
Lo que más llama la atención es la absoluta y radical falta de juicio moral acerca de los personajes, sus actos o la sociedad que los ampara. Ni siquiera a la hora de describir a Jon Asecas, un pistolero que empieza por verse implicado azarosamente en la trama y acaba erigiéndose en uno de los actores principales, se utiliza el rasgo que hubiera permitido definirlo nítidamente y de un solo trazo, es decir, su condición de miembro de ETA, unas siglas que sólo aparecen una vez y por un motivo equivocado y por completo ajeno a la trama. Aunque mi conocimiento de la literatura producida en el País Vasco en los últimos años no es tan exhaustivo como para poder afirmarlo con toda seguridad, yo diría que es la primera vez que en un relato de ficción aparece un miembro de esa organización sin que, directa o indirectamente, se le juzgue por su militancia o se le cuelgue algún tipo de etiqueta moral, ya sea a favor o en contra. El tal Jon Asecas actúa como actúa y son sus actos quienes le sitúan a uno u otro lado de la línea moral que cada lector tiene en su conciencia. Y lo mismo podría decirse del resto de personajes, que vaya otros. Si acaso, el juicio emana de los propios actores del conflicto. Por ejemplo Ismael Ochoa, el narrador, es reiteradamente negado en insultado por todos cuantos le rodean, empezando por su propio padre, debido a su condición de ex legionario. Si deseaba romper con su pasado, e incluso si buscaba negar sus orígenes y empezar desde cero en otro sitio (vienen a decirle su concuidadanos), ¿no tenía a su disposición un montón de opciones antes que enrolarse en la legión?
La trama, en su planteamiento, no puede ser más sencilla. Ese ex legionario que lleva muchos años dando tumbos por ahí, recibe de su ex mujer las pruebas necesarias para hacer un chantaje que les solucionará la vida a ambos. Todo lo que debe hacer es presentarse ante su único amigo de la infancia, mencionarle las pruebas de su intolerable y culposa doblez y sacarle un montón de pasta a cambio de su silencio. Pero nada sale como está previsto, entre otras cosas porque tampoco nadie es lo que parece, ni tampoco actúa como debería. Con notable habilidad, Willy Uribe teje esta historia de traiciones, derrotas, cobardías, crímenes y miserias en la que resultaría difícil trazar la vieja distinción entre buenos y malos, o entre ganadores y perdedores. Y como en toda buena historia, adivinamos que la palabra Fin no significa que todo quede resuelto y perdonado, o que cada uno vaya a conformarse con su suerte, pues incluso los supuestos ganadores acabarán recibiendo su merecido.
Otro aspecto notable de la novela es su localización: transcurre casi íntegramente en Bilbao y con personajes locales, pero contra todo pronóstico resulta de una verosimilitud muy de agradecer. Tal vez en gran parte elloc se deba a que Willy Uribe es un alumno aventajado de Ramiro Pinilla, un hombre que ha hecho del País Vasco un universo narrativo de gran riqueza y lleno de matices. Y que se empiece a poder hablar de ETA (o incluso de los pistoleros de ETA) sin atrincherarse tras una andana de denuestos o beatificaciones es, me parece a mi, un síntoma de salud, o un primer paso hacia la normalización. La Historia acabará situando a ETA donde corresponde. Y ya va siendo hora de que los ciudadanos (y quienes escriben ) vayan haciendo lo propio.
Sé que mi padre decía
Willy Uribe
Los libros del lince
[Publicado el 12/3/2012 a las 13:44]
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Y si no, si son éstos, los humanos, quienes se hacen cargo de la narración, se trata de seres alucinados que viven situaciones desenfrenadas desde una lucidez enloquecida. Por ejemplo ese hombre que advierte una obstrucción en el grifo de la bañera y que después de muchos esfuerzos logra extraer el objeto que impedía el paso del agua y que resulta ser una extraña criatura casi anfibia: el parecido de la extracción con un parto da pie a llevar la “lógica” hasta el final y el hecho de haber dado a luz una vez hace verosímil que el hombre vuelva a quedar embarazado…; pero también el niño físicamente ridículo que se venga escribiendo libros crueles o el contrincante de ajedrez que es sólo una alucinación de la pobre Margaret Rose.
