El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

sábado, 26 de mayo de 2012

 Blog de Basilio Baltasar

Cosas de nosotros mismos que habíamos olvidado

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Es el más europeo de los escritores norteamericanos. No en balde fue traductor de poesía francesa. Paul Auster, que vive en el acogedor barrio de Brooklyn, posee una extravagante imaginación literaria. Es el creador de un mundo narrativo en el que quieren vivir sus numerosos lectores. Esto no es algo que pueda decirse de cualquiera.

Sus obras son elogiadas por una tribu cada vez más adicta. En España se le celebra y festeja. Tiene algo de ídolo y sus lectores se comportan como idólatras. Se le quiere más que en Estados Unidos. Pero Auster es un escritor prisionero. Sus seguidores tan sólo esperan leer una nueva versión de su anterior novela. Son insaciables.

Su editorial española, Anagrama, publica ahora el primer esbozo de su autobiografía. Por lo visto Auster tiene miedo de hacerse viejo ("Has entrado en el invierno de tu vida") y se ha propuesto recordar algunas cosas. Su Diario de invierno es un autorretrato. Mal acogido por los críticos -y no lo entiendo. Al fin y al cabo ¿para qué escribe un hombre su autobiografía? Para comprenderse mejor y para darse a conocer. Una especie de inventario: ¿realmente existo tal y como me parece? Decídmelo, por favor. El ejercicio es una pausa en la fábrica narrativa. Es una confesión. Hay que hacer caso a los escritores que tienen necesidad de verse en el espejo del recuerdo. ¿No hay aquí algo de ternura, de compasión? Compartirla no puede ser tan malo. Aunque a veces los pensamientos carezcan de grandeza y se limiten a reproducir lo que de otra manera no podría decirse. Si amas a tu mujer y te gusta abrazar a tus hijos y has vencido cualquier pulsión equívoca al respecto, ¿qué otra cosa puedes decir? Salvo el temor a la muerte y a la pérdida de los tuyos, claro.

Auster relata historias de sí mismo, imágenes sueltas en las que se ve haciendo y diciendo cosas que había olvidado. ¿Subsiste este hombre en mí mismo? No importa que me sienta orgulloso o avergonzado de él. ¿Qué puede quedar de él? Auster nos cuenta algún hallazgo imprescindible, quizá tardío: "ignorar lo que dice la gente es beneficioso para la salud mental de un escritor". No hay elipsis ni estrategia: son hechos. Exentos, espero, de imaginación artística. No hay ficción en el hombre que se retrata sin engaño. Podrá haber mala memoria y a veces, algo de pudor. Pero el resto debe ser cierto. Eso espero al menos.

Auster hurga en su memoria para saber algo más de sí mismo y para darse a conocer. ¿Qué puede sacar de todo esto? ¿Qué le impele a ponerse en cuestión de este modo?

"Cuando trabajabas como miembro de la tripulación del buque Esso Florence, amenazaste con golpear e incluso matar a uno de tus camaradas de a bordo por acosarte con insultos antisemitas. Lo agarraste de la camisa, lo incrustaste en la pared y le pusiste el puño en la cara, diciéndole que dejara de insultarte o se atuviera a las consecuencias. Martínez se retractó inmediatamente, pidió disculpas, y no tardasteis mucho en haceros buenos amigos".

Recuerda las sucesivas penurias de su prolongada juventud:

"Aun cuando os advirtió que la casa no estaba en condiciones primorosas, ninguno de los dos imaginó que os esperaba una chabola en ruinas".

Se sorprende al descubrir episodios de una ingenuidad que probablemente todavía se estén incubando en la misma cáscara:

"Entonces fue cuando hiciste la pregunta, pronunciando las desatinadas palabras que demostraban tu absoluta necedad y el hecho de que seguías sin entender nada del pequeño mundo en que por casualidad estabas viviendo. "¿Habéis llamado a la policía?" John sonrió. "Por supuesto que no", contestó. "Los chicos lo han molido a palos, le han roto las piernas con bates de beisbol y lo han metido en un taxi. Jamás se le ocurrirá volver al barrio; si es que quiere seguir respirando". Así fueron tus primeros tiempos en Brookyn."

Paul Auster habla con su difunto padre en sueños:

"Lleva ya muchos años visitándote en una habitación a oscuras al otro lado de la conciencia, sentándose para mantener largas conversaciones contigo, sin prisas, tranquilo y circunspecto, tratándote siempre con amabilidad y buena voluntad, siempre escuchando con atención lo que tienes que decirle, pero en cuanto se acaba el sueño y te despiertas, no recuerdas una sola palabra de lo que cada uno de vosotros ha dicho".

Y así subsiste la vida de un hombre en su memoria.

[Publicado el 02/2/2012 a las 17:51]

[Etiquetas: Paul Auster, Diario de invierno, Anagrama]

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El rapto de Europa

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Es probable que la idea de Europa siga siendo todavía durante algún tiempo esa poderosa ilusión alentada por los mejores de nuestros utopistas y ese escarmiento forjado en el recuerdo de las grandes matanzas. Pero el ente burocrático fundado para administrar la idea europeísta ha llegado a ser un conglomerado de organismos sin control y, por lo tanto, una monstruosa maquinaria cuya deriva es hoy impredecible.

Como nadie que esté en su sano juicio puede saber en qué consisten las directivas, disposiciones transitorias o normas legales recogidas en la colección de 1.400.000 documentos aprobados, emitidos y aplicados por la CAA, el ECOFIN, la JAI, DGC, ENVI, EXC, TTE, PAC, JI, WBF, BJKS, GAC, FAC, CAE, EAC, RTD, ENTR, TAXUD, MOVE, ECFIN, ECHO, ENER, ELARG, BUDG, SANCO, JUST, DGT, HOME, INFSO, CLIMA, AGRI, SCIC, HACER, CEDEFOP, CDT, CEPOL, ACCP, EACEA, AESC, AESA, AECI, ECDC, ECHA, AED, AEMA, ERC, EFSA, IEIG, IET, EMCDDA, EMEA, AESM, ENISA, TJUE, TEDH, CSBE, ABE, AEVM, JERS, AESPJ, etc., etc., necesariamente debe concluirse que nadie controla lo que se está haciendo en esta laberíntica red paragubernamental.

El que una institución tentacular de semejante calibre  haya podido desplegarse ante el atónito y perplejo titubeo de la ciudadanía europea, es lo que nos cuenta con enervada y mal disimulada paciencia Hans Magnus Enzensberger.

Bruselas, Estrasburgo, Luxemburgo y Frankfurt cobijan centenares de organismos, presidencias, agencias, comisarios, jefes de gabinete, secretarios y funcionarios cuya incesante actividad tiene como misión regular toda cuanta iniciativa surja en el ámbito territorial europeo. Obviamente, la potestad que se han atribuido los organismos de la Unión permite reglamentar el tamaño de los pepinos, la coloración de los puerros y el formato de las bombillas que debemos utilizar, pero es desvergonzadamente impotente a la hora de impedir la devastadora impunidad del capital financiero o el inmune estatuto de los paraísos fiscales.

El espíritu elitista que inspiró el fabuloso e inexplicado origen de la Unión Europea ha regido desde entonces su exquisito y difuso secretismo y la evidente fobia con que se prescinde de los referéndums. Un elitismo que mientras alardea de sus credenciales institucionales va corroyendo los fundamentos de la política democrática: prescinde de la división de unos poderes encargados de vigilarse, omite a la ciudadanía como sustento de la soberanía y anatemiza a los disidentes que cuestionan el rumbo retorcido del proyecto común. Así, subraya  Enzensberger, cualquier crítica a los organismos que toman decisiones sin consultar ni tan siquiera al parlamento europeo, es considerada una indeseable expresión de anti europeísmo.

De este modo se socava el prestigio político de la Ilustración y se fomenta la indolencia absentista de los ciudadanos ante unos organismos cuya opacidad inevitablemente recuerda a la que imaginó Kafka en algunas de sus ficciones.

