El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

sábado, 26 de mayo de 2012

 Del alfiler al elefante / Blog de Lluís Bassets

Solo es el comienzo

Es una revolución y su camino, como el de todas las revoluciones, es incierto. La rapidez con que cayeron los dos primeros dictadores, Ben Ali y Mubarak, pudo crear el espejismo de un movimiento instantáneo, limpio y eléctrico como la tecnología usada por los revolucionarios para comunicarse. Nada más lejos de la realidad: una revolución es más un proceso que un acontecimiento. Sus vericuetos son sinuosos y con frecuencia no conducen a ningún lado o regresan al punto de partida. Tienen más de laberinto oscuro que de alameda luminosa. Su éxito no está asegurado ni es como un paseo militar. Los egipcios, a diferencia de los tunecinos, solo han despachado al faraón, que ya es mucho. Pero nada han tocado del sistema, una dictadura militar desde la misma fundación de la República en 1953, tras la expulsión del rey Faruk por parte de los Oficiales Libres encabezados por Gamal Abdel Nasser. Ni siquiera la idea de la dictadura castrense agota lo que es el ejército egipcio. Su papel en el sistema económico es central, como lo es en la preservación del núcleo vital de los grandes intereses y los pactos estratégicos (Israel, Estados Unidos) que definen el Egipto contemporáneo. Para Shadi Hamid, director de investigación del centro que tiene en Doha (Qatar) el think tank estadounidense Brookings, "la revolución egipcia, en vez de representar una ruptura brusca con el pasado, puede ser entendida mucho mejor como un golpe militar de inspiración popular" (The Arab Awakening. Varios autores. Brookings Institution Press). El punto en que ha llegado ahora, a pocos días de la primera cita electoral para elegir un nuevo parlamento, es la segunda fase de la revolución, en la que hay una pugna entre los socios anteriores, los manifestantes y los militares, unos para sustituir el actual poder militar por un poder civil y los otros para seguir ganando tiempo y evitarlo. Los militares egipcios se guían, como los militares de casi todo el mundo, por el mito que les identifica con el pueblo al que se presume que defienden. De ahí que eviten o difieran hasta el límite la decisión de disparar a su propio pueblo cuando creen que están en juego los intereses supremos. Incluso cuando lo hacen, como ya ha sucedido este año en varias ocasiones, la más reciente esta semana, se evita usar a la tropa y se enmascara para eludir un punto sin retorno en el que el poder militar carezca de todo margen fuera de la represión. La tentación de zanjar Tahrir como Tian Anmen, la plaza pequinesa donde el ejército chino masacró a los estudiantes en 1989, cuenta con potentes argumentos disuasivos, sobre todo desde el prisma de los propios militares. El mariscal Tantaui no puede admitir ni siquiera que la institución que preside tenga deseos o intenciones de perpetuarse en el poder. Ha señalado fecha, junio de 2011 lo más tarde, para unas elecciones presidenciales que deben situar en la cúpula del Estado al primer presidente civil de la historia y planteado la necesidad de un referéndum para decidir si los militares deben entregar el poder inmediatamente. Pero no ha negado, en cambio, ninguna de las pretensiones castrenses, como es mantener un estatuto especial de guardianes de la Constitución, contar con presupuestos e inversiones fuera de la acción y el control parlamentario y seguir con un dominio reservado en un sector de la economía que se evalúa en un 25 por ciento del PIB egipcio. Por eso es de temer que maniobre y manipule la agenda electoral, y las urnas si hace falta, para salir de esta con el poder militar intacto. Hay una situación de doble poder, el militar por un lado y el de la calle por el otro, que los Hermanos Musulmanes quieren desequilibrar en su provecho. También hay dos modelos en competencia: el de una república tutelada por los militares y el de una democracia islamista. Ambos son de inspiración turca aunque referida a distintas épocas: el primero de la Turquía de Ataturk y el segundo de la Turquía de Erdogan y su partido de la Justicia y del Desarrollo. Cabe que del cruce y acuerdo entre ambos salga un híbrido peor, en el que cada uno de los vectores mantenga su vigilancia, militar y religiosa respectivamente, al estilo del muy iliberal modelo saudí. El futuro de las revoluciones árabes se juega de nuevo en Tahrir. En Mayo del 68 se hizo famosa una frase: ?Ce n'est qu'un début, continuons le combat? (solo es el comienzo, continuemos el combate). Era falsa: fue el final de una época y apenas hubo más combates de barricada como aquellos. Ahora es al revés, los últimos compases revelan que, a poco de cumplirse un año del comienzo, estamos todavía en el comienzo, el largo comienzo de una revolución incierta. Si Egipto avanza hacia la supremacía del poder civil, la revolución recibirá un nuevo impulso. Ya sabemos qué sucederá si quienes avanzan y consolidan posiciones son los militares.

[Publicado el 24/11/2011 a las 13:00]

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Transiciones peligrosas

No hay transición sin peligro. Nada es gratis en la vida, y no lo iban a ser también los cambios de régimen, de gobierno o de chaqueta. A los márgenes de incertidumbre inherentes a toda transición, hay que añadir los peligros exógenos. En cuanto empieza un tránsito, se relajan los viejos sensores y sistemas de control, se activan en cambio los detectores de las debilidades y se producen percances o incluso ataques desde los límites exteriores. El peligro suele estar muy acotado en las transiciones más pautadas y experimentadas, como suelen ser los relevos del poder en los países democráticos, pero incluso estas transiciones suelen ser momentos delicados, especialmente en el escenario internacional. Los británicos, con sus añejas instituciones imperiales todavía vivas, efectúan el tránsito en un plis plas. El primer ministro derrotado apenas tiene tiempo de coger los bártulos porque en dos días tiene delante de la puerta del número 10 de Downing Street al camión con los muebles del vencedor en las elecciones y a la familia del nuevo premier que llega para distribuirse las habitaciones. Sus primos americanos, en cambio, hacen una de las transiciones más largas del mundo, entre la cita electoral del primer martes después del primer lunes de noviembre y el 20 de enero, aún a riesgo de encontrarse con disgustos notables, sobre todo en la escena exterior. Podemos hacer la lista demostrativa sobre las asechanzas del interregno presidencial: el desembarco y espectacular fracaso de Bahía Cochinos, preparado por la CIA, se produjo dentro de los cien días de John F. Kennedy; la larga ocupación de la embajada de Teherán, que electrizó todo el último año de la presidencia Jimmy Carter, terminó el mismo día en que Ronald Reagan prestaba juramento como presidente; la fracasada intervención humanitaria en Somalia, que termina con la retirada americana, empezó con Bush y tuvo que ser gestionada por Clinton: o el ataque israelí a Gaza, denominado operación Plomo Fundido, se produjo también aprovechando el intervalo entre Bush y Obama. Ahora mismo, la escena internacional se halla ocupada por la crisis financiera, que mantiene en vilo a todo el mundo por la solvencia cada vez más dudosa de algunas economías europeas, como la italiana y la española, y la creciente fragilidad incluso de otras economías aparentemente más a resguardo, como la francesa, la holandesa o la belga. Uno de los principios más elaborados de las teorías de la transición americana es que Estados Unidos no tiene nunca a dos presidentes a la vez. Para que esto sea así, desde el primer día se ponen a trabajar conjuntamente los equipos del presidente saliente y del entrante, de forma que quien sigue presidiendo y encabezando las decisiones es el primero pero nada se hace sin el acuerdo y el consentimiento del segundo. El relevo de gobierno y presidente actualmente en marcha en España plantea unos problemas muy similares, aunque en este caso la fragilidad internacional no viene porque se puedan producir crisis bélicas o de seguridad sino por la posibilidad de agravamiento de la crisis, con nuevos incrementos de la prima de riesgo, más caídas de las bolsas, rebajas en las calificaciones de la deuda y los ataques especulativos de rigor. Algo se ha hecho bien acortando al máximo los plazos. Hasta 1933 el presidente americano electo tomaba posesión el 4 de marzo, fecha que se avanzó en 42 días precisamente por las urgencias de la crisis bancaria que dominó la transición entre Hoover y Roosevelt. Era la Gran Crisis; ahora es la Gran Recesión. La parsimonia y el silencio no pueden formar parte de un método en estas circunstancias. Rajoy debe hablar. Que lo haga a su estilo: conciso, pero concreto. Pero que lo haga sin demora.

[Publicado el 23/11/2011 a las 11:58]

