El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

sábado, 26 de mayo de 2012

 Crítica literaria de Javier Fernández de Castro

Sé que mi padre decía

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Esta novela que ahora reedita la editorial Los libros del lince ganó en 2009  el Premio Silverio Cañada de la Semana Negra de Gijón, pero no tiene mucho que ver con lo que uno espera encontrar cuando empieza a leer una novela de detectives. Para empezar, no sigue la moda de los relatos nórdicos de crímenes, que de forma tan merecida se han ganado un aprecio prácticamente universal. Y tampoco es un remedo de los grandes escritores de género estadounidense. Por no haber  ni siquiera hay policías violentos, detectives en vísperas de alcoholizarse, comisarías ruinosas y polvorientas ni laboratorios científicos en los que desentrañar habilidosamente la verdad. A decir verdad, Sé lo que dice mi padre no se parece a nada de lo que habitualmente se acumula en las estanterías reservadas a la novela negra. No tiene referentes. Resulta ocioso  traer a colación a gente como Patricia Highsmith, Jim Thompson o Fred Vargas porque no hay parangón con ninguno de ellos.

 

Lo que más llama la atención es la absoluta y radical falta de juicio moral acerca de los personajes, sus actos o la sociedad que los ampara. Ni siquiera a la hora de describir a Jon Asecas, un pistolero que empieza por verse implicado azarosamente en la trama y acaba erigiéndose en uno de los actores principales, se utiliza el rasgo que hubiera permitido definirlo nítidamente y de un solo trazo, es decir, su condición de miembro de ETA, unas siglas que sólo aparecen una vez y por un motivo equivocado y por completo ajeno a la trama. Aunque mi conocimiento de la literatura producida en el País Vasco en los últimos años no es tan exhaustivo como para poder afirmarlo con toda seguridad, yo diría que es la primera vez que en un relato de ficción aparece un miembro de esa organización sin que, directa o indirectamente, se le juzgue por su militancia o se le cuelgue algún tipo de etiqueta moral, ya sea a favor o en contra. El tal Jon Asecas actúa como actúa y son sus actos quienes le sitúan a uno u otro lado de la línea moral que cada lector tiene en su conciencia. Y lo mismo podría decirse del resto de personajes, que vaya otros. Si acaso, el juicio emana de los propios actores del conflicto. Por ejemplo Ismael Ochoa, el narrador, es reiteradamente negado en insultado por todos cuantos le rodean, empezando por su propio padre, debido a su condición de ex legionario. Si deseaba romper con su pasado, e incluso si buscaba negar sus orígenes y empezar desde cero en otro sitio (vienen a decirle su concuidadanos), ¿no tenía a su disposición un montón de opciones antes que enrolarse en la legión?

La trama, en su planteamiento, no puede ser más sencilla. Ese ex legionario que lleva muchos años dando tumbos por ahí, recibe de su ex mujer las pruebas necesarias para hacer un chantaje que les solucionará la vida a ambos. Todo lo que debe hacer es presentarse ante su único amigo de la infancia, mencionarle las pruebas de su intolerable y culposa doblez y sacarle un montón de pasta a cambio de su silencio. Pero nada sale como está previsto, entre otras cosas porque tampoco nadie es lo que parece, ni tampoco actúa como debería. Con notable habilidad, Willy Uribe teje esta historia de traiciones, derrotas, cobardías, crímenes y miserias en la que resultaría difícil trazar la vieja distinción entre buenos y malos, o entre ganadores y perdedores. Y como en toda buena historia, adivinamos que la palabra Fin no significa que todo quede resuelto y perdonado, o que cada uno vaya a conformarse con su suerte, pues incluso los supuestos ganadores acabarán recibiendo su merecido.    

Otro aspecto notable de la novela es su localización: transcurre  casi íntegramente en Bilbao y con personajes locales, pero contra todo pronóstico resulta de una verosimilitud muy de agradecer. Tal vez en gran parte elloc se deba a que Willy Uribe es un alumno aventajado de Ramiro Pinilla, un hombre que ha hecho del País Vasco un universo narrativo de gran riqueza y lleno de matices. Y que se empiece a poder hablar de ETA (o incluso de los  pistoleros de ETA) sin atrincherarse tras una andana de denuestos o beatificaciones es, me parece a mi, un síntoma de salud, o un primer paso hacia la normalización.  La Historia acabará situando a ETA donde corresponde. Y ya va siendo hora de que los ciudadanos (y quienes escriben ) vayan haciendo lo propio.

 

Sé que mi padre decía

Willy Uribe

Los libros del lince

[Publicado el 12/3/2012 a las 13:44]

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La noche

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Un féretro que aspira – uno piensa que con cierta lógica -  a servir de mortaja a una mujer pero que, para su disgusto, acaba en una tumba con un muerto varón; un barco que teme la decrepitud y la muerte y solo alcanza la paz en el fondo del mar; una gallina que se venga cruelmente de quienes la van a devorar; un perro que hace de testigo y testimonio de la muerte de su amo, un pobre poeta tísico; un muñeco del escaparate de una juguetería que sufre por su fealdad o un traje gris que, movido por sus apetitos, decide vivir su vida. Es como un mundo visto desde el otro lado del espejo, un mundo en el que los objetos dan cuenta de los humanos.

 

Y si no, si son éstos, los humanos, quienes se hacen cargo de la narración, se trata de seres alucinados que viven situaciones desenfrenadas desde una lucidez enloquecida. Por ejemplo ese hombre que advierte una obstrucción en el grifo de la bañera y que después de muchos esfuerzos logra extraer el objeto que impedía el paso del agua y que resulta ser una extraña criatura  casi anfibia: el parecido de la extracción con un parto da pie a llevar la “lógica”  hasta el final y el hecho de haber dado a luz una vez hace verosímil que el hombre vuelva a quedar embarazado…; pero también el niño físicamente ridículo que se venga escribiendo libros crueles o el contrincante de ajedrez que es sólo una alucinación de la pobre Margaret Rose.

