El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

jueves, 11 de marzo de 2010

 Crítica literaria de Javier Fernández de Castro

Guía para viajeros inocentes

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Cuando hace un par de meses o tres llegó a mis manos un paquete del tamaño aproximado de un ladrillo lo abrí, y mientras lo añadía al montón de los libros pendientes de lectura, pensé que no dejaba de ser una osadía publicar a estas alturas una guía de viaje por el sur de Europa y Tierra Santa, encima escrita a finales del siglo xix y, por si fuera poco, de 620 páginas (y de ahí lo del tamaño ladrillo). Ni siguiera el hecho de llevar la firma de Mark Twain me pareció una garantía de ventas. Pero me equivoqué porque, según veo, en ese tiempo ya se ha vendido la primera edición. Y ello es una excelente noticia. Primero para la editorial, pues con ello habrá visto  compensado al menos en parte el riesgo de semejante aventura. Pero sobre todo es una excelente noticia porque denota la existencia de una considerable masa de lectores con criterio propio (al margen de las modas) y con un gusto muy saludable por la buena prosa, venga de donde venga y trate de lo que trate.

                Y conste que se trata de una guía de viaje tal cual, en la que se relata minuciosamente desde los prolegómenos (se trata de uno de los primeros cruceros organizados para viajeros pudientes) y  el embarque en  Nueva York hasta el regreso al mismo puerto. De por medio, una montaña de información no menos minuciosa  acerca de lo ocurrido durante la travesía y las escalas, descripción del ambiente en el barco y de los compañeros de viaje. Y, por supuesto, lo visto y acaecido en cada puerto y país visitado, además todo ello contado como se hacía entonces, es decir, con un narrador en plan etnólogo-entomólogo-explorador que da noticia de los paisajes, tribus, costumbres, monumentos y quisicosas de cada país. Algunas de esas noticias son vertiginosas, como por ejemplo la observación, hecha durante la escala en Tánger, de que los moros nos temen y detestan a los españoles por nuestra costumbre de comernos esos gatos que ellos adoran. Como eso ocurre en la segunda o tercera escala del viaje, uno se pregunta si todo el resto de las informaciones que dé  hasta la vuelta a Nueva York van a contener el mismo grado de exactitud. Pero no. Es evidente que durante las travesías de un país a otro Twain hizo uso abundante de la biblioteca que los organizadores del crucero pusieron a disposición de sus clientes. Aparte de que no era ése el tipo de información que sus lectores (más de 70.000 cuando las crónicas  aparecieron en forma de libro, sin contar a quienes las leyeron en los periódicos según iban saliendo) esperaba de él. Lo que le pedían, y le pedimos hoy, es la noticia directa, el apunte rápido, la broma gruesa acerca de cada momento. Y en ese terreno, Twain es imbatible. Después de ejercer durante unos años de tipógrafo ambulante, y tras un breve interregno como buscador de oro, la auténtica formación de Twain fueron los veinte años que pasó haciendo de piloto de vapores por el Mississippi. Por lo tanto no es de extrañar que el suyo sea un humor de sobremesa tras una comilona en alguna taberna de un puerto fluvial, cuando llega la hora de los dichos y noticias acerca de lo ocurrido arriba y abajo del gran río. El suyo es un humor fino pero socarrón y de trazo grueso, y pongo ejemplos. En Tánger, y tras repasar a su manera la costumbre local de la poligamia, comenta. "He logrado entrever la faz de varias mujeres moras [...] y siento la mayor de las veneraciones ante la sensatez que las lleva a cubrir una fealdad tan atroz". Otras veces la broma le sale más fina, por ejemplo cuando, ante Notre Dame de París,  da cuenta de los sucesivos templos paganos y cristianos que hubo allí desde antes de que al duque de Borgoña se le ocurriese construir la actual catedral como expiación por haber dado muerte al duque de Orleáns. Y comenta: "Desgraciadamente, ya se han ido esos tiempos en los que un asesino podía limpiar su nombre [...] con el simple acto de sacar ladrillos y mortero y construir el anexo de una iglesia". Nunca falla el recurso de sacar al pueblerino que no está dispuesto a dejarse impresionar por las maravillas de la gran ciudad y que, de vuelta al pueblo, les describe a los suyos una de las obras cumbre de la Cristiandad como  "un anexo".

                Y ése es uno de los secretos de que este libro se lea con tanto gusto y provecho: el Mark Twain narrador está presente de la primera a la última línea, pero tiene la habilidad de hacerse transparente, como si entre el objeto narrado y el lector no se interpusiera una inteligencia afilada por una técnica altamente sofisticada y un oficio pulido durante muchos años de trabajo paciente y diario. Gracias a ello puede someter a todo lo divino y lo humano (desde la visita al Louvre hasta su propia actuación ante los más grandes maestros de la historia del Arte) a  su filtro de humor entre corrosivo y zumbón.  Aparte de que, visitar Nápoles de la mano de Mark Twain es una experiencia inolvidable.

 

 

 

 

Guía para viajeros inocentes

Mark Twain

Ediciones del viento.

 

 

[Publicado el 03/3/2010 a las 13:16]

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Los villanos de la nación

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Salir ahora glosando algunos aspectos de la prosa de Javier Marías, o su valía como comentarista y observador de la vida cotidiana resulta ocioso porque qué voy a decir yo que no se haya dicho ya suficientes veces y casi seguro que mejor. Hay sin embargo un aspecto de ese quehacer que pone de manifiesto la presente recopilación de artículos y que merece la pena ser resaltado.

                A diferencia que otros columnistas, que parecen más centrados o especializados en algunos aspectos concretos del acontecer diario, la curiosidad y el abanico de intereses de Javier Marías es tan amplio que sólo al ver juntos sus escritos de política caes en la cuenta de que no sólo le dedica una considerable atención a los hechos (he estado a punto de decir fechorías, pues al fin y al cabo lo que hacen son fechos) de nuestros políticos, sino que lo hace de la forma que más les puede soliviantar, pues dice las cosas tal cual, sin partidismos ni componendas. Y está claro que cuando se trata de juzgar la bochornosa y mezquina actuación de ETA y su entorno resulta relativamente sencillo manifestar una opinión condenatoria de los asesinatos por la espalda que cometen los valientes gudaris y de la actitud chulesca de sus partidarios celebrando cada ejecución como un triunfo que, según ellos, les pone un paso más cerca de la victoria final.

