El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

jueves, 9 de febrero de 2012

 Crítica literaria de Javier Fernández de Castro

La carroza de Bolívar

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Todo parce indicar que los novelistas colombianos han decidido hacer caso omiso  de la pesada sombra del omnipresente García Márquez para buscar su propio camino. Y en esta tesitura Evelio Rosero ha hecho lo más correcto que cabe hacer al respecto, o sea, escribir una buena historia con independencia  de posibles parecidos o remedos. Que los hay, cómo no, pero a su manera.
En cierto modo La carroza de Bolívar podría ser leída como un ajuste de cuentas histórico. La ciudad de Pasto, