 se internó voluntariamente en un psiquiátrico y murió allí en 1947. Su narrativa fue incómoda en su momento, y esto por dos razones: la primera, que se deriva de su adhesión a las ideas de izquierda y de su rechazo a acogerse a los cánones del realismo proletario y la novela indigenista, lo llevó a ser criticado por sus camaradas revolucionarios. La segunda se extrapola del estado de la novela en el momento en que Palacio produjo su obra, que el autor parodia en el relato "Novela guillotinada" al prometer que su novela que "se venderá a 7 pesetas" reunirá tópicos y lugares comunes como "Tocado con elegante sombrero de felpa", "La señora de Mendizábal estaba en la edad en que la mujer vuelve a Dios", "El jardinero, hombre receloso, pegó el ojo a la cerradura", "Se sirvieron apetitosas truchas", etcétera. Que el lector pueda encontrar frases de este tipo en la narrativa actual, incluso en aquella que pretende pasar por vanguardista, es otros de los dramas de la posvanguardia, que, sin la política, apenas puede imitar las "‘mass, consumerist and alienated' forms" de la literatura y de las otras formas de circulación social de las ficciones. Lo propio del vanguardismo es el rechazo y la negación de formas funcionalizadas y comercializadas; lo propio de la posvanguardia es la producción de narrativas aparentemente alternativas pero que en realidad hace tiempo que están en el centro del mercado literario; éste no es un drama de la posvanguardia, desde luego: es su condición de existencia.

Nota 10, Emar y Adán, fragmentación, velocidad: Al igual que en Un año, la obra de Emar se caracteriza por una enorme autoconciencia, que lleva al autor a utilizar y desechar géneros principalmente fragmentarios y autoconclusivos. Aquí la mera contemplación del mar o de un edificio de apartamentos adquiere las características de una auténtica revelación, y el narrador no es sólo aquel que asume la autoridad sobre el relato sino también, y sobre todo, quien posee la facultad de verlo todo "por encima", mediante una visión aérea que lo deshumaniza y resta entidad a los sujetos observados ("los deudos, que marchaban a ambos lados de ella [la carroza fúnebre], iban ahí como hormigas, como hormiguitas, como hormiguititas... titas", 31) y cuyo antecedente quizás pueda encontrarse en los adelantos tecnológicos de la época, como sostiene Katharina Niemeyer en su excelente Subway de los sueños, alucinamiento, libro abierto: La novela vanguardista hispanoamericana (Fráncfort del Meno y Madrid: Vervuert; Iberoamericana, 2004), en el que analiza las obras de Arqueles Vela, César Vallejo, Xavier Villaurrutia, Pablo Palacio, Macedonio Fernández y el propio Juan Emar, a quien Enrique Vila-Matas sitúa "en la brillante constelación marginal de los marginados de la literatura latinoamericana" (9-10). Lo mismo sucede en el caso de Adán, cuya mirada no se detiene en los detalles o toma la parte por el todo que desea describir, como si no tuviera tiempo para más: "hombres que no son sino sus pantalones vacíos", mujeres "que apenas son una mano postiza en la cartera de piel de asno. Frailes que apenas son una arruga de una sotana" (61). Al igual que la de muchos vanguardistas, la literatura de Adán es la del aceleramiento de la percepción asociado a las nuevas tecnologías de locomoción de comienzos del siglo XX; así, a la vida de Miss Annie Doll, personaje de La casa de cartón, "había que remontarla en trineo y en aeroplano, en automóvil y en transatlántico" (28). Es también una mirada desencantada con un estado de la cultura cuyo paroxismo parecía ser la Gran Guerra y que resultaría la Segunda Guerra Mundial, de la que Adán también sería contemporáneo; el resultado de la aparición de la guerra y la muerte en la vida de los vanguardistas fue un curioso vitalismo, que llevó a Martín Adán a ordenarse a sí mismo, en otro pasaje de la obra: "Di lo que se te ocurra, juguemos al psicoanálisis, persigamos viejas, hagamos chistes... Todo, menos morir" (70).