                En cambio no resulta tan sencillo cuando se trata de hablar de los GAL una vez que los más directamente señalados por el dedo acusador de la vox populi ya no se sentían impunes y notaban en la nuca el aliento de quienes pretendían ajustarles las cuentas. Y lo mismo cabe decir de la larga lista de "villanos" que desfilan por los ochenta y tantos artículos aquí reunidos, y que no salen retratados desde su perfil precisamente más favorecedor y agradecido.  Resulta reconfortante comprobar que según pasan las páginas, y sin necesidad de alzar la voz ni perder la compostura ("Usted  no parece español"), el juicio moral se va haciendo extensivo a lo acontecido durante los últimos casi treinta años.

                Al escribir esta última frase relativa al juicio moral acerca de aquellos hechos  he estado a punto de añadir y "guardar memoria de ellos" pero no tendría demasiado sentido porque , a diferencia del historiador (que hace todo lo posible por contextualizar la época o el momento objeto de su estudio a fin de que el lector disponga de los datos "objetivos" que le permitirán decidir si la tesis que le está siendo expuesta es aceptable o no) el observador de lo cotidiano actúa un poco como el dibujante que sólo dispone de un papel y un lápiz para captar con unos pocos trazos aquello que haya llamado su atención en el mundo exterior. En Los villanos de la nación se reúnen "letras de política y sociedad" que empiezan en 1985 y terminan en 2009. Por lo tanto es perfectamente perceptible un fenómeno que ocurre según se lee, y que tiene que ver con la progresiva contextualización. Al principio, los temas aquí tratados pillan ya tan lejos que no es posible establecer un diálogo con el texto y llevar a cabo esa operación paralela a la lectura y que consiste en ir contrastando la  opinión personal con lo que se dice por  escrito hasta alcanzar, o no,  un consenso. El texto sólo dice lo que dice y no hay sobreentendidos, guiños y demás metansentidos colegibles en una lectura "entre líneas". Pero, curiosamente, el texto  no se empobrece ni se hace ilegible: sencillamente, se lee. Y como suele decirse, "la verdad es la verdad, díganla Agamenón o su porquero".  En este caso, la verdad, si la hay, se defiende por sí misma y sin necesidad de que el político o el villano de turno cometan la correspondiente cafrada que corrobore lo dicho. De ello surge un ejercicio de lectura muy saludable. Según nos acercamos a la actualidad, el texto se puebla de referencias aportadas por el propio lector y ello hace más  notable la diferencia con lo leído en el primer tercio del libro.

                Y permítaseme una pequeña observación acerca de la edición: ni el nombre de la editorial, ni el aspecto general del libro permiten saber al lector normal y corriente que lo que tiene en las manos es un pequeño milagro producto no del azar sino del tesón, la voluntad, el oficio y la capacidad de supervivencia inherentes a todo pequeño editor que lucha en condiciones desfavorables y que celebra como un triunfo cada nuevo libro publicado, o el mero hecho de cerrar cada mes sin unas pérdidas tan inasumibles como para verse obligado a cerrar. Tampoco es que el afán de supervivencia de un pequeño editor tenga más méritos, o sea más digno de alabanza, que la pelea por llegar a fin de mes de cualquier pequeño empresario o artesano. Pero tranquiliza constatar que todavía hay gente capaz de perder el resuello por sacar a la calle un libro bien hecho, correctamente editado y del que pueden sentirse tan satisfechos el editor como el lector.  

 

 

Los villanos de la nación

(Letras de política y sociedad)

Javier Marías

Los libros del

[Publicado el 25/2/2010 a las 11:16]

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Renacimiento

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Creo necesario hacer una aclaración previa: siempre me ha gustado mucho Kenzaburo Oé, como escritor y como persona. Y me parece una aclaración necesaria porque si en otros escritores la mención a la persona es ociosa (qué importa cómo sea quien firma la obra si ésta, la obra, es excelsa) en este caso es imprescindible porque el personaje favorito de Kenzaburo Oé es Kenzaburo Oé, y resulta imposible delimitar cuándo habla el novelista y cuándo el personaje.  Y no sé qué les ocurre a los demás, pero, en mi experiencia como lector,  si el yo narrador me resulta ruin y mezquino, o si su conducta la juzgo  éticamente inaceptable (porque es un tipo repulsivo), carezco del temple necesario para acallar mis (enérgicas) objeciones morales a fin de disfrutar libremente de las emociones estéticas que provoca la lectura de sus andanzas. Es decir, que si el Kenzaburo Oé omnipresente en todos sus escritos me pareciese un necio, o un mentecato, difícilmente podrían gustarme sus novelas.

                Soy consciente de que en este terreno siempre cabe la posibilidad de llevar a cabo operaciones perversas, y la más extrema es la que todo lector debe hacer para adentrarse en Sade. Es evidente que hay una etapa vital en la que Sade provoca una fascinación superior al deseo de cerrar sus libros. Pero nunca me ha sonado verosímil la afirmación de que dicha fascinación es debida a la prosodia del divino marqués, o a su arte en el uso del adjetivo. Sade fascina porque su material literario es oscuro y es ultrasensible debido a que hurga en  las zonas más ponzoñosas del alma humana, esos estratos donde figura el catálogo de los tabúes  que más trabajo le ha costado domeñar al ser humano. Y me refiero al incesto, el deseo de matar al padre, la tentación de comernos al prójimo y demás impulsos de parecida calaña. Mal que bien todos esos impulsos han sido encerrados en la mazmorra de la especie. Pero siguen ahí,  y  de cuando en cuando afloran a la superficie, unas veces como ficción y otras en la sección de sucesos.

                En el caso de Kenzaburo Oé la fascinación que provoca se debe a que también él, según avanza en su viaje interior, se adentra en zonas oscuras y a veces ponzoñosas, aunque sean de un orden muy distinto a la satisfacción de martirizarle el trasero a una dama virginal e indefensa. Kenzaburo Oé es el resultado de una elaboración cultural que ha precisado de una tradición ancestral y de una sensibilidad extraordinariamente refinada. Lo cual impone, a la hora de sacar a la luz material autobiográfico de ese porte, que cada paso adelante, cada fragmento de vida, precise de una cuidadosa  preparación durante la cual el lector es informado del lugar, la circunstancia, el momento y la persona o personas que intervinieron en el asunto que va a ser investigado. Ello implica, dicho en otras palabras,  que Renacimiento es una  novela lenta, minuciosa y premiosa, y en la que se avanza a tientas porque casi nada acaba siendo lo que parecía ser al empezar.

