Delfín Agudelo: En la medida en que todos somos Edipo, como establecimos anteriormente, algo tiene que cambiar en la esencia misma del humano.
R.A.: Exacto. Aquí Edipo llega a un bosque de la pequeña ciudad de Colonos, que ahora es un barrio de Atenas. Llega a un bosque protegido por unas deidades benefactoras, las Euménides, y allí es que de alguna manera tiene lugar el desenlace de Edipo que es bastante misterioso y enigmático. Sófocles -que es el hombre que lleva a un equilibrio más sutil y más refinado del logos y del misterio, su mismo juego entre razón y enigma-prepara a lo largo de la obra lo que será la muerte de Edipo. Nos conduce a una situación de gran tensión dramática y al mismo tiempo de gran ambivalencia porque el único testigo de la muerte de Edipo, que es Teseo, no informa exactamente de la naturaleza de esa muerte. Sófocles nos dice algo muy misterioso: habla de la "muerte prodigiosa" de Edipo. Esa "muerte prodigiosa", una vez adquirida la auténtica -no la falsa sabiduría que creía tener cuando era joven-, marca un punto de inflexión o de conexión entre las viejas ideas homéricas sobre la muerte y las nuevas sobre la muerte la inmortalidad que se están extendiendo en el mundo de Atenas y en el mundo griego.
No me extrañaría que en esta información de la "muerte prodigiosa" de Edipo nos halláramos a mitad de camino entre ese hombre mortal, sin trascendencia, que tras la muerte su sombra es exilada en el Hades, y esa otra visión de la muerte en la cual se espera una continuidad trascendente tras el propio acto de morir. No digo con eso que Sófocles se defina, pero es muy probable que finalmente lo sabio sea el respeto supremo entre el conocimiento y el enigma: llegar a dominar el arte del equilibro entre el logos y el misterio. Algo de eso nos dice el viejo Sófocles en lo que sería su última lección, que está en su última obra, en su último año de vida.
[Publicado el 09/3/2010 a las 09:00]
[Etiquetas: Edipo, Sófocles, muerte de Edipo]
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Rafael Argullol: Uno de los aspectos que ha sido menos tratado en el mundo de la cultura antigua pero que me parece interesante desde la propia óptica contemporánea es el de la muerte de Edipo.
Delfín Agudelo: A primera vista podríamos hablar de una muerte de lo visual, que caracteriza en gran medida el peregrinaje posterior del personaje. Pero si bien muere un sentido, los otros se fortalecerán.
R.A.: Se ha hablado mucho de la vida equivocada de Edipo, del error respecto a su identidad, del precio que tiene que pagar por ese error, etc. Pero después de Edipo Rey, tras la escena final presidida por la auto mutilación de Edipo y previamente por el suicido de Yocasta, empieza un período oscuro y muy largo en el ciclo de Edipo que es el período de su errancia. Se trata de su peregrinaje por las tierras de Grecia, un periodo con del cual no tenemos información literaria más que algunas evocaciones a posteriori. Tenemos la última gran obra de Sófocles escrita a sus 80 años que es Edipo en Colono, que es una obra alrededor del próximo fin y muerte de Edipo. En esa obra hay cierta rememoración de lo que han sido todos estos años, pero es una rememoración que no da datos Nos sucede un poco lo que ocurre con el ciclo legendario de Cristo narrado en los evangelios. Tenemos una información detallada del nacimiento de Jesús e incluso de la huída de sus padres con él a Egipto. Luego tenemos una oscuridad informativa hasta sus últimos tres años. Con Edipo ocurre lo mismo. En Edipo rey se reconstruye al detalle lo que ha sido esa identidad equivocada, y por tanto la falsa sabiduría del hombre reconocido como el más sabio de su época. Tenemos un larguísimo período de oscuridad del cual la literatura no da ninguna información. Nos podemos imaginar algún hombre peregrinando, ciego, de pueblo en pueblo. Tenemos incluso informaciones plásticas y antropológicas para recrear la escena. Probablemente se debía parecer mucho a estos personajes sagrados que aún hoy se pueden divisar por las zonas rurales de la India que van de pueblo en pueblo peregrinando con su bastón. Nos podemos imaginar eso, y finalmente, tras este largo peregrinaje al que según el criterio de Sófocles Edipo adquirió una auténtica sabiduría, que es una sabiduría lenta, de sedimentación, reflexiva a través de estos años de nomadismo, llegamos a esta gran escena culminante que creo que literariamente es extraordinaria pero que curiosamente se cita poco y se representa menos.