El opúsculo de Enzensberger concluye con una escena soberbia. El autor se entrevista con un alto funcionario de la Unión cuyo nombre deja en el anonimato. Se le ve arrogante, seguro de sí mismo, displicente y con un cierto aire paternalista. Le divierte la preocupación de Enzensberger pero ni la razón ni el argumento del intelectual alemán hacen mella en su esotérica convicción: "Fue Jean Monnet, uno de nuestros fundadores, quién ya muy pronto vio venir el marchitar de la democracia clásica".

 

[Publicado el 18/1/2012 a las 18:03]

[Etiquetas: Hans Magnus Enzensberger, El gentil monstruo de Bruselas, Anagrama, Jean Monnet]

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La Folie Baudelaire

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El crítico literario que fue indulgente y escrupuloso con tantos mediocres, pero nervioso y huidizo cuando sospechaba alguna excelencia entre sus contemporáneos; el que fue maestro en la reticencia y muy diestro en el arte de masacrar elogiando, no podrá librarse de su maléfica inteligencia y aunque desee permanecer a resguardo en su reposo eterno, se verá perseguido por una posteridad irritada e implacable.

La Folie Baudelaire es un homenaje al estremecido genio, decadente, moderno, morboso y retorcido del gran poeta francés y al mismo tiempo la venganza que Roberto Calasso ejecuta con galante parsimonia contra Sainte Beuve.

No es necesario que el desagravio se extienda a lo largo de las cuatrocientas páginas de su tratado pues basta rescatar en su colofón la remota y olvidada nota secreta que Sainte Beuve dirigió a Napoleón III advirtiéndole del modo en que muchas obras literarias "contribuyen a la disolución de los poderes públicos" y proponiéndole subvencionar "la dirección moral para las obras del ingenio". Como si ya insatisfecho en la tribuna que ocupaba con displicencia, quisiera hacerse acompañar por la milicia y la alta magistratura.

Aun así, la refutación póstuma del gran comisario de las letras francesas la perfecciona Calasso al comparar las avariciosas omisiones de Sainte Beuve con el "descubrimiento" de Laforgue: "Baudelaire fue el primero en contarse a sí mismo sin adoptar un aire inspirado, el primero que no es triunfal sino que se acusa, que muestra sus llagas, su pereza, su inutilidad aburrida en el corazón de este siglo trabajoso y servil, el primero en decirse: la poesía será cosa de iniciados, el primero en hacer comparaciones extraordinarias..."

Baudelaire, el más arcaico de los modernos, el  verbo más poderoso que haya resonado en labios humanos (Proust), la prosa cargada de fluidos eléctricos (Renard), el solitario, impávido defensor del derecho a contradecirse y del derecho a irse, el que admiraba a Chateaubriand por ser el gran aristócrata de la decadencia, el que entró en la zona más oscura y peligrosa de aquello que se puede pensar, se despidió dictando un breve testamento:

"Toda la chusma moderna me horroriza. La virtud, horror. El vicio, horror. El estilo fluido, horror..."

[Publicado el 30/12/2011 a las 22:57]

[Etiquetas: Roberto Calasso, Sainte Beuve, La Folie Baudelaire, Anagrama]

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Memorias de Barcelona

 

Los seis personajes elegidos por Josep María Castellet para restaurar la memoria del tiempo desaparecido -como comprobará el lector de Seductores, ilustrados y visionarios- protagonizan un período de la historia de España sometido a una torturada revisión sentimental por parte de una generación a la que cabe considerar víctima de un desafortunado azar. Al fin y al cabo los que crecieron en aquella posguerra mendicante (pues no sólo pan pide el hombre) bien podrían haber nacido en el París de la Belle Époque o en cualquiera de las metrópolis cuyo esplendor intelectual tanto anhelaron durante su duro, solitario y fructífero período de auto aprendizaje.

El nuevo ejercicio autobiográfico de Castellet (después de Escenarios de la memoria, 1988) nos permite familiarizarnos de nuevo con su entorno y entrometernos en la amistad del autor con unos hombres de letras que fueron decisivos en la historia cultural de una disidencia forjada en los límites de lo vitalmente soportable.