La de Francisco Tario es una escritura tan personal que resulta del todo intransferible. Es más, de no haber sido un hombre marcado por una férrea voluntad de anonimato, o en caso de haber tenido éxito y ser el iniciador de una escuela literaria (un modelo a seguir) hubiera sido un horror, sobre todo para los imitadores-seguidores, pero también para los lectores porque, como digo, es una escritura personal e intransferible. Pero por fortuna la llevó a cabo plasmándola en novelas, obras teatrales y, sobre todo, cuentos, y leerle es un viaje al asombro y la maravilla. El formato que mejor se adapta a su escritura es el cuento y nunca sabes qué te espera en el relato siguiente, aunque casi sería más justo decir que nunca sabes por dónde te va a salir en la página siguiente.

Francisco Tario (nacido Ciudad de México en 1911 y muerto en  Madrid en 1977) se caracterizó antes que nada por su voluntad de anonimato.  Para empezar ni siquiera se llama Tario sino Peláez. Fue un mejicano de pura cepa, pues nació, se formó y  vivió allí la mayor parte de su vida. Además de un consumado dandy, fue portero de fútbol semiprofesional, astrónomo y pianista aficionado, empresario cinematográfico y, casi por encima de todo, un hombre dedicado a su mujer (estaba casado con Camen Farrell, con fama de ser una de las mujeres más bellas de su época), a sus dos hijos y al resto de su familia y amigos. Pero muchos de éstos, así como de sus relativamente escasos aunque acérrimos lectores, se quedarían asombrados de saber que en la localidad asturiana de Llanes, donde estaban las raíces de sus ancestros, todavía le consideran un indiano, es decir uno de los muchos emigrados a América que por más años que pasen fuera siempre serán uno de los suyos. Ya digo, sin embargo que tenía una capacidad asombrosa para el disfraz y que podía ejercer de mejicano y asturiano sin sentirse extraño aquí o allá.  Y lo mismo puede decirse de su escritura (siendo inequívocamente mejicano no  hay rastro de modismos o temas característicos de sus coetáneos) y también de su condición de escritor. Se ganó bien la vida ejerciendo de esto o aquello, pero esencialmente fue uno de esos escritores  a los que sólo les gusta escribir, siendo por completo ajenos a las servidumbres del oficio de las letras que empiezan cuando  guardas la pluma y te enfrentas a las entrevistas, las actuaciones públicas o al ejercicio de la condición de intelectual. Bastaría un cuento como el titulado “Un huerto frente al mar” para hacerse una idea de lo que hubiera podido ser Francisco Tario caso de haber optado por una escritura y un ejercicio del oficio más “normales”.  Pero fue un ser libre y vivió la vida como le pareció, y por suerte todavía hay gentes que creen ciegamente en su calidad literaria (como  Atalanta, pero también biógrafos, editores y entusiastas), que continúan luchando por dar a conocer su obra.

 

La noche

Francisco Tario

Atalanta   

 

[Publicado el 05/3/2012 a las 10:51]

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Que cien años no es nada

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Hoy, 27 de febrero se cumplen cien años del nacimiento de Lawrence Durrell en la localidad india de Julundur. En los países civilizados se está celebrando la efemérides con artículos, ediciones especiales y, sobre todo, manifestaciones espontáneas de gratitud por las muchas horas de inolvidables lectura que  ese hombre nos proporcionó. Por descontado que España guarda un silencio sepulcral y desagradecido. Nada. Como si jamás hubiera oído nadie hablar de ese Lawrence ¿qué?

Y sin embargo se le debe, como poco, el majestuoso Cuarteto de Alejandría, repleto de hallazgos, sugerencias y fertilidad literaría, por no hablar del descubrimiento de la ciudad de Alejandría o el regalo de un personaje como la misteriosa Justine. Con sólo que Durrell hubiese dejado esos cuatro libros como testimonio de su paso por este mundo ya debería ser recordado con gratitud año tras año. Pero es que encima dejó atrás otras dos huellas de su paso que conducen a unos  lugares tan impagables como son Grecia y la Provenza , la primera vivida apasionadamente durante su etapa más vital y creativa (las islas, el sol, la luz, los baños, los olivos, los sucesivos amores o los libros fruto de todo ello) y la segunda durante los largos años vividos allí en su  madurez, dejando como testimonio de ello el Quinteto de Avignon y un retrato encantador de ese universo que nos cae a un tiro de piedra y titulado Visión de Provenza.  Y para qué dar las gracias por ello si aquí andamos sobrados de todo.

Pero algo muy grave tiene que estar pasando si además de despreciar a los grandes hombres con el olvido se desprecian incluso los soportes materiales de sus obras, y me estoy refiriendo a los libros.  Actualmente paso por el emotivo trance de desalojar un piso en el que se me han acumulado libros desde hace lo menos treinta años.  Muchos de ellos los ha acarreado (literalmente) por estaciones francesas, inglesas e italianas, y he sentido una indecible sensación de orgullo cuando finalmente los he visto  colocados en el lugar que les estaba reservado en las estanterías de casa. ¿Para siempre?

Quiá.

Primera sorpresa: actualmente ya nadie compra libros de segunda mano porque, me dicen los profesionales del ramo, no se valora que sea una edición muy cuidada y a cargo de un intelectual muy prestigiado…hace treinta años.  Lo de que sea un ejemplar agotado e inencontrable tampoco es valor suficiente.  La impresión general es que, antes o después, Google acabará ofreciéndolo, y qué más da si la edición es anónima y mediocre si sale (palabra mágica) gratis.

