
[Publicado el 06/2/2012 a las 12:30]
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[Publicado el 30/1/2012 a las 11:13]
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Cambiar de idea es una heterogénea recopilación de ensayos, aunque tal vez fuera más preciso decir piezas de no ficción. En cualquier caso se trata de escritos, conferencias, reportajes y críticas literarias o cinematográficas que nada tienen que ver con el ensayo propiamente dicho, escrito por lo general con un ojo puesto en la Academia y el otro en los beneficios que aportará al currículo del autor. Zadie Smith es, antes que nada, una novelista que redondea sus ingresos haciendo toda clase de trabajos editoriales y periodísticos. Y a diferencia de los ensayistas universitarios, que parecen dar por perdida la figura del lector, Zadie Smith no sólo lo tiene siempre presente sino que entabla con él un diálogo continuo plagado de guiños, sobrentendidos y pequeñas confesiones personales, todo lo cual le da un encanto peculiar a sus escritos.
Sin que ello responda a una razón estructural, las piezas seleccionadas para el libro han sido agrupadas en cinco secciones (Leer, Ser, Ver, Sentir y Recordar) y en dicho ordenamiento reside uno de los peros que cabe hacerle al libro. Como bien saben los lectores que la siguen gracias a los libros publicados por Salamandra, Zadie Smith tiene una prosa vivaz, directa, sin florituras y (válgame Dios) humana, en el sentido de que todo el rato transmite el hálito de la persona que está luchando a brazo partido con las palabras, las ideas o la técnica para dar lo mejor de sí misma. Lo cual implica que nada de lo que escribe es abstruso, intelectual ni, por utilizar un término del que ella misma se vale, deconstructivo.
El problema reside en que sus referencias y preferencias culturales son inequívocamente británicas y contemporáneas, razón por la cual muchos de los autores y películas de las que habla no son plenamente conocidas del lector medio de habla española. Y ahí está por ejemplo el título del ensayo que abre el libro, titulado Sus ojos miraban a Dios: ¿qué significa soulful? Dado que las siguientes entradas sí hablan de autores conocidos (E.M. Foster, George Eliot, Nabokov, Kafka, etc) parecería lógico empezar el libro con cualquiera de ellos y atrapar de entrada al lector dejando para más adelante a los menos conocidos. Sus ojos miraban a Dios es una novela escrita en 1937 y firmada por Zora Neale Hurstonl una escritora de raza negra y cuya temática central es la negritud (y más concretamente la suerte de las mujeres negras). Su mayor virtud es su habilidad para reproducir el habla de los ex esclavos del sur. Aunque Círculo de Lectores la publicó en 1997, y hay una película de televisión interpretada por Helle Berry, dista mucho de ser un referente para el lector de habla española, y leer acerca de un libro que no se conoce bien no resulta muy estimulante.
Y ello trae a colación una invitación a realizar la lectura de este libro teniendo a mano un buen acceso a internet, pues éste puede ser un remedio excelente para salvar las lagunas referenciales que surgen a cada paso, como ocurre con Netherland: el club de cricket de Nueva York, de Joseph O´Neill ,y Residuos, de Ton McCarthy. Con respecto al primero creo que hay una edición en El Aleph( 2009) pero si no se tiene a mano se pueden encontrar en la red buenas noticias, como la que da ahora mismo Edmundo Paz Soldán en El Boomeran(g). En el caso de Tom McCarthy la búsqueda de referencias es todavía más precaria porque también es menos conocido y traducido. A pesar de lo cual merece mucho la pena documentarse bien acerca de ambos porque Zadie Smith se vale de ambos para ilustrar el capítulo "Dos direcciones para la novela", en el que, partiendo de la vieja cuestión de si el mundo puede o no ser interpretado por medio de la palabra, la autora lleva a cabo una brillante exposición de las respuestas que los novelistas contemporáneos van encontrando ante tan debatida cuestión.
Y lo mismo cabe decir para el capítulo que cierra el libro, "Entrevistas breves con hombres repulsivos: los obsequios difíciles de David Foster Wallace". Aunque Mondadori está haciendo lo imposible para ofrecerlo al lector de habla española, no es un autor fácil, dándose la desgraciada circunstancia de que no será posible conocer su evolución porque no pudo sobreponerse a la depresión crónica que se apoderó de él en los últimos años y acabó suicidándose. Y entre que era un autor fascinante, y que la lectura que hace de él Zadie Smith es estupenda, la lectura de ese capítulo - como el resto del libro en general - resulta altamente gratificadora.