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Lunes sin Pradera

Me han faltado una lectura y una conversación. La lectura era la de la columna de Pradera con su análisis de los resultados electorales, habitual en casi todas las jornadas como la de ayer. La conversación, telefónica en los últimos años, era con él mismo por la mañana del lunes. Puedo abrir el foco sobre lo que le faltará a este periódico e incluso a este país sin su mirada crítica, sus argumentos rigurosos y honestos. Muchos lo han hecho ya con más autoridad y conocimiento. Pero cabe también que limite el haz de luz a mi estricto quehacer y entonces también pudo percibir cuánto me ha faltado hoy esta lectura y esta conversación, en la resaca de la España azul, la Cataluña convergente y el País Vasco nacionalista y cuánto me faltarán esta lectura y esta conversación, con jornada electoral y sin ella. Su último comentario, escrito el jueves, publicado el domingo, que ya no pudo ver en letra impresa, gira alrededor de una pregunta: ?¿Qué podría ocurrir el lunes 21 de noviembre de 2011, una vez celebradas las elecciones españolas, si estallase con todo el fragor imaginable una nueva explosión de la crisis de la deuda soberana en la Unión Europea y el Fondo Monetario Internacional se viese obligado a una intervención en Italia y en España??. A la vista de lo que ha ocurrido hoy con la popularísima prima de riesgo y con las decaídas bolsas no hay duda de que era la pregunta de la jornada. La política democrática europea y española trabaja a una velocidad de caracol en un mundo donde los movimientos financieros circulan por tubos aceleradores de vértigo. Al buen analista le basta a veces con saber formular la pregunta adecuada. El resorte periodístico por excelencia es la pregunta, normalmente formulada de forma reflexiva e introspectiva y solo más tarde derivada en cuestionamiento público. Por eso las preguntas de Rubalcaba a Rajoy en el debate único celebrado ante las cámaras de televisión fueron lo que más interesó de aquel espectáculo televisivo tan pautado y reglamentado. Aznar le criticó con su peculiar sarcasmo: por preguntón, por periodista. Son las mismas razones por las que se le pudo elogiar. Hizo de periodista cuando los periodistas no podían hacer preguntas. Aprender a preguntar, saber preguntar, acertar en la pregunta que corresponde a cada problema: Javier era un maestro en estas artes y enseñó, nos enseñó, a quienes tuvimos la oportunidad y quisimos declararnos aprendices. Me quedo con las ganas de discutir con él cuál es la siguiente pregunta.

[Publicado el 21/11/2011 a las 19:37]

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Vendaval doble

Irlanda, Portugal, Grecia, Italia y hoy España. Túnez, Egipto, Libia y quizás muy pronto Siria. Como las fichas de un dominó van cayendo los gobiernos elegidos democráticamente en el norte del Mediterráneo y las dictaduras despóticas en el sur. Nada tienen que ver, en principio, ambas oleadas de cambio, sobre todo por los enormes desniveles de renta, bienestar y libertad individual que hay entre ambas orillas; pero se producen justo en este mismo 2011 de todos los cambios y es seguro que convertirán en irreconocible el paisaje político de la amplia región que rodea el viejo mar latino. En el norte son los mercados los que expulsan a los partidos gobernantes y les mandan al cuarto oscuro de la oposición. En el sur son los ciudadanos los que echan a los dictadores y les condenan a un destino mucho más duro como es la cárcel, el exilio o la tumba. La crisis financiera tiene algo que ver con una y otra oleada de cambios, traducida en el norte como crisis de deudas soberanas y de inflamación del precio de los alimentos en el sur. Víctimas de distintas vueltas de una misma crisis, comparten sus efectos en el desempleo, sobre todo juvenil, que es de los más altos del mundo en el sur; aunque en los países del norte, España sin ir más lejos, está llegando también a niveles insoportables. Los europeos necesitan gobernar la economía del euro y los del sur necesitan gobiernos representativos, algo que no han tenido nunca ni unos ni otros. La salida inmediata sitúa en el timón a los conservadores de ambas orillas, las derechas europeas clásicas y el islamismo político que se quiere reinventar como democrático; y en los interines incluso a gobiernos de excepción: tecnócratas unos y militares otros. Ni en una ni en otra orilla están ausentes las tentaciones populistas, lamentable reacción casi reglamentaria cuando la crisis se convierte en desempleo masivo. También se han podido detectar puntos comunes en las percepciones, muy parecidas en la imprevisión, el negacionismo y la lentitud de reflejos para reconocer y encarar todos estos cambios, por parte de quienes los sufren y por parte de quienes deben lidiar con ellos, que somos todos. La actitud de las poblaciones es algo distinta, aunque la indignación de unos y otros haya suscitado comparaciones entre Tahrir y la Puerta del Sol. Los del sur quieren convertirse en ciudadanos, con plenos derechos, y contar con gobiernos representativos. Los del norte, que ya lo son y lo valoran poco porque lo dan por descontado, no quieren perder sobre todo su nivel de vida. Mientras los de abajo quieren hacer política, los de arriba se desinteresan de ella. En ambos casos hay algo en común: no es posible mantener el statu quo, hay que dar una sacudida a los sistemas políticos, el viejo orden se cae a pedazos.