[Publicado el 05/3/2010 a las 19:56]
[Etiquetas: Edipo, filosofía, Sófocles, Edipo en Colono]
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R.A.: Lo propio de lo filosófico es la vitalidad de la interrogación, y esa vitalidad no puede estar alejada de la esfera sensitiva, y por lo tanto artístico-literaria.
Delfín Agudelo: Pero en esta medida, el que establece estas diferenciaciones entre la escritura filosófica y la escritura literaria, o el que sirve de obstáculo hacia la esfera de lo sensorial, ¿se trataría acaso de esa figura a la cual tanta importancia das tú, como lo es la del intermediario?
R.A.: Sí, fueron los intermediaros que se presentaban como organizadores de la civilización, de la cultura de una sociedad; ellos son quienes han dictaminado estas diferenciaciones. Por ejemplo en la Edad Media claramente la figura del teólogo era una figura hegemónica, situada sobre la figura del filósofo, la cual era a su vez hegemónica sobre la del poeta/trovador. Si el filósofo era teólogo, bien; pero un filósofo que no lo fuera, quedaba en cierto modo marginado de la esfera de la edad media. En el mundo moderno el filósofo en su competencia con el científico ha intentado marginar al poeta y al artista. Y el poeta y el artista, a su vez, ha buscado su status propio al margen de la filosofía académica. ¿Pero quién es el que ha marcado eso? Los intermediarios.
En el caso de la Edad Media, evidentemente era la propia estructura educativa de la iglesia la que marcaba quién era el teólogo, y también cuál era la cima de la organización del saber y de su transmisión. En el mundo moderno durante mucho tiempo quien ha marcado eso es la academia, las universidades. Hoy quizás eso sería más relativo, pero aún es así. De manera que todos sabemos que un artista contemporáneo es o no importante de acuerdo a unos criterios del marchante, del teórico, de un curador, de un crítico.
Pero creo que la interrogación del saber poco tiene que ver con esas clasificaciones epocales que dependen de criterios ideológicos, de las estructuras de cada época. En nuestro mundo un teólogo apenas tiene importancia desde el punto de vista de la hegemonía o autoridad del saber. En nuestra época la autoridad del saber es del científico, y esta autoridad a veces está peligrosamente en manos de supuestos especialistas y expertos que tienden a la parcialización unidimensional. Frente a ellos la interrogación filosófico-artística o literaria tiene que aspirar de nuevo a ser reconocible lo global y lo conjuntivo que hay en el hombre. Por tanto hay un papel importantísimo en este mundo de la interrogación filosófica y del mito artístico-literario para hacer frente a la hiper-especialización de la ciencia.
[Publicado el 02/3/2010 a las 18:47]
[Etiquetas: intermediarios, filosofía, teología, literatura, hegemonía]
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La vitalidad de la interrogación
Rafael Argullol: Por tanto creo que es un gravísimo error, consecuencia de nuestra obsesión clasificatoria, haber separado lo filosófico de lo literario a través de supuestos géneros de escritura.
Delfín Agudelo: Estoy pensando ahora en el ánimo clasificatorio, en esta merecida estigma o carga que implica la filosofía con dos títulos que en los últimos diez años han tenido una interesante relevancia comercial, dirigidos a un público no especializado. Pienso en Más Platón y menos prozac y en El mundo de Sofía. Es un intento por volver sobre las antiguas inquietudes en un lenguaje sencillo y que a su vez reconozca, sin hacerle perder su complejidad, su sentido práctico. Pienso, por lo tanto, en una pregunta que nunca va a perder su validez: ¿cuál es la importancia actual de abordar a Platón?
R.A.: Estos libros son divulgativos, y el libro divulgativo ha existido siempre. Aún así, creo que Platón nunca ha dejado de estar en el escenario, incluso desde la época del propio Platón. Podríamos dibujar un árbol con las ramas de los neoplatonismos que han crecido en la cultura europea y sería frondosísimo: los ramajes se han ido cruzando en algunas casos adhiriéndose a los desarrollos cristianos, otros a los desarrollos gnósticos, otros a desarrollos neopaganos, otros laicos, ilustrados modernos, etc. De manera que no hace falta recuperar a Platón- es decir, la gran inquietud filosófica original: nunca se ha perdido en la cultura europea. De nuevo, hay que indicar que toda la literatura desde el renacimiento va ya en esa dirección. En Shakespeare está esa interrogación filosófica, y no digamos ya en Montaigne; luego en Pascal, que es un enrome escritor. El propio Descartes, que pasa por la quintaesencia del racionalismo, en algunos de sus libros tiene una gran brillantez literaria. Si nos enfrentamos a nombres como Diderot, Voltaire, Rousseau, ¿qué eran? ¿filósofos o literatos?
Creo que el gran problema surge en el momento que indicaba antes: acorralados por la nueva importancia de la ciencia y desprotegidos y huérfanos de la religión y de la teología, hay toda una serie de grandes filósofos que intentan crear sistemas filosóficos omniabarcadores en los cuales muchas veces se incurre en una especie de nueva escritura genérica-filosófica que es abstracta, que es conceptual, abstrusa, que está alejada del estilo literario o artístico, y que en el desarrollo educativo de Europa coincide con lo que se ha llamado la filosofía de los profesores, sobre todo en el siglo XIX y parte del veinte, o de los llamados "maestros del pensamiento", el maitre-penseur de los franceses. Yo creo que la auténtica fibra de interrogación filosófica ha circulado más de una manera sinuosa a través de los distintos desarrollos literarios de índole muy diversa. Aquí he citado a Shakespeare, Montaigne, Pascal, pero también podemos recurrir a Nietzsche, a Kierkegaard, Rilke, Baudelaire. Evidentemente se trata de escritores muy diversos, pero en todos ellos evidentemente está presente esta médula de interrogación, por no hablar de casos como Dostoievsky. El caso ruso es particularmente interesante a este respecto, porque los rusos siempre han visto que sus filósofos eran los grandes literatos En ese sentido es muy interesante porque en Rusia nunca se provocó, por razones de desarrollo distinto, la división de funciones entre la supuesta escritura filosófica y la literaria que sí se provocó en la Europa occidental. Todo lo que no fuera seguidor de la terminología de Kant, de Hegel, o de Schelling, era considerado poco riguroso.
Pero repito que esto no era sino una obsesión celosa alrededor de la ciencia, y que no resolvía el tema porque lo propio de lo filosófico es la viveza de la interrogación, y si la matas a través del estilo, es muy difícil que perviva. Pervivirá, quizás, en el primero: pervive en Kant y en Hegel; pero no ha pervivido a través de los miles de neokantianos y neohegelianos que ha habido en las aulas universitarias europeas desde entonces. Es un estilo que por su propia naturaleza seca la interrogación. Quizás no en el modelo original; podría ser antipático pero era el original. Kant era original, y por tanto su estilo lo es. Es como en la música: Schönberg y su dodecafonismo es la ruptura original y marca un sello, y crea toda la estilidad provocada por miles de compositores que se han sentido obligados a usar ese estilo. Lo propio de lo filosófico es la vitalidad de la interrogación, y esa vitalidad no puede estar alejada de la esfera sensitiva, y por lo tanto artístico-literaria.
[Publicado el 25/2/2010 a las 22:38]
[Etiquetas: filosofía, literatura, Platón]
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Rafael Argullol: Pienso que grandes filósofos del siglo XX son Rainer María Rilke, son Paul Valéry, son Thomas Mann; son escritores que han puesto esa médula en el escenario y han provocado una interrogación superior a la que muchas veces han provocado los neosofistas.
Delfín Agudelo: ¿Por lo tanto consideras que hay un punto de unión absoluto entre el quehacer literario y el filosófico?
R.A: Absolutamente. No solamente hay una unión sino que hay unas líneas que se superponen. Quizá no enteramente, pero se van intercalando, se van cruzando. Pero eso ya ocurría en la antigüedad. Podemos leer tranquilamente el Fedro o el Banquete de Platón como textos de lo que modernamente hemos llamado literatura. Y sin embargo en estos textos las brillantísimas reflexiones metafóricas se cruzan con deslumbrantes análisis conceptuales. Con lo poco que nos ha quedado de los presocráticos ocurre lo mismo, y en algunos filósofos ya modernos, empezando por Giordano Bruno, continuando con Nietzsche, Schopenhauer, Kierkegaard, etc., ocurre lo mismo. De la misma manera, visto desde el otro lado indudablemente Goethe es alguien que nos sirve igualmente como interlocutor literario que como interlocutor filosófico, y lo mismo me atrevería a decir de nombres que van desde Baudelaire hasta Samuel Beckett. Por tanto creo que es un gravísimo error, consecuencia de nuestra obsesión clasificatoria, haber separado lo filosófico de lo literario a través de supuestos géneros de escritura.
[Publicado el 17/2/2010 a las 13:50]
[Etiquetas: filosofía, literatura]
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Albert Speer, el arquitecto al que Hitler encargó la mayoría de los grandes proyectos del Tercer Reich, tenía por costumbre dibujar las ruinas futuras de sus propios edificios. Con la guerra y el hundimiento del nazismo, las más colosales construcciones de Speer nunca se llevaron a cabo, de modo que éste se convirtió en una suerte de arquitecto espectral del que hemos conservado los proyectos arquitectónicos y sus hipotéticas ruinas, pero no, obviamente, unas edificaciones que en la práctica no se realizaron.
Speer alegaba, no sin razón, que la auténtica potencia de una arquitectura residía en el vigor evocador de su futura ruina, y para justificarse recordaba la sugestión que causan en nosotros los conjuntos monumentales del pasado, los restos de civilizaciones como la romana, la griega o la egipcia. Sin duda, a un paranoico como Hitler, que peroraba sobre el "Imperio de los Mil Años", estas fantasías de su arquitecto debían de parecerle adecuadas para ornamentar sus planes.
En cualquier caso, esa idea de mostrar la sombra de la arquitectura como un componente más del proyecto no era original de Albert Speer, sino que estaba arraigada en la tradición europea. Sin olvidar a los Bibiena, una familia de arquitectos boloñeses de la primera mitad del siglo XVIII, Giovanni Battista Piranesi es el nombre más conocido de toda una pléyade de "constructores de ruinas" que en algún sentido incluye a uno de los padres de la arquitectura moderna, Leon Battista Alberti, quien, en los últimos años de su vida, quizá por su amor a la Antigüedad clásica, estaba fascinado por la ruina que aguardaba tras cada nueva edificación.
Es probable que éste sea el auténtico destino de la arquitectura que se propone erigir símbolos de poder, y que tal vez ya los encargados de levantar la torre de Babel pensaban tanto en la ira de Dios por el desafío cuanto en el invencible hechizo que la frustrada edificación provocaría en las generaciones venideras. Cuando observamos, por ejemplo, el cuadro de Brueghel -otra fantasía espectral- corroboramos de nuevo la fuerza que tiene la ruina en la imaginación humana, a veces como encarnación de la nostalgia. A veces como recordatorio del poder.
Debo reconocer que hubo un tiempo en que me interesó la carrera babélica en la arquitectura moderna. De todos modos, ya entonces tenía la intención de imaginar el doble espectral de cada uno de los edificios presentados al mundo como "el más alto" o "el más grande". En los edificios que se habían quedado en puro proyecto nunca materializado como el Palacio de los Foros Populares del mencionado Speer o como el Palacio de los Sóviets de Borís Iofan, respectivamente para Berlín y Moscú,esta labor era fácil. En los otros, había que perforar mentalmente el edificio, descomponer la imagen, para obtener una representación espectral en la que acababan desfilando nombres como Flatiron, Irving, Worlworth, General Electric, Empire State, Chrysler, Rockefeller, todos en Nueva York y Chicago. Una exhibición arquitectónica, una tragicomedia del poder que pareció llegar a su fin con el atentado del 11 de septiembre de 2001 que destruyó las Torres Gemelas de Nueva York.
Pero, evidentemente, no fue así. Tras las dudas casi bíblicas iniciales, la carrera babélica ha continuado y los rascacielos de Kuala Lumpur y Taipei han sido ampliamente desbordados por los 800 metros del Burj Dubai, recién inaugurado. Como consecuencia de mi antigua afición, no me ha costado ver el doble sombrío de este magnífico producto, a medio camino entre la aguja gótica y el zigurat, ni imaginar a un Brueghel futuro pintando minuciosamente su ruina. Pasado el entusiasmo visual, ha surgido la pregunta: ¿verdaderamente podemos considerar el Burj Dubai como arquitectura?
Naturalmente, la pregunta no es nueva y desde años se viene polemizando sobre los denominados iconos arquitectónicos, muchos clónicos entre sí, que los grandes estudios incrustan en las ciudades más prósperas del mundo. A pesar de las muchas prevenciones desatadas por el atentado de Nueva York, y la consecuente vulnerabilidad de los rascacielos, no creo que se deba rebatir, por principios, la arquitectura vertical.
Manhattan, gracias a su estricto orden urbano, es un ejemplo histórico perfecto de armonía. A casi nadie se le ocurre poner en duda la proporcionalidad de Nueva York o el notable equilibrio entre el espacio global y los edificios singulares, fruto en buena medida de la vigilancia ciudadana y de una rica tradición de polémica urbanística, con las feroces controversias sobre la reconstrucción del World Trade Center como muestra más cercana.
El problema no es la verticalidad, sino la arbitrariedad y, en cierto modo, también la impunidad, tanto ética como estética. Lo primero que llama la atención en los llamados iconos arquitectónicos es la ausencia de auténtica relación con el territorio en el que son construidos y, por tanto, con el entorno social y espiritual que los escoge. No de otro modo se puede entender que una misma torre sirva para Londres y Barcelona -en los casos de Foster y Nouvel- y que un mismo hotel en forma de vela gigantesca se alce en las orillas del golfo Pérsico y del Mediterráneo. Esta circunstancia, además de dejar en entredicho la singularidad morfológica de la que tanto alardean los artífices de estos iconos, demuestra un escaso respeto por las señas de identidad de cada lugar.
En este sentido, cuesta aceptar que los iconos arquitectónicos sean arquitectura, si por arquitectura se entiende la construcción y cuidado de la "casa del hombre", como reclamaba Paul Valéry en su Eupalinos, el escrito que siempre recomiendo a mis amigos arquitectónicos como libro de cabecera al que acudo cuando asoman los delirios de grandeza. Algunos de aquéllos poseen una incuestionable belleza, esculturas espléndidas para ser fotografiadas desde la ventanilla del avión como un tótem que otorga un espectacular adorno al skyline de la ciudad.
No faltará quien defienda esta arquitectura del poder que brota en las urbes de nuestra época como la continuación lógica de las demostraciones materiales de las épocas anteriores. Nuestros interminables iconos arquitectónicos, igualmente válidos para São Paulo o para Shanghai, serían los palacios, los templos, las catedrales en suma, de nuestro capitalismo universal. Es una comparación aceptable, y nada se podría objetar a este nuevo capítulo de la historia de la arquitectura si esta historia contuviera únicamente la simbolización del poder. Sin embargo, como desde el propio Leon Battista Alberti hasta la Bauhaus hay un intento progresivo de orientar la arquitectura hacia "la casa del hombre" de la que hablaba Valéry, se hace difícil ignorar el giro reaccionario que se percibe en nuestro tiempo.
Sin salir de Europa, y quizá con la excepción de los países nórdicos, este giro se hace factible al comparar la vistosidad de los iconos arquitectónicos con la mediocridad de los edificios de viviendas de las últimas décadas. Si tomáramos como referencia Barcelona, una de las ciudades más citadas, bastaría con contrastar el gusto casi enfermizo por promover edificios, supuestamente emblemáticos, de arquitectos internacionales de renombre con la pobreza estética de las viviendas de reciente construcción que afean los perfiles de la población. Así, cuando se enseña la elogiada arquitectura de Barcelona a un visitante, no es infrecuente concentrarse todavía en el gran José Antonio Coderch -¡hace 50 años!- para contemplar un edificio de viviendas digno de este nombre. Con pocas excepciones, los mayores talentos locales han gozado de escasas oportunidades en este ámbito. Y, no nos engañemos, la "casa del hombre" es la auténtica prueba para medir la calidad arquitectónica.
Pero, volviendo a Dubai y a su colosal torre, no deja de sorprender la escasa crítica que ha merecido el proyecto feudal-futurista del emir Sheik Mohammed bin Rashid, a juzgar por la fiebre de los arquitectos por obtener encargos, por la alegría de los médicos cuando acuden a sus lujosos congresos y por el incremento incesante de un turismo que elogia la ficción visual de una nueva Las Vegas mientras cuchichea morbosamente sobre la miseria de los miles de indios y filipinos que desde el subsuelo aseguran la fantasmagoría. Los visitantes occidentales más cínicos, o simplemente más tontos, lo llaman utopía, lo que nos da una idea de hasta dónde han caído las utopías en nuestro tiempo.
Seguramente, el desierto no tiene nada que objetar al espectáculo: está acostumbrado a las ruinas del poder.