Cambiar de idea
Zadie Smith
Salamandra
[Publicado el 23/1/2012 a las 13:04]
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[Publicado el 16/1/2012 a las 10:32]
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[Publicado el 09/1/2012 a las 10:40]
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[Publicado el 02/1/2012 a las 10:42]
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Oakley Hall (nacido en 1920 y muerto en 2008) es un escritor que dejó una veintena de notables novelas, muchas de ellas ambientadas en el Oeste y varias protagonizadas por el excelente periodista-detective llamado Ambrose Bierce (nada que ver con el escritor del mismo nombre). Durante más de veinte años estuvo al frente del taller de escritura de la Universidad de California, Irvine, del cual salió entre otros muchos el prestigioso Richard Ford. Fue además creador e impulsor de la Squaw Valley Community of Writers, una iniciativa que tenía como finalidad el que escritores consagrados o en ciernes pudieran convivir con críticos, agentes, editores y distribuidores. La perla más preciada salida de esa comunidad fue la superfamosa Amy Tan.
Sin embargo, y en contra de lo que pueda parecer viniendo de un experimentado profesor, la escritura de Oakley Hall no tiene una estructura compleja ni tampoco refleja su profundo conocimiento de las técnicas y artificios literarios. Tampoco le interesó reinventar un género o trascender un espacio físico (el Oeste) para convertirlo en un símbolo universal de la condición humana. Por el contrario, Hall es un narrador puro al que lo único que le interesaba de verdad era contar bien una historia que le apasionaba y que él encarnaba en unos personajes con los que se comprometía a fondo. Y no hay más que leerlo para comprobarlo.
Cronológicamente, Bad Lands es inmediatamente posterior a Warlock, una novela asimismo del Oeste que le valió un gran éxito de público pero también encendidos elogios de alguien como Thomas Pynchon. A todo el mundo le suena gracias a la versión cinematográfica que hizo Edward Dmytryck protagonizada por Richard Widmark, Henry Fonda y Anthony Quinn, y estrenada en España como “El hombre de las pistolas de oro”. Si la cito es porque, debido a su éxito, Hall debió de sentirse moralmente obligado a superarla pero sin imitarla. En Warlock, que en cierto modo recuerda la muy filmada matanza de Tombstone, un pistolero es contratado por la asociación de ciudadanos de Warlok para que imponga la ley y el orden. El recurso a la violencia y los límites que puede alcanzar ésta en el curso de su implantación planteaba una apasionante serie de problemas y contradicciones morales. En Bad Lands también hay ganaderos y granjeros, vaqueros y cuatreros que resuelven a tiros sus diferencias pero empuñando las armas ellos mismos, sin recurrir a pistoleros profesionales. En este caso el conflicto moral se deriva del hecho de que, en el fondo, todos tienen sus razones y nadie puede detentar en exclusiva la Razón: las Bad Lands, un amplísimo territorio de caza que abarcaba una gran parte de Dakota y donde, sólo tres años atrás pastaban 300.000 búfalos hoy extinguidos a tiros, se están viendo saturadas por la llegada de nuevos ganaderos y granjeros cuyos derechos chocan violentamente con los derechos de los ya instalados. El problema se agrava por la pretensión de los recién llegados de vallar unas propiedades que hasta entonces habían sido territorios libres en los que debido a la precariedad de las condiciones de vida predominaba la necesidad de cooperar unos con otros. La propiedad privada y su símbolo más odiado (la cerca de alambre espinoso) amenazan con arruinar los modos de vida tradicionales y de ahí el (irresoluble) conflicto de intereses.
Pero el gran atractivo de la novela son los personajes que se van a ver atrapados en los acontecimientos, entre los que destacan un aristócrata escocés que maneja con idéntica soltura la poesía que la pistola, bebedor irredento, degustador de mujeres y excesivo incluso en sus virtudes; su compinche, madame de un burdel que es como la quintaesencia de todos los burdeles del Oeste; pero también Mary, la desgraciada muchacha lisiada de una mano; el viejo trampero, obligado a vender su pistola al mejor postor porque ya no se puede ganar la vida con la caza o Andrew Livingstone, el banquero de Nueva York que ha ido a las Band Lands a cazar pero que se quedará tan fascinado por la belleza del lugar que se embarcará él mismo en la complicada aventura de convertirse en ganadero. Como digo, un novelón que, en contra de lo que suele ser habitual en los productos dirigidos a consumidores de literatura de quiosco, ocupa casi 500 páginas y, sobre todo, está muy bien escrito.
