El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

lunes, 6 de febrero de 2012

 Blog de Patricio Pron

Manuel Rodríguez Rivero sobre la necesidad de la crítica literaria en nuestros días (cita)

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Reacción habitual del escritor poco inteligente ante la crítica. Fotograma de "Freaks" de Tod Browning (1932).

"Como ya he dicho en alguna ocasión, mi experiencia como antiguo editor es que a los autores (la materia prima del negocio, el elemento más creativo, el único verdaderamente imprescindible en la cadena del libro) les encantan las reseñas positivas de sus libros, pero nunca con la intensidad con la que detestan y les enfadan las negativas. Las primeras halagan, pero se olvidan pronto; las segundas producen heridas que tardan en cicatrizar. He conocido a autores que se empeñaban en ver ominosas manos negras, tremendos rencores y oscuras venganzas detrás de las reseñas adversas, aunque nunca sospecharon sobre los motivos de quienes escribían encendidos ditirambos sobre su última novela.
 
Con la multiplicación de las bitácoras (literarias o no) y la difusión de la opinión personal a través de las redes sociales el espacio del añorado crítico-árbitro (el que servía de referencia a los lectores, se estuviera de acuerdo con él o no) se ha visto todavía más reducido. Y, sin embargo, con tanto ruido, la crítica es hoy más necesaria que nunca. Estos días, coincidiendo con la lectura de algunos fragmentos de Anatomía de la influencia (Taurus, octubre), un apetitoso ensayo de Harold Bloom en el que el gran crítico norteamericano repasa, a modo de testamento prematuro, todas sus fijaciones teóricas desde aquel brillantísimo The Anxiety of Influence con el que se dio a conocer en 1973, he conocido las reglas a las que, según el poeta (y también crítico) Robert Pinsky, debe someterse toda crítica. Son sólo tres, y no me resisto a sintetizárselas:
 
Uno: la crítica debe decir de qué trata el libro. Dos: la crítica debe decir lo que el autor del libro dice acerca de lo que trata el libro. Y tres: la crítica debe decir lo que el crítico piensa sobre lo que el autor dice acerca de lo que trata el libro. Chapeau."
 
 
Manuel Rodríguez Rivero
"Huele a torta de salvado de avena"
Babelia, 27 de agosto de 2011.

[Publicado el 02/2/2012 a las 12:00]

[Etiquetas: Manuel Rodríguez Rivero, Citas]

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"Anestesia local" de Günter Grass: Prólogo

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El estudiante de bachillerato Philipp Scherbaum tiene diecisiete años y la firme decisión de prender fuego a su perro Max para protestar contra la guerra de Vietnam; su plan es rociar al animal con combustible y prenderle fuego frente al coqueto café Kempinski, en la Kurfürstendamm de Berlín, para que las ancianas que toman su café con torta puedan conocer de primera mano qué sucede cuando alguien o algo es rociado con napalm, como hace el ejército estadounidense en el sudeste asiático con la anuencia de la República Federal de Alemania. Naturalmente, Scherbaum no está solo: su amiga Veronika Lewand, también estudiante de bachillerato, lo introduce en la escena berlinesa de izquierdas y lo alienta; su profesora de matemáticas, Irmgard Seifert, cree ver en él una voluntad de redención que le viene bien para purgar su pasado (simpatizó con el nacionalsocialismo) y también lo apoya; su profesor de literatura y confidente, Eberhard Starusch, por el contrario, pierde la cabeza tratando de disuadirlo: le muestra ilustraciones de la quema de seres humanos a lo largo de la historia, le propone que lleve a cabo su acción en Bonn -donde se encuentra la sede del gobierno federal en la Alemania dividida de 1967-, amenaza con denunciarlo, incluso se ofrece para secundarlo en su acción prendiendo fuego él también a un perro (que previamente debe comprar, criar, etcétera) y le sugiere que escriba poesía, pero el estudiante de bachillerato de diecisiete años Philipp Scherbaum se mantiene firme.

No es que Starusch no simpatice con el malestar de su alumno frente a la guerra de Vietnam o que pretenda desentenderse de lo que sucede a su alrededor: de hecho, en su juventud fue líder de una banda de adolescentes de Danzig que se oponía al reclutamiento en las Juventudes Hitlerianas y al régimen nacionalsocialista en general (lo que aparece en la así llamada «Trilogía de Danzig»: El tambor de hojalata, El gato y el ratón y Años de perro), y en la actualidad es un socialdemócrata entusiasta, aunque quizás algo fabulador y con una tendencia acusada a reescribir una y otra vez su pasado, mejorándolo; pero tampoco es un revolucionario, de manera que la iniciativa de su alumno lo pone en la dolorosa disyuntiva de estar de acuerdo con los argumentos a favor de una acción y, sin embargo, estar en contra de esa acción, movido por el afecto a su alumno pero también por su papel como representante del orden establecido. No es un gran problema, pero tampoco es un problema menor, y Anestesia local se articula en torno a esa disyuntiva.

 

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Günter Grass escribió Anestesia local en 1969, cuando una nueva promoción de activistas políticos surgidos del movimiento estudiantil cuestionaba ese orden establecido por considerarlo una continuación del pasado nacionalsocialista al tiempo que se alejaba de aquellos intelectuales que (como el propio autor) consideraban que su intervención en la vida política debía ser activo, pero de ningún modo contrario a las bases de ese orden establecido, a sus instituciones y a sus formas de representación.

Unos cuatro años atrás, en 1965, Grass había participado activamente en la campaña presidencial del candidato de la socialdemocracia, el alcalde de Berlín Willy Brandt, a través de la «Wahlkontor deutscher Schriftsteller» (literalmente, la «agencia electoral de los escritores alemanes»), una organización dedicada a la creación de eslóganes y de textos literarios en apoyo a Brandt en la que habían participado Hans Werner Richter (iniciador y «eminencia gris» del Gruppe 47) y el editor Klaus Wagenbach al igual que los escritores Nicolas Born, Peter Härtling, Hubert Fichte,  Hermann Peter Piwitt, Günter Herburger, Hans Christoph Buch y Peter Schneider entre otros (Peter Weiss, Martin Walser y Heinrich Böll habían rechazado la invitación a participar). Que uno de los escritores alemanes más populares del momento hiciera campaña a favor de un candidato específico generó una cierta controversia: por una parte, Grass fue atacado por exceder el marco de lo que un escritor supuestamente debía ser y decir; por otra, se lo acusó de no comprender que (según algunos) el sistema no debía ser modificado mediante la elección de un candidato u otro sino destronado. Un año antes de la publicación de Anestesia local, por ejemplo, el escritor alemán había publicado la pieza teatral «Davor» [antes] cuyo argumento y personajes coinciden casi literalmente con la segunda parte de Anestesia local y ésta había sido señalada como «la obra de integración de un autor completamente integrado y corrompido».

 

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Atacado tanto por la derecha como por la izquierda, Grass hizo entonces algo relativamente desusado: en vez de proponer una solución personal al problema de qué hacer y respaldarla con su prestigio y con la supuesta autoridad moral que (según ciertos lectores crédulos) los escritores tendrían a raíz de su oficio, el autor de El tambor de hojalata escribió Anestesia local, una obra que no ofrece hojas de ruta para el descontento, pero sostiene (y en esto es contundente) que ese descontento es necesario para dejar de lado el embotamiento y la indiferencia al dolor propio y ajeno de nuestras sociedades. Grass recurre aquí a la ironía y al humor (aunque hace decir a uno de sus personajes que «la risa impide la acción», hay mucho humorismo en Anestesia local y un cierto carácter juguetón que permite ver la historia del individuo y de la sociedad como un largo y muy poco fiable programa de televisión que incluye comerciales, concursos de preguntas y respuestas, noticias de sucesos truculentos y demás) al igual que a su extraordinaria capacidad para la alegoría al presentar las tribulaciones de sus protagonistas; así, el estudiante de bachillerato de diecisiete años Philipp Scherbaum escribe:

«Por supuesto, mi padre no fue nazi. Mi padre sólo fue encargado de la defensa antiaérea. Un encargado de la defensa antiaérea no es, por supuesto, un antifascista. Un encargado de la defensa antiaérea no es nada. Soy hijo de un encargado de la defensa antiaérea, por consiguiente soy hijo de un nada. Ahora mi padre es demócrata, como antes fuera encargado de la defensa antiaérea.»

Grass ridiculiza aquí la determinación de los alemanes de negar su participación personal en los hechos trágicos del nazismo y la Segunda Guerra Mundial, así como en otra parte se burla suavemente de los círculos izquierdistas que demoran la acción en nombre de un radicalismo y una oposición a los compromisos que son puramente retóricos. Al hacerlo, realiza varios paralelismos: entre la violencia política del pasado nacionalsocialista y la del presente movimiento estudiantil, entre su generación y la que le sigue («"[...] nuestra generación fracasó. Pero, ¿no fue acaso una huida cómoda poner esperanzas en nosotros, esperar de nosotros la fórmula de liberación? Nosotros, a quienes se había sacrificado, no podíamos ofrecernos en sacrificio. Nosotros, marcados ya a los diecisiete por un sistema criminal, no podíamos cambiar los tiempos, nosotros no"»), entre la cirugía dental y las propuestas legitimadoras de la violencia política, entre la anestesia aplicada por el dentista y la de sus conciudadanos; también, entre la enfermedad individual y la social. Detrás de estos paralelismos hay un diagnóstico y una pregunta; el primero consiste en afirmar que

«[...] los individuos establecidos en mitad de sus treinta o sus cuarenta apenas encuentran tiempo para recordar sus derrotas. Hemos aprendido a reconocer la situación. A servirnos de los codos. A adaptarnos a la necesidad. A permanecer flexibles. A no comprometernos. Tácticos taimados, y también especialistas activos, que persiguen lo posible e inclusive -si no se producen resistencias inesperadas- lo consiguen. Pero esto es todo.»

En cuanto a la pregunta, es la siguiente: «¿Qué quiere decir decidirse a actuar, convertir algo en acción?» Se trata de responder a la pregunta de si existen alternativas o si, como creían sus contemporáneos más radicales (a los que Grass llamó en cierta ocasión «fascistas con piel de marxista»), la única acción posible es la violenta. En ese sentido, no es difícil apreciar que las simpatías del autor no están tanto con el profesor de literatura Eberhard Starusch ni con el estudiante de bachillerato de diecisiete años Philipp Scherbaum (aunque Grass parece comprender sus motivaciones y, de alguna manera, respetarlas) sino con el dentista innominado que atiende a Starusch y le receta anestésicos de baja intensidad que le permitan sobrellevar las intervenciones quirúrgicas a las que lo somete; para él, se trata de llevar a cabo pequeñas acciones correctivas y no necesariamente violentas basadas en la evidencia empírica de tal modo que éstas contribuyan a la curación del individuo, antes que de una intervención brutal y definitiva.

 

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Al igual que para su paciente, para el dentista innominado del libro Vietnam es «a lo sumo el resultado de una política equivocada o la manifestación necesaria de un sistema social corrompido», una situación claramente menos idealista que la del estudiante de bachillerato de diecisiete años Philipp Scherbaum, quien «no indaga los motivos: ve seres humanos convertidos en antorchas vivientes y quiere hacer algo en contra, lo que sea». En el marco de la década de 1960 (a la que Grass se refiere implícitamente al hablar de «Brigadas tan numerosas como se quiera de buldóceres allanaban centros comerciales, almacenes de depósito, depósitos de piezas de recambio, almacenes frigoríficos en los que sudaban montañas de mantequilla [...]. Grandes almacenes caían de rodillas y se prendían fuego mutuamente. Y por encima de todo eso se oía cantar: burn, warehouse, burn») y en el cénit del movimiento estudiantil, un programa así sólo podía ser tildado de reformista y rechazado por una gran mayoría de los lectores, pero es precisamente contra esa mayoría contra la que estaba dirigida la llamada a la sensatez por parte del dentista, quien afirma aquí que el cambio «es producto de reformas lentas y aun a menudo tardías, y no de la violencia necia, capaz únicamente de crear la nada». En Anestesia local su autor no deja de simpatizar con los intentos de oponerse a lo establecido, pero rechaza el uso de la violencia, así como la idea del sacrificio personal y del «dolor como medio de conocimiento». Aun cuando esta crítica se propone implícitamente como una reorientación del movimiento estudiantil a partir del interés en un cambio social compartido por el autor y por los activistas y su rechazo al fascismo, resulta difícil no leer la siguiente declaración del dentista como algo más que la explicitación de las opiniones de un personaje hastiado de

«[...] su fastidio, su bostezar frente a mejoras ciertamente insignificantes pero útiles con todo, su afán de cortar nudos con un golpe rápido y sin embargo a ciegas, su deseo desenfrenado de un hundimiento lo más pomposo posible, su trasnochada hostilidad contra la civilización, que disfrazada de progresista quisiera volver a los tiempos del cine mudo, su impotencia para trabajar en silencio y activamente a favor del bienestar de la humanidad, su pedagogía, dispuesta a cambiar incondicionalmente la nada por una utopía y uno de estos pequeños castillos en el aire por la nada retumbante, su agitación, su cerebelo caprichoso, su satisfacción maliciosa cuando algo va mal y sus reiteradas exhortaciones a la violencia, todo esto lo denuncia.»

El enfrentamiento entre el dentista y su paciente que se produce en Anestesia local es pues el que sostienen reformistas y revolucionarios; allí donde «el médico aconseja practicar moderación y confiar en la evolución permanente», el paciente (y su estudiante) exigen «determinados cambios radicales y una actitud revolucionaria», de tal modo que la novela se convierte en una alegoría de ese enfrentamiento, en el marco del cual, Grass (contra la opinión general en su época) opta por los primeros. El autor de La ratesa hace decir al estudiante de bachillerato de diecisiete años Philipp Scherbaum que a ciertas ideas se las debería «congelar, para poder descongelarlas algún día, pensarlas hasta el fin y traducirlas en acción...» Ahora que los tiempos parecen haber cambiado (sin acabar con las razones para una intervención política que parece cada día más urgente) Anestesia local trae algunas de esas ideas para que sean pensadas «hasta el fin» por una nueva promoción de personas y, por fin, convertidas en acción; así, el padre del narrador de este libro le ha dicho en una ocasión que «"El futuro de la humanidad está en la construcción de puentes"», lo que puede ser leído de forma literal o como una invitación (y posiblemente toda Anestesia local lo sea) a pensar alternativas hoy que los ríos parecen desbordados.

 

Prólogo a
Günter Grass
Anestesia local
Trad. Carlos Gerhard
Madrid: Capitán Swing, 2012

[Publicado el 30/1/2012 a las 12:30]

[Etiquetas: Günter Grass, Prólogos]

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Tobias Wolff sobre la novela del escritor (cita)

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"Si todo esto parece una especie de biografía de un escritor, no es casual. Hasta cuando vivía aquellas cosas las estaba viendo en la contraportada de un libro. Y sin embargo, durante todos aquellos años en realidad escribí muy poco, quizá porque tenía miedo de no ser lo bastante bueno para justificar aquella existencia improvisada, y porque la improvisación se convirtió en un fin en sí misma y dejaba poco sitio a la invención disciplinada. [...] De la vida de la que surge lo que se escribe no es posible escribir. Es una vida que transcurre sin el conocimiento del propio escritor, por debajo de las inquietudes y los ruidos de la mente, en profundos pozos sin luz donde los mensajeros fantasmas se esfuerzan por avanzar hacia nosotros, matándose entre sí a lo largo del camino; [...] No se puede hacer ningún relato verídico de cómo o por qué uno se convirtió en escritor, ni existe ningún momento del que se pueda decir: Es entonces cuando me convertí en escritor. Las piezas sueltas encajan más adelante, con mayor o menor sinceridad, y después de que los relatos se hayan repetido adquieren la categoría de recuerdos y bloquean todas las demás rutas de exploración."
 
 
Tobias Wolff
Vieja escuela
Trad. Mariano Antolín Rato
Madrid: Alfaguara, 2005
Pp. 212-213

[Publicado el 27/1/2012 a las 10:15]

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Los rostros de la ficción

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Gilles Lipovetski; Bogotá, 2010. Fotografía: Vasco Szinetar.

"Al enseñarnos un nuevo código visual, las fotografías alteran y amplían nuestras nociones de lo que merece la pena mirar y de lo que tenemos derecho a observar" escribió Susan Sontag; su observación posee una validez extraordinaria cuando se piensa en ese singular capítulo de la fotografía contemporánea que es el retratismo de escritores, un tipo de retratismo paradójico que extrae sus temas de una disciplina artística de escasa visibilidad cuya principal característica es la falta de autonomía.
 
A él le debemos imágenes extraordinarias como la fotografía de Jorge Luis Borges que Daniel Mordzinski (Buenos Aires, 1960) hizo en 1978 y que lo muestra de perfil junto a un cono de luz que no puede ver mientras una mano irrumpe a sus espaldas, pero también una buena cantidad de imágenes ridículas que no apelan tanto al humor como a ese incómodo sentimiento que llamamos vergüenza ajena y que los ingleses llaman al parecer "Spanish shame" o vergüenza española: un escritor exhibiendo fotografías de sí mismo, otro esgrimiendo una aspiradora contra el cielo, uno en posición fetal sobre una mesa de billar (por mencionar sólo tres fotografías de Mordzinski).
 
No parece necesario decir que ninguna de estas tres actividades son realizadas regularmente por escritores y que ninguna de ellas tiene que ver con lo que los ha convertido en escritores en primer lugar y ha suscitado el interés del fotógrafo por ellos, pero importa mencionarlo porque lo que estas imágenes muestran es una solución (correcta o errónea, poco importa) al problema de que la escasa materialidad del acto de escribir hace imposible dar cuenta de él de otro modo que fotografiando a quien escribe. A diferencia de otras disciplinas artísticas, la escritura es muy poco atractiva desde el punto de vista de la fotografía (el escritor que trabaja resulta singularmente menos interesante desde ese punto de vista que el pintor que pinta o el actor que actúa), un problema al que debemos sumar uno vinculado con la propia naturaleza de la escritura: el de que quien la realiza ha decidido sustraer su presencia a la mirada ajena desde el momento en que ha escogido un tipo de arte no presencial y que tiene lugar en su ausencia durante el acto de la lectura.
 
Ambos problemas no son irresolubles, sin embargo, y todo el interés de ese tipo de retratismo que es el retratismo de escritores se deposita en los procedimientos que el fotógrafo utiliza para dotar al escritor retratado de los atributos que el observador de la fotografía asocia a los escritores y a la literatura. Algunos de los más visibles de esos procedimientos (pueden verse regularmente en la prensa diaria principalmente) son un puñado de gestos que se repiten con escasísimas variantes en las fotografías de escritores: basándose en Georg Christoph Lichtenberg, el ensayista mexicano Andrés Virreynas ha contado algo más de sesenta en su 62 maneras de apoyar la cabeza (y unas cuantas más) en 2007. A estas maneras de sostener la cabeza con las manos de las que habla Virreynas hay que sumar las variantes del cruce de brazos y de piernas que están en el repertorio más básico del fotógrafo de escritores y entre las posturas más elementales de estos a la hora de ser fotografiados; se trata de un tipo de fotografía descriptiva que opta por la literalidad y, por lo tanto, tiene poco de literario (excepto la profesión de su retratado), pero que renuncia igualmente a su autonomía, en el sentido de que se convierte en subsidiaria de los textos literarios.
 
Afortunadamente, sin embargo, hay otros modos de aproximarse al escritor (narrativos, por decirlo de algún modo), y algunos de los mejores fotógrafos latinoamericanos del momento dan buena cuenta de ellos. Uno de ellos es el fotógrafo Vasco Szinetar (Caracas, 1948). Al igual que Mordzinski, Szinetar huye de los gestos que plagan el retratismo convencional de escritores y la escenificación de la situación de escritura (el ordenador, la mesa de trabajo, la biblioteca; en el peor de los casos, la pluma abierta), de la que era una maestra la española Colita, para ofrecer una imagen del escritor fuera de su contexto habitual; para ello, Szinetar fotografía a sus retratados en el espejo de un baño, a menudo incluyéndose en la imagen: se trata de un tipo de retratismo ambiguo, que recurre tanto al humorismo ligeramente surrealista de la situación como a una cierta intimidad que no se deposita del lado del hecho de que fotógrafo y retratado se encuentren en un baño sino precisamente en que la fotografía testimonia una proximidad entre ambos que, incluso aunque sea circunstancial, parece incluir para el espectador la promesa de un encuentro en cualquier otra circunstancia con el escritor retratado. Cuando no recurre al espejo como superficie productora de sentido, Szinetar pone al escritor frente a fondos cuidadosamente escogidos que sirven de contraste o de proyección de una cierta idea sobre su obra: una de sus fotografías más famosas muestra a José Hierro contra un fondo poroso de concreto sobre el que el poeta parece fundirse, como si su rostro hubiera sido esculpido en la roca; otra, tiene a Ángel González abrumado por las arquitecturas aéreas del Parque Central de Caracas.
 
En los retratos de Szinetar (basados en la captura) se pone en escena un procedimiento que es también el de Lisbeth Salas (Caracas, 1971). Al igual que Mordzinski y Szinetar, la fotógrafa residente en Barcelona suele sacar a sus retratados de sus espacios habituales, pero, a diferencia de los dos fotógrafos mencionados, suele colocar a sus retratados en escenarios que den cuenta, si no de su obra, sí por lo menos de un cierto estado de ánimo que la permea o que se proyecta en el personaje retratado.
 
Acuclillados entre juncos, caminando entre ruinas, los escritores retratados por Salas son tratados por la fotógrafa como los objetos abandonados y de uso cotidiano de su serie "Apuntes de un diario", que pudo verse en PhotoEspaña en 2007: como simples manchas y objetos que perderían todo significado si se los desprendiera del entorno específico en el que la fotógrafa los ha ubicado y que en su fotografía tiene tanta importancia como los personajes retratados.
 
Aun cuando no lo parezca a simple vista, en sus imágenes suele haber una suerte de interpretación por su parte de la atmósfera de los libros del retratado o del tipo de motivaciones que lo inducen a escribir (véanse por ejemplo sus retratos de Enrique Vila-Matas y de Sergi Pàmies: dos de los principales maestros de la ocultación y el disimulo en la literatura hispanohablante son retratados frontalmente y en una pose sencilla que parece un comentario irónico a su obra); esa interpretación (que lleva a pensar en Salas como lectora de sus retratados, sea esto verdad o no) aparece como una estrategia de aproximación al escritor semejante a las de la argentina Alejandra López y la española Chus Sánchez (A Coruña, 1983), cuyas fotografías de escritores los muestran siempre agazapados mientras se exhiben ante la cámara al tiempo que guardan un secreto, y difiere radicalmente de la de Mordzinski, basada en la creación de situaciones en los que, en palabras del escritor argentino Martín Kohan, el autor "ya no se reconoce".
 
Mediante una cuidadosa elección de situaciones y objetos (a menudo sombreros, que el fotógrafo utiliza como parte de una técnica compositiva sencillamente magistral), Mordzinski evita recurrir a la pose, que es el modo natural de relación del retratado con la cámara fotográfica, aunque lo hace a riesgo de crear otra pose; es decir, de cambiar la imagen del escritor adusto por la del que hace monerías. A veces sus imágenes parecen sugerir que Mordzinski lee a sus retratados: piénsese en la famosa fotografía de César Aira sentado transversalmente en una bañera (y aquí es esa transversalidad el detalle significativo) o en la de Elena Poniatowska retratada junto a un policía; también en las de Raúl Zurita al pie de una escalera mecánica y Marcelo Cohen detrás de la puerta de una cocina. Algo inaprensible (y por eso mismo, atractivo) acerca del escritor y de su obra parece haber sido contrabandeado deliberadamente en la fotografía, de allí su valor.
 
Quizás haya algo paradójico en el hecho de que una disciplina de una materialidad tan poco atractiva como la literatura suscite una atención tan grande por parte de fotógrafos talentosos como los mencionados (una atención que ya constituye un subgénero del ámbito del que proceden sus retratados, con libros como El ojo en la letra de Salas, El país de las palabras de Mordzinski y re-tratados. España 1974-2003 de Szinetar, por nombrar sólo algunos); también, que el rostro del escritor nos interese allí donde lo único que debería importarnos de su persona es su obra.
 
Volviendo a Sontag (quien recuerda en el ensayo ya mencionado que los tres primeros usos que se le dieron a la fotografía consistieron en la celebración de la familia, la normalización de la mirada sobre el paisaje y la colaboración con las instituciones de control del Estado), tal vez sea pertinente pensar si al menos alguna de esas funciones no es reconocible todavía en el retratismo de autores, particularmente la del control (en ese sentido, resulta significativo que, desvinculándolo de su ámbito de producción y de la clase social a la que pertenece, el retratismo de escritor muestre a éste como la manifestación de una realidad sin conflictos).
 
Más allá de esto, sin embargo, es un hecho que el retratismo de escritores tiene como función (si no principalmente, al menos accesoria) contribuir a dotar de visibilidad a una disciplina que carece de ella, de resultas de lo cual las suyas son las imágenes de una disciplina invisible, los rostros de un arte cuyas visiones son fugaces y no pueden ser aprehendidas; también, ofrecer un simulacro de conocimiento del autor que parece necesario en un período histórico en el que su multiplicación dificulta su lectura: en ese marco, el rostro del escritor (y lo que su retrato pueda decirnos sobre su carácter así como sobre sus gustos y sus intenciones) adquiere una importancia significativa, ya no como apéndice de su obra sino como lo único que el lector promedio conocerá de ella.
 