Segunda sorpresa: nadie quiere libros usados ni quiera gratis porque, me dicen los profesionales del ramo, a ellos no les salen tan regalados como parece. En primer lugar hay que mandar a buscarlos con una furgoneta y pagar a quien los cargue, y una vez en el almacén hay que contratar a otra persona para que los introduzca en la base de datos porque, me dicen, las pocas ventas que se hacen llegan a través de Internet.

Tercera y última sorpresa: hay instituciones, por ejemplo las universitarias,  que después de mucho insistir están dispuestas a aceptar una biblioteca pero sólo si es excepcional . Y ello no para incorporarla a sus propios fondos sino para ponerla en una sala cuya llave las secretarias se la facilitan a quien la pida, con el resultado de que a los pocos meses han desparecido los ejemplares más valiosos.  No sé si sirve de mucho consuelo la certeza de que a esos saqueadores les aguarda la misma suerte cuando quieran dejar a buen recaudo sus respectivas bibliotecas.

Otras instituciones, como por ejemplo las bibliotecas públicas de las comunidades históricas tampoco aceptan libros si no están escritos en su lengua vernácula. Y otras instituciones más, por ejemplo las penitenciarias y las asistenciales, aseguran que sus bibliotecas están muy desasistidas y que aceptarán gustosas  toda clase de libros…a condición de que se los depositen en los correspondientes estable cimientos. Es decir, cargar una vez más con los libros, ahora para depositarlos en la cárcel o un hospicio. Vivir para ver.

Solución final: aprovechando el persistente anticiclón invernal que hemos disfrutado,  improvisé un tenderete frente a mi casa y tuve la satisfacción de ver cómo había transeúntes que optaban por llevarse unos cuantos libros bajo el brazo. Pero conste que los más usados, es decir, los más queridos, releídos y consultados no los quería nadie y hoy deben de estar a punto de ser reciclados para ser reconvertidos en bolsas para la compra o papel de envolver regalos. Pero ya digo que algo muy grave nos está pasando.

[Publicado el 27/2/2012 a las 13:03]

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Lección pasada de moda

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El título que se ha elegido para esta colección de artículos tiene algo de guiño cómplice dirigido al buen entendedor. Si tenemos en cuenta que ya en el siglo I a. de C. se produjo en Grecia un movimiento llamado aticismo que pretendía preservar la pureza  de la lengua tal y como se hablaba en el periodo de máximo esplendor (siglos V y IV a. de C.) bien se puede considerar pasado de moda cualquier intento de preservar la pureza de una lengua, en este caso la castellana,  en pleno siglo XXI.

 

Repasando la cincuentena de artículos seleccionados por el editor,  Alexis Grohmann, se advierte que no se trata de un mero recurso para salir del paso (por ejemplo cuando llega la hora de entregar la colaboración semanal y no hay “tema”) ni tampoco una manía personal recurrente a lo largo de los años.  Al fin y al cabo Javier Marías no sólo vive del idioma sino que basa gran parte de su prestigio en el buen uso que hace del mismo, tanto en su faceta de escritor como de  traductor.

Ello le lleva a salir reiteradamente a la palestra para dar unas lecciones que además de pasadas de moda entrañan un riesgo evidente para quien las ofrece. En palabras de Manuel Seco, “una lengua es patrimonio de una comunidad, y quien la hace y la deshace es la masa, la mayoría”. En ese sentido, pretender apoderarse de una lengua y querer  dirigirla es un empeño tan censurable como desentenderse de ella y dejar que se corrompa. Pero quien se decida a romper lanzas a favor de una lengua hará bien en delimitar muy claramente dónde queda la frontera que separa el dirigismo abusivo de la permisividad igualmente abusiva. Y como no es una tarea fácil, el propio Javier Marías ofrece numerosos ejemplos de lectores que se sienten agredidos por las opiniones del articulista y así se lo hacen saber, bien directamente o bien mediante cartas al Director.

El asunto de la frontera entre dirigismo y pasotismo es de suma importancia porque, como queda dicho, la lengua no es de nadie y es de todos, con la particularidad de que en su misma esencia radica la facultad de variar, crecer, aceptar nuevos conceptos y – lo cual es maravilloso – dar origen a otras  lenguas a partir de la degeneración de la original. Y ahí están todos los brotes que le salieron al latín cuando la decadencia del Imperio rompió los lazos que vinculaban a los diversos pueblos y cada uno buscó sus propias vías de expresión.  Por lo tanto, que una lengua evolucione no es malo en sí mismo y los usuarios tienen todo el derecho del mundo a reivindicar sus hallazgos y a esperar que no les fustiguen los puristas acérrimos. Pero como al mismo tiempo asistimos diariamente a las múltiples agresiones que sufren las lenguas, es lógico que haya voces que se alcen en su defensa, por más que en numerosas ocasiones sea como una prédica en el desierto.

El mayor peligro de corrupción suele venir de la lengua dominante, actualmente  el inglés. Por pereza, desconocimiento o servilismo de los receptores, las lenguas dominantes imponen  nuevas palabras que no siempre implican una mejora y que muchas veces podrían ser reflejadas en vocablos  propios  y cuyo uso ha quedado sancionado por la tradición. El peligro es evidente en el caso de la jerga relativa a los negocios y la economía, pero es extensible al idioma cotidiano debido a los coladeros que en ese sentido son los libros, los periódicos y revistas, el cine y, sobre todo, la televisión. Javier Marías ofrece incontables ejemplos de supuestos neologismos que son en realidad fruto de una mala traducción o de un uso defectuoso del idioma, muchas veces del opresor pero muchas veces también por desconocimiento del idioma propio.