La de Francisco Tario es una escritura tan personal que resulta del todo intransferible. Es más, de no haber sido un hombre marcado por una férrea voluntad de anonimato, o en caso de haber tenido éxito y ser el iniciador de una escuela literaria (un modelo a seguir) hubiera sido un horror, sobre todo para los imitadores-seguidores, pero también para los lectores porque, como digo, es una escritura personal e intransferible. Pero por fortuna la llevó a cabo plasmándola en novelas, obras teatrales y, sobre todo, cuentos, y leerle es un viaje al asombro y la maravilla. El formato que mejor se adapta a su escritura es el cuento y nunca sabes qué te espera en el relato siguiente, aunque casi sería más justo decir que nunca sabes por dónde te va a salir en la página siguiente.
Francisco Tario (nacido Ciudad de México en 1911 y muerto en Madrid en 1977) se caracterizó antes que nada por su voluntad de anonimato. Para empezar ni siquiera se llama Tario sino Peláez. Fue un mejicano de pura cepa, pues nació, se formó y vivió allí la mayor parte de su vida. Además de un consumado dandy, fue portero de fútbol semiprofesional, astrónomo y pianista aficionado, empresario cinematográfico y, casi por encima de todo, un hombre dedicado a su mujer (estaba casado con Camen Farrell, con fama de ser una de las mujeres más bellas de su época), a sus dos hijos y al resto de su familia y amigos. Pero muchos de éstos, así como de sus relativamente escasos aunque acérrimos lectores, se quedarían asombrados de saber que en la localidad asturiana de Llanes, donde estaban las raíces de sus ancestros, todavía le consideran un indiano, es decir uno de los muchos emigrados a América que por más años que pasen fuera siempre serán uno de los suyos. Ya digo, sin embargo que tenía una capacidad asombrosa para el disfraz y que podía ejercer de mejicano y asturiano sin sentirse extraño aquí o allá. Y lo mismo puede decirse de su escritura (siendo inequívocamente mejicano no hay rastro de modismos o temas característicos de sus coetáneos) y también de su condición de escritor. Se ganó bien la vida ejerciendo de esto o aquello, pero esencialmente fue uno de esos escritores a los que sólo les gusta escribir, siendo por completo ajenos a las servidumbres del oficio de las letras que empiezan cuando guardas la pluma y te enfrentas a las entrevistas, las actuaciones públicas o al ejercicio de la condición de intelectual. Bastaría un cuento como el titulado “Un huerto frente al mar” para hacerse una idea de lo que hubiera podido ser Francisco Tario caso de haber optado por una escritura y un ejercicio del oficio más “normales”. Pero fue un ser libre y vivió la vida como le pareció, y por suerte todavía hay gentes que creen ciegamente en su calidad literaria (como Atalanta, pero también biógrafos, editores y entusiastas), que continúan luchando por dar a conocer su obra.
La noche
Francisco Tario
Atalanta
[Publicado el 05/3/2012 a las 10:51]
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Y sin embargo se le debe, como poco, el majestuoso Cuarteto de Alejandría, repleto de hallazgos, sugerencias y fertilidad literaría, por no hablar del descubrimiento de la ciudad de Alejandría o el regalo de un personaje como la misteriosa Justine. Con sólo que Durrell hubiese dejado esos cuatro libros como testimonio de su paso por este mundo ya debería ser recordado con gratitud año tras año. Pero es que encima dejó atrás otras dos huellas de su paso que conducen a unos lugares tan impagables como son Grecia y la Provenza , la primera vivida apasionadamente durante su etapa más vital y creativa (las islas, el sol, la luz, los baños, los olivos, los sucesivos amores o los libros fruto de todo ello) y la segunda durante los largos años vividos allí en su madurez, dejando como testimonio de ello el Quinteto de Avignon y un retrato encantador de ese universo que nos cae a un tiro de piedra y titulado Visión de Provenza. Y para qué dar las gracias por ello si aquí andamos sobrados de todo.
Pero algo muy grave tiene que estar pasando si además de despreciar a los grandes hombres con el olvido se desprecian incluso los soportes materiales de sus obras, y me estoy refiriendo a los libros. Actualmente paso por el emotivo trance de desalojar un piso en el que se me han acumulado libros desde hace lo menos treinta años. Muchos de ellos los ha acarreado (literalmente) por estaciones francesas, inglesas e italianas, y he sentido una indecible sensación de orgullo cuando finalmente los he visto colocados en el lugar que les estaba reservado en las estanterías de casa. ¿Para siempre?