Puesto que la fotografía no reproduce tanto como crea su objeto, la finalidad última del retratismo de escritor no parece ser dar cuenta del rostro de un escritor y de algunos rasgos de su personalidad, sino (en algún sentido) inventar ese rostro y esa personalidad, y, de forma más general (y esto es particularmente visible en álbumes como HAY, Crónica de un festival de Mordzinski, de 2008) contribuir a la ficción amable de la existencia de una escena literaria y de una comunidad de escritores. A pesar de que Jean-Luc Godard afirmó famosamente que "la fotografía es la verdad", hay poco más engañoso que estas imágenes de escritores, pero su falsedad pertenece al terreno de ese tipo de verdades que son todo el tema de la literatura. Esa es la única verdad trascendente en estas fotografías.
 
 
Publicado originalmente en ABC Cultural. 21 de enero de 2012.

[Publicado el 25/1/2012 a las 12:00]

[Etiquetas: Fotografías, Disidencias]

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Literatura del disenso

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"[...] con la que está cayendo..." Ilustración: Larissa Bertonasco.

Quizás haya algo inapropiado en el hecho de que este año hayan vuelto a realizarse listas de "los mejores libros de 2011" con la finalidad de establecer un cierto consenso en torno a los títulos relevantes del curso, ya que el año pasado nos ha dejado precisamente señales esperanzadoras de una cierta desconfianza hacia ese tipo de consensos, al menos en el ámbito de la política; si la afluencia masiva de ciudadanos a las calles señaló la intensificación de una cultura del disenso hasta entonces minoritaria en España, tal vez resulte consecuente ratificar esa disidencia con la elección de títulos que no parecen haber recibido demasiada atención por parte de los lectores ni obtenido el consenso de la crítica.
 
Uno de esos títulos es R.I.P. de Felipe Almendros (Reservoir Books), un cómic extraordinario acerca de la enfermedad y la muerte que carece de viñetas, no tiene influencias visibles y no está firmado por su autor, cuyos personajes sólo son ligeramente antropomorfos (a menudo, no mucho más que manchas de color) y sin embargo es un cómic autobiográfico (y uno de los mejores).
 
En narrativa breve este año destacó Knockemstiff de Donald Ray Pollock (Libros del Silencio), un puñado de cuentos situados en la localidad estadounidense del mismo nombre cuyos personajes son seres indolentes y fracasados con un pasado tan duro y sórdido que sólo puede alumbrar un presente terrible.
 
Terrible es también leer el último libro de Günter Wallraff. Con los perdedores del mejor de los mundos (Anagrama) reúne crónicas del periodista alemán acerca de las desigualdades que presiden el acceso al mercado laboral y la situación de los trabajadores, que alguien con un mejor concepto de la humanidad que quien esto escribe podría calificar rápidamente de "inhumanas".
 
Una incomodidad necesaria por lo que tiene de anticipación de lo que vendrá (y ya está aquí parcialmente), del mismo modo en que resulta incómodo (pero necesario) leer las tres piezas de la dramaturga Angélica Liddell reunidas en La casa de la fuerza (La Uña Rota), una de las manifestaciones más evidentes de que la escritura dramática es lo más interesante que se escribe en España en este momento.
 
Basura de Ben Clark (Delirio) cierra esta selección de títulos de disenso con sus poemas acerca de la basura como aquello "que sobra", el remanente de la vida social pero también su testimonio indispensable. Una poesía interesada en la materialidad de los intercambios sociales que pretende (y logra) lo que buena parte de los títulos mencionados aquí: ir contra la opinión dominante.
 
 
Publicado originalmente en ABC. 5 de enero de 2012.

[Publicado el 23/1/2012 a las 12:30]

[Etiquetas: Disidencias]

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Chantaje y asesinato moral en nuestros días

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Algunas de las mejores citas que he leído en mi vida fueron concebidas por (o atribuidas a) la escritora estadounidense Eleanor Roosevelt (1884-1962), esposa del presidente Franklin Delano Roosevelt; una de ellas, quizás la más famosa, sostiene que "las grandes mentes discuten ideas; las modestas, hechos; las mediocres, personas", y a quienes discuten personas y no ideas está dedicado el nuevo libro del español Juan Cruz Ruiz Contra el insulto, con el que pensé que sería conveniente cerrar esta semana dedicada al tema.
 
Juan Cruz Ruiz entrevista en su libro a un puñado de personas que fueron víctimas o conocieron de cerca a víctimas del agravio a menudo infundado y principalmente anónimo: el biógrafo de la cineasta y directora general de Radiotelevisión Española durante el gobierno de Felipe González Pilar Miró, el ingeniero Jacinto Pellón, responsable de la Exposición Universal de Sevilla de 1992, el médico Luis Montes, el escritor Eduardo Haro Tecglen, Teddy Bautista (posiblemente la única inclusión discutible en este volumen) y otros, pero también a personas que contribuyen a intentar comprender el insulto en nuestros tiempos: el escritor Manuel Rivas, el filósofo Emilio Lledó y el periodista Iñaki Gabilondo.
 
En el diálogo entre estos dos últimos se encuentra lo más interesante del libro debido a la suma de reflexión filosófica y experiencia práctica con el insulto; allí, Gabilondo recuerda que, para que el diálogo (es decir, la antítesis del insulto) sea posible, se requiere
 
"[...] primero, respetar al otro, segundo, tener alguna duda y algún interés en tratar de entender lo que el otro quiere decir. [...] tengo para mí que una de las claves de lo que ahora mismo está ocurriendo con la degradación del diálogo sucede porque el diálogo como tal nace truncado desde el momento en que hay mucha gente que tiene cosas que decir (o cree que las tiene) pero que tiene muy poquito interés en escuchar lo que otros tienen que decir. Y en todo caso, se acerca a eso con un gran número de prejuicios, un obstáculo muy superior al de la ignorancia, y con ideas predeterminadas, de tal manera que no hay la más mínima posibilidad de que otras voces u opiniones introduzcan algún factor que matice sus propios puntos de vista" (39-40).
 
Cruz sostiene a su vez que el "chantaje" y el "asesinato moral" que son los principales objetivos del insulto tienen un ámbito privilegiado en el digital; para el autor del reciente Egos revueltos,
 
"[...] en lugar de haber convertido la red en una plaza de gran trascendencia reflexiva, sometida a las discusiones más abiertas y más variadas, hemos dejado que esos ámbitos de discusión y de participación pública se nutran con los insultos más desconsiderados y con la más terrible de las lacras que vive la cultura escrita: el anonimato maldiciente en manos del que quiere hacer daño porque le place, el que no entiende de barreras ni de dicción ni de pensamiento" (15).
 
"¿Qué ocurre para que ese anonimato que parecía como una expresión de la libertad individual se haya convertido en un certificado de evaluación para el insulto en la red?" (47) se pregunta Cruz. "¿Qué porvenir tiene una sociedad que ha asumido que el insulto, el chantaje, es una forma normal de convivencia?" (54) insiste. Para responderse, Cruz recurre al reciente El holocausto español, en el que el historiador inglés Paul Preston demuestra cómo la Guerra Civil fue auspiciada y fomentada por una campaña de desprestigio y acoso a la República. Desafortunadamente, no parece haber demasiados argumentos para refutar esa sugerencia de que aquellos tiempos se parecen a estos; quienes deseen comprobarlo pueden recurrir al libro de José María Izquierdo Las mil frases más feroces de la derecha de la caverna (Pról. Iñaki Gabilondo. Madrid: Aguilar, 2011), una selección de insultos dirigidos a políticos españoles de centroizquierda y a colectivos como los sindicatos, los nacionalistas (catalanes y vascos principalmente), el movimiento 15-M y los homosexuales realizados por un puñado de personajes de la derecha periodística del que sólo destaca (por su excelente prosa y por su habilidad para el retruécano) Juan Manuel de Prada, el único autor de calidad de la obra.
 
En un artículo de 1994 Antonio Muñoz Molina parecía anticipar y compartir el argumento que está detrás de ese libro y de Contra el insulto: "Queda del franquismo una mala leche profesional, conspiradora y bronquítica, una propensión enrarecida al chisme y a la malevolencia que algunos despistados toman aún por agudeza" (168). Parece pertinente comenzar a pensar en el auge del insulto en la cultura española a la luz de ese triste legado, como su consecuencia o su continuación por otros medios.
 
 
Juan Cruz Ruiz
Contra el insulto
Madrid: Turpial, 2011

[Publicado el 20/1/2012 a las 10:15]

[Etiquetas: Juan Cruz Ruiz, Turpial, Miscelánea]

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Más contribuciones al insulto literario (cita)

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Ofensor y ofendido: Émile Zola según la publicación satírica "Le Rire" (1897)

Gustave Flaubert sobre George Sand: "Una gran vaca rellena de tinta."

Lawrence Durrell sobre Henry James: "Si tuviera que elegir entre leer a Henry James y que apretaran mi cabeza entre dos piedras, elegiría lo segundo."

