No soy inmune a la atracción del enigma. Mi inclinación escéptica y mi curiosidad científica me han hecho precavido pero no indiferente al juego de los misterios. El Arca de Noé, la pirámide de Keops, el Arca de la Alianza, el Santo Grial, el tesoro cátaro, la venganza de los Templarios o el reino del Preste Juan, entre tantos otros, son parte de un género literario tejido con caprichosas fantasías, ecos de confusas ensoñaciones y retazos de un relato cuyo origen se remonta al momento en que el hombre aprendió a hablar. Aprecio en estas piezas maestras de la imaginación el poder de invención que nos ha intrigado durante milenios.
La Sábana Santa de Turín sigue la estela de los misterios alentados como sucedáneo popular de la emoción religiosa. Para conmoverse con la figura de Jesús de Nazaret basta leer los Evangelios, pero a la población analfabeta se le daban reliquias que compensaran la palabrería de los predicadores. La desconfianza tradicional, tan tercamente unida a la credulidad, agradecía el fascinante testimonio de lo que tanto costaba creer a pies juntillas.
A la Sábana Santa, proverbial objeto de culto, peregrinación y veneración, se le han practicado análisis de todo tipo y las últimas pruebas de Carbono 14 confirman que el paño debe datarse entre 1260 y 1390. Algunos investigadores se preguntan quién pudo reproducir con realismo biológico la huella en negativo de un cadáver y concluyen que sólo Leonardo da Vinci disponía por entonces de conocimiento y destreza suficiente para resolver el encargo sobre viejos tejidos.
La investigación pertenece al ámbito del misterio y por ello no deja nunca de encontrar nuevas pistas. Sin embargo, para devolver la Sábana a la factoría de reliquias religiosas basta fijarse en la posición de las manos y preguntarse por qué el fallecido las apoya pudorosamente en sus partes pudendas. ¿Acaso temían los familiares de Jesús que este se avergonzara de su desnudez en la sepultura? Lo usual ha sido cruzar las manos del muerto en su plexo solar. Obviamente, la púdica posición que vemos retratada en la Sábana era imprescindible si se quería exponer ante los fieles tan valiosa reliquia.
[Publicado el 25/7/2010 a las 18:37]
[Etiquetas: Leonardo da Vinci, Sindone]
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Basilio Baltasar Cifre (Palma de Mallorca, 1955) es editor y periodista. En 1986 fundó la revista literaria Bitzoc y la revista de arte y arquitectura Gala. Fue director editorial de Seix Barral desde dónde reanudó la convocatoria del Premio Biblioteca Breve. En el año 2000 creó el Premio a la Crítica Literaria. Entre 1989 y 1996 dirigió un programa de exposiciones y ediciones dedicado al arte de las sociedades sin escritura (Cultures del Món. Art i antropología). Fue patrono fundador de la fundación musical Área de Creación Acústica, patrono en la Fundación Pilar y Joan Miró, director de la Fundación Bartolomé March, vicepresidente de la Fundación Yannick y Ben Jakober. Dirigió el periódico El Día del Mundo. Es editor de El Boomeran(g). Entre 2005 y 2008 ha sido Director de Relaciones Institucionales del Grupo Prisa y director de La Oficina del Autor. En la actualidad es director de la Fundación Santillana.
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