El propio Oé se ha encargado de dejar claro que esta novela es autobiográfica. Cabría preguntarse por qué les  cambia el nombre a los personajes más directamente implicados si luego apenas se molesta en disfrazarlos: el narrador se llama Kogito, que es el apelativo familiar y cariñoso del propio Kenzaburo Oé. La esposa, que en la realidad se llama Yukari, aquí figura como Chikashi, y el hijo, que en la vida real se llama Hikari, en la novela es Akari, pero en ambos casos son criaturas complejas y con una intensa relación con la música. Y en cuanto al desencadenante de todo ello, el aquí llamado Goro, en la vida real era un actor y director de cine llamado Yudo Itami que se suicidó arrojándose desde una azotea. Tanto en la vida real como en la "ficción"  era cuñado de Kogito-Kanezaburo y su mejor amigo.  Supongo que el cambio de nombres es un simple recurso distanciador, un pequeño truco que permite al escritor tomar un mínimo de distancia y respiro frente a lo que está narrando, ya que la muerte de Yudo-Goro ocurrió en 1997 y Renacimiento se publicó sólo tres años más tarde.

El relato empieza el mismo día en que Goro se ha provocado la muerte, aunque previamente le ha mandado a su amigo una cinta en la que, entre otras cosas, le dice:"Eso es lo que hay, me voy al otro lado", para luego concluir: "Aunque eso no quiere decir que se vaya a interrumpir la comunicación entre nosotros". Y se refiere, el suicida, a las cincuentas cintas que fue grabando a lo largo de los años y en las que se rememoran sucesos, ideas, libros (los libros son un referente continuo y fundamental en la formación de ambos), amigos y enemigos, amores...la vida misma. Esta es la parte más intensa de la novela porque el narrador, a fuerza de escuchar las cintas, y tras adquirir una cierta habilidad en el uso de la tecla de stop, aprende a crearse un silencio que le permite intervenir, ratificar, negar o mostrar su asombro ante lo dicho por la voz grabada del difunto Goro, con lo cual se hace realidad lo dicho por éste en su despedida, cuando le predice que su paso al otro lado no significa que se vaya a interrumpir la relación entre ambos.

La desgracia es que el recurso se agota y al cabo de un centenar de páginas, o más, el diálogo desde uno y otro lado de la línea que separa la vida de la muerte pierde intensidad, se vuelve repetitivo y Kenzaburo Oé, novelista con oficio probado, comprende que no tiene más remedio que poner en juego otros recursos. Y  es entonces cuando más se nota la premiosidad de este tipo de escritura, pues es cuando interviene la preparación minuciosa del tiempo y el lugar, la circunstancia o el perfil de quienes intervienen en el asunto a desentrañar. Pero no estoy diciendo  que al final de tanta preparación la narración resulte insulsa. Si algún lector pierde la paciencia le recomiendo que vaya directamente al capítulo quinto, titulado  La prueba de la suppon.  No me cabe la menor duda de que una vez leído ese (terrorífico) incidente, el lector impaciente regresará al punto donde se impacientó, pero ahora para retomar la lectura con la renovada convicción de que el viejo Kenzaburo-Kogito sabe lo que se hace y que todavía le va a deparar momentos tan intensos como los vividos durante los  diálogos con el difunto a través de una grabadora de bolsillo.

 

 

Renacimiento

Kenzaburo Oé

Seix Barral

[Publicado el 18/2/2010 a las 12:00]

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El fuego

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Leí este Diario de una escuadra hace ya tantos años que me preocuparía si me viera obligado a calcular cuántos. Pero en cambio conservo con toda nitidez las dos impresiones que me quedaron al cerrar el libro: que era una salvajada y que estaba muy bien escrita. O que era una salvajada muy bien escrita. Puesto ahora en la tesitura de releerlo me consolaba diciéndome que desde entonces la humanidad no sólo ha cometido una notable cantidad de salvajadas sino que el desarrollo de los medios de comunicación ha permitido que seamos puntualmente informados (casi podría decirme que ad nauseam) de todas ellas. Aparte de las bien publicitadas atrocidades de la Segunda Guerra Mundial, hemos sufrido una avalancha de informaciones, imágenes, cifras y testimonios sobre el Holocausto judío; poco a poco van saliendo a la luz esas fechorías de los estalinistas que la izquierda europea (por ejemplo Sartre) tanto interés puso en ocultar para no poner trabas a la Revolución; la guerra sucia de Argelia y su reproducción en la Argentina de los generales y el Chile de Pinochet; los hutus contra las tutsis y viceversa; las guerras fratricidas de los Balcanes; los años en el poder de los jémeres rojos. Y para qué seguir.

Cabía la posibilidad de que todo ello junto hubiese creado una especie de callo en la parte del alma que más sufre al entrar en contacto con el dolor, o que a fuerza de ver repetirse el horror esa zona del alma donde reside la sensibilidad hubiese segregado como autodefensa una especie de antídoto mitigador. Incluso las grotescas parodias de Tarantino podrían haber contribuido a reforzar esa barrera defensiva contra la faceta más oscura y cruel del ser humano. Pero qué va. Un buen relato, la buena literatura, arrasa con cualquier  arma de defensa y pone al interlocutor en el mismo estado de ánimo que se le creó al primer hombre que escuchó el primer relato, el primigenio, el que nos ha tenido desde entonces sumidos a todos en el estupor.

A quienes Barbusse les pille de nuevas pueden quedar algo desorientados porque, al principio,  El fuego es lo más parecido a las innumerables historietas de la mili que todos hemos oído (y contado). La misma sensación de inutilidad, pérdida de tiempo, abuso por parte de unos superiores que ni siquiera están presentes para disfrutar de la humillación o la reducción a simples sombras que van sufriendo sus subordinados. Una sola pero importante diferencia: el narrador y sus camaradas llevan ya muchos meses de trinchera y la degradación es muy superior a la de una mili normal, con el añadido de que la guerra, aun siendo un mero telón de fondo, de vez en cuando irrumpe con toda brutalidad. Por ejemplo cuando Martín César, el mítico cocinero que obraba a diario el milagro de encontrar leña para que sus comensales tuviesen al manos la cena caliente, muere cuando un obús le explota en su marmita de macarrones y sus agradecidos beneficiarios lo entierran en un ataúd confeccionado con un entarimado cuyas tablas han clavado con los clavos de colgar los cuadros y valiéndose de ladrillos a modo de martillo. El epitafio: "A Martin no le hubiera gustado saber que malgastábamos tanta leña en hacerle un ataúd". De pronto, las historias se detienen para dejar paso al dato: por cada 25 kilómetros de frente que controla un cuerpo de ejército hay mil kilómetros de trincheras, y puesto que el ejército francés consta de diez cuerpos se llevan llevaban excavados diez mil kilómetros de trincheras (ello sólo en lado francés, porque enfrente los alemanes llevaban excavada una cantidad similar, en ocasiones a una distancia inferior a los cien metros unas de otras). Y vuelta a la vida cotidiana: el reparto del rancho; la llegada del correo; qué les pasa cuando, en plena noche, dos de ellos van a buscar cerillas y atraviesan las líneas enemigas; las interminables marchas nocturnas sin la menor información acerca de su destino salvo la certeza de estar siendo llevados al matadero; qué fue de aquella misteriosa (y muy atractiva) mujer que aparecía y desaparecía en la noche, acercándose como si quisiera ser atrapada y desvaneciéndose cuando alguno estaba a punto de lograrlo... Lo dicho: historietas de mili.

Pero llega la fatídica página 187 y desde ahí hasta el final queda claro de golpe porqué la lectura de EL fuego deja la sensación de haber asistido a una salvajada inconmensurable, con todos los aditamentos posibles en lo relativo a crueldad, inutilidad, despilfarro de vidas, dolor, abuso, miedo y desesperación, todo ello empapado de barro y orines y, ahora que se ha convivido tanto con ellos, la certeza de que Lamuse, Paradis, Cadilhac, el tío Blaire, Barque, el cabo Bertrand, Cocon y compañía no van a sobrevivir, al menos no todos salvo el narrador, que por algo detenta la palabra. Y como colofón, la escena final: los camaradas y compañeros de tantos bombardeos y asaltos a la bayoneta se abrazan y se felicitan. Lo hacen sin grandes algaradas, aunque también con la certeza de ser unos elegidos por haber llegado vivos al final. Pero dice el colofón: diciembre de 1915. O sea: no lo saben, pero tienen por delante tres años más de lo mismo.

 

El fuego

Henri Barbusse

Montesinos

[Publicado el 11/2/2010 a las 11:36]

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El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan

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Ignoro si es un efecto buscado o si, sencillamente, es algo que surge así y ya está. También ignoro si al autor puede molestarle que se resalte. Pero si alguien me obligase a definir con una sola palabra el rasgo que mejor define estos cuentos de Patricio Pron, lo primero que me viene a los dedos es "cuentos aculturales" o "aculturados". Y si eso es  algo que llama la atención tan   de inmediato es justamente porque, hoy en día, tanto los autores como quienes se ven en la obligación de venderlos en tanto que producto parecen tener mucho interés en resaltar rasgos y circunstancias que de hecho no tienen nada que ver con la obra en sí (porque pertenecen al ámbito de la cultura y no al de la creación)  pero que en cambio están ahí para influir positivamente en el ánimo del potencial comprador. Y me refiero a las inevitables etiquetas que hoy debe llevar todo producto y que hacen referencia al sexo, la religión, la raza, el color de la piel, la nacionalidad, la pertenencia a una minoría satisfactoriamente oprimida y vilipendiada, o incluso circunstancias decididamente folclóricas, como si saber que Faulkner escribió alguno de sus libros teniendo por mesa la carretilla con la que transportaba carbón para una central eléctrica ayudase a entender su prosa. O como si sólo decir que el autor es argentino (un suponer) ya garantizase una serie de virtudes, matices y trascendencias similares a las virtudes, matices y trascendencias que se le suponen a un vino sólo por llevar la etiqueta de su D.O.  Es una cuestión de ósmosis: si el autor tuvo que vender maquinillas de afeitar para comprar el tiempo que invertía en hacer su obra, esa circunstancia adversa y valerosamente superada se transmite por ósmosis a la obra y ésta queda ennoblecida y cargada de nuevos sentidos. Y lo mismo vale para la nación, el sexo y  demás aditamentos sólo culturales y que, caso de estar ausentes, permiten hablar de aculturación .

                En el caso de los cuentos de Patricio Pron, ese fenómeno de  aculturación se produce como resultado de la acumulación de unos cuantos rasgos comunes a todos los relatos:  éstos, por lo general,  están ambientados en Alemania pero que a nadie se le ocurra comprarlos pensando que al terminar habrá aprendido un montón de cosas sobre Alemania o los alemanes porque Alemania, en algún caso París y hasta es posible que Chile, aquí sólo son el soporte físico necesario porque en algún lugar  tenían que ocurrir los hechos relatados. Pero son lugares que cumplen únicamente la función de decorado. No hay ósmosis entre el personaje y su medio. Si en lugar de decir Alemania el texto dijese Irlanda, o Dinamarca, apenas si sería necesario cambiar una sola coma porque el relato funcionaría exactamente igual. Y lo mismo cabría  decir de unos  personajes con los que resulta difícil identificarse. Aparecen, actúan, dicen lo que tienen que decir, hacen lo que tienen que hacer (uno de los relatos incluso ocurre en un futuro imperativo, "irás", "dirás", "te contestará") y luego desaparecen para dar ocasión a que otro ocupe brevemente su lugar antes de ser desbancado a su vez.

De manera que, llegados a este punto, ¿de qué van estos cuentos? ¿Son difíciles o complicados de leer?