El dirigismo, el intento de apropiarse de un idioma para usarlo como arma política (nacionalismo) o los intentos de imposición que surgen de los propios grupos sociales están a la orden del día y defenderse de ellos es una tarea casi titánica.  Ahí está, por ejemplo, el caso de “lo políticamente correcto”, que si bien puede surgir de unos intentos bienintencionados de facilitar la convivencia (defensa de las minorías, igualdad de géneros, no menosprecio por razas y tantos otros) pueden acabar en verdaderas aberraciones.  Con el agravante de que, al uniformizar la forma de hablar, se priva al oyente de una fuente de información fundamental acerca de la verdadera ideología e intención del interlocutor. El tema, como verá el lector que se adentre en este peliagudo laberinto de dimes y diretes en el que Javier Marías se mueve con envidiable soltura y humor, daría en realidad para bastante más de los cincuenta artículos aquí reunidos.

 

Lección pasada de moda

Javier Marías

Galaxia Gutenberg

[Publicado el 20/2/2012 a las 13:29]

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Mitologías

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Lo dice él mismo en el prólogo, y como seguro  que lo hace mejor, me limito a reproducir sus palabras: “He deseado […] mostrar en una visión algo de la faz de Irlanda a cualquiera de mi propio pueblo que quiera  mirar hacia donde yo le invito. Por tanto, he puesto por escrito con exactitud y sinceridad mucho que he visto y oído, y excepto a modo de comentario, nada que tan solo haya imaginado”.

En otro lugar (concretamente en La filosofía de la poesía de Shelley, que es de la misma época que gran parte de los escritos recogidos en Mitologías) insiste: “Cualquier poeta con sensibilidad para lo supernatural comparte la convicción de que los recuerdos personales sólo son un fragmento de la Gran Memoria que renueva el mundo y los pensamientos del hombre generación tras generación”.

Todo símbolo tiene algo de universal y ejerce como vínculo entre dos ámbitos de significación, uno “natural” y otro “supernatural” y por lo tanto inefable, o sólo transmisible mediante la sensibilidad y el sentimiento. En el caso de Yeats, Irlanda (y de paso la lengua que la refleja) es el ámbito de significación natural, la expresión de lo que los irlandeses manifiestan de sí mismos. Durante años, Yeats se dedicó  recopilar historias y leyendas, unas veces por sí mismo, en la localidad de Sligo donde pasó su infancia, y otras veces gracias a los buenos oficios de otras personas que conocían su interés por los relatos populares. Y como él mismo dejó dicho, puso por escrito lo que le contaron sin poner nada de cosecha propia. El resultado, sobre todo en los dos primeros libros del presente volumen, El crepúsculo celta ( que es de 1893) y La rosa secreta ( de 1897,  es una colección de relatos protagonizados por hadas, duendes, caballeros, músicos y poetas del pueblo que habitan en lagos y bosques misteriosos y que se mezclan con los vivos unas veces para fortuna de éstos (por ejemplo cuando les avisan con antelación de un peligro de muerte o les advierten de lo que deben hacer para escapar de la desgracia que les acecha) y otras veces para su desgracia, pues son frecuentes las abducciones, los encantamientos y las desapariciones.

Desde un punto de vista estrictamente estilístico – por ejemplo comparándolos con los relatos de los grandes escritores anglosajones contemporáneos -    parecen formalmente toscos y reiterativos, por no hablar de las inconsistencias y los olvidos.  Sin embargo, y a pesar de las sucesivas traducciones (muchas veces desde el gaélico y siempre del inglés al castellano)  conservan el misterioso encanto de la tradición oral, el aroma que transmiten unas historias repetidas de generación en generación y que en muchos casos sus depositarios se resisten a transmitir por miedo a incomodar  a quienes las vivieron. También resulta sorprendente comprobar que algunas de esas historias entroncan directamente con el folklore y la tradición de culturas muy alejadas de la irlandesa.  A la vistas de lo cual se entiende que el propio Yeats hable de una Gran Memoria  de la que se desgajan recuerdos comunes a todos los hombres sensibles. Incluso cuando se trata de varios relatos que tienen un protagonista común (pienso por ejemplo en la historia de Hanrahan el Rojo) es claramente perceptible la autoría coral de sus aventuras vitales, debiendo felicitarnos de que no hayan venido el  Perrault de turno a reescribirlas para dotarlas de un orden narrativo y una uniformidad formal.

En la vida de Yeats hubo dos periodos vitales claramente diferenciados y perfectamente obvios para un lector normal. El primero de ellos, que abarca toda su etapa de formación y se prolonga más o menos hasta la I Guerra Mundial, coincide con el máximo interés del poeta por el mundo “supernatural”.  También coincide con su máximo nacionalismo y activismo político a favor de lo irlandés. De haberse quedado en esa etapa, Yeats nos parecería hoy un poeta prerrafaelita y simbolista, muy en la línea de los románticos y el apego de éstos por la naturaleza, tan cercana al mundo mágico y feérico.  Sin embargo, a partir de los cincuenta años Yeats rompió con su trayectoria anterior para convertirse, junto con T.S. Elliot y la ayuda breve pero intensa de Ezra Pound, en el referente de la poesía inglesa de su época. Conservó su interés por la metafísica, pero ahora desde una perspectiva más universal, la misma, por ejemplo, que le llevaba a preguntarse por la posibilidad de diferenciar al bailarín de la danza. Es inútil categorizar ambas etapas o primar una sobre la otra porque lo que toca es agradecerle libros como éste, y también los de su última etapa.

 

Mitologías

William Butles Yeats

Acantilado        

[Publicado el 13/2/2012 a las 11:30]

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La carroza de Bolívar

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Todo parce indicar que los novelistas colombianos han decidido hacer caso omiso  de la pesada sombra del omnipresente García Márquez para buscar su propio camino. Y en esta tesitura Evelio Rosero ha hecho lo más correcto que cabe hacer al respecto, o sea, escribir una buena historia con independencia  de posibles parecidos o remedos. Que los hay, cómo no, pero a su manera.
En cierto modo La carroza de Bolívar podría ser leída como un ajuste de cuentas histórico. La ciudad de Pasto, donde está ambientada la novela, hizo frente al “libertador” y pagó tan cara su osadía que casi doscientos años después de tan sangrientos sucesos todavía no se han cerrado las heridas. Para muchos habitantes de esa ciudad – y Evelio Rosero  es uno de ellos-, Bolívar es una figura mucho menos digna y heroica de lo que dicen los historiadores y hagiógrafos.  El propio autor ha confesado que muchas de las opiniones y hechos de escasa grandeza que se atribuyen  en Pasto al padre de la patria, y que se recogen en la novela, las escuchó él de niño a miembros de su familia que a su vez las habían escuchado de sus antepasados. Otro fondo documental abundantemente utilizado son los escritos de un historiador local llamado José Rafael Sañudo, cuyas investigaciones y conclusiones acerca de Bolívar le costaron no pocos disgustos en vida por chocar abiertamente con la versión oficial.
El proceso de demolición de la figura del controvertido político soñador de la Gran Colombia es una de las líneas argumentales más sólidas de la novela, pero no la más importante ni la que de verdad interesa al autor. La figura de Bolívar, y las reacciones  de adhesión o rechazo popular que provoca cualquier intento de negar la versión oficial constituyen el armazón que permite a Evelio Rosero contar una enloquecida historia de amor  en clave de comedia y tragedia, aparte de que los dos protagonistas - el doctor Justo Pastor Proceso López  y su esposa , Primavera Pinzón – se ven acompañados en el desarrollo de su pasión por una atractiva galería  de personajes locales  cuyas peripecias hacen de la lectura un ejercicio ameno y, a ratos, divertido.
El tiempo narrativo abarca desde el 28 de diciembre de 1966, día de los Inocentes, hasta el carnaval de Blancos y Negros que tiene lugar durante la primera semana del mes de enero.  En esos ocho o diez días siguientes, el doctor Justo Pastor y su esposa Primavera Pinzón van a vivir una historia de amor marcada por el ambiente grotesco y desaforado de las vísperas del carnaval. Entre la escena inicial, en la que el bienintencionado doctor trata de seducir a su mujer disfrazado de gorila, hasta a apoteosis final, en la que la celebración del carnaval da motivo a toda clase de transformismos y equívocos, el autor se las apaña para crear una atmósfera desquiciada y ostensiblemente sensual y apasionada en la que el amor, la política, la amistad o la prudencia son sometidas a toda clase de pruebas: las esposas beatas acaban demostrando ser unas hembras apasionadas, las esposas infieles son cruelmente  laceradas con un ramo de rosas y las hijas desfloradas sin que el hecho merezca mayor atención porque mientras tanto están pasando toda clase de sucesos bizarros y dignos de ser  atendidos una vez que el traspiés adolescente no parece que vaya a tener trascendencia. El doctor, el catedrático, el obispo, el alcalde, el artista o las esposas hacen cada cual su papel  en un entramado que poco a poco va tomando los tintes inequívocos de la tragedia. Cuando el doctor decide impulsar la creación de una carroza en la que el gran libertador desfilará por las calles haciendo de sí mismo (o al menos mostrando la faz que el doctor cree que debería exhibir en honor a la verdad) todo su entorno coincide: “No te dejarán mostrarlo como tú pretendes. Antes te matarán”.
Pero el carnaval arrecia y las calles de pueblan de personajes que se disfrazan de lo que quieren, o de lo que les gustaría, ser, y el doctor Justo Pastor Proceso López, nuevamente caracterizado de gorila, se encuentra  en la tesitura de quedarse a ver desfilar la carroza impulsada por él o ir en busca de su mujer, ahora en peligro de caer definitivamente en las garras del general. Y elija  lo que elija,  escogerá  lo que ya se ha convertido en su destino.

La carroza de Bolívar

Evelio Rosero
Tusquets

[Publicado el 06/2/2012 a las 12:30]