Quiá.
Primera sorpresa: actualmente ya nadie compra libros de segunda mano porque, me dicen los profesionales del ramo, no se valora que sea una edición muy cuidada y a cargo de un intelectual muy prestigiado…hace treinta años. Lo de que sea un ejemplar agotado e inencontrable tampoco es valor suficiente. La impresión general es que, antes o después, Google acabará ofreciéndolo, y qué más da si la edición es anónima y mediocre si sale (palabra mágica) gratis.
Segunda sorpresa: nadie quiere libros usados ni quiera gratis porque, me dicen los profesionales del ramo, a ellos no les salen tan regalados como parece. En primer lugar hay que mandar a buscarlos con una furgoneta y pagar a quien los cargue, y una vez en el almacén hay que contratar a otra persona para que los introduzca en la base de datos porque, me dicen, las pocas ventas que se hacen llegan a través de Internet.
Tercera y última sorpresa: hay instituciones, por ejemplo las universitarias, que después de mucho insistir están dispuestas a aceptar una biblioteca pero sólo si es excepcional . Y ello no para incorporarla a sus propios fondos sino para ponerla en una sala cuya llave las secretarias se la facilitan a quien la pida, con el resultado de que a los pocos meses han desparecido los ejemplares más valiosos. No sé si sirve de mucho consuelo la certeza de que a esos saqueadores les aguarda la misma suerte cuando quieran dejar a buen recaudo sus respectivas bibliotecas.
Otras instituciones, como por ejemplo las bibliotecas públicas de las comunidades históricas tampoco aceptan libros si no están escritos en su lengua vernácula. Y otras instituciones más, por ejemplo las penitenciarias y las asistenciales, aseguran que sus bibliotecas están muy desasistidas y que aceptarán gustosas toda clase de libros…a condición de que se los depositen en los correspondientes estable cimientos. Es decir, cargar una vez más con los libros, ahora para depositarlos en la cárcel o un hospicio. Vivir para ver.
Solución final: aprovechando el persistente anticiclón invernal que hemos disfrutado, improvisé un tenderete frente a mi casa y tuve la satisfacción de ver cómo había transeúntes que optaban por llevarse unos cuantos libros bajo el brazo. Pero conste que los más usados, es decir, los más queridos, releídos y consultados no los quería nadie y hoy deben de estar a punto de ser reciclados para ser reconvertidos en bolsas para la compra o papel de envolver regalos. Pero ya digo que algo muy grave nos está pasando.
[Publicado el 27/2/2012 a las 13:03]
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Repasando la cincuentena de artículos seleccionados por el editor, Alexis Grohmann, se advierte que no se trata de un mero recurso para salir del paso (por ejemplo cuando llega la hora de entregar la colaboración semanal y no hay “tema”) ni tampoco una manía personal recurrente a lo largo de los años. Al fin y al cabo Javier Marías no sólo vive del idioma sino que basa gran parte de su prestigio en el buen uso que hace del mismo, tanto en su faceta de escritor como de traductor.
Ello le lleva a salir reiteradamente a la palestra para dar unas lecciones que además de pasadas de moda entrañan un riesgo evidente para quien las ofrece. En palabras de Manuel Seco, “una lengua es patrimonio de una comunidad, y quien la hace y la deshace es la masa, la mayoría”. En ese sentido, pretender apoderarse de una lengua y querer dirigirla es un empeño tan censurable como desentenderse de ella y dejar que se corrompa. Pero quien se decida a romper lanzas a favor de una lengua hará bien en delimitar muy claramente dónde queda la frontera que separa el dirigismo abusivo de la permisividad igualmente abusiva. Y como no es una tarea fácil, el propio Javier Marías ofrece numerosos ejemplos de lectores que se sienten agredidos por las opiniones del articulista y así se lo hacen saber, bien directamente o bien mediante cartas al Director.