[Publicado el 20/11/2011 a las 11:00]

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Ciudadanos árabes

En caliente hay que hacer periodismo. Lo difícil es ir más allá, introducir la mirada de la larga duración sobre los acontecimientos cuando no hay todavía la distancia reglamentaria. Pero la velocidad de los tiempos lo requiere: historiadores y sociólogos que hagan periodismo y periodistas que asuman la ambición de la historia y la sociología. Sin esta actitud es difícil orientarse en la maraña del mundo globalizado. Eso es lo que intenta, con notable fortuna, el politólogo francés Sami Naïr respecto a la primera y más avanzada de las revoluciones árabes, la tunecina, pertrechado de los instrumentos del periodista y de las ideas y conceptos del analista. Hay todavía pocas crónicas de esta revolución, pero sin duda en 'La lección tunecina', y sobre todo en el capítulo titulado 'El incendio', hay una bien útil y fresca, con la narración de las cuatro semanas transcurridas desde que Mohamed Bouazizi se inmoló, el 17 de diciembre, hasta que Ben Ali salió hacia el exilio, el 14 de enero. En ella observamos el papel de las redes sociales, pronto bloqueadas por el régimen; el peso de las bases de la Unión General de Trabajadores de Túnez, el sindicato oficial, que termina sumándose a las protestas; el desarme de la policía de proximidad, sustituida por cuerpos paralelos; la organización de la represión desde la presidencia de la República; la actitud reticente e incluso desobediente del Ejército, que se niega a reprimir; hasta terminar con la fuga vodevilesca de Ben Ali. La variedad de causas que establece Naïr permite entender por qué un estallido que parecía imposible llegó a materializarse. Había un serio problema sucesorio, al igual que en Egipto, Libia y Yemen. La crisis económica golpeaba el empleo y ampliaba la pobreza desde 2007, extendiendo el descontento y las protestas. Toda la población compartía el inmenso hartazgo por la ocupación privatizadora del Estado a cargo de una mafia corrupta y corruptora, que salió a la luz por las redes sociales y sobre todo por las filtraciones de Wikileaks. Finalmente, fue decisivo el cambio de actitud de Washington, "claramente hostil" hacia el régimen, en abierto contraste con la complicidad francesa. Naïr analiza, mirando hacia atrás, el papel del partido único RCD (Asamblea Constitucional Democrática), al que uno de cada tres adultos estaba adscrito; y ante el futuro, el islamismo de Ennahda, del que recela profundamente. En ambos encuentra motivos para utilizar la palabra "totalitario", el primero en su estructura de poder, el segundo en su concepción aniquiladora del individuo. De ahí la prudencia que acompaña a sus pronósticos: nada está jugado, será un muy largo proceso. Esta revolución, en todo caso, ya es "el acontecimiento más importante sucedido en el mundo árabe desde la Segunda Guerra Mundial"; el comienzo de una nueva época o ciclo histórico, que significa la entrada del mundo árabe en la edad democrática, en la que se propone como horizonte "la construcción de naciones democráticas basadas en la comunidad de los ciudadanos, independientemente de sus creencias, raza y origen". (Doy hoy aquí la reseña publicada el pasado sábado en Babelia del libro 'La lección tunecina. Cómo la revolución de la Dignidad ha derrocado al poder mafioso', de Sami Naïr.)

[Publicado el 18/11/2011 a las 13:03]