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El rey pálido

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En principio, rebuscar en los cajones del gran escritor recientemente fallecido y apañar con los fragmentos hallados un texto que permita sacar un rendimiento económico póstumo es una práctica deleznable y no por frecuente menos odiosa.El rey pálido entra de lleno en esta categoría, pero con importantes salvedades.
Como se sabe, David Foster Wallace sufría una depresión persistente y tan profunda que él mismo pidió ser ingresado en un centro donde le tuvieran vigilado las veinticuatro horas porque no estaba seguro de poder dominar sus tendencias suicidas. Por desgracia, y provechando un descuido de su esposa, David Foster Wallace se ahorcó el 12 de septiembre de 2008.
Es  probable que la propia certeza de que la muerte podía llegarle en cualquier momento le impulsara a disponer  –dentro de lo que cabe- el material que iba acumulando a fin de dar pistas acerca de cómo ordenarlo y darle la forma final.
Michel Pietsch, el encargado de editar El rey pálido reconoce en el prólogo que no tiene ni idea de qué hubiera hecho el propio Wallace, pues así como quedaron 12 capítulos (250 páginas) pulcramente ordenados y listos para su publicación, también quedaron varios centenares de páginas  que evidentemente hubieran sufrido un profundo proceso de reescritura y edición, aparte de que tampoco se sabe en qué orden  habrían quedado ubicadas en el texto final. En cuyo caso la pregunta es: ¿merece la pena echarse al coleto más de quinientas páginas de material inconcluso?
La respuesta es, rotundamente, sí. Junto con los Barth, Barthelme, Pynchon, Franzen y tantos otros, David Foster Wallace integra el nutrido pelotón de ilustres fracasados que, desconfiando de la capacidad del lenguaje para  contar el mundo con precisión, se han lanzado a la aventura de superar eso que la novelista inglesa Zadie Smith (otra que tal) denomina “el realismo lírico decimonónico de Balzac y Flaubert”, es decir, la narrativa tradicional con todos los aditamentos del posmodernismo,  realismo sucio y todo el resto de inventos ideados para vender lo mismo pero con un envoltorio diferente.
Al renunciar a las convenciones tradicionales de la  novela, Foster Wallace y muchos de los antes mencionados, se ven obligados a buscar sus fundamentos narrativos en valores que no son estrictamente literarios, pero que en cambio les dan resultados visibles. En el caso del autor de El rey pálido uno de esos fundamentos es un concepto del hecho narrativo desde la moral, o por decirlo en sus propias palabras, la producción de “una ficción apasionadamente moral, moralmente apasionada”. O también, por citar este  pasaje de una de sus Entrevistas breves con hombres repulsivos, “[…] la gran distinción entre el buen arte y el arte así así reside en  la finalidad del corazón del arte, la intención de la conciencia que se esconde detrás del texto. Tiene que ver con el amor. Con poseer la disciplina de hablar desde la parte de uno que es capaz de querer en lugar de la parte que sólo quiere ser querida….El lector deja atrás el arte verdadero con un peso mayor que cuando penetró en él. Está más lleno”.
Por volver a El rey pálido, el lector se va a encontrar con un texto caótico, desconcertante y en buena medida irritante, como esa sesentena larga de páginas (encima acribilladas a notas de extensión kilométrica) en las que sólo se describe el primer contacto de un personaje con lo que va a ser su lugar de trabajo en los próximos años. Medido en tiempo real, ese pasaje a duras penas abarca  un par de horas. O qué decir de las infinitas páginas dedicadas a describir morosamente el funcionamiento interno de la Agencia Tributaria norteamericana. O esos personajes que aparecen, son extensa y minuciosamente descritos y luego desaparecen para siempre sin que, en apariencia, cumplan una función en el conjunto del relato. Es decir que se trata de una novela que en lugar del desarrollo tradicional avanza por acumulación, y en ese sentido tiene razón el editor cuando reconoce que muchos de los fragmentos han sido colocados al azar: el orden en el relato se va formando en la mente del lector, que si tiene arrestos para seguir hasta el final va a ver recompensados de sobra sus esfuerzos. O para decirlo en palabras del propio Foster Wallace, saldrá con más peso que al entrar.   Y los incondicionales que ya hayan leído sus novelas anteriores van a encontrar gran parte de los temas y los tics habituales en este autor. Y también otra cosa: un agudo e indesmayable sentido del humor que atraviesa transversalmente el texto emergiendo a la superficie en los momentos más inesperados.

El rey pálido
David Foster Wallace
Mondadori

[Publicado el 30/1/2012 a las 11:13]

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Cambiar de idea

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Cambiar de idea es una heterogénea recopilación de ensayos, aunque tal vez fuera más preciso decir piezas de no ficción. En cualquier caso se trata de escritos, conferencias, reportajes y críticas literarias o cinematográficas que nada tienen que ver con el ensayo propiamente dicho, escrito por lo general con un ojo puesto en la Academia y el otro en los beneficios que aportará al currículo del autor.  Zadie Smith es, antes que nada, una novelista que redondea sus ingresos haciendo toda clase de trabajos editoriales y periodísticos. Y a diferencia de los ensayistas universitarios, que parecen dar por perdida la figura del lector, Zadie Smith no sólo  lo tiene siempre presente sino que entabla con él un diálogo continuo plagado de guiños, sobrentendidos y pequeñas confesiones personales, todo lo cual le da un encanto peculiar a sus escritos.

Sin que ello responda a una razón estructural, las piezas seleccionadas para el libro han sido agrupadas en cinco secciones (Leer, Ser, Ver, Sentir  y Recordar) y en dicho ordenamiento reside uno de los peros que cabe hacerle al libro. Como bien saben los lectores que la siguen gracias a los libros publicados por Salamandra, Zadie Smith tiene una prosa vivaz, directa, sin florituras y (válgame Dios) humana, en el sentido de que todo el rato transmite el hálito de la persona que está luchando a brazo partido con las palabras, las ideas  o la técnica para dar lo mejor de sí misma. Lo cual implica que nada de lo que escribe es abstruso, intelectual ni, por utilizar un término del que ella misma se vale, deconstructivo.

El problema reside en que sus referencias y preferencias culturales son inequívocamente británicas y contemporáneas, razón por la cual muchos de los autores y películas de las que habla no son plenamente conocidas del lector medio de habla española. Y ahí está por ejemplo el título del ensayo que abre el libro, titulado Sus ojos miraban a Dios: ¿qué significa soulful?  Dado que las siguientes entradas sí hablan de autores conocidos (E.M. Foster, George Eliot, Nabokov, Kafka, etc) parecería  lógico empezar  el libro con cualquiera de ellos y atrapar de entrada al lector dejando para más adelante a los menos conocidos. Sus ojos miraban a Dios es una novela escrita en 1937 y firmada por Zora Neale Hurstonl una escritora de raza negra y cuya temática central es la negritud (y más concretamente la suerte de las mujeres negras). Su mayor virtud es su habilidad para reproducir el habla de los ex esclavos del sur. Aunque Círculo de Lectores la publicó en 1997, y hay una película de televisión interpretada por Helle Berry, dista mucho de ser un referente para el lector de habla española, y leer acerca de un libro que no se conoce bien no resulta muy estimulante.