El asunto de la frontera entre dirigismo y pasotismo es de suma importancia porque, como queda dicho, la lengua no es de nadie y es de todos, con la particularidad de que en su misma esencia radica la facultad de variar, crecer, aceptar nuevos conceptos y – lo cual es maravilloso – dar origen a otras lenguas a partir de la degeneración de la original. Y ahí están todos los brotes que le salieron al latín cuando la decadencia del Imperio rompió los lazos que vinculaban a los diversos pueblos y cada uno buscó sus propias vías de expresión. Por lo tanto, que una lengua evolucione no es malo en sí mismo y los usuarios tienen todo el derecho del mundo a reivindicar sus hallazgos y a esperar que no les fustiguen los puristas acérrimos. Pero como al mismo tiempo asistimos diariamente a las múltiples agresiones que sufren las lenguas, es lógico que haya voces que se alcen en su defensa, por más que en numerosas ocasiones sea como una prédica en el desierto.
El mayor peligro de corrupción suele venir de la lengua dominante, actualmente el inglés. Por pereza, desconocimiento o servilismo de los receptores, las lenguas dominantes imponen nuevas palabras que no siempre implican una mejora y que muchas veces podrían ser reflejadas en vocablos propios y cuyo uso ha quedado sancionado por la tradición. El peligro es evidente en el caso de la jerga relativa a los negocios y la economía, pero es extensible al idioma cotidiano debido a los coladeros que en ese sentido son los libros, los periódicos y revistas, el cine y, sobre todo, la televisión. Javier Marías ofrece incontables ejemplos de supuestos neologismos que son en realidad fruto de una mala traducción o de un uso defectuoso del idioma, muchas veces del opresor pero muchas veces también por desconocimiento del idioma propio.
El dirigismo, el intento de apropiarse de un idioma para usarlo como arma política (nacionalismo) o los intentos de imposición que surgen de los propios grupos sociales están a la orden del día y defenderse de ellos es una tarea casi titánica. Ahí está, por ejemplo, el caso de “lo políticamente correcto”, que si bien puede surgir de unos intentos bienintencionados de facilitar la convivencia (defensa de las minorías, igualdad de géneros, no menosprecio por razas y tantos otros) pueden acabar en verdaderas aberraciones. Con el agravante de que, al uniformizar la forma de hablar, se priva al oyente de una fuente de información fundamental acerca de la verdadera ideología e intención del interlocutor. El tema, como verá el lector que se adentre en este peliagudo laberinto de dimes y diretes en el que Javier Marías se mueve con envidiable soltura y humor, daría en realidad para bastante más de los cincuenta artículos aquí reunidos.
Lección pasada de moda
Javier Marías
Galaxia Gutenberg
[Publicado el 20/2/2012 a las 13:29]
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Lo dice él mismo en el prólogo, y como seguro que lo hace mejor, me limito a reproducir sus palabras: “He deseado […] mostrar en una visión algo de la faz de Irlanda a cualquiera de mi propio pueblo que quiera mirar hacia donde yo le invito. Por tanto, he puesto por escrito con exactitud y sinceridad mucho que he visto y oído, y excepto a modo de comentario, nada que tan solo haya imaginado”.
En otro lugar (concretamente en La filosofía de la poesía de Shelley, que es de la misma época que gran parte de los escritos recogidos en Mitologías) insiste: “Cualquier poeta con sensibilidad para lo supernatural comparte la convicción de que los recuerdos personales sólo son un fragmento de la Gran Memoria que renueva el mundo y los pensamientos del hombre generación tras generación”.
Todo símbolo tiene algo de universal y ejerce como vínculo entre dos ámbitos de significación, uno “natural” y otro “supernatural” y por lo tanto inefable, o sólo transmisible mediante la sensibilidad y el sentimiento. En el caso de Yeats, Irlanda (y de paso la lengua que la refleja) es el ámbito de significación natural, la expresión de lo que los irlandeses manifiestan de sí mismos. Durante años, Yeats se dedicó recopilar historias y leyendas, unas veces por sí mismo, en la localidad de Sligo donde pasó su infancia, y otras veces gracias a los buenos oficios de otras personas que conocían su interés por los relatos populares. Y como él mismo dejó dicho, puso por escrito lo que le contaron sin poner nada de cosecha propia. El resultado, sobre todo en los dos primeros libros del presente volumen, El crepúsculo celta ( que es de 1893) y La rosa secreta ( de 1897, es una colección de relatos protagonizados por hadas, duendes, caballeros, músicos y poetas del pueblo que habitan en lagos y bosques misteriosos y que se mezclan con los vivos unas veces para fortuna de éstos (por ejemplo cuando les avisan con antelación de un peligro de muerte o les advierten de lo que deben hacer para escapar de la desgracia que les acecha) y otras veces para su desgracia, pues son frecuentes las abducciones, los encantamientos y las desapariciones.