El País, 01/02/2010
[Publicado el 11/2/2010 a las 12:09]
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Odia las llamadas telefónicas. Si no contesta cree que puede perderse algo vital, si contesta teme que alguna de las voces metálicas del doctor Moreau se incruste en sus tímpanos. Sobre todo, teme a los esclavos-autómatas de la propia compañía, autora del desaguisado y quizá un Moreau contemporáneo, pues de tarde en tarde suena el maldito aparato y, si descuelga, oye el temible mantra automático: "Si está satisfecho del arreglo de su avería pulse cero; de lo contrario, pulse uno, etcétera". Ningún técnico ha solucionado nada, pero el mantra continúa, supone que hasta el final de los tiempos.
Sin el maravilloso identificador de llamadas, la indefensión es total y los doctores Moreau actuales (agua, gas, electricidad, seguros y, por supuesto, bancos) le pueden bombardear con sus promociones. También con voz metálica, un bufete de abogados llama para recurrir sus multas de tráfico: "has sido multado" anuncia el fantasma con un tuteo amenazador. Nadie llama indicando cómo defenderse de los embaucadores que trafican impunemente con la intimidad.
El País, 30/01/2010
[Publicado el 08/2/2010 a las 08:24]
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En las últimas semanas me he visto obligado a pasar muchas horas en el coche y, en consecuencia, he escuchado la radio con mayor frecuencia de lo habitual. Cuando fallaban las emisoras musicales sintonizaba las otras, las cinco o seis programadas en el transistor, confundiéndolas dada la gran uniformidad de todas ellas. Si evitaba lo que los locutores llaman gráficamente "cortes publicitarios" era inevitable tropezar con un supuesto espacio de entretenimiento o con una tertulia.
Los espacios de entretenimiento comparten una consideración de la humanidad que raya la idiotez. Para comunicar a los radioyentes esta concepción del mundo sus artífices recurren a variopintos procedimientos, con una gran predilección por el cotilleo, la parodia y los concursos de todo tipo, y para reconocer a tantos personajes parodiados debería poseer una erudición que no poseo. Siempre parece vencer el que más grita o el que más chistes cuenta.
Paradójicamente, en las tertulias, cuyos componentes tienen una consideración de la humanidad -es decir, de sí mismos- que raya en lo sublime, los métodos son muy semejantes y los que llevan la voz cantante tratan de aplastar a los demás, sea con chillidos, sea con sarcasmos. No falta el tertuliano, generalmente no profesional, que trata de argumentar, con pocas esperanzas, pues pronto se da cuenta de que las denominadas tertulias, un género recurrente en nuestros medios de comunicación, tienen complicidades y códigos bien determinados a los que el profano le cuesta acostumbrarse: allí no se trata de llegar a conocimiento alguno, sino de alborotar para que el programa tenga -como se dice, bélicamente- impacto.
Las tertulias más patéticas son las políticas y las deportivas. En las primeras, políticos de segundo rango se tiran los trastos unos a otros con el propósito de convertir lo importante (la cosa pública) en fútil. En las segundas, curtidos especialistas se pelean entre sí con la finalidad de transformar lo accesorio (un deporte) en fundamental. Todo se trata de una representación y, como la sangre nunca llega al río, de un lucimiento para graciosos y energúmenos.
El País, 16/01/2010
[Publicado el 04/2/2010 a las 14:17]
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Rafael Argullol: Entonces la filosofía o bien se convierte en el terreno abonado para una nueva sofística, o bien se convierte en el canal a través del cual se produce una nueva aspiración mística a un saber sagrado. Ahí encontraríamos cómo ciertos acercamientos de nuevo a los propósitos de la poesía.
Delfín Agudelo: ¿Cuál crees tú que es la validez o relevancia de un quehacer filosófico en la actualidad? Y de contemplarlo, ¿qué género sería el más adecuado?
R.A.: El núcleo de cuestiones que suscitó históricamente lo que llamamos filosofía continúa completamente vivo. Este núcleo podría definirse como la médula de las interrogaciones acerca de la condición humana. Plantearse esa médula continúa siendo tan imprescindible como hace veinticinco o treinta siglos, aunque se hayan producido los enormes avances científicos porque, en definitiva, la ciencia tiene algo de centrífuga, va colonizando territorios. Pero esa colonización de vastos territorios no quiere decir que solucione el problema del núcleo. Siguen los interrogantes acerca del sentido de la vida, de nuestro paso por la tierra, el significado de la muerte del ser; de las cuestiones y dudas acerca de la inmortalidad, acerca, incluso en un territorio más cercano, de la amistad, del amor, de las pasiones. Los mismos interrogantes de hace treinta siglos son los nuestros a pesar de que en nuestra época se han conquistado territorios impensables hace veinticinco siglos desde el punto de vista del científico; pero la médula sigue intacta.