Y ello trae a colación  una invitación a realizar la lectura de este libro teniendo a mano un buen acceso a internet, pues éste puede ser un remedio excelente  para salvar las lagunas referenciales que surgen a cada paso, como ocurre con Netherland: el club de cricket de Nueva York, de Joseph O´Neill ,y Residuos, de Ton McCarthy.  Con respecto al primero creo que hay una edición  en El Aleph( 2009) pero si no se tiene a mano se pueden encontrar en la red buenas noticias, como la que da ahora mismo Edmundo Paz Soldán en El Boomeran(g).  En el caso de Tom McCarthy la búsqueda de referencias es todavía más precaria porque también es menos conocido y traducido. A pesar de lo cual merece mucho  la pena documentarse bien acerca de ambos porque Zadie Smith se vale de ambos para ilustrar el capítulo  "Dos direcciones para la novela", en el que, partiendo de la vieja cuestión de si el mundo puede o no ser interpretado por medio de la palabra, la autora lleva a cabo una brillante exposición de las respuestas que los novelistas contemporáneos van encontrando ante tan debatida cuestión.

Y lo mismo cabe decir para el capítulo que cierra el libro, "Entrevistas breves con hombres repulsivos: los obsequios difíciles de David Foster Wallace". Aunque Mondadori está haciendo lo imposible para ofrecerlo al lector de habla española, no es un  autor fácil, dándose la desgraciada circunstancia de que no será posible conocer su evolución porque no pudo sobreponerse a la depresión crónica que se apoderó de él en los últimos años y acabó suicidándose. Y entre que era un autor fascinante, y que la lectura que hace de él Zadie Smith es estupenda, la lectura de ese capítulo - como el resto del libro en general - resulta altamente gratificadora.

 

Cambiar de idea

Zadie Smith

Salamandra

[Publicado el 23/1/2012 a las 13:04]

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El cartógrafo de Lisboa

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A primera vista podría parecer que para  novelar un suceso histórico bien conocido – por ejemplo el descubrimiento de América –  uno no necesita romperse mucho los cascos porque, en líneas generales, el argumento ya está inventado. Sin embargo, a la hora de la verdad  resulta que sí es necesario agudizar el ingenio porque el lector conoce la historia en líneas generales y espera algo más que un simple remedo o recreación de los hechos históricos. Y en este sentido El cartógrafo de Lisboa es un ejemplo extremo de inventiva y búsqueda de material narrativo novedoso.
Puesto en la tesitura de no caer en la rutina, el autor parece haber obedecido a un reflejo personal.  Profesionalmente, Erik Orsenna pertenece al Consejo de Estado francés y ha sido asesor de altos funcionarios gubernamentales. Es decir, es un hombre acostumbrado a moverse en los estadios más altos del poder pero siempre desde un discreto segundo plano. Y eso es lo que ha hecho en su novela. En lugar de centrarse en el verdadero descubridor de América, Cristóbal Colón, ha preferido darle voz a su hermano Bartolomé, hombre de confianza y mano derecha del Almirante pero que siempre se mantuvo en segundo plano.
Y quizás por el mismo reflejo personal, en lugar de arrancar la historia en aquel luminoso 3 de agosto de 1492 en que las tres carabelas partieron hacia lo desconocido desde el puerto de Palos, Erik Orsenna ha elegido una vía mucho menos espectacular y directa. La casi totalidad del relato transcurre en Lisboa antes del Descubrimiento, mientras que el final tiene lugar en Santo Domingo, unos años después de la muerte del Almirante. Puesto en términos clásicos, esta sería una novela con planteamiento y desenlace, quedando el nudo a disposición del lector para que lo desarrolle a su gusto.
Es cierto que Bartolomé Colón trabajó como cartógrafo en Lisboa al servicio de la corona portuguesa, y hasta se conserva en Italia un mapa de las Indias Occidentales que un Alessandro Zorzi dibujó siguiendo sus instrucciones (y que contiene tantos y tan notorios errores relativos a las distancias y la situación de los continentes que incluso asombra que las naves españolas  fuesen y volviesen tantas veces de América sin perderse). Pero tampoco es una biografía del hermano casi desconocido de los Colón. Lo que de verdad interesa a Erik Orsenna es el ambiente que se vivía en Lisboa en vísperas de la gran aventura, cuál era la mentalidad imperante y el grado de desarrollo de la navegación o los límites del conocimiento de las ciencias relacionadas con ésta. Y para cumplir lo propuesto ofrece una  magnífica galería de personajes, ocurrencias  y parajes de la capital lisboeta: la prostituta que se ganaba la vida gracias a su oreja izquierda, la navegación como fabricante de viudas, las andanzas de éstas en el Bosque de los Ciegos, la llegada de aves y animales exóticos a Lisboa o la evocación de los temibles dogos devoradores de indios  son hallazgos felices pero que sobre todo ilustran el ambiente y las transformaciones que estaba experimentando el mundo gracias al impulso otorgado por el rey Enrique el Navegante a las exploraciones marítimas.
Desde su oficio de cartógrafo al servicio de una importante empresa de elaboración de mapas, y gracias a su estrecho contacto y colaboración con su hermano Cristóbal, Bartolomé Colón se convierte en un testigo privilegiado de la fase previa al Descubrimiento. Los notorios avances de los marinos portugueses a lo largo de las costas de África y la progresiva convicción de que ahí estaba la puerta de acceso a Oriente hacía cada vez más inverosímil el empeño del marino genovés por ver aprobada su idea de llegar a Las Indias por el lado contrario, o sea salir hacia el oeste con intención de llegar al este. Sin grandilocuencias ni visiones enfebrecidas, más bien como si se tratase de una chifladura personal, Bartolomé Colón colabora con su hermano y durante años ayuda a éste a encontrar pruebas documentales y testimonios personales que avalen su proyecto. Y es muy característico del papel secundario de Bartolomé el hecho de que él estuviese visitando diversas cortes europeas recabando apoyo para su hermano mientras  éste, aprovechando un repentino voto favorable de la corona castellana, parte hacia América sin avisarle, de manera que el fiel y oscuro colaborador  es casi el último en enterarse  de que la historia del mundo ha sufrido un vuelco sensacional gracias al descubrimiento de las Indias Occidentales.