Desde un punto de vista estrictamente estilístico – por ejemplo comparándolos con los relatos de los grandes escritores anglosajones contemporáneos - parecen formalmente toscos y reiterativos, por no hablar de las inconsistencias y los olvidos. Sin embargo, y a pesar de las sucesivas traducciones (muchas veces desde el gaélico y siempre del inglés al castellano) conservan el misterioso encanto de la tradición oral, el aroma que transmiten unas historias repetidas de generación en generación y que en muchos casos sus depositarios se resisten a transmitir por miedo a incomodar a quienes las vivieron. También resulta sorprendente comprobar que algunas de esas historias entroncan directamente con el folklore y la tradición de culturas muy alejadas de la irlandesa. A la vistas de lo cual se entiende que el propio Yeats hable de una Gran Memoria de la que se desgajan recuerdos comunes a todos los hombres sensibles. Incluso cuando se trata de varios relatos que tienen un protagonista común (pienso por ejemplo en la historia de Hanrahan el Rojo) es claramente perceptible la autoría coral de sus aventuras vitales, debiendo felicitarnos de que no hayan venido el Perrault de turno a reescribirlas para dotarlas de un orden narrativo y una uniformidad formal.
En la vida de Yeats hubo dos periodos vitales claramente diferenciados y perfectamente obvios para un lector normal. El primero de ellos, que abarca toda su etapa de formación y se prolonga más o menos hasta la I Guerra Mundial, coincide con el máximo interés del poeta por el mundo “supernatural”. También coincide con su máximo nacionalismo y activismo político a favor de lo irlandés. De haberse quedado en esa etapa, Yeats nos parecería hoy un poeta prerrafaelita y simbolista, muy en la línea de los románticos y el apego de éstos por la naturaleza, tan cercana al mundo mágico y feérico. Sin embargo, a partir de los cincuenta años Yeats rompió con su trayectoria anterior para convertirse, junto con T.S. Elliot y la ayuda breve pero intensa de Ezra Pound, en el referente de la poesía inglesa de su época. Conservó su interés por la metafísica, pero ahora desde una perspectiva más universal, la misma, por ejemplo, que le llevaba a preguntarse por la posibilidad de diferenciar al bailarín de la danza. Es inútil categorizar ambas etapas o primar una sobre la otra porque lo que toca es agradecerle libros como éste, y también los de su última etapa.
Mitologías
William Butles Yeats
Acantilado
[Publicado el 13/2/2012 a las 11:30]
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[Publicado el 06/2/2012 a las 12:30]
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[Publicado el 30/1/2012 a las 11:13]
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Cambiar de idea es una heterogénea recopilación de ensayos, aunque tal vez fuera más preciso decir piezas de no ficción. En cualquier caso se trata de escritos, conferencias, reportajes y críticas literarias o cinematográficas que nada tienen que ver con el ensayo propiamente dicho, escrito por lo general con un ojo puesto en la Academia y el otro en los beneficios que aportará al currículo del autor. Zadie Smith es, antes que nada, una novelista que redondea sus ingresos haciendo toda clase de trabajos editoriales y periodísticos. Y a diferencia de los ensayistas universitarios, que parecen dar por perdida la figura del lector, Zadie Smith no sólo lo tiene siempre presente sino que entabla con él un diálogo continuo plagado de guiños, sobrentendidos y pequeñas confesiones personales, todo lo cual le da un encanto peculiar a sus escritos.
Sin que ello responda a una razón estructural, las piezas seleccionadas para el libro han sido agrupadas en cinco secciones (Leer, Ser, Ver, Sentir y Recordar) y en dicho ordenamiento reside uno de los peros que cabe hacerle al libro. Como bien saben los lectores que la siguen gracias a los libros publicados por Salamandra, Zadie Smith tiene una prosa vivaz, directa, sin florituras y (válgame Dios) humana, en el sentido de que todo el rato transmite el hálito de la persona que está luchando a brazo partido con las palabras, las ideas o la técnica para dar lo mejor de sí misma. Lo cual implica que nada de lo que escribe es abstruso, intelectual ni, por utilizar un término del que ella misma se vale, deconstructivo.