¡Absalón, Absalón! de William Faulkner de acuerdo a The New Yorker: "La explosión final del que alguna vez fue un talento menor pero notable".

James Dickey sobre Robert Frost: "Si alguien dijera que alguna cosa que escribí fue influenciada por Robert Frost, cogería esa obra mía, la trituraría y la tiraría por el inodoro con la esperanza de no obstruir las tuberías."

James Gould Cozzens sobre John Steinbeck: "No puedo leer diez páginas de Steinbeck sin vomitar."

La obra magna de Miguel de Cervantes de acuerdo con Martin Amis: "La lectura de El Quijote se puede comparar con la visita por tiempo indefinido del más inaguantable de tus parientes viejos, con sus bromas, sus sucios hábitos, sus reminiscencias imparables y sus espantosos amigotes."

Gustave Flaubert de acuerdo a Le Figaro: "El señor Flaubert no es un escritor".

Edgar Allan Poe según Henry James: "El entusiasmo por Poe es la marca de un estadio decididamente primitivo de reflexión."

Nathaniel Hawthorne sobre Edward Bulwer-Lytton: "Bulwer me produce asco: es el grano mismo de las patrañas de la época. No hay esperanza para el público en tanto siga teniendo un admirador, un lector o un editor."

El vicario de Wakefield de Oliver Goldsmith según Mark Twain: "un extraño batiburrillo de hipócritas complacientes e idiotas, de héroes y heroínas de teatro barato que siempre están alardeando, de malas personas que no son interesantes y de buena gente que provoca cansancio."

Samuel Taylor Coleridge sobre el historiador Edward Gibbon: "Su estilo es detestable, pero no es lo peor de él".

Las flores del mal de Charles Baudelaire de acuerdo a Émile Zola: "Dentro de cien años, los libros de historia de la literatura  francesa, sólo mencionarán esta obra como una curiosidad".

Émile Zola según Oscar Wilde: "Monsieur Zola está decidido a mostrar que, si carece de genio, al menos puede ser aburrido".

Evelyn Waugh sobre Stephen Spender: "Verlo haciendo malabares con nuestro rico y delicado lenguaje es experimentar el mismo horror de ver un jarrón de Sèvres en las manos de un chimpancé".

Lev Tolstoi a Anton Chéjov: "Ya sabes que no puedo soportar las obras de [William] Shakespeare, pero las tuyas son peores incluso".

Ana Karenina de Lev Tolstoi de acuerdo a The Odessa Courier: "Basura sentimental. Muéstrenme una sola página que contenga una idea".

William M. Payne sobre Henry James: "Resulta tristemente evidente que James se ha agotado a sí mismo en cuanto se refiere a novela internacional y probablemente en cuanto se refiere a cualquier clase de novela" (dicho antes de la publicación de Los bostonianos y Otra vuelta de tuerca).

Edward Abbey sobre Tom Wolfe: "Un pretencioso cazador de tendencias. La chica del pompón de las letras estadounidenses".

El crítico literario Churton Collins según Alfred, Lord Tennyson: "Un piojo en los rizos de la literatura".

George Bernard Shaw de acuerdo con Roger Scruton: "Ni siquiera el accidente poco relevante de la completa ignorancia lo disuadiría de redactar una opinión definitiva sobre cualquier tema".

Oscar Wilde sobre George Bernard Shaw: "No tiene ningún enemigo en este mundo, y ninguno de sus amigos lo quiere".

Robert Yelverton Tyrrell sobre una traducción de Robert Browning: "El original griego es de gran utilidad para desentrañar la traducción de Browning".

Samuel Butler sobre Johann Wolfgang von Goethe: "He estado leyendo una traducción de Wilhelm Meister. ¿Es bueno? A mí me parece posiblemente el peor libro que he leído. Ningún inglés podría haber escrito un libro así. No puedo recordar ni una sola página o idea... ¿Es todo una broma? Si lo que realmente he estado leyendo es Wilhelm Meister de Goethe, me alegro de que nunca me haya tomado la molestia de aprender alemán."

Gertrude Stein, de acuerdo con Wyndham Lewis: "La prosa de Gertrude Stein es un budín de sebo negro y frío. La podemos representar como un frío rollito de sebo de longitud increíblemente reptiliana. Si lo cortas en cualquier lugar, es siempre lo mismo: la misma masa pesada, pegajosa y opaca, a lo largo y a lo ancho."

Sinclair Lewis de acuerdo al Boston Evening: "Como humorista, Lewis se esfuerza con valor en ser gracioso, pero sólo acierta a ser estúpido".

Edmund Wilson sobre W.H. Auden: "En Auden se da el curioso caso de un poeta que escribe un lenguaje poético original, en la más sólida tradición inglesa, pero que parece haber quedado retenido en la mentalidad de un escolar adolescente".

Anatole France sobre Émile Zola: "Su trabajo es malo, y él es uno de esos seres infelices de los que se puede decir que sería mejor si no hubieran nacido nunca."

J.D. Salinger de acuerdo a Mary McCarthy: "No me gusta Salinger, en absoluto. Lo último que ha escrito ni siquiera es una novela, sea lo que sea. No me gusta, en absoluto. Sufre de esa especie de sentimentalismo metropolitano terrible y es tan narcisista. Y para mí, también, parece tan falso, tan calculado: combinar al hombre sencillo con el egoísmo megalómano. Simplemente no puedo soportarlo."

Lord Byron sobre John Keats: "Aquí está la poesía de pis en la cama de Keats y tres novelas de Dios sabe quién. No más Keats, os lo ruego: desolladlo vivo, y si algunos de ustedes no lo hace, lo haré yo mismo: no es necesario aguantar el idiotismo babeante de la Humanidad."

Elizabeth Bishop sobre J.D. Salinger: "Odié [El guardián entre el centeno]. Me tomó días abrirme paso a través de él, cautelosamente, una página por vez y el ruborizándome de vergüenza ajena con cada frase ridícula que me encontraba en el camino. ¿Cómo pudieron dejarle hacer eso?"

Jane Austen de acuerdo a Charlotte Brontë: "No altera al lector con nada vehemente ni lo molesta con nada profundo: las pasiones le son perfectamente desconocidas".

James Lorimer sobre Cumbres borrascosas de Emily Brontë: "He aquí, mil veces aumentados, todos los defectos de Jane Eyre (Charlotte Brontë) y. pensándolo bien, sólo nos queda el consuelo de que nunca alcanzará amplia difusión".

Ralph Waldo Emerson sobre Jane Austen: "No logro entender por qué la gente tiene las novelas de Austen en tan alta estima, ya que a mí me parecen vulgares tonterías, estériles en imaginación artística, prisioneras de las despreciables convenciones de la sociedad inglesa, carentes de genio, talento y conocimiento del mundo. Nunca la vida fue tan mezquina y estrecha. El único problema en la mente de la escritora [...] es llegar al matrimonio. El suicidio es más respetable".

Thomas Carlyle sobre Ralph Waldo Emerson: "Un desdentado y canoso mandril".

El editor francés Marc Humblot en su carta de rechazo de En busca del tiempo perdido: "Mi querido amigo, quizá debo estar muerto de cuello para arriba pero por más que me devano los sesos no acierto a ver por qué alguien necesita treinta páginas para describir cuántas vueltas da en la cama antes de dormir".

Walt Whitman según Henry David Thoreau: "No solo estaba ansioso por hablar sobre sí mismo, sino que también era reacio a que la conversación se apartase de ese tema por demasiado rato".

Walt Whitman de acuerdo a The London Crine: "Withman conoce tanto el arte como un cerdo las matemáticas".

C.S. Lewis leyendo la obra de J.R.R. Tolkien: "¡Oh, no! ¡No otro elfo de mierda!".

 

Publicado originalmente (y parcialmente) en Revista de Libros, diciembre de 2011.

 

[El próximo viernes: Contra el insulto de Juan Cruz Ruiz]

[Publicado el 18/1/2012 a las 12:15]

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Los frutos amargos de la dulce ira

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Ameno intercambio de opiniones entre escritores: una ilustración de R. Bagautdinov para "Hands Up! o Enemy No. 1" de L. Davidichev (1971).