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Los zapatos de Bachar

Las revoluciones también ejercen de maestras e imparten su peculiar pedagogía. Todos aprenden de ellas. Quienes quieren seguir su camino y quienes quieren obstaculizarlo, quienes las esperan y quienes las temen. Poco pueden aprender de ellas quienes niegan su propia existencia. Tampoco quienes niegan su carácter pedagógico y se limitan a combatirlas sin sacar provecho de las lecciones correspondientes. Las lecciones de Túnez sirvieron para Egipto: los militares supieron tomar buena nota, al contrario de Mubarak, que nada supo aprovechar. Las de Túnez y Egipto también sirvieron para Libia: en ningún caso para el obstinado Gadafi, pero sí para la oposición, que ensayo la revuelta pacífica y terminó tomando las armas. Y ahora todas las lecciones revolucionarias revierten en su influencia sobre Siria, país crucial en los equilibrios estratégicos de Oriente Medio: Assad sigue con el rancio manual represivo heredado de su padre, y los revolucionarios ensayan el camino libio después de que se les hiciera impracticable el tunecino y egipcio. Las lecciones aprovechan también internacionalmente. Francia fue tan activa en Libia como para borrar sus pecados en Túnez. Estados Unidos aprendió a dirigir desde atrás en la guerra contra Gadafi después de muchas vacilaciones con Egipto. Las monarquías árabes, con los saudíes a la cabeza, extrajeron lecciones domésticas: hay que reformar a toda prisa, antes de que la revolución las alcance, y reprimir también con urgente contundencia ante el peligro de desbordamientos, como fue el caso en Bahrein. Y en cualquier caso, aprovechar para mejorar posiciones en el tablero internacional. En el caso de los países vecinos, a todas estas consideraciones se añade la necesidad de crear cortafuegos frente al temor a una inestabilidad que desborde las fronteras. El Irak de hegemonía chiita dirigido por el primer ministro Nuri al-Maliki teme el triunfo de una revolución sunnita que prenda entre la población iraquí de la misma obediencia. También lo teme el rey Abdalá de Jordania, que ha cambiado dos veces a su primer ministro desde que empezaron las revueltas para frenar el descontento popular. El mosaico sectario libanés recela de la inestabilidad siria, por si enciende una vez más sus propias e inveteradas tensiones civiles, aunque la mitad quiera la caída del régimen y la otra preste un apoyo incondicional a El Assad. Este es el caso de Hezbolá, el poderoso partido chiita, pillado en la contradicción de que apoya todas las revoluciones árabes menos cuando afectan a su aliado estratégico sirio. También le sucede al régimen de Irán, que sufrió prematuramente y liquidó su revolución verde en 2009: ahora no quiere perder a un socio tan importante como Siria, pero apoya al menos de boquilla las revoluciones árabes. Todas las potencias regionales juegan sus cartas a fondo para limitar los desperfectos y avanzar a la vez en su hegemonía. Turquía tiene en Siria una de sus áreas de influencia, en competencia con Irán y Arabia Saudí; pero también un mercado donde expandirse y un agente decisivo y peligroso para el conflicto kurdo. Para Arabia Saudí es uno de los tableros en los que juega la partida a muerte contra Irán y a la vez la contención de la oleada revolucionaria. Tanto Ankara como Riyad ofrecen sus modelos islamistas como alternativas a las dictaduras civiles: el turco es el de la república democrática, mientras que el saudí es el de la supuesta benevolencia de una monarquía obligada a reformarse. La Liga Árabe, de proverbial y caótica ineficacia, ha encontrado en la crisis siria un nuevo protagonismo. Lo tuvo ya con Gadafi, al apoyar la revolución de Naciones Unidas que condujo a la intervención de la OTAN. Ahora acaba de expulsar a Siria, país fundador y clave en su historia, en respuesta a los engaños clásicos de Assad, que se comprometió el 2 de noviembre a retirar las tropas de las ciudades y ha cosechado desde entonces unas 300 víctimas mortales. Esta organización internacional quiere mandar una fuerza civil de 400 ó 500 observadores de asociaciones de derechos humanos para proteger a la población frente a la represión del régimen. Es un paso más en el cerco que se va estrechando alrededor de Assad, mientras la oposición civil interna va convirtiéndose en una resistencia armada que cuenta ya con un Ejército Libre de Siria y con centenares de soldados desertores. Abdalá de Jordania, con los poderes absolutos que le da la monarquía, ha sido el primer líder árabe en pedir explícitamente a Assad que abandone el poder en una entrevista a la BBC. "Si yo calzara sus zapatos dimitiría", ha dicho. Seguro que si Bachar calzara los zapatos de Abdala haría lo mismo que hace su vecino; cambiar ministros, anunciar reformas y no renunciar a ninguna de sus prerrogativas políticas: cambiarlo todo para que nada cambie. Además de criticar a su vecino en apuros. Abdala quiere salvar la cabeza aun a costa de la de Bachar. Si la perdiera, sería el primer monarca caído en esta oleada revolucionaria. Todos los otros monarcas están detrás de él para impedirlo. De ahí los esfuerzos de la Liga árabe por controlar las rupturas revolucionarias para convertirlas en plácidas reformas.

[Publicado el 17/11/2011 a las 10:30]

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Al fin aparecen las armas de destrucción masiva