Nota 11, Adán: Martín Adán (1908) siguió al pie de la letra su propio consejo: tras publicar La casa de cartón con sólo veinte años escribió una tesis doctoral en 1938 y ocho libros de poesía entre 1939 y 1973 (entre ellos el importante Travesía de extramares, 1950) caracterizados por la radical novedad del lenguaje y la adopción de formas poéticas convencionales como el soneto y una fuerte impronta filosófica, antes de que el alcoholismo y la pobreza lo obligasen a internarse en un sanatorio a comienzos de la década de 1960. Allí murió en 1985, después de un silencio literario de doce años.

Nota 12, La charca: "La vida no es un río que corre: la vida es una charca que se corrompe", escribió Adán en La casa de cartón, y no es improbable que César Vallejo (1892-1938) pensase igual en su celda de la prisión de Trujillo unos años antes. Durante una breve visita a su localidad natal, en 1920, Vallejo se vio envuelto en unos disturbios que le acarrearon una condena a ciento veinte días de cárcel; el escritor hablaría de esa experiencia en su extraordinario Trilce (1922), pero antes utilizaría el encierro para escribir los relatos de Escalas melografiadas (1923)[iv], cuya primera sección reúne estampas carcelarias en una disposición que sigue la de los muros de una celda. Los otros relatos del libro pertenecen al género fantástico y guardan vínculos importantes con los de Las fuerzas extrañas (1906) del argentino Leopoldo Lugones, deudores a su vez de los de Edgar Allan Poe y otros autores de lo extraño y lo maravilloso. En el primero de ellos un hijo regresa para rendir los últimos honores a la madre muerta, a la que sin embargo encuentra viva; en otro, dos amantes platónicos se unen en la muerte. A lo largo de extensos pasajes de estos relatos, Vallejo es agotador, pero su estilo (notablemente más cercano a la prosa poética que a la narrativa convencional) casi siempre es magnético; a pesar de su verborrea, siempre hay algo que Vallejo no dice y que queda escamoteado, y eso es lo que contribuye al efecto de sus relatos. Dos de ellos, "Los caynas" y "Mirtho", están entre los mejores cuentos fantásticos escritos en América Latina, dentro y fuera de las vanguardias y en cualquier tiempo.


[i] Emar, Juan: Un año. Pról. Enrique Vila-Matas. Barcelona: Barataria, 2009.

[ii] Adán, Martín: La casa de cartón. Pról. Vicente Luis Mora. Barcelona: Barataria, 2009.

[iii] Palacio, Pablo: Un hombre muerto a puntapiés y relatos dispersos (1921-1930). Ed. Yanko Molina Rueda. Pról. Christopher Domínguez Michael. Madrid: Veintisiete Letras, 2010.

[iv] Vallejo, César: Escalas melografiadas por. Pról. Patricia de Souza. Barcelona: Barataria, 2010.

 

 

[Próximo miércoles:  Algunas notas para un ensayo futuro sobre la tradición de la ruptura y otra docena de cosas que nunca leerás en tu revista de modas favorita (y II)]

[Publicado el 30/5/2011 a las 12:00]

[Etiquetas: Juan Emar, Martín Adán, Pablo Palacio, César Vallejo, Elzbieta Sklodowska, Barataria, Claudia Apablaza, Veintisiete Letras, Vanguardias]

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La tradición de la ruptura (y II)

 

 
 
 

 

La narrativa más reciente comparte con el vanguardismo de autores como Vallejo, Adán y Emar una autoconciencia cuya consecuencia más evidente es la afirmación implícita de que todo es lenguaje, que la lleva a poner el énfasis en las formas narrativas. Algo similar sucede en los relatos de Un hombre muerto a puntapiés y relatos dispersos (1921-1930) (editados por Yanko Molina Rueda y prologados por Christopher Domínguez Michael en la edición de la madrileña Veintisiete Letras), en los que la narrativa parece escapar continuamente del control del narrador, movida por una potencia y por una lógica que son las del lenguaje. A menudo, el escritor ecuatoriano parece olvidar qué desea contar y se abandona a la pura invención lingüística, al retruécano ingenioso y a la reflexión irónica sobre la propia escritura. Allí donde consigue controlar al menos parcialmente su imaginación verbal, el resultado es extraordinario y está entre lo mejor de la vanguardia latinoamericana, de la que Pablo Palacio (1906-1947) es un miembro marginal pero imprescindible.
 