Bad Lands
Oakley Hall
Galaxia Gutenberg
[Publicado el 26/12/2011 a las 12:49]
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La experiencia demuestra que morir joven (y Carson McCullers lo hizo a los cincuenta años) no es la mejor forma de hacer frente al olvido. Y si encima de morir joven eres una persona de vida rara pero discreta, de salud enfermiza y poco dada a abusar de los focos y las candilejas casi se puede decir con tota seguridad que se trata de una candidata segura al anonimato.
Una de las causas de relativamente escaso aprecio multitudinario que acompañó a toda la trayectoria pública de Carson McCullers podría ser la oportunidad. O por mejor decir, la inoportunidad de dar a conocer a destiempo una obra cuyas características estaban poco acorde con los gustos y las necesidades sociales de la época.
En lo que se refiere al ámbito anglosajón, la tendencia la marcaban nombres de escrituras tan complejas como James Joyce o William Faulkner, mientras que las figuras públicas eran los Tennessee Williams (que siempre fue un defensor y protector a ultranza de su tímida compatriota sureña), Ernst Hemingway, Truman Capote o el propio Arthur Miller, es decir, hombres todos ellos muy comprometidos con la época y visitadores frecuentes de las primeras planas de los medios de comunicación. Gente de carácter recio y que por entender la escritura como un arma de combate aspiraba a influir en la sociedad. En cambio, la primera novela de Carson McCullers, El corazón es un cazador solitario (1941) le valió un sólido prestigio personal pero también un doloroso tropiezo sentimental: estaba casada desde los veinte años con un escritor mediocre llamado Reeves McCullers, para el cual la buena acogida de la novela de su esposa fue como el primer paso en una trayectoria descendente que terminaría en suicidio unos años más tarde en París, no sin antes haber hecho cuanto estuvo en su mano para hundirla a ella en la miseria. Como final de una historia de amor, resulta harto significativo el que, al enterarse en Nueva York de la muerte de su esposo en París, Carson McCullers se negara a hacerse cargo de la repatriación del cadáver y que incluso se negase a sufragar los gastos del entierro.
Una prosa limpia, sencilla y sin altibajos, sin rastros de técnicas narrativas de vanguardia y con gente humilde y sin relevancia como protagonistas poco tenía que hacer frente a la reciedumbre de los productos que sus contemporáneos estaban dando a la imprenta.
En el ámbito castellano la aparición de las primeras traducciones, Reflejos en un ojo dorado (1953), La balada del café triste (1958) o la propia Reloj sin manecillas (1961), fue saludada con gran aprecio pero sin que tuvieran repercusión alguna en los narradores de la época. La atención general estaba centrada en las últimas boqueadas de la literatura social y en las propuestas vanguardistas del movimiento surgido en torno al Nouveau Roman. Hasta que de repente hizo su aparición el pelotón de escritores latinoamericanos y el panorama de la narrativa castellana estalló literalmente (no en vano se habla de aquel momento como un boom) y las perspectivas ofrecidas por un movimiento cenital como era el Nouveau Roman se vieron definitivamente barridas por la prosa alegre, colorista e imaginativa liderada por Cien años de soledad.
En algún momento de Reloj sin manecillas se dice: “Sin duda la vida se compone de innumerables milagros cotidianos, la mayor parte de los cuales pasan inadvertidos”. A mi me parece una descripción muy acertada de la escritura de la propia Carson McCullers: la acción transcurre en un pueblecito del Deep Sur donde un viejo juez y un farmacéutico enfermo de muerte, y los criados negros, y las diferencias raciales o las minúsculas aspiraciones vitales de las generaciones siguientes transcurren sin altibajos y prácticamente desapercibidas (como los milagros cotidianos). El reloj sin manecillas es un conocido término carcelario, símbolo de un espacio sin tiempo donde las horas se siguen unas a otras sin más esperanza que la llegada de la última, la de la libertad. Una libertad que allí, en ese pueblo sureño enterrado en el calor y el olvido, tiene un extraño parecido con la muerte.