En Libia, no en Irak. Ocho años más tarde. Sin invasión americana y sin inspectores de Naciones Unidas. Era el detalle que faltaba para redondear la comparación entre el disparate de Irak y el éxito de Libia. Disparate desde el principio: el de la demonización de Sadam Hussein sin que existieran evidencias de la existencia de arsenales, como la aceptación de Gadafi en el club de los personajes honorables sin suficientes garantías ni inspecciones; el primero con los inspectores de la OIEA metidos hasta la cocina pero sin resultado satisfactorio y el segundo realizando negocios con todo lo más granado del capitalismo occidental sin apenas control de nadie. Ha sido el nuevo gobierno libio el que ha descubierto dos escondrijos secretos y no declarados donde Gadafi guardaba los arsenales sobre cuya existencia mintió a Tony Blair y a sus otros aliados. En 2003 el régimen aseguró que había destruido su arsenal, pero ahora se ha comprobado que solo lo hizo en parte y que todavía mantenía una buena y peligrosa santabárbara de gas mostaza y otras armas químicas. Este tipo de declaraciones, junto al acuerdo sobre el atentado de Lockerbie, sirvieron para lavar la imagen del régimen y permitirle su reintegración en la comunidad internacional, a pesar de su acreditado pasado terrorista. La comparación entre Libia e Irak no puede ser más aleccionadora, y explica la pasión con que algunos neocons todavía critican la actuación de la OTAN y defienden, al menos subrepticiamente, las virtudes estabilizadoras de Gadafi y las ventajas que proporcionan dictadores comprados de este tipo en frente del islamismo. Todo lo que se hizo mal en Irak se ha hecho bien el Libia: resolución de Naciones Unidas, coalición con participación árabe, apoyo aéreo de la OTAN, derrocamiento del dictador a cargo de los propios libios. Y lo que se ha hecho mal en Libia, como es permitir el linchamiento de Gadafi, no puede decirse que se hiciera mejor en Irak, donde Sadam Husein fue ejecutado sumariamente de forma vengativa y vergonzosa. Quien tenga dudas sobre la orientación del país en el futuro, mayores podría tenerlas sobre la evolución de Irak, cada vez más en la esfera de influencia de Irán. Y por si faltara algún razonamiento a estos silogismos, basta con observar las revueltas árabes como una cadena de movilizaciones con efectos cada una en la siguiente. Sin Túnez, no hay Egipto. Sin Egipto no hay Libia. Y sin Libia, no tendríamos algún día cercano a Siria. El único argumento que aguanta es el del inmovilismo: no hay duda que un mundo inmutable y estático es el ideal obligado de los conservadores, que afortunadamente la vida se encarga de desmentir a diario.

[Publicado el 16/11/2011 a las 10:30]

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Conservadurismo ensimismado

Décimo debate entre los candidatos republicanos a las elecciones primarias de la que saldrá quien rete a Obama en noviembre de 2012, y primero dedicado a la política exterior de Estados Unidos, la superpotencia única que se enfrenta a la mayor redistribución de poder mundial de los últimos veinte años y al reto a su propio liderazgo por parte de China. Son siete hombres y una mujer los que aspiran a protagonizar el desafío al primer presidente afroamericano de la Historia y al político demócrata que suscitó mayores esperanzas y expectativas de cambio desde John Kennedy. El punto de partida del debate dice más sobre las ideas de estos candidatos y de su partido que las preguntas de los dos periodistas y las correspondientes respuestas: no se examina exactamente al presidente elegido por los ciudadanos, sino al comandante en jefe del ejército de los Estados Unidos; y los temas de los que se discute se presentan todos ellos como cuestiones que afectan a la seguridad nacional. Es asombrosa la capacidad de simplificación que demuestran la mayoría de los candidatos, que observan el mundo como un territorio normalmente hostil en el que lo primordial es separar a los enemigos de los amigos y exhibir la fuerza militar de que dispone la superpotencia. Este hecho se explica en buena parte por la militarización de la política internacional, propugnada por los neocons y comprada íntegramente por el partido republicano, y también por un amplio sector de la opinión pública, demócrata incluida, tan arraigada como para convertir en temas totalmente secundarios las relaciones diplomáticas, la cooperación y el multilateralismo. No puede extrañar, por tanto, que la discusión sobre la tortura, practicada durante la presidencia de Bush para combatir al terrorismo, siga ocupando un lugar central en el debate republicano, cuestión que solo rechazaron radicalmente los dos candidatos más marginales, el libertario Ron Paul y el ex embajador de Obama en Pekín, Jon Huntsman. El repertorio de ideas lunáticas, raras o erróneas que pueden ofrecer estos candidatos republicanos a las primarias es extraordinario, fruto en buena parte de los casos de su ignorancia supina o incluso su desinterés por temas y países muy alejados de sus bases y de sus circunscripciones. Contrasta duramente con el momento convulso del panorama del mundo: el ascenso de Asia, la crisis de Europa, las revueltas del mundo árabes, cuestiones todas ellas que apenas interesan a estos políticos, si no es estrictamente por el tamaño al que puede quedar reducido su campanario. Rick Perry propone partir de cero en la ayuda militar exterior que proporciona Estados Unidos a sus innumerables aliados para obligar a aceptar las condiciones que correspondan a los intereses estadounidenses. Herman Cain señala que China se halla a punto de obtener el arma nuclear y se siente incapaz de saber si Pakistán es un país enemigo o un aliado. Mucho más significativo es el apoyo de los dos candidatos más serios, Newt Gingrich y Mitt Romney, a las acciones militares contra Irán en caso de que no funcionen las sanciones al régimen y la ayuda a la oposición. Ambos apoyan también la realización de acciones encubiertas para derrocar al régimen sirio der Bachir el Assad. Todos critican al actual presidente y evitan en cambio los enfrentamientos entre sí, siguiendo una consigna muy bien expresada por Gingrich: ?Estamos aquí esta noche para explicar al pueblo americano que cualquier de nosotros es mejor que Barack Obama?. No es fácil que esto suceda en el capítulo de la política exterior, donde Obama obtiene las mejores calificaciones de sus conciudadanos, sobre todo en relación al terrorismo, en abierto contraste con el bajísimo nivel de aprobación que obtiene por la gestión económica.