                Qué va. Puesto a leerlos, los cuentos se leen con suma facilidad, interés y hasta con  una cierta sensación de intriga porque nunca sabes por dónde te va a salir el siguiente. El único condicionante es que el lector debe poner de su parte todo aquello que el autor sólo insinúa, sugiere o fuerza a inferir. El lector tiene a su alcance pasiones, soledad y dolor, ánimo de venganza y deseo de compartir, es decir, hay de todo, como en la vida misma, solo que contado sin hojarasca. El problema es que el recurso a la hojarasca está tan extendido y generalizado que es posible que alguien  no se sienta cómodo en la obligación de poner de su parte todo aquello que, estrictamente hablando, no está en el texto sino en la mente del propio lector. No resulta en absoluto fatigoso o complicado de hacer porque, hablando otra vez estrictamente, hay elementos suficientes para recrear la lectura. Sólo hay que perder el miedo a encontrarse a solas con un  narrador al que sólo le interesa narrar y -mire usted por donde - se niega a jugar al juego de las identidades culturales y sus ósmosis .  Como si, fuera de su escritura, fuese un apátrida.

 

El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan

Patricio Pron

Mondadori

[Publicado el 03/2/2010 a las 09:32]

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El progreso del amor

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Con una constancia digna de elogio RBA sigue apostando por Alice Munro, ya que si en abril de 2009 publicó El amor de una mujer generosa, ahora insiste con El progreso del amor, otra recopilación de narraciones (que  no cuentos) publicada en 1986 en forma de libro en su país. Antes aún, y cito sin respetar el orden de aparición, RBA ya había publicado Secreto a voces, La vista desde Castle Rock, Escapada y Odio, amistad, noviazgo, amor y matrimonio. Quien se decida a leerlos todos seguidos y, mejor aún, de una sentada, puede montarse a su aire una especie de Comedia humana del siglo XX, es decir, un recuento de la condición humana localizado en Canadá (a caballo entre Ontario y Vancouver) y que transcurre en un periodo de tiempo que abarca más o menos la segunda mitad del siglo pasado. La mayor diferencia, respecto al precedente de Balzac, es que no se trata de una "suma" de novelas sino de una serie de fugaces apariciones de personajes que durante un lapso de tiempo de unas treinta y pocas páginas, tienen derecho a voz y gesto para luego desaparecer a su vez. A esa relativa unidad de tiempo y lugar se une una tercera circunstancia unificadora: las historias narradas tienen numerosos puntos en común (las protagonistas o narradoras suelen ser mujeres de mediana edad y de clase media, sus vidas promedian por lo general lo que suele ocurrirle al ciudadano medio, etc). Pero al mismo tiempo, y creo que este aspecto ya lo resaltaba en mi reseña de El amor de una mujer generosa, pese a sus muchas similitudes no hay dos historias iguales, o al menos tan parecidas que el lector pueda tener la sensación de estar leyendo "otra vez" las reiteradas "pesadeces de la Munro".

                Para no insistir en aspectos generales de la narrativa de Alice Munro ya tratados suficientemente, llamo la atención sobre uno de los relatos que componen el presente volumen, "La esquimal". No creo que sea el mejor, o el de mayor mérito, pero en cambio refleja con absoluta fidelidad la (me atrevería a decir) diabólica destreza de la autora para contar una historia. A primera vista se trata del viaje a Tahiti de la enfermera de un cardiólogo, una especie de premio que recibe la empleada por cortesía del jefe. Toda la acción transcurre en el avión, más o menos durante el tiempo que dura la película que la compañía aérea ofrece a sus pasajeros. Y dicha acción se reduce a que una pareja de rasgos indefinibles  pide  cambiar de asiento y va a parar a la fila contigua a la de la enfermera. No tardamos en saber que son esquimales, al menos ella, que es casi una adolescente, mientras que él, un hombre bastante mayor, es mestizo. Ambos beben whiskies (y cualquier persona medianamente informada conoce el efecto que tiene el alcohol en los esquimales). Él, el hombre mayor, sólo hace caso a su acompañante para reñirla, llegando a acusarla de estar borracha. Además quiere ver la película y ella le distrae pese a sus reiteradas y malhumoradas peticiones de que le deje en paz. La escena llega a su clímax cuando ella, pese a los rechazos y los malos gestos, besa tiernamente a su maltratador: "Lo hace sin prisas, no ávidamente. Tampoco es algo mecánico. No se aprecia el menor rasgo de compulsión. La chica es sincera; es presa de un trance de cariño, de auténtico cariño. Nada presuntuoso como el perdón o el consuelo. Un rito que requiere toda su concentración y todo su ser, pero en el que su ser se pierde. Podría continuar así eternamente".

                Y la enfermera, que observándolos desde su butaca ha fantaseado con la posibilidad de salvar a la chica indicándole cuál es el camino de la liberación, dice sentirse enferma al presenciar ese espectáculo degradante y se sume en un duermevela en el que "empieza a contarse historias en las que todo sale mejor". A esas alturas, y ya digo que con una destreza diabólica, el lector ha sido adecuadamente informado de que la enfermera mantiene con su jefe una relación sexual anodina y sin pasión ni compulsión, con el agravante de que si esa faceta de la relación la hace sentirse muy insatisfecha, en cambio le gusta la rutina del trabajo, la sensación de estar haciendo algo útil por los demás, la seguridad que le produce el estar a la altura de las circunstancia, o sea, y por decirlo en los mismos términos que ella ha usado para juzgar a la chica esquimal, su vida con el doctor es "un rito que requiere toda su concentración y todo su ser, pero en el que su ser se pierde. Podría continuar así eternamente."

De modo que sin decir una sola palabra al respecto, sólo a partir de las  reacciones de la observadora al ver cómo la chica joven acepta sumisa el trato vejatorio que le impone el mayor, o a partir de las fantasías en las que la mujer mayor indica a la joven cuál es el camino de salida hacia la liberación, el lector puede colegir cómo, valiéndose de la paráfrasis de una chica esquinal medio tonta, la narradora está saldando cuentas con su propia vida. Pero menos mal, para ella, que todavía le queda la posibilidad de contarse historias en las que todo sale bien.