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El escritor inglés H.G. Wells definió alguna vez a su colega George Bernard Shaw como "un niño idiota gritando en un hospital". Algún tiempo después, el estadounidense William Faulkner dijo de Ernest Hemingway que no había sido "nunca conocido por usar una palabra que remitiese al lector a un diccionario"; el autor de París era una fiesta respondió: "Pobre Faulkner, ¿de verdad cree que las grandes emociones las provocan las grandes palabras?" (Por cierto, en su afirmación no hay ninguna palabra que sea necesario buscar en el diccionario, así que es posible que Faulkner tuviera razón.) Joseph Conrad escribió sobre D.H. Lawrence: "mugre, nada más que obscenidades", pero también recibió golpes, de Vladimir Nabokov en su caso, quien dijo: "No puedo soportar ese estilo de Conrad como de tienda de suvenires y sus clichés románticos de barcos en botellas y collares de conchas". El escritor ruso nunca se caracterizó por la ecuanimidad de sus juicios sobre sus colegas (de hecho, sobre Hemingway opinó que era "un escritor de campanas, cojones y toros" y de Fiódor Dostoievski afirmó que "su falta de buen gusto, sus monótonos tratos con personas que sufren de complejos prefreudianos y la manera que tiene de revolcarse en las desgracias trágicas de la dignidad humana, todo eso es difícil de admirar"), pero apenas puede rivalizar con los grandes maestros del insulto literario en inglés, Dorothy Parker (quien opinó alguna vez "esta no es una novela para dejarla a un lado con ligereza: hay que tirarla con mucha fuerza" y dijo, sobre The Autobiography of Margot Asquith, "la historia de amor entre Margot Asquith y Margot Asquith vivirá para siempre en las páginas de la literatura romántica"), Gore Vidal (autor de las siguientes opiniones: "Truman Capote ha convertido la novela en una forma de arte, una forma de arte menor" y "Las tres palabras más desalentadoras en el idioma inglés son: ‘Joyce Carol Oates'" y que, al ser golpeado por Norman Mailer en una fiesta, le dijo antes de desmayarse: "Veo que las palabras te han fallado una vez más, Norman"), Ezra Pound y Oscar Wilde: el primero dijo sobre William Wordsworth que era "un hombre estúpido que hasta ahora no ha arruinado la moral de nadie, excepto, quizás, la de aquellas personas susceptibles a las que haya conducido al crimen en la mismísima furia de su aburrimiento". Oscar Wilde opinó sobre Alexander Pope: "Hay dos maneras de sentir aversión hacia la poesía; la primera es tener aversión hacia ella, la segunda es leer a Pope". Ninguno de ellos fue dejado sin castigo, sin embargo: Conrad Aiken afirmó sobre el primero que "en cuanto a estilo o forma, es difícil imaginar algo mucho peor que la prosa del señor Pound. Se trata de la fealdad y la torpeza encarnadas" y Gertrude Stein lo describió sardónicamente como "alguien que describía un pueblo. Excelente si eras un pueblo, pero si no lo eras, no". Noel Coward, a su vez, definió a Wilde como un "cabrón pesado y afectado".

Estos y otros ejemplos son parte de ese género tan denostado (y tan popular, sin embargo) que es el insulto en literatura. Surgido en los comienzos mismos de ésta como actividad social (véanse por ejemplo los epigramas de Marco Valerio Marcial y de Catulo), el insulto en literatura (ya fuese como apotegma, como juicio irónico o franco o como diatriba) ha existido siempre como parte esencial de la economía de la literatura, dando cuenta de las preferencias y de los rechazos de sus autores pero también manteniendo a raya a los eventuales competidores, redistribuyendo el capital simbólico, trazando las líneas de trinchera de movimientos y tendencias, atrayendo la atención pública hacia quien insulta y quien es insultado y contribuyendo a la renovación de la escena literaria; también (y desafortunadamente) ha sido usado durante siglos para desestimar el aporte de las mujeres escritoras a una escena dominada por hombres: sobre Jane Austen, por ejemplo, Ralph Waldo Emerson dijo que sus novelas eran "vulgares en tono, estériles en invención artística, prisioneras de las despreciables convenciones de la sociedad inglesa, sin genio, mordacidad ni conocimiento del mundo" y Mark Twain afirmó que "la sola omisión de los libros de Jane Austen convertiría en bastante buena a una biblioteca sin un solo libro" y agregó que "cada vez que leo Orgullo y prejuicio desearía desenterrarla y pegarle en el cráneo con su propia espinilla" (por cierto, Twain reunió tantos argumentos contra la obra de cierto colega que le dedicó un ensayo, "Los delitos literarios de Fenimore Cooper", y recibió a su vez el rapapolvo de William Faulkner, quien lo definió como "un escritorzuelo que no habría sido considerado de cuarta categoría en Europa, que engañó a algunos de los viejos esqueletos literarios a prueba de balas con suficiente color local para intrigar al superficial y al vago".

 

2

Al igual que en el último ejemplo, una de las razones para establecer la importancia de la diatriba para la historia de la literatura puede hallarse en el hecho de que el insulto manifiesta el estado de cosas del momento en que es formulado y señala los límites de lo que puede ser dicho (y de quiénes pueden hacerlo) en literatura; en ese sentido, no sorprende que uno de los autores más despreciados por sus colegas en la historia de la literatura haya sido James Joyce, del mismo modo que tampoco sorprende que esos insultos hayan provenido en su mayoría de los autores que monopolizaban la escena literaria de su época y, por lo tanto, veían la radical novedad de Ulises como una provocación y una amenaza. Así, D.H. Lawrence exclamó: "¡Dios mío, qué torpe olla podrida es James Joyce! Nada más que colillas viejas y los pedazos de col de citas de la Biblia y lo demás estofado en el jugo de la deliberada obscenidad periodística", George Bernard Shaw llamó a Ulises "un registro repugnante de una fase desagradable de la civilización" y Virginia Woolf fue incluso más explícita: "Ulises es el esfuerzo de un estudiante asqueroso reventándose los granos".

 

3

¿Por qué nos gustan los insultos literarios? Una respuesta parcialmente incompleta es que nos gustan por su economía y por su calidad, que resulta de la familiaridad que los escritores tienen con el uso del lenguaje por la naturaleza misma de su trabajo. Una diatriba como la que Mary McCarthy le dedicó a Lillian Hellman ("Cada palabra que escribe es una mentira, incluyendo los "y" y los "el" y "la"), la opinión de Louis-Ferdinand Céline sobre El amante de Lady Chatterley de D.H. Lawrence ("seiscientas páginas por la polla de un guardabosque son demasiadas páginas") o la forma en que H.G. Wells describió a Henry James ("Un hipopótamo tratando de coger un guisante") nos parecen tan perfectos que tendemos a aceptarlos y a disfrutar de ellos incluso aunque no estemos de acuerdo con su contenido. Pero también (y especialmente) disfrutamos de los insultos literarios por el hecho de que nos demuestran que incluso los grandes escritores pueden estar equivocados: Charles Baudelaire definiendo a Voltaire como "el rey de los zoquetes, el príncipe de lo superficial, el antiartista, el vocero de las porteras", Evelyn Waugh comentando su primera lectura de Marcel Proust ("un material muy pobre: pienso que Proust tenía algún defecto mental"), Gore Vidal diciendo que Truman Capote era "un ama de casa de Kansas hecha y derecha y con todos su prejuicios" (por cierto, también opinó sobre su muerte que era "un excelente giro a su carrera") y Capote opinando que la escritura de Jack Kerouac no era "escritura, sino mecanografía" demuestran que las opiniones literarias y la formación del gusto participan y resultan de batallas que siempre dejan el campo sembrado de cadáveres, de inocentes principalmente.

 

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Aun cuando podría parecer lo contrario, el entusiasmo por el tipo de insulto literario del que escribimos aquí parece haberse agotado en un algún momento de las últimas décadas, cuando la multiplicación de los medios de comunicación a disposición (incluyendo los digitales) y la consiguiente generalización de la opinión asociada a la concesión a ésta de una importancia desusada han agotado la fuente de la que el insulto literario solía fluir; nuestra memoria sólo retiene una tirada reciente de Harold Bloom sobre la creadora de Harry Potter ("Si no puedes ser persuadido de leer algo mejor, pues entonces lee a [J.K.] Rowling"), un ataque de David Foster Wallace a Bret Easton Ellis y una cierta cantidad de reseñas de Satanás de Mario Mendoza (Premio Biblioteca Breve de 2002) cuya contundencia las aproximaba al género: "interminables diálogos de teleserie y una prosa casi escolar" (Ignacio Echevarría, Babelia), "[...] mínima complejidad estructural, adjetivación de anuncio televisivo, diálogos ociosos, personajes de cartón-piedra apenas concebidos, escenitas de sexo dibujadas con la maestría de un grafiti en un lavabo público; lectura epidérmica de Stevenson, irrisorio amago de crítica social" (Carlos Guzmán Moncada, Lateral), "una falta de expresividad que se hace sonrojante cuando el autor se aventura en descripciones de tipo erótico, pobladas de lugares comunes" (Elena Hevia, El Periódico), "una profundidad de Reader's Digest" (Milo J. Krmpotic, Qué Leer), entre otras.