[Publicado el 15/11/2011 a las 10:30]

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La zorra se larga del gallinero

El gallinero ha tenido como guardián, durante casi dos décadas, a la señora zorra, astuta y golosa bestezuela irreprimiblemente atraída por gallinas, polluelos y huevos frescos. Es cierto que ha sido elegida para su honorable cargo por la entera granja, en democrática votación en la que han participado, encantados de su destino, todos los animales, incluidas las aves de corral. Es inacabable la cuenta de sus destrozos en su largo paso por uno de los más esplendorosos corrales de la comarca. Ahora que la hemos echado y se larga con el rabo entre las piernas, para encontrarse quizás con el castigo que merecen su glotonería, sus engaños y su mendacidad, habrá que repararlos y recuperar la vida próspera y ordenada que tuvo un día este gallinero maravilloso. No hay que olvidar como empieza la historia. La zorra, más que probable agente mafioso o al menos banquero oficioso de la famiglia, decide convertirse en la jefa del gallinero ante el acoso de los jueces. Con su fortuna inmensa, la primera del país, crea de la nada un partido político, Forza Italia, cuyos cuadros y dirigentes son sus fieles empleados y cuya ideología es lo más parecido al mundo festivo y en blanco y negro de los tifossi del fútbol. Dos son los objetivos, una vez alcanzado el gobierno: reforzar sus negocios, sobre todo mediáticos, y seguir eludiendo la acción de la justicia por las fechorías pasadas y las que piensa perpetrar en el futuro desde el poder. La corrupción, la evasión fiscal, la fuga de capitales, el fraude societario, el soborno, y muchas más figuras del delito forman el repertorio de los obstáculos que va eludiendo mediante la acción de ejércitos de abogados, auxiliados por los parlamentarios y el propio Gobierno, para conseguir prescripciones, anular procedimientos, enmudecer testigos, comprar jueces o aprobar legislaciones ad hoc que actúen como un escudo de impunidad. Lo único que termina dando sentido a su acción de gobierno es el mantenimiento de la mayoría que le garantiza aprobar la legislación salvadora, en detrimento de la división de poderes, el Estado de derecho y la honorabilidad de la propia República. Un país que permite a su primera fortuna hacerse con todo el poder mediático y político acepta el riesgo de precipitarse hacia la dictadura, y solo supera los desperfectos que provoca tal conflicto de intereses si tiene, como es el caso, una sociedad civil fuerte y unas instituciones sólidas. Así ha sido. Al final ha recibido el castigo que merece quien se confía demasiado. Esa zorra vieja y decrépita estaba tan feliz y contenta de su poder imperial que necesitaba exhibir la fuerza erótica que sin duda alguna empezaba a faltarle, de ahí que sus últimos delitos fueran la corrupción de menores y el proxenetismo. Los suyos empezaron a abandonarle. Las instituciones europeas e italianas han ido a por ella. Los mercaderes de la comarca han hecho el resto.

[Publicado el 14/11/2011 a las 10:01]

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¡Cuidado con el Caimán!