Ahora bien, en mi opinión, la manera de dar respuesta siempre inacabada a esos interrogantes no es tanto la filosofía sistemática o dogmática, sino una filosofía inclinada hacia lo artístico y lo literario. Por eso yo creo que en el mismo siglo XX gran parte de los mejores interrogatorios filosóficos se han dado desde la narrativa o desde la poesía. Pienso que grandes filósofos del siglo XX son Rainer María Rilke, son Paul Valéry, son Thomas Mann; son escritores que han puesto esa médula en el escenario y han provocado una interrogación superior a la que muchas veces han provocado los neosofistas.
[Publicado el 20/1/2010 a las 21:18]
[Etiquetas: quehacer filosófico, filosofía, actualidad]
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Rafael Argullol: Sólo ulteriormente una especie de hiperracionalismo que despreció la parte enigmática de la naturaleza y del hombre asentó una división de funciones entre lo que hemos denominado literatura y lo que hemos denominado filosofía, pero creo que esto es una divergencia posterior.
Delfín Agudelo: Porque es esta divergencia la que ha hecho que prácticamente el conocimiento de la sabiduría filosófica actual sea mistérica, en el sentido en que ya ha optado por un estilo y categorías que se alejan completamente de la ejemplificación que siempre otorga la literatura, quedándose así en un núcleo de palabras que no salen de su propio hermetismo.
R.A.: Bueno, esto ha formado parte de un proceso de conexiones y desconexiones. En ese mundo transitivo que va desde la épica a Platón, lo que llamamos literatura, lo que llamamos filosofía y lo que llamamos ciencia va muy de la mano. A partir de Aristóteles la filosofía se acerca mucho más a un tipo de observación de la vida y de la existencia cercano a nuestra denominación de ciencia. Pero aún así hay un alto grado de convivencia que yo diría se extiende hasta los siglos modernos. ¿Qué ocurre a partir del siglo XVIII, de la Ilustración? La progresiva hegemonía d le ciencia como el territorio supuestamente fiable de conocimiento va arrinconando las posibilidades de la filosofía. La reacción de la filosofía en Kant y en Hegel y en el idealismo es una reacción casi celosa, en el sentido de llegar a formular una posibilidad de sistemas y de rigor que pudieran emular el desafío de la ciencia. Ahí tenemos la creación de los grandes sistemas filosóficos de la segunda mitad del XVIII y de la primera mitad del XIX, donde la filosofía aún rivaliza con el desbordante poder de la ciencia.
Hay un momento a partir de finales del XIX, más o menos por la época de Nietzsche, en que es tan evidente que el conocimiento que se convierte en fiable, experimental, útil, etc., es lo que llamamos ciencia; que la filosofía recula de esa carrera por erigir sistemas competitivos con la ciencia y se va encerrando en un lenguaje de autoalimentación. Claro, ahí en arte habría un aspecto sumamente crítico que es lo que Schopenhauer denominó "La filosofía de los profesores"; es decir, una filosofía desvinculada de toda la fecundidad inicial y convertida en un oficio de traslación en el fondo de neosofistas. Por otro lado habría una filosofía que se acercaría diríamos al hermetismo, al gnosticismo, a la mística; es decir, no tanto al mundo abierto de la academia universitaria en que el profesor de filosofía actúa como un sofista de gran alcance, sino a través de un camino paralelo en que la filosofía parece aspirar a un nuevo saber sagrado. Ahí vemos que se producen convergencias y divergencias. Yo creo que en el nacimiento de la filosofía, el humus en el que nace es el humus del saber arcaico, y por tanto vinculado al mito y por tanto vinculado a lo poético y a lo que llamamos literatura. Luego hay una desvinculación de ambos caminos, y luego hay una competitividad del la filosofía con el saber científico, y luego el saber científico se convierte en hegemónico en el mundo moderno. Entonces la filosofía o bien se convierte en el terreno abonado para una nueva sofística, o bien se convierte en el canal a través del cual se produce una nueva aspiración mística a un saber sagrado. Ahí encontraríamos como ciertos acercamientos de nuevo a los propósitos de la poesía.