 

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Quizás una de las razones que explican la paulatina desaparición del insulto como género literario (y su práctica inexistencia en el ámbito hispanohablante, donde apenas pueden mencionarse las pullas entre Francisco de Quevedo y Luis de Góngora durante el Siglo de Oro, artículos de Francisco Umbral y Camilo José Cela y las magníficas y brutales ironías de Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares) deba buscarse precisamente en esa multiplicación de la posibilidad de opinar y la facilidad con la que la opinión es emitida en los últimos tiempos; también, en el hecho de que el insulto literario se ha trasladado del ámbito de las obras al de las preferencias sexuales y políticas de sus autores, un tipo de desplazamiento que tiene su antecedente en el período previo (T.S. Eliot informando que era posible que Robert Browning "no fuera muy bueno en la cama. Probablemente su mujer no le prestaba mucha atención, así que él roncaba y tenía fantasías con niñas de doce años", Hemingway diciendo sobre Wyndham Lewis que tenía "los ojos de un violador sin éxito", etcétera) pero ha alcanzado una nueva dimensión en nuestros días con la aparición de sitios específicamente destinados a dar cabida al insulto del lector anónimo decepcionado con un autor y con su obra, al del escritor descontento con su posición y la de un colega o (y esto parece lo más frecuente) a la del lector que nunca ha leído nada de un escritor específico, ni lo hará, pero rechaza su forma de vestirse o de hablar o sus simpatías sexuales o políticas, aspectos estos que (como puede imaginarse) tienen poco que ver con lo específicamente literario.

La recurrencia al anonimato o a heterónimos y avatares para vehiculizar esas opiniones constituye un tipo de prueba para el insulto literario que éste no parece en condiciones de superar, y esto por varias razones, la primera y más importante de las cuales es que ese anonimato devalúa las opiniones emitidas poniéndolas al nivel de la mera rabieta insustancial para la formación del gusto literario por no estar basada en juicios literarios sino puramente morales. También, porque sustrae al insulto literario su principal atractivo: cuando leemos ese intercambio de insultos y denostaciones que fueron las relaciones no sólo personales entre Gore Vidal y Norman Mailer y entre Tom Wolfe y John Irving (o cuando leemos a V.S. Naipaul despreciando a todo el mundo y particularmente a las mujeres), la razón por la que esos insultos nos interesan (además de su calidad literaria, si la tienen) es que han sido pronunciados por Gore Vidal y Norman Mailer y Tom Wolfe y John Irving y V.S. Naipaul, no por alguien anónimo o carente de autoridad en el tema: el valor del insulto literario depende tanto de quién lo realiza y de su validez como de la del sujeto insultado. Aun aquellos que carecemos de todo tipo de nostalgia no podemos dejar de pensar que algo parece haberse torcido entre los tiempos en que H.L. Mencken escribía sobre Gertrude Stein que "un gran logro de la señora Stein es haber hecho el idioma inglés más fácil de escribir y más difícil de leer" o D.H. Lawrence afirmaba: "Nadie puede ser más grosero, más torpe y sentenciosamente de mal gusto que Herman Melville, incluso en un gran libro como Moby Dick [...] Uno se cansa de tanta gran serieux: hay algo falso en ello, y eso es Melville. Dios mío, cuando el asno solemne rebuzna ¡rebuzna y rebuzna!" y los actuales, en los que (independientemente del hecho de que exista una Gertrude Stein y un Herman Melville contemporáneos o no, lo que puede discutirse) las diatribas contra un escritor están dirigidas a la elección de una camisa o su acento. Que el tipo de insulto literario (si es que puede denominárselo literario aún) esté orientado en estos días a la difusión del rumor infundado y la denuncia carente de evidencia (ya que, al parecer, los vicios y pecados de los escritores son tan grandes que su obra está contaminada de ellos y no merece ser leída) da buena cuenta de un cierto estado de los asuntos literarios que se caracteriza por la supuesta importancia de los autores por delante de los libros; es decir, de una literatura que ya no importa a nadie, excepto quizás a quienes la observan (decir que la leen sería erróneo en muchos casos) con la virulencia y la supuesta superioridad moral que otorgan la ignorancia y el anonimato y también la posición marginal en el sistema literario que detenta deliberada o involuntariamente quien insulta. No creo que en ese contexto pueda subestimarse la importancia del anonimato en la Red, uno de esos errores que se producen en el uso social de toda nueva tecnología, y a la propia dinámica de los intercambios en ese marco: en la medida en que la identidad se articula en la Red en torno a la atención que se consiga atraer (para lo que se requiere generar simpatía o rechazo), el insulto y particularmente el insulto literario resultan herramientas eficaces porque producen ambas cosas con cierta facilidad y sin necesidad de argumentos muy elaborados (por el contrario, un argumento demasiado elaborado sería sujeto de discusión y pondría a prueba la competencia intelectual de quien insulta, mientras que las emociones requieren una competencia menor y pueden ser mejor manipuladas).

 

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Aun cuando sean principalmente los autores emergentes los que parecen utilizar más sistemáticamente la diatriba como forma de penetración en la escena literaria y para atraer la atención sobre sí mismos, el problema del insulto literario (y probablemente la razón por la que una vez que empiezas con ellos ya no puedes parar) es que, diferencia de otras formas de intervención literaria, éste no genera ningún tipo de rédito, ya que, ¿cómo podría construirse una carrera literaria a partir de la ridiculización de los colegas? Mas aun, el problema del insulto literario es que, o bien se articula en torno a una idea moral de lo que la literatura debería ser (y, por cierto, no parece haber sido nunca) o bien apunta a un cuestionamiento de los valores dominantes que determinan qué autor recibe atención por parte de los lectores y cuál no: en el primero, no puede hacerse nada con la atención pública obtenida por el insulto debido a que un cambio en el estatus de quien insulta (por ejemplo, su incorporación al catálogo de una editorial de esas que otorgan premios de forma heterodoxa) lo convertiría en sujeto de su propia agresividad (excepto que el autor fuese un hipócrita o un cínico y pudiera vivir con ello); en el segundo caso, porque existe una obvia contradicción entre el rechazo de los valores dominantes y el deseo de ingresar en una escena literaria presidida por esos valores. Cuando Dylan Thomas escribía que "El señor [Rudyard] Kipling defiende todo aquello que yo desearía que fuera de otra manera en este mundo podrido" lo hacía como resultado de una discusión más amplia sobre la función del exotismo en literatura (y el imperialismo marítimo británico que lo hacía materialmente posible) y la impulsaba hacia adelante; cuando lo que se discute es si A pone los cuernos a su mujer (cosa que posiblemente haga), no hay posibilidad de avance alguno: por el contrario, el retroceso es evidente y la miseria de la literatura, más obvia aun.

 

 

Publicado originalmente en Revista de Libros, diciembre de 2011.

[El próximo miércoles: Más contribuciones al insulto literario (cita)]

[Publicado el 16/1/2012 a las 12:42]

[Etiquetas: Disidencias]

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"El rock & roll es la realidad sexual" (cita)

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Camille Paglia. Crédito de la imagen: desconocido.

La filósofa y escritora estadounidense Camille Paglia llevó durante algún tiempo el consultorio sentimental de la revista Spy, en el que respondía a las inquietudes no sólo amorosas de los lectores. Paglia es autora de Sexo, arte y cultura en los Estados Unidos (Madrid: Aguilar, 1995), Vamps & Tramps. Más allá del feminismo (Madrid: Valdemar, 2001) y Sexual Personae. Arte y decadencia desde Nefertiti a Emily Dickinson (Madrid: Valdemar, 2006) entre otros libros. Algunas de estas cartas (reproducidas años atrás por la magnífica revista argentina Con V de Vian en traducción de Gisel Picca) han sido resumidas; todas son auténticas.
 
 
Querida Camille:
 
He estado con una mujer por diez años. ¿Debiera proponerle casamiento? Mis dudas son (1) sus repugnantes y autocompasivas depresiones y (2) mi sospecha de que no podría permanecer fiel durante mucho tiempo.
Abatido de Oregon.
 
Querido Abatido:
 
La bola de cristal muestra una foto pringosa de un Juan Tenorio y una mujer regañona lanzándole la vajilla alrededor de la cocina. La miseria ya tiene suficiente compañía. De hecho, está estacionando en mi puerta.
 
 
Querida Camille:
 
He estado seriamente ofuscado con mis amigas mujeres. Se llevan la vida por delante aparentando ser mujeres inteligentes y con sentido común y terminan haciendo tontas elecciones cuando ven venir a un hombre.
Movilizado Joe de Brooklyn.
 
Querido Joe:
 
Estás confundido con la perversidad irracional de la atracción sexual. Dionisios es una vorágine. El amor nunca será aséptico ni seguro. Sube al bote y ve por tu vida.
 