Italia va a pasar página al fin. El Caimán ha dicho que se va. Su régimen, porque es un régimen, tiene los días contados. No es cierto que sean los mercados en solitario quienes lo hunden. Son también las instituciones, europeas e italianas. Es su propia mayoría, disminuida y en trance de implosión. Los mercados son el combustible infalible que hace de acelerador en esta hoguera. El diferencial entre el bono alemán y el italiano tiene una acción corrosiva inmediata: ayer mismo alcanzó niveles más allá de lo soportable, en la zona de peligro donde se producen los rescates. Demostró así que nadie cree ni una palabra de lo que dice; no basta con que diga que se va, sino que debe irse inmediatamente para que Italia vuelva a ser creíble. Los mercados dicen lo que dicen todos, fuera y dentro de Italia, fuera y dentro de Europa. Su palabra no cuenta. Sus promesas y buenos propósitos no valen nada. Ahí están Merkel y Sarkozy en su conferencia de prensa del pasado 25 de octubre, al término de la Cumbre de Bruselas, mirándose con una sonrisa irónica cuando les preguntan por la credibilidad de las promesas berlusconianas de reducción del déficit. No son solo gestos. Hay que ver el intercambio de cartas y documentos entre Berlusconi y las instituciones europeas en las últimas semanas. Al día siguiente de las sonrisas franco-alemanas, el dimisionario primer ministro se vio obligado por el Consejo Europeo a presentar una carta de compromisos, teóricamente acordada con su socio de coalición, el jefe de la Lega Nord, Umberto Bossi, sobre los recortes y reformas, del sistema de pensiones, entre muchas otras cosas. ¿Le creyó alguien? Justo al terminar la cumbre del G-20 en Cannes, la Comisión Europea y el FMI decidieron mandar a un grupo de inspectores a Roma para que vigilen directamente al gobierno italiano en su aplicación de los planes de rigor, que serán revisados trimestralmente. Y el comisario del euro y vicepresidente de la Comisión Europea, Oli Rehn, todavía fue más lejos, con una carta al ministro de Economía, Giulio Tremonti, en la que pide detalles adicionales sobre los buenos propósitos de Berlusconi, "incluyendo la especificación de las nuevas medidas adoptadas por el Gobierno", es decir, que no se ande por las ramas ni siga con las medias verdades. Por si el Caimán siguiera haciéndose el despistado, Rehn le manda a la vez un cuestionario con 39 preguntas tan precisas como variadas, pidiendo clarificaciones y compromisos concretos, y con plazo preciso de respuesta, justo una semana. Una muestra de tres preguntas puede valer para que el lector tenga idea de hasta dónde llega la desconfianza europea ante las vaguedades y malas excusas de Berlusconi. ¿Piensa el Gobierno reintroducir el impuesto sobre bienes inmuebles? ¿Hay algún plan de reducción de los 46 tipos de contratos labores distintos actualmente vigentes? ¿Puede dar el gobierno más detalles sobre cómo va a reducir el número de parlamentarios? Si alguien quería saber de verdad, no meramente en su uso metafórico, lo que es un país intervenido por un directorio europeo e internacional no tiene más que fijarse en Italia. Grecia ha llegado más lejos en el desvarío, porque es un país bajo rescate, y también está intervenido después de la absurda rebelión de Papandreu: Oli Rehn ha pedido garantías por escrito a los dos partidos mayores para asegurarse de que gobierne quien gobierne se mantendrán los compromisos adoptados como contrapartida a los dos paquetes de rescate de 110 y 130.000 millones de euros. Pero Italia tiene un tamaño crítico con capacidad de arrastre sobre la economía europea e incluso mundial y por eso la intervención del directorio mundial es mucho más contundente y eficaz. El Caimán se va, pero antes se ha cargado la soberanía de la República italiana, ahora vigilada e intervenida. Y todavía puede hacer más estropicios. Lo propio sería que por primera vez en su vida diera un paso en favor de Italia y no de sí mismo. Un paso que su socio Umberto Bossi ha definido como lateral: "un paso a un lado", es decir, que se aparte de una vez. Pero no está en su naturaleza este tipo de gestos, al contrario. Y ahora lucha por mantener el control sobre la agenda política, evitar un gobierno técnico, obstaculizar una mayoría alternativa, buscar la convocatoria electoral inmediata y en caso de que no haya más remedio intentar que sea uno de los suyos quien encabece el ejecutivo. No lo hace tan solo por instinto, que también, sino por interés: quiere salvar el poder político para los suyos, el patrimonio para la familia y la libertad personal que peligra por la acción de la justicia para sí mismo. Por eso el Caimán no se irá sin más. Dará coletazos y morderá mientras esté vivo. Y no hay nada más peligroso que un reptil acorralado o herido de muerte. Ahora lo está. Puede quedarse inmóvil, como petrificado, aparentemente rendido a la evidencia. Pero atacará en cuanto vea la menor oportunidad.

[Publicado el 10/11/2011 a las 11:05]

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Biografía

Lluís Bassets (Barcelona 1950) es periodista y ha ejercido la mayor parte de su vida profesional en el diario El País. Trabajó también en periódicos barceloneses, como Tele/eXpres y Diario de Barcelona, y en el semanario en lengua catalana El Món, que fundó y dirigió. Ha sido corresponsal en París y Bruselas y director de la edición catalana de El País. Actualmente es director adjunto al cargo de las páginas de Opinión de la misma publicación. Escribe una columna semanal en las páginas de Internacional y diariamente en el blog que mantiene abierto en el portal digital elpais.com.

 

Bibliografía

La Oca del Sr. Bush

La oca del señor Bush (2008).

Editorial Península

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