Reloj sin manecillas
Carson McCullers
Seix Barral
[Publicado el 19/12/2011 a las 11:23]
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Después de muchos años de olvido, y tras un notorio esfuerzo por recuperar la figura y la obra del excelente periodista sevillano, ahora coinciden en las librerías dos obras suyas de primera línea, aunque no sean de las más conocidas. Una de ellas es La defensa de Madrid, centrada en la figura del general Miaja, el hombre que tuvo a su cargo la defensa de la capital y que al final fue abandonado a su suerte por el gobierno de la República. Junto con el viejo, melancólico y desengañado general, el protagonista del relato es el pueblo de Madrid, tanto en su faceta de combatiente sin apenas medios como en su calidad de población civil que vive en sus carnes el progresivo ensañamiento de la aviación y la artillería rebeldes contra objetivos no militares en un intento despiadado por minar la moral de los combatientes. El libro es estremecedor porque, más allá de la retórica militar, el acento recae en el sufrimiento de unos hombres y mujeres sometidos al doble terror de los extremismos, ya fueran fascistas (desde el exterior) o revolucionarios (en el interior). Era la llamada Tercera España, desgarrada por sus extremos y a merced del odio y el afán de revancha de unos y otros. Y en medio un hombre, una sola voz clamando cordura, defensor de la libertad, aferrado desesperadamente al faro de la razón .
La objetividad en el punto de vista narrativo es la aportación más notoria de Chaves a la cada vez más copiosa bibliografía sobre la Guerra Civil española. En la segunda de sus obras que actualmente se encuentra en las librerías, A sangre y fuego, el lector nunca sabe qué va a encontrar en cualquiera de los nueve relatos que componen en volumen: ejemplos de la eufemísticamente llamada “justicia revolucionaria”; la guerra de exterminio llevada a cabo por una tropa de señoritos caballistas sevillanos; la violenta irrupción de fanáticos, desertores y saqueadores que se dicen a si mismos luchadores por el pueblo o estremecedores ejemplos de ferocidad y heroísmo en uno y otro bando. Al fin y al cabo quienes luchaban a uno y otro lado de las trincheras eran un solo y mismo pueblo al que Chaves Nogales se esfuerza por defender. .
Pero junto a la objetividad o ecuanimidad en el punto de vista narrativo, lo verdaderamente significativo en el quehacer de Chaves Nogales es su condición de escritor de una calidad extraordinaria. Y pongo varios ejemplos: en una estación de ferrocarril castellana ocupada por los militares rebeldes se espera la llegada de un tren de dinamiteros asturianos. Pero en su lugar llega un simple tren de pasajeros cuyo maquinista es detenido y obligado a saludar “como Dios manda”. Y al pobre hombre no se le ocurre mejor cosa que dar un “Viva la República” que, obviamente, le cuesta la vida allí mismo. O esa pobre muchacha que baila desnuda en un escenario cuando interrumpe el espectáculo la llegada de un grupo de forajidos armados hasta los diente: “los músicos de la orquestilla se callaron a destiempo, y la muchachita desnuda que estaba en el escenario se quedó más desnuda y encogida cuando le faltó incluso el son de la música con que únicamente se arropaba”. Un último ejemplo podría ser la descripción de Bigornia, un hombre gigantesco “herrero, hijo de herrero y nieto de herrero, había conocido en su infancia una fragua que no difería gran cosa de la de Vulcano, y, aunque el raudo progreso mecánico del siglo hubiese sometido su instinto y su fuerza natural a la deformación y el aguzamiento de la técnica, conservaba un fondo selvático de forjador primitivo, un hombre del bosque, fuerte y de gran resuello, que por primera vez junta el hierro, el fuego y el agua, sopla, golpea, templa e inventa el acero”. O las dos frases que cierran el libro:
“Daniel [un obrero sin más ideología que la del trabajo con el comprar pan para sus hijos], convertido en miliciano de la revolución, luchó como los buenos.
Y murió heroicamente luchando por una causa que no era la suya. Su causa, la de la libertad, no había en España quien la defendiese”.
Chaves Nogales sabía bien de qué hablaba porque cuando en 1937 se vio obligado a exilarse, era buscado por fascistas y revolucionarios aunados en su deseo de fusilarlo porque la libertad, como bien decía él mismo, no había quien la defendiera.