 
Querida Camille:
 
Mujeres que conozco muy bien se me tiran encima todo el tiempo y me lanzan a la cara ese intenso, bien conocido, estilo femenino. Siento que esas mujeres tienen un terrible poder sobre mí. ¿Debiera simplemente forzarlas? ¿Importa que sean mis alumnas?
Aturdido de Long Island
 
Querido Aturdido:
 
Las calientes señoritas (blancas y clase media, ¿verdad?) están batiéndole sus pestañas al Gran Papi. Has descubierto la verdad: el acoso sexual es una brea caliente, una calle de dos direcciones. Espera hasta que se gradúen, después ve directo a zambullirte en ellas.
 
 
Querida Camille:

 

 

Soy una mujer bisexual que ama apasionadamente el rock pesado y la música heavy metal. Los chicos que me gustan quieren los típicos «bimbos heavy-metal». Y las mujeres gay escupen el trillado dogma femenino sobre la degradación, la explotación y la misoginia del rock pesado.

Solitaria de lowa

Querida Solitaria:

El rock & roll es la realidad sexual. El nuevo feminismo dará sus primeros pasos con los acordes de poder del heavy metal. Pon tu propio voltaje al máximo y no tomes a un «no» como respuesta.

 

Querida Camille:

He estado involucrado con una gran iluminada durante siete años y enajenado con el sentimiento de fracaso resultante de no entender el «deconstruccionismo» de Derrida. Afortunadamente escapé de la epidemia californiana de esa clase de maníacas, pero no sin haber quedado desgarrado al punto de la eyaculación precoz.

En recuperación de Rancho Mirage

 

Querido En recuperación:

Los contaminantes de cerebros cometen crímenes contra la humanidad. El infierno del Dante tiene un lugar reservado para los seguidores de Lacan, Derrida y Foucault, que se van a revolver por toda la eternidad en su propio fango.

 

[Publicado el 13/1/2012 a las 10:00]

[Etiquetas: Camille Paglia, Citas]

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Principios del pensamiento paranoico

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Algunas horas después de enterarse de que se había dictado una orden de arresto en su contra por haber colaborado con el enemigo alemán, el escritor francés Pierre Drieu La Rochelle se suicidó; dejó una de las cartas de despedida más bellas y terribles de la literatura del siglo XX, en un pasaje de la cual recomendaba a sus lectores "sed fieles al orgullo de la resistencia igual que yo lo soy al orgullo de la colaboración". No fue el único escritor colaboracionista, pero sí fue el único que se enorgulleció de ello y que murió por su mano sin traicionar una decisión política que (quizás de forma inevitable) acabó siendo traicionada en el bando de la Resistencia.
 
A ese espíritu del colaboracionismo al que se refirió el desgraciado Drieu La Rochelle sí le son fieles todos los personajes de La trampa de Emmanuel Bove, no importa cuáles sean sus convicciones; ni siquiera Joseph Bridet escapa a él: cuatro meses después de la derrota del ejército francés, Bridet se niega a aceptar la Ocupación y viaja a Vichy para solicitar un salvoconducto; su plan es fingir que desea ser útil al nuevo régimen en el extranjero, pero allí unirse al general Charles De Gaulle; cada una de las entrevistas que sostiene con sus antiguos correligionarios y cada una de las oficinas que visita, sin embargo, lo va hundiendo más en las arenas movedizas de una burocracia inmisericorde: al comienzo sólo falta un papel para que le otorguen el salvoconducto, a continuación hay un expediente en su contra, más tarde se ve sometido a un careo con uno de sus amigos, seguidamente es detenido y liberado por intercesión de su mujer; Bridet ingresa ilegalmente a la zona ocupada, pero es detenido y procesado por la posesión de octavillas comunistas que los policías le han colocado en los bolsillos, absuelto pero vuelto a recluir, esta vez en un campo de internamiento en las afueras de París. Cada vez, las decisiones que toma lo llevan a enredarse más y más en una telaraña (la trampa del título) que él mismo ha tejido a su alrededor, y esto es debido a que (aun cuando desprecia explícitamente el régimen), Bridet (un tipo intransigente y orgulloso) ha internalizado el terror y la sospecha que son sus características principales y sus mejores herramientas; en ese sentido, el protagonista de esta historia acaba ganando de alguna manera: convencido de que su salvación está supeditada a hacerse pasar por un entusiasta del régimen, Bridet contribuye a la perpetuación de ese régimen con su aniquilamiento, que resulta de internalizar los principios del pensamiento paranoico que opera en el fondo de todo sistema totalitario del mismo modo (aunque en sentido contrario) en que lo hace su mujer, que está convencida de que todo saldrá bien porque Bridet es inocente y el régimen dice que no tiene ningún interés en castigar a los inocentes.
 
Los suyos son apenas dos de los rostros de una época en que "no había lugar para la solidaridad" (7) y que Emmanuel Bove (en realidad, Bobovnikoff; nacido en París en 1898 de padre ucraniano judío y en paro y de madre sirvienta) conoció bien: descubierto por Colette (que publicó en 1924 con gran éxito su primer libro, Mis amigos) y considerado por Philippe Soupault, Rainer Maria Rilke y Max Jacob "el Proust del pobre", Bove se negó a ser publicado durante la Ocupación y huyó a Argelia, donde escribió sus tres últimas novelas: Départ dans la nuit (1945), Non-lieu (1946) y esta atrapante La trampa, en la que se anticipó en más de medio siglo a los primeros esfuerzos colectivos por discutir la tragedia del colaboracionismo en Francia (esfuerzos iniciados oficialmente con el discurso del primer ministro Jacques Chirac del dieciséis de julio de 1995). El escritor murió en julio de 1945 a consecuencia de los estragos en su salud producidos por el exilio argelino; fue olvidado y descubierto nuevamente gracias a la traducción de sus obras al alemán por parte de Peter Handke y en la actualidad es considerado uno de los grandes escritores franceses del siglo XX. Fabrice Gaignault afirma en su (ya discutido aquí) Diccionario de literatura para esnobs que "su universo despojado, su estilo voluntariamente llano lo convierten por siempre en el cantor de la banalidad", pero no hay nada banal en La trampa, excepto esa banalidad del mal de la que se ocupa la mejor literatura.
 
 
Emmanuel Bove
La trampa
Trad. Salvador Pernas Riaño
Barcelona: Barataria, 2011

[Publicado el 11/1/2012 a las 18:20]

[Etiquetas: Emmanuel Bove, Novela, Barataria]

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Biografía

Patricio Pron (1975) es escritor. Su trabajo ha sido premiado en numerosas ocasiones, entre otros con el premio Juan Rulfo de Relato 2004 y el Jaén de Novela 2008, y antologado en Argentina, España, Alemania, Estados Unidos, Colombia y Cuba. Sus relatos han aparecido en publicaciones como The Paris Review y Zoetrope (Estados Unidos), die horen (Alemania), Etiqueta Negra (Perú), Esquire (México), Eñe y Granta (España). Su trabajo como crítico es publicado regularmente en medios como ADNCultura de La Nación (Buenos Aires), Quimera, Letras Libres y Revista de Libros, entre otros. Pron es autor de los volúmenes de relatos Hombres infames (1999) y El vuelo magnífico de la noche (2001) y de las novelas Formas de morir (1998), Nadadores muertos (2001), Una puta mierda (2007) y El comienzo de la primavera (Literatura Mondadori, 2008), distinguida por la Fundación José Manuel Lara como una de las cinco mejores obras publicadas en España ese año. Es licenciado en comunicación social por la Universidad Nacional de Rosario (Argentina) y doctor summa cum laude en filología románica por la Georg-August-Universität de Göttingen (Alemania). Ha publicado en 2010 el libro de relatos El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan (Literatura Mondadori). Su libro más reciente es El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia (Literatura Mondadori, 2011).

Bibliografía

 
 

 
 

Ficción

El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia. Barcelona: Mondadori, 2011.

El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan. Barcelona: Mondadori, 2010.

El comienzo de la primavera. Barcelona: Mondadori, 2008.

Una puta mierda. Buenos Aires: El cuenco de Plata, 2007.

El vuelo magnífico de la noche. Buenos Aires: Colihue, 2001.

Nadadores muertos. Rosario: Editorial Municipal de Rosario, 2001.

Hombres infames. Rosario: Bajo la luna nueva, 1999.

Formas de Morir. Rosario: Universidad Nacional de Rosario Editora, 1998.

 

Edición

Zerfurchtes Land. Neue Erzählungen aus Argentinien [Tierra devastada: Nuevos relatos de Argentina]. Coed. con Burkhard Pohl. Göttingen: Hainholz Verlag, 2002.

 

Crítica

"Aquí me río de las modas": Procedimientos transgresivos en la narrativa de Copi y su importancia para la constitución de una nueva poética en la literatura argentina. Göttingen: Niedersächsische Staats- und Universitätsbibliothek Göttingen, 2007.

Enlaces

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