Ni él ni ninguno de los otros escritores tuvo una vida simple, pero casi ningún escritor la tiene: Pablo Palacio murió en un psiquiátrico a los cuarenta y un años; Martín Adán se recluyó en un sanatorio en 1960 a consecuencia de su alcoholismo y no volvió a salir de allí hasta su muerte, veinticinco años después; Juan Emar jamás vio editada en vida su monumental novela (cuatro mil páginas) Umbral, publicada en su totalidad tan sólo treinta y dos años después de la muerte de su autor. Ninguno de ellos supera sin embargo a Horacio Quiroga (1878-1937), quien, en una hipotética competencia por convertirse en el vanguardista latinoamericano que peor la pasó, se llevaría todos los premios: su padre murió en un accidente de caza, su padrastro se suicidó, dos de sus hermanos murieron de tifus, su mejor amigo murió cuando Quiroga le disparó por accidente, su primera mujer se suicidó después de una fuerte discusión matrimonial y la segunda lo abandonó y la aparición hacia 1930 de una nueva promoción de autores vinculados al vanguardismo acabó expulsándolo de la escena literaria. Ninguna de estas tragedias es mencionada en las trescientas ochenta cartas que conforman la correspondencia reunida por la joven académica y poeta española Erika Martínez en Quiroga íntimo, publicado por Páginas de Espuma. Estas resultan fascinantes por lo que dicen pero también por los hechos que callan, uno de los cuales es la determinación del suicidio, que Quiroga cometió poco después de echar la última de estas cartas. La publicación de su correspondencia se completa con la del diario que el escritor llevó durante su viaje a París de marzo y junio de 1900. Quiroga viajó a la capital francesa con la excusa de visitar la Gran Exposición Universal pero allí pasó penurias económicas y aborreció la soledad. Su rechazo a París fue algo más que una cuestión de gustos y sería fundamental en el carácter de su obra futura. Unos años después de regresar de París, Quiroga ejerció la función de justicia de forma heterogénea y en esa actividad trabó contacto con Macedonio Fernández (1874-1952).

Macedonio fue un autor excéntrico y genial; la publicación por parte de Barataria de sus Papeles de Recienvenido y Continuación de la Nada con prólogo de Ramón Gómez de la Serna y epílogo de Jorge Luis Borges es la que más pone al lector español ante las puertas de una revelación. El escritor argentino produjo una literatura provisional y desmadejada resultado de un recelo radical por la forma escrita. Su gran novela, Museo de la Novela de la Eterna, fue escrita, reescrita, anunciada, postergada y publicada fragmentariamente entre 1904 y 1952 hasta su publicación definitiva en 1967; en ese período tuvieron lugar varios movimientos literarios, incluyendo toda la vanguardia, y dos guerras mundiales, pero Macedonio continuó interesado en dinamitar las convenciones de la novela realista permitiendo la entrada en la literatura argentina de lo paradójico, lo insólito y lo poco convencional. Sin su obra las de Jorge Luis Borges, Julio Cortázar y Ricardo Piglia no hubieran sido posibles, pero a diferencia de muchos autores que leemos como meros precursores de escritores importantes (y por lo tanto como autores de segunda categoría), Macedonio merece ser leído sin necesidad de invocar a sus sucesores.
 