El cartógrafo de Lisboa
Erik Orsenna
Tusquets

[Publicado el 16/1/2012 a las 10:32]

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La vida de las mujeres

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Tratándose de Alice Munro, mundialmente reconocida como una de las mejores narradoras contemporáneas, decir que La vida de las mujeres es una novela puede llamar a engaño porque no sigue el clásico esquema del planteamiento, nudo y desenlace, ni hay tampoco una relación estructural entre sus diversas facetas argumentales. Es cierto que hay una narradora única, Del Jordan, una niña que tiene ocho o diez años al inicio de la narración y a la que dejamos camino del autobús que ha de llevarla a enfrentarse a su destino asiendo con mano firme una maleta y los mimbres con los que urdirá su propia vida. Para decirlo de una vez, La vida de las mujeres es una deliciosa exploración del mundo a través de las experiencias de una niña-mujer. El  titulo original, Lives of Girls and Women , expresaba mejor una dualidad que constituye uno de sus mejores aciertos.
Alice Munro tenía ya cuarenta años cuando llevó a cabo esta su primera y única incursión en el ámbito de la novela. Es decir, era ya una mujer  adulta, casada y con dos hijas, cuando eligió darle voz en primera persona a una niña que inicia la exploración del mundo a partir de su propia familia para luego ir ampliando el campo de conocimiento a costa de los vecinos de la diminuta aldea en la que vive: los maestros, los compañeros de clase, las amigas y las confidencias secretas entre ellas, etc. Hay que agradecerle a Alice Munro  que, aun a costa de forzar hasta sus últimas consecuencias la convención o alianza entre el narrador y el lector, en ningún momento trate de ocultar que escribe una persona adulta, ni pretenda por tanto imitar las expresiones, actitudes y perplejidades infantiles. Esa contención, la habilidad para ir mostrando contenidamente la curiosidad, las reflexiones o los  hallazgos propios de una niña, escalonando la progresiva incorporación de ésta a los arcanos de la vida de los mayores es uno de los mejores logros de la novela.
Otro acierto correlativo, y este podría hacerse extensivo a todo lo escrito por Alice Munro, es su extraordinaria habilidad para, sin salir de lo cotidiano y reconocible, pasar de pronto a lo más profundo del alma humana sin alterar el lenguaje familiar.  Y si no ,véase este fragmento del arranque del capítulo titulado “Cambios y ceremonias”:
“El odio de los chicos era penetrante y vivo, un legado prodigioso […]El odio de las chicas, en comparación, parecía confuso y lacrimógeno, amargamente defensivo. Los chicos se te echaban encima con sus bicicletas y hendían el aire por donde habías pasado, grandiosamente, sin piedad, como si lamentaran no tener cuchillos en las ruedas. Y decían cualquier cosa.
Decían, en voz baja: “Hola, furcias”.
Decían: “Eh, ¿dónde tenéis el agujero de follar?”, con un tono de alegre repugnancia.
Decían cosas que te arrebataban la libertad de ser lo que querías, te reducían a lo que ellos veían, y eso solo bastaba para provocarles arcadas”.
O más adelante, cuando finalmente “lo ha hecho” del todo con un gañán que se ha echado de novio: “Después de esas sesiones junto al río volvía a casa y no podía conciliar el sueño, a veces hasta el amanecer, no por las tensiones no liberadas, como cabría esperar, sino porque tenía que revivir, no podía soltar, los grandes dones que había recibido […] El sexo me parecía la rendición, no de la mujer al hombre, sino de la persona al cuerpo, un acto de fe pura, la libertad en la humildad”.
Ya se que son dos citas abusivamente largas, pero las reproduzco desde la convicción de que ellas expresan mucho mejor de lo que pueda hacerlo yo, la asombrosa facilidad para reflejar eso que los anglosajones  llaman insight, la visión que permite atravesar la superficie y llegar al fondo, pero expresándolo con sencillez y sin necesidad de recurrir a imágenes oscuras y rebuscadas. Esos cuchillos que los chicos quisieran llevar en las ruedas de sus bicicletas, esa repugnancia que les queda después de haber reducido a un agujero el objeto de su deseo, o esa entrega de la persona al cuerpo en el acto amoroso. No se puede decir más con menos palabras.

La vida de las mujeres
Alice Munro
Lumen

[Publicado el 09/1/2012 a las 10:40]

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Foto autor

Biografía

Javier Fernández de Castro (Aranda de Duero, Burgos, 1942) ha ejercido entre otros los oficios de corresponsal de prensa (Londres) y profesor universitario (San Sebastián), aunque mayoritariamente su actividad laboral ha estado vinculada al mundo editorial.  En paralelo a sus trabajos para unos y otros, se ha dedicado asiduamente a la escritura, contando en su haber con una decena de libros, en especial novelas. Desde hace unos años reside de forma permanente en  Barcelona.

Bibliografía

Entre sus novelas se podrían destacar Laberinto de fango (1981), La novia del capitán (1986), La guerra de los trofeos (1986), Tiempo de Beleño ( 1995) y La tierra prometida (Premio Ciudad de Barcelona 1999). En el año 2000 publicó El cuento de la mucha muerte, rebautizado como Crónica por el editor, y que es la continuación de La tierra prometida. En 2008 apareció en Editorial  Bruguera,  Tres cuentos de otoño, su primera pero no última incursión en el relato corto.

 

Traducciones

Wagenbach (2011)

 

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