[Publicado el 16/1/2010 a las 15:47]
[Etiquetas: filosofía, ciencia, literatura]
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Rafael Argullol Murgadas (Barcelona, 1949), narrador, poeta y ensayista, es catedrático de Estética y Teoría de las Artes en la Facultad de Humanidades de la Universidad Pompeu Fabra. Es autor de 25 libros en distintos ámbitos literarios: poesía (Disturbios del conocimiento, Duelo en el Valle de la Muerte, El afilador de cuchillos), novela (Lampedusa, El asalto del cielo, Desciende, río invisible, La razón del mal, Transeuropa, Davalú o el dolor) y ensayo (La atracción del abismo, El Héroe y el Único, El fin del mundo como obra de arte, Aventura. Una filosofía nómada, Manifiesto contra la servidumbre. Escritos frente a la guerra, entre otros) dirigiéndose cada vez más hacia una escritura transversal que rompe los géneros literarios (Cazador de instantes, El puente del fuego, Enciclopedia del crepúsculo, Breviario de la aurora, etc.).
Ha estudiado Filosofía, Medicina, Economía y Ciencias de la Información en la Universidad de Barcelona y ha asistido a cursos en la Universidad de Roma, en el Warburg Institute de Londres y en la Universidad Libre de Berlín, doctorándose en Filosofía (1979) en su ciudad natal. Como profesor ha enseñado en universidades europeas y americanas y ha dado conferencias en ciudades de Europa, América y Asia. Colaborador habitual de diarios y revistas, ha vinculado con frecuencia su faceta de viajero y su estética literaria. Ha intervenido en diversos proyectos teatrales y cinematográficos. Ha ganado el Premio Nadal con su novela La razón del mal (1993), y el Premio Ensayo de Fondo de Cultura Económica con Una educación sensorial (2002).

Lampedusa (2008). El Acantilado, España
El Héroe y el Único (2008). El Acantilado, España
Breviario de la aurora (2006). El Acantilado, España.
Del Ganges al Mediterránea: un diálogo entre las culturas de India y Europa (2004). Argullol, Rafael y Mishra, Vidya Nivas. Ediciones Siruela, España.
El puente de fuego (2004). Ediciones Destino, España.
El pont de foc (2004). Ediciones Destino, España.
Wolfgang Amadeus Mozart. Las últimas sinfonías (2004). Argullol, Rafael y Reverter, Arturo. Diario El País, S.A., España.
Manifiesto contra la servidumbre: escritos frente a la guerra (1990-2003) (2003). Ediciones Destino, España.
Una educación sensorial: historia personal del desnudo femenino en la pintura (2002). Fondo de Cultura Económica, España.
Tres miradas sobre el arte (2002). Ediciones Destino, España.
El cazador de instantes: cuaderno de travesía 1990-1995 (2002). Ediciones Destino, España.
Davalú o el dolor: crònica d'un duel (2001). Edicions dels Quaderns Crema, España.
Aventura, una filosofía nómada (2000). Plaza & Janés Editores, S.A., España.
El afilador de cuchillos: un poema (1999). El Acantilado, España.
L'esmolador de ganivets: (un poema) (1998). Edicions dels Quaderns Crema, España.
Transeuropa (1998). Ediciones Alfaguara, España.
Naturaleza: la conquista de la soledad (1995). Fundación César Manrique, España.
Sabiduría de la ilusión: quince escenarios (1994). Taurus Ediciones, España.
La razón del mal (1993). Ediciones Destino, España.
Territorio del nómada (1993). Ediciones Destino, España.
El cansancio de Occidente: una conversación (1993). Argullol, Rafael y Trías, Eugenio. Ediciones Destino, España.
El fin del mundo como obra de arte: un relato occidental (1991). Ediciones Destino, España.
Desciende, río invisible (1990). Ediciones Destino, España.
El Quattrocento: arte y cultura en el renacimiento italiano (1988). Montesinos Editor, S.A., España.
Lampedusa: una historia mediterránea (1987). Montesinos Editor, S.A., España.
Territorio del nómada (1987). Fondo de Cultura Económica, S.L., España.
Duelo en el valle de la muerte (1986). Ayuso, España.
Leopardi: infelicidad y titanismo (1985). Montesinos Editor, S.A., España.
Tres miradas sobre el arte (1985). Icaria, España.
El héroe y el único: el espíritu trágico del Romanticismo (1984). Taurus Ediciones, España.
La atracción del abismo: un itinerario por el paisaje romántico (1983). Bruguera, S.A., España.
Disturbios del conocimiento (1980). Icaria, España.
Obra completa en El Acantilado
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