LA FUENTE INAGOTABLE. Al igual que Papeles de Recienvenido, ni Escalas melografiadas de César Vallejo ni Un año de Juan Emar, Un hombre muerto a puntapiés de Pablo Palacio o el Diario de París de Horacio Quiroga son obras nuevas, pero su radicalidad las asemeja a los proyectos que en la actualidad reivindican la herencia vanguardista. Macedonio Fernández se anticipó a su tiempo al plantear cuestiones como la de la obra abierta y la intertextualidad y la concepción del lector como productor de sentido, sobre los que escribirían más tarde Julia Kristeva, Roland Barthes, Jacques Derrida y otros. Una plausible explicación de su rescate se encuentra en esa precocidad y en la actualidad de las obras recuperadas, que a menudo superan a sus epígonos. Una explicación alternativa se deriva del hecho de que la ruptura producida por estas obras genera la simpatía de editoriales cuyo carácter y programa alternativos les llevan a interesarse por obras situadas fuera del campo de lo establecido. Naturalmente, también existen razones económicas relacionadas con la pertenencia de las obras rescatadas al dominio público, lo que abarata considerablemente su publicación. Otra explicación plausible radica en el hecho de que, al menos aparentemente, la popularidad de los epígonos ha preparado a un cierto tipo de lector para el consumo de obras mucho más radicales que las que son escritas en el presente; una última explicación es que quizás, simplemente, la tradición rupturista es, con excepciones, mucho más interesante y posee mayor calidad que la literatura latinoamericana producida en nuestros días. En el caso de que esto último sea cierto, como todo parece indicarlo, supongo que podemos felicitarnos: aún nos queda por leer a Jorge Cuesta, Leopoldo Marechal, Xul Solar, Gilberto Owen, Norah Borges, Arqueles Vela, Santiago Dabove, Hefrén Hernández, Vicente Huidobro, Felisberto Hernández (éste último rescatado recientemente en la Argentina) y muchos otros. Todos ellos surgen de una fuente que parece inagotable.
 
 
[Publicado originalmente en ABC Cultural. Octubre 16 de 2010]

[Publicado el 22/10/2010 a las 10:15]

[Etiquetas: Pablo Palacio, Horacio Quiroga, Macedonio Fernández, Vanguardias, Barataria, Páginas de Espuma, Veintisiete Letras]

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La tradición de la ruptura (I)

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Quizás haya algo paradójico en el hecho de que los autores rupturistas de las vanguardias latinoamericanas hayan sido incorporados con tanta facilidad al mismo canon cuyos criterios de valor despreciaban y cuya existencia misma les resultaba inconcebible; que escritores como Juan Emar, César Vallejo, Pablo Palacio o Martín Adán sean leídos actualmente como miembros destacados de una tradición rupturista o anti tradicional y que esta tradición ocupe un lugar central en lo que llamamos la literatura latinoamericana habla de cambios en los valores que determinan la incorporación al canon pero también de la riqueza y la solidez de una literatura que ha podido incorporar incluso a aquellos que procuraron socavarla. Una serie de rescates recientes por parte de editoriales españolas pequeñas devuelve actualidad a esa literatura, cuyo pasado completa y pone a disposición de los lectores. Ninguna época dispuso de tanto pasado, pero todas las que le sigan tendrán mucho más a su disposición; la afirmación es pueril pero puede ser esgrimida también como una posible explicación a estos rescates, que devuelven el carácter de novedad a obras que hicieron de la ruptura de los moldes tradicionales y de la innovación algunas de sus principales bazas. Dos de estas obras, Un año de Juan Emar (1935) y La casa de cartón de Martín Adán (1928), fueron publicadas ya en 2009 por la editorial barcelonesa Barataria, que inauguraba con ellas una colección de rescates de vanguardistas latinoamericanos dirigida por la narradora chilena Claudia Apablaza.
 
LA CHARCA CORROMPIDA. Un año de Juan Emar (pseudónimo de Álvaro Yáñez Bianchi, 1863-1964) es el relato de un año de vida de su autor realizado a través de las entradas mensuales de un diario cuyos sucesos absurdos y extraordinarios ponen en cuestión la salud y la unidad de la conciencia del sujeto que narra: una figura resbala de una ilustración en un ejemplar de La Divina Comedia y queda tirada en la calle, el dedo de Dios se clava en la nuca del narrador y se producen otras situaciones extraordinarias que son narradas como si no lo fueran, lo que ha llevado a que algunos críticos comparasen al escritor chileno con Franz Kafka. César Aira, quizás quien más le debe entre los escritores latinoamericanos contemporáneos, lo comparó a su vez con Raymond Rousell y Witold Gombrowicz y describió su obra como "un surrealismo mecanicista y maniático", muy diferente del malditismo y al decadentismo de La casa de cartón (1928) del peruano Martín Adán (pseudónimo de Rafael de la Fuente Benavides, 1908-1985). La historia narrada en La casa de cartón es la de cómo se constituye una mirada en las largas tardes indolentes en el balneario limeño de Barranco, en las que un viejo es "una bomba de aspiración y dos manos de párroco perdonadoras y joviales", el sol puede ser "un coleóptero, raro, duro, jalde, zancudo" y el cielo se afilia "al vanguardismo" y "hace de su blancura pulverulenta [sic], nubes redondas de todos los colores".
 