 

El progreso del amor

Alice Munro

RBA

[Publicado el 28/1/2010 a las 10:54]

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Cuentos de las orillas del Rin

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Cuentos de las orillas del Rin

 

Para decirlo sin rodeos ni circunloquios, esta antología titulada Cuentos de las orillas del Rin es una de esas joyas que de vez en cuando los editores (en este caso Javier Marías, desde la animosa editorial Reino de Redonda) encuentran por ahí olvidadas, las pulen (por ejemplo mediante una excelente traducción, en este caso a cargo de Mercedes López-Ballesteros) y las mandan a las librerías como si tal cosa. Y puesto que cada año se editan montañas de libros sin que sea posible atribuirles una D.O. que alerte con certeza al lector de lo que tiene en las manos, voy a dar unos cuantos datos con la esperanza de que sirvan de alerta.

Y para empezar, los nombres, pues hay escritores cuyo nombre confunde a los no iniciados, razón por la cual la mitad de quienes entran a curiosear en las librerías sale convencida de que Evelyn Waugh es una mujer. En otros casos la información errónea viene de los apellidos, y son incontables quienes creen estar seguros de que Erckmann-Chatrian es como una versión alsaciana de nuestro Ortega y Gasset. Y cuánto se equivocan, porque Émile Erckmann y Alexander Chatrian  fueron una de esas parejas de baile que mientras están juntas alcanzan cotas que jamás hubieran alcanzado por separado pero que, ay, acaban inevitablemente por separarse, casi siempre para acabar diluidos en el anonimato. Erckman y Chatrian se conocieron cuando tenían 25 y 21 años respectivamente y aunque eran de carácter y gustos muy diferentes, casi de inmediato iniciaron una curiosa forma de colaboración. Al principio, Erckman era el productor y Chatrian el conseguidor, y mientras Erckmann andaba por ahí escribiendo (aseguraba que quien ha nacido en los Vosgos no tiene ninguna necesidad de viajar, y menos aun de vivir, sobre todo, en París), Chatrian se estuvo peleando con los editores parisinos hasta que, en 1859, logró que El Constitucional publicase Hugo y el lobo en forma de folletón. El éxito de esa primera aparición pública les animó a estrechar y perfeccionar su técnica de colaboración, y quien lea la presente antología, al llegar al cuento titulado "El canto del vino" podrá hacerse una idea bastante exacta de qué consumían esos dos, y en qué desorbitadas cantidades, mientras se inventaban al alimón los argumentos de sus obras. Otro aspecto curioso de su fructífera colaboración era que, una vez pergeñado el argumento, si les parecía que la mejor manera de desarrollarlo era la narración se encargaba de ello Émile Erckmann, mientras que si pensaban que quedaría mejor sobre un escenario era Alexander Chatrian quien entraba en escena. Y también en ese terreno lograron buenos éxitos, hasta el extremo de que en alguna enciclopedia anglosajona que he consultado, después de dar noticia de ellos termina diciendo:"Pero en Inglaterra se les conoce sobre todo por su pieza teatral El judío polaco", de lo cual cabe deducir que allí se les valora más como autores teatrales que como narradores. Y no deja de ser chocante porque, casi un siglo y medio después de haber sido escritas, sus narraciones son geniales.

Les gusta mucho crear atmósferas de misterio, invocar a los espíritus y recrearse en secuencias surreales (las más de las veces surrealistas) todo ello atravesado por una veta de humor que en el caso del cuento "Mi ilustre amigo Selsam" se resuelve en una serie continua de carcajadas porque la transmutación de unos sesudos representantes de las fuerzas vivas locales en una descerebrada banda de músicos asesinos es de una comicidad insuperable. Pero lo mejor, su mejor baza, es el entusiasmo, y sospecho que aquí el mérito hay que atribuírselo a Erckmann por ser quien de verdad narraba. Da lo mismo que se trate del clásico cuento del miserable que sueña insistentemente con un castillo en el que encontrará un fabuloso tesoro y de paso, y nunca mejor dicho, a la mujer de sus sueños; o si el momento cumbre de la narración es cuando un pobre hombre se ve obligado a retar a un duelo de resistencia bebiendo a un gigantesco tabernero que jamás ha perdido un duelo así; o si se trata del clásico cuervo que encarna el mal o del profesor de metafísica que va demasiado lejos en su búsqueda más allá del mundo material y físico: cada uno de esos argumentos está relatado como si en realidad fuese la primera narración del mundo, la primigenia, la que no sigue modelos ni teme caer en pecado de plagio porque, justamente, nunca antes había sido narrada. Y como suele ocurrir con el entusiasmo, éste se va transmitiendo, incrementado, de cuento en cuento hasta llegar al del canto del vino, que cierra el volumen. Dudo mucho que nadie pueda acabar ese cuento sin sentir la necesidad de ir corriendo a la cocina para descorchar una botella y echar un trago larguísimo a la salud de todos aquellos cuyos huesos han reverdecido y brotan en cepas nudosas de viñedo, y cuya sangre hierve en gotas bermejas en los racimos maduros y se derrama en el lagar en límpidas oleadas. A vuestra salud, Erckmann-Chatrian. Y muchas gracias.

 

 

Cuentos de las orillas del Rin

Erckmann-Chatrian

Editorial Reino de Redonda

 

 

[Publicado el 21/1/2010 a las 11:23]

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El hombre rebelde

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Al cumplirse cincuenta años del accidente de coche que le costó la vida,  Albert Camus sigue ganando batallas después de muerto. En este caso creo inevitable el uso de la palabra batalla, porque, antes que nada, pone en primer plano el hecho paradójico de que un hombre inclinado a la concordia y defensor a ultranza de la justicia fuese  vapuleado sin piedad por ello durante toda la vida, viéndose obligad a plantar cara belicosamente a sus detractores.

                A Camus el dialogante todo en la vida se le planteó como una batalla. Primero, todavía en su Argelia natal,  contra la pobreza, la ignorancia y la enfermedad, pues era hijo de una familia muy humilde y la tuberculosis le dificultó decisivamente el acceso a la enseñanza.  Su carácter poco acomodaticio le valió una hostilidad por parte del Partido Comunista de Argelia que le finalmente le forzó trasladarse a Francia, llegando allí  justo a tiempo para enfrentarse a los nazis y a los colaboracionistas de Vichy, primero desde las páginas de France-Soir y luego como redactor-jefe y director de Combat ( con lo que no salimos de la terminología bélica ). Una vez terminada la II Guerra Mundial, a Camus se le iban a presentar las dos grandes cuestiones que marcaron lo que le quedaba de vida. Una, su furibunda toma de postura en contra de los métodos que  estaban adoptando Stalin y los suyos para implantar el comunismo en la URSS. Y la otra, las bestialidades que estaban cometiendo el ejército francés y el FLN, y que iban a hacer inevitable una descolonización de Argelia que abrió una herida en ambas naciones que todavía hoy sigue sin haberse curado.