A sangre y fuego
Héroes, bestias y mártires de España
Manuel Chaves Nogales
Libros del Asteroide
[Publicado el 12/12/2011 a las 10:44]
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Pero se trataba de un proyecto maldito y desde el primer momento dio lugar a situaciones imposibles. Aunque visualmente los universos de Buzzati y Fellini sean opuestos, hay una extraña lógica en el planteamiento vital de ambos: para los dos, el mundo es un extravagante lugar regido por una misteriosa ley universal que puedes cuestionar e investigar, y que permite incluso intuir sus mecanismos, pero da lo mismo porque la suerte está echada y el desenlace final se escapa a todo intento de control”. Sin embargo, y pese a la coincidencia de fondo, la concreción de las peripecias de Domenico Nolo, al que Fellini le cambió el nombre por el de Guido Mastorna, se revelaron imposibles de compaginar y el novelista se retiró.
También hubo una extraña interrupción de la colaboración con Tullio Pinelli, el compinche con el que Fellini había urdido todas sus películas, desde ”I Vitelloni" (1953) hasta “Giulietta de los espíritus”, de ese mismo año 1965. Por alguna razón no bien explicada, tan fructífera colaboración se interrumpió para siempre. Fellini mientras tanto estaba tan lanzado con el proyecto que embarcó a Dino de Laurentis para que construyese todos los escenarios donde tendrían lugar las diferentes secuencias de la película para la que llegó a estar contratado Marcelo Mastroianni. Para dar una idea de a qué nivel iban los dos, en algún estudio de Cinecittá ha persistido una piscina repleta de aviones hundidos, uno de los cuales lleva el nombre de “Mastorna”.
Por eso, cuando por alguna otra razón tampoco bien explicada (la leyenda más repetida asegura que una vidente vaticinó a Fellini que moriría si pretendía realizar la película) el cineasta se negó a culminar el proyecto De Laurentis se lo tomó muy a mal y a resultas del juicio subsiguiente Fellini vio embargados todos sus bienes. Años más tarde el dibujante Milo Manara hizo una versión en cómic que está muy bien en sí misma y tuvo mucho éxito, pero que apenas si tiene nada que ver con la idea original porque las muy eróticas y estilizadas figuras femeninas del dibujante son lo más opuesto que se puede imaginar a esas mujeres desbordantes de carnes y deseos que tanto gustaban a Fellini.
Ahora Backlist reedita el guión de esa película maldita, ligeramente reelaborado para que se pueda leer como una novela. Y es “un fellini” en estado puro. Una vorágine de procesiones de obispos encabezadas por el papa, saltimbanquis, forzudos, mujeronas inmensas y demás personajes habituales encadenando escenas en las que todo lo que se dice en ellas es de inmediato negado por la “realidad “ posterior. “Volábamos sobre los Alpes”, dice uno de los pasajeros del avión de la secuencia inicial. “Pero hemos aterrizado ante la catedral de Colonia”, dice otro. “¿No íbamos a Florencia?”, remata un tercero. La vida, la muerte, el deseo, el sueño y la obsesión por el destino se entrecruzan en un lenguaje cinematográfico que recuerda mucho a lo que Fellini hizo después en “8 y medio”. Y el texto está entreverado de frases en las que resuena una extraña sinceridad: “La verdad es una aprehensión directa: no se llega a ella subiendo por una escalera de conceptos mentales”, dice uno de los muchos alter egos del narrador. El mismo que poco antes, hablando de su ex mujer, ha dicho con irreverente respeto: “ Una mujer excelente, pobrecilla, sigue dando clases de Historia de las Religiones, pero en la cama, me cago en la leche, era como el Mesías, nunca llegaba”.
Que, después de tantas pistas falsas y situaciones imposibles (por ejemplo el avión en el que escapa, atado con alambres y conducido por una niñita china) el bueno de Guido Manara culmine su destino y termine donde debía y haciendo lo que se disponía a hacer es uno más de los muchos guiños con los que Fellini, un maestro de las situaciones desesperadas, dirige al lector para tranquilizarlo. No es más que un cuento, parece decir el bueno de Federico.
El viaje de Mastorna
Federico Fellini
Backlist
[Publicado el 05/12/2011 a las 11:36]
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Entre sus novelas se podrían destacar Laberinto de fango (1981), La novia del capitán (1986), La guerra de los trofeos (1986), Tiempo de Beleño ( 1995) y La tierra prometida (Premio Ciudad de Barcelona 1999). En el año 2000 publicó El cuento de la mucha muerte, rebautizado como Crónica por el editor, y que es la continuación de La tierra prometida. En 2008 apareció en Editorial Bruguera, Tres cuentos de otoño, su primera pero no última incursión en el relato corto.
Traducciones

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