Martín Adán escribió que "la vida no es un río que corre: la vida es una charca que se corrompe", y no es improbable que otro de los autores recuperados recientemente, el peruano César Vallejo (1892-1938), pensase igual en su celda unos años antes. Durante una breve visita a su localidad natal, en 1920, el escritor peruano se vio envuelto en unos disturbios que le acarrearon una condena a ciento veinte días de cárcel. Vallejo hablaría de esa experiencia en su extraordinario Trilce (1922), pero antes utilizaría los días en la cárcel para escribir los relatos de Escalas melografiadas (1923; publicada por Barataria con prólogo de la peruana Patricia de Souza), varios de los cuales pertenecen al género fantástico y guardan vínculos importantes con los de Las fuerzas extrañas (1906) del argentino Leopoldo Lugones, deudores a su vez de los de Edgar Allan Poe y otros autores de lo extraño y lo maravilloso. Dos de ellos, "Los caynas" y "Mirtho", están entre los mejores cuentos fantásticos escritos en América Latina, dentro y fuera de las vanguardias y en cualquier tiempo.
 
 
[Concluye el próximo viernes]

[Publicado el 20/10/2010 a las 12:15]

[Etiquetas: Juan Emar, Martín Adán, César Vallejo, Vanguardias, Barataria]

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Biografía

Patricio Pron (Argentina, 1975) es autor de los volúmenes de relatos Hombres infames (1999), El vuelo magnífico de la noche (2001), El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan (2010) y Trayéndolo todo de regreso a casa. Relatos 1990-2010 (2011) y de las novelas Formas de morir (1998), Nadadores muertos (2001), Una puta mierda (2007), El comienzo de la primavera (2008), ganadora del Premio Jaén de Novela y distinguida por la Fundación José Manuel Lara como una de las cinco mejores obras publicadas en España ese año, y El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia (2011), que será traducida al noruego, francés, italiano, inglés, neerlandés y alemán. Su trabajo ha sido premiado en numerosas ocasiones, entre otros con el premio Juan Rulfo de Relato 2004, y antologado en Argentina, España, Alemania, Estados Unidos, Colombia, Perú y Cuba. Sus relatos han aparecido en publicaciones comoThe Paris Review y Zoetrope (Estados Unidos), die horen (Alemania), Etiqueta Negra (Perú), Esquire (México), Il Manifesto (Italia) y Eñe (España). Recientemente la revista inglesa Granta lo ha escogido como uno de los veintidós mejores escritores jóvenes en español del momento. Pron es doctor en filología románica por la Universidad «Georg-August» de Göttingen (Alemania); en la actualidad vive en Madrid.

Bibliografía

 
 
 
 

 

Ficción

 

Trayéndolo todo de regreso a casa. Relatos 1990-2010. La Paz (Bolivia): El Cuervo, 2011.

 

El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia. Barcelona: Mondadori, 2011.

 

El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan. Barcelona: Mondadori, 2010.

 

El comienzo de la primavera. Barcelona: Mondadori, 2008.

 

Una puta mierda. Buenos Aires: El cuenco de Plata, 2007.

 

El vuelo magnífico de la noche. Buenos Aires: Colihue, 2001.

 

Nadadores muertos. Rosario: Editorial Municipal de Rosario, 2001.

 

Hombres infames. Rosario: Bajo la luna nueva, 1999.

 

Formas de morir. Rosario: Universidad Nacional de Rosario Editora, 1998.

 

 

 

Edición

 

Zerfurchtes Land. Neue Erzählungen aus Argentinien [Tierra devastada: Nuevos relatos de Argentina]. Coed. con Burkhard Pohl. Göttingen: Hainholz Verlag, 2002.

 

 

Crítica

 

"Aquí me río de las modas": Procedimientos transgresivos en la narrativa de Copi y su importancia para la constitución de una nueva poética en la literatura argentina. Göttingen: Niedersächsische Staats- und Universitätsbibliothek Göttingen, 2007.

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