                En ambos frentes Camus tuvo la habilidad de poner en su contra a unos y otros, siendo vapuleado sin  compasión por ambos bandos y además de por vida.  Él por su parte se defendió de palabra, recurriendo a artículos y ensayos, pero sobre todo se defendió de obra y de la única manera que puede hacerlo un escritor de verdad: escribiendo bien.  Porque, paralelamente a sus trifulcas fue dando a conocer con una constancia admirable El extranjero (1942), La peste (1947) o El hombre rebelde (1951), aparte de obras de teatro, ensayos y artículos que completan las sucesivas etapas de un pensamiento que siempre empezaba manifestándose en la ficción.

                Resulta notable que esa respuesta exclusivamente literaria a los ataques ideológicos e históricos que recibía le supusiera un éxito de público inmediato y creciente, cosa que explica en parte la virulencia de los ataques de sus enemigos. A este factor de envidia, nunca ausente en los asuntos internos de la república de la letras, hay que añadir un segundo motivo de frustración y que Bernard-Henri Levy mencionaba en un reciente  artículo en El País:  Albert Camus ejercía una irresistible seducción en las mujeres, y los intelectuales, que tampoco ellos son inmunes a las rivalidades  falocráticas, esgrimieron  tales éxitos como una prueba más de la superficialidad que caracterizaba al "filósofo de bachillerato", como llamaban despectivamente a Camus.

                Doy por descontado que ni el éxito de público ni el influjo seductor sobre las mujeres  bastan para dar cuenta de una trayectoria. Ni a favor ni en contra. En España las obras de Albert Camus se siguen editando y leyendo. Y creo adivinar que la razón estriba en que los lectores, por más que parezcan idiotizados por los millonarios  best-sellers que se les ofrecen a manos llenas, siguen haciéndose preguntas y siguen buscando respuestas. Y que, instintivamente, las buscan en escritores como Camus, es decir, una persona que supo decir no a la injusticia, que recurrió como valor supremo a la dignidad y que, frente a la iniquidad de la enfermedad y la muerte, buscó el único consuelo posible en la solidaridad.  Nada de todo ello le dio la felicidad, pues incluso lograron amargarle el premio Nobel que le fue concedido en 1957. Pero incluso ahí supo actuar con esa dignidad que, estoy seguro de ello, tantas simpatías (y lectores) le  continúa valiendo.

 

 

El hombre rebelde

Albert Camus

Alianza Editorial

[Publicado el 14/1/2010 a las 09:26]

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Invisible

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Invisible

El tema de la pareja "mayor" (treinta y algo) que se vale de los encantos de ella para seducir al efebo adolescente (literalmente, "un Adonis atormentado") tratando de arrastrarlo a sus pervertidos juegos eróticos ha sido reiteradamente utilizado en la literatura y el cine contemporáneos. No es que sea un clásico, pero hay modelos suficientes como para que a un escritor inteligente (y Auster lo es) no le ofrezca excesivas posibilidades de sorpresa. A no ser que se dedique a introducir variaciones para ver qué pasa.

                Port ejemplo: después de una primera parte escrita en primera persona, y que sirve para que el protagonista se de a conocer y plantee el conflicto que les va a afectar a él y a los demás personajes, ¿qué ocurre si a continuación aparece un nuevo narrador en primera persona que no tiene relación directa con los hechos pues se trata de un antiguo compañero de universidad al que el "Adonis atormentado" ha nombrado depositario del manuscrito autobiográfico? Y ya puestos, ¿qué ocurre si el adolescente no es tan inocente como parecía en la primera parte porque ahora mismo le invento un apasionado romance incestuoso con su encantadora hermana Gwyn? Y para introducir una perspectiva aún más novedosa, entre la primera parte (la seducción) y la segunda (el incesto) se puede manipular el tiempo y dar un salto de cuarenta años de forma que el adolescente sea ahora un anciano que para más inri está aquejado de una enfermedad terminal .  Evidentemente, ello hace que en la tercera parte, cuando se narre qué ocurrió en realidad cuando el matrimonio mayor pasó a la acción y quiso pervertir al adolescente perverso, la voz de éste, la voz de un moribundo, sonará ya como uno imagina que resonará una voz desde la ultratumba. Máxime si se tiene en cuenta que, en efecto, a partir de un momento determinado del relato el adolescente atormentado será alcanzado por su enfermedad y pasará de narrador a narrado.

                Es decir: página a página,  Paul Auster recurre a su oficio y a su imaginación (ambos muy notables) para ir dando nuevas vueltas de tuerca con tal de evitar que tanto a él como al lector la historia que está contando les suene a algo manido y ya vivido. En cierto modo es una técnica similar a la de aquella película de Buster Keaton en la que éste, para variar, es sañudamente perseguido por el interior de una gran mansión cuyas habitaciones dan siempre sobre un escenario inesperado, pues al salir corriendo del comedor el perseguido cae de bruces en un desierto con palmeras y dromedarios, pero que comunica con un suntuoso dormitorio que da a su vez sobre la Antártida, de la cual pasa al cuarto de la plancha y de éste a una peluquería de señoras. O lo que fuera, pues recuerdo la música pero no la letra.  La novela se llama Invisible porque nada de lo que se ve es lo que parece, cada personaje añade una nueva visión que no contradice del todo la versión del anterior pero sí introduce perspectivas que la cambian hasta hacerla irreconocible.  Todo ello sin caer en la inverosimilitud, ni tampoco en el virtuosismo. El lector sabe estar atrapado en un juego de espejos y acepta gustoso el envite porque cada reflejo enriquece el anterior. Qué importa si alguien que puede saberlo de primera mano (la propia Gwyn) niega rotundamente la historia del incesto y la reduce a una simple posibilidad, algo que estuvo ahí y pudo ocurrir pero no pasó del deseo. El largo capítulo dedicado a los tórridos amores de los dos hermanos es un prodigio de intimidad, delicadeza y pasión, y ello basta para legitimar ese amor como real, con independencia de lo que diga después algún enterado.