El problema reside en que sus referencias y preferencias culturales son inequívocamente británicas y contemporáneas, razón por la cual muchos de los autores y películas de las que habla no son plenamente conocidas del lector medio de habla española. Y ahí está por ejemplo el título del ensayo que abre el libro, titulado Sus ojos miraban a Dios: ¿qué significa soulful? Dado que las siguientes entradas sí hablan de autores conocidos (E.M. Foster, George Eliot, Nabokov, Kafka, etc) parecería lógico empezar el libro con cualquiera de ellos y atrapar de entrada al lector dejando para más adelante a los menos conocidos. Sus ojos miraban a Dios es una novela escrita en 1937 y firmada por Zora Neale Hurstonl una escritora de raza negra y cuya temática central es la negritud (y más concretamente la suerte de las mujeres negras). Su mayor virtud es su habilidad para reproducir el habla de los ex esclavos del sur. Aunque Círculo de Lectores la publicó en 1997, y hay una película de televisión interpretada por Helle Berry, dista mucho de ser un referente para el lector de habla española, y leer acerca de un libro que no se conoce bien no resulta muy estimulante.
Y ello trae a colación una invitación a realizar la lectura de este libro teniendo a mano un buen acceso a internet, pues éste puede ser un remedio excelente para salvar las lagunas referenciales que surgen a cada paso, como ocurre con Netherland: el club de cricket de Nueva York, de Joseph O´Neill ,y Residuos, de Ton McCarthy. Con respecto al primero creo que hay una edición en El Aleph( 2009) pero si no se tiene a mano se pueden encontrar en la red buenas noticias, como la que da ahora mismo Edmundo Paz Soldán en El Boomeran(g). En el caso de Tom McCarthy la búsqueda de referencias es todavía más precaria porque también es menos conocido y traducido. A pesar de lo cual merece mucho la pena documentarse bien acerca de ambos porque Zadie Smith se vale de ambos para ilustrar el capítulo "Dos direcciones para la novela", en el que, partiendo de la vieja cuestión de si el mundo puede o no ser interpretado por medio de la palabra, la autora lleva a cabo una brillante exposición de las respuestas que los novelistas contemporáneos van encontrando ante tan debatida cuestión.
Y lo mismo cabe decir para el capítulo que cierra el libro, "Entrevistas breves con hombres repulsivos: los obsequios difíciles de David Foster Wallace". Aunque Mondadori está haciendo lo imposible para ofrecerlo al lector de habla española, no es un autor fácil, dándose la desgraciada circunstancia de que no será posible conocer su evolución porque no pudo sobreponerse a la depresión crónica que se apoderó de él en los últimos años y acabó suicidándose. Y entre que era un autor fascinante, y que la lectura que hace de él Zadie Smith es estupenda, la lectura de ese capítulo - como el resto del libro en general - resulta altamente gratificadora.
Cambiar de idea
Zadie Smith
Salamandra
[Publicado el 23/1/2012 a las 13:04]
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[Publicado el 16/1/2012 a las 10:32]
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[Publicado el 09/1/2012 a las 10:40]
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Entre sus novelas se podrían destacar Laberinto de fango (1981), La novia del capitán (1986), La guerra de los trofeos (1986), Tiempo de Beleño ( 1995) y La tierra prometida (Premio Ciudad de Barcelona 1999). En el año 2000 publicó El cuento de la mucha muerte, rebautizado como Crónica por el editor, y que es la continuación de La tierra prometida. En 2008 apareció en Editorial Bruguera, Tres cuentos de otoño, su primera pero no última incursión en el relato corto.
Traducciones

Wagenbach (2011)
09/5/2012 21:09
"Storia di Neve" ocupa un gran...
Publicado por: Neus
08/5/2012 09:37
En mi condicion de traductor de...
Publicado por: Jose Anibal Campos
03/5/2012 18:59
No sé cómo comparan este con...
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30/4/2012 12:35
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26/4/2012 11:08
" Podía soltar los bumeranes de...
Publicado por: Juan Cueto Serrano
21/3/2012 10:09
Estimado Sr. Fernández de Castro...
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05/3/2012 23:25
El pseudónimo "Francisco Tario"...
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03/3/2012 02:25
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