Pues los seis elegidos por Castellet (Manuel Sacristán, Carlos Barral, Gabriel Ferrater, Joan Fuster, Alfonso Carlos Comín y Terenci Moix, una generación bisagra entre aquello y esto), comparten en diferentes grados de intensidad y pasión el síndrome que los identifica: la oculta, inquieta y a veces espeluznante pulsión autocrítica que conmovió sus mejores años de juventud y creación, la insatisfacción mordaz que agitó su talento, su espléndida y luminosa vocación de ser.

La crónica del momento que germina en la ciudad de Barcelona, en la culta, elegante y sofisticada ciudad de los modos florentinos, habitada por tantos personajes imprescindibles, revela en este recomendable relato memorialístico la singular y quizá irrepetible oportunidad que tuvo entonces nuestro país por rescatarse a sí mismo de las dolidas penumbras del pasado.

[Publicado el 04/11/2010 a las 19:12]

[Etiquetas: Josep María Castellet, Seductores, ilustrados y visionarios, Anagrama]

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La potencia del pensamiento

 

Los ensayos de Giorgio Agamben que publica Anagrama deberían recetarse como si fueran un complejo vitamínico. Desde luego, la ingestión no será fácil y probablemente produzca alguna de esas inevitables complicaciones que hoy caracterizan la digestión intelectual. Pero ¿acaso no es eso lo que le hace falta al mundo? Aquejada de simplicidad la opinión asiste perpleja al espectáculo trágico de nuestro tiempo sin entender de dónde procede tan súbita catástrofe. Sin recordar que siempre hemos vivido abrazados a la causa de nuestra destrucción.

El libro contribuye a que la filosofía, como suele decirse, regrese con renovado ímpetu a la "conversación de la humanidad" pero no en balde señala algunas diferencias decisivas entre la reflexiva exploración del laberinto cultural y los ensayos divulgativos escritos para inspirar a un público desorientado. Agamben, y sea dicha la advertencia para evitar reclamaciones, exige a su lector esfuerzo y una informada memoria.

Hay una profusa producción de textos que pasan desapercibidos por los que abominan de los especialistas de la cosa en sí, pero todos ellos desbrozan significativas observaciones sobre nuestro fuste torcido. Warburg, Kommenerell, Milner, Jesi o Segalen, entre otros, son hilvanados por Agamben para dar cuerpo a una especie de antropología metafísica que, a fin de cuentas, renueva el aparentemente agotado expediente de la condición humana.

La potencia del pensamiento debería aparecer en una nueva lista de libros recomendados. Una especie de hard-books elaborada para violentar la complacencia de la cultura contemporánea, mecida por todo cuanto arrullo suene a melódico estribillo.

[Publicado el 04/3/2009 a las 12:17]

[Etiquetas: Giorgio Agamben, Anagrama]

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Biografía

 

Basilio Baltasar Cifre (Palma de Mallorca, 1955) es editor y periodista. Es director de la Fundación Santillana y editor del portal de blogs literarios El Boomeran(g). Entre 2005 y 2008 ha sido Director de Relaciones Institucionales del Grupo Prisa y director de La Oficina del Autor. Fue director editorial de Seix Barral desde dónde reanudó la convocatoria del Premio Biblioteca Breve. En el año 2000 creó el Premio a la Crítica Literaria. Ha sido editor de la revista literaria Bitzoc y de la revista de arte y arquitectura Gala. Entre 1989 y 1996 dirigió el programa de exposiciones y ediciones dedicado al arte de las sociedades sin escritura (Cultures del Món. Art i antropología). Fue patrono fundador de la fundación musical Área de Creación Acústica, patrono en la Fundación Pilar y Joan Miró, director de la Fundación Bartolomé March, vicepresidente de la Fundación Jakober. Dirigió el periódico El Día del Mundo.

 

 

 

Bibliografía

     Basilio Baltasar, editor

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