                Llevado por el entusiasmo, el portadista de Anagrama encuentra un símil con el Corazón de las tinieblas, de Conrad, pero es eso, entusiasmo, porque ni siquiera Auster es capaz de insuflar aliento épico a una historia entre refinados profesores universitarios franceses, su amante inapetente de todo aquello que ocurra fuera de la cama y un poeta norteamericano en los inicios de su andadura. Es una novela muy interesante y que se lee con creciente interés hasta el inesperado final (claro), pero no gana nada comparándola con lo que ocurre cuando uno se adentra en los oscuros confines del río Congo.

 

Invisible

Paul Auster

Anagrama

[Publicado el 06/1/2010 a las 07:53]

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El lamento del perezoso

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Imaginemos un tipo que se pasa más de cuarenta años escribiendo sin que nadie le haga el menor caso. Para sobrevivir durante ese largo periodo de tiempo, y pagarse su voluntad de seguir escribiendo, ese autor de suerte esquiva habrá tenido que ejercer toda clase de oficios absurdos, incluido el que mecánico de bicicletas.

                Puestos a imaginar situaciones inverosímiles, pongamos que el susodicho autor, que por más señas es norteamericano, ve uno de sus libros traducidos y publicados en una diminuta editorial de una ignota provincia del imperio. Y que, por aquellas cosas que pasan, el libro se abre paso en la jungla literaria y termina siendo un fenómeno editorial con ventas millonarias en medio mundo. En cuyo caso cabe plantearse: ¿qué clase de obra publicará ahora ese hombre que de la noche a la mañana ha dejado de ser una oscura rata de biblioteca  y es ahora  una celebridad mundial?

                Seguro que, planteada la cuestión a escritores, editores, críticos y demás profesionales que viven del libro muy pocos, o por mejor decir, a ninguno se le ocurriría describir algo semejante a El lamento del perezoso.

                No pretendo decirle a nadie, y menos a un tipo como Sam Savage, cómo debe escribir sus libros, pero cualquier lector con criterio advierte que aquí concurren varios factores adversos, empezando por la imagen elegida como metáfora del protagonista. Porque el perezoso, ya sea en su vertiente animal o humana, merece de entrada toda la simpatía del lector. Pero, al menos en la versión humana, es complicado hacer de él un héroe, ni siquiera en la acepción moderna del antihéroe, debido a la conciencia judeocristiana que conforma al lector medio. Quiero decir: el perezoso humano suscita un primer reflejo de simpatía, o como poco de comprensión, si, como la cigarra, elige la inacción mientras la laboriosa (y odiada) hormiga se labra un sustento para los tiempos duros. Pero - y aquí se pone en marcha el mecanismo de la conciencia moral  del lector - el perezoso se convierte automáticamente en un pelmazo si se lamenta cuando le llegan los tiempos malos porque, al fin y al cabo, él se lo ha buscado.

                El agravante, en el caso del planteamiento de Sam Savage, es que Andy Whittaker, el antihéroe, no es un vago sino un perdedor tan arquetípico que desde las primeras líneas  queda muy claro que no tiene la menor posibilidad de sobrevivir. Con el agravante de que su problema no es la pereza sino la calamidad, es decir, ser un calamidad que no sabe administrar la herencia con cuyas rentas pensaba financiarse la escritura, como tampoco sabe administrar la desproporcionada inversión de trabajo y tiempo en una precaria e insignificante revista literaria de provincias, o en las novelas y cuentos que le han de dar la gloria. Por si fuera poco, ni siquiera administra bien sus relaciones sociales, profesionales y sentimentales, demostrando una rara habilidad  para decir o hacer lo que no debe, y para callarse y no hacer cuando una palabra a tiempo, o un gesto, podrían haberle salvado.

                Curiosamente, El lamento del perezoso resulta entretenida de leer porque, dejando de lado su toma de partido moral, el lector tiene un papel muy activo: se trata de un relato epistolar, montado exclusivamente a partir de las cartas que escribe el desgraciado Whittaker durante cuatro meses. Sus corresponsales son inquilinos que no sólo no le pagan sino que le acosan con toda clase de bajezas;  presuntos colaboradores de la revista, con los cuales tiene una divertida relación de amor odio; peleas con la ex esposa que le abandonó y que le exige destempladamente la pensión; la hermana y la madre, con las que mantiene un doloroso litigio. O incluso una ex amante a la que logra ofender tontamente ganándose a cambio una puñalada que le sangrará lo (poco) que le queda de vida. Son como miles de pinceladas en un lienzo progresivamente cargado de significación y cuya figura final es el lector quien la compone.

 El siempre agobiado Andrew Whittaker dice en algún momento que tiene un montón de novelas en la cabeza y que debe ir dándoles salida para llegar a las más significativas. Podría ser una metáfora del propio Savage, o una promesa de futuras sorpresas tan agradables como lo fue  Firmin, la novela sobre una rata de biblioteca que lo lanzó a la fama tras ser publicada por Seix Barral.

 

El lamento del perezoso

Sam Savage

Seix Barral

[Publicado el 30/12/2009 a las 12:13]

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Biografía

Javier Fernández de Castro (Aranda de Duero, Burgos, 1942) ha ejercido entre otros los oficios de corresponsal de prensa (Londres) y profesor universitario (San Sebastián), aunque mayoritariamente su actividad laboral ha estado vinculada al mundo editorial.  En paralelo a sus trabajos para unos y otros, se ha dedicado asiduamente a la escritura, contando en su haber con una decena de libros, en especial novelas. Desde hace unos años reside de forma permanente en  Barcelona.

Bibliografía

Entre sus novelas se podrían destacar Laberinto de fango (1981), La novia del capitán (1986), La guerra de los trofeos (1986), Tiempo de Beleño ( 1995) y La tierra prometida (Premio Ciudad de Barcelona 1999). En el año 2000 publicó El cuento de la mucha muerte, rebautizado como Crónica por el editor, y que es la continuación de La tierra prometida. En 2008 apareció en Editorial  Bruguera,  Tres cuentos de otoño, su primera pero no última incursión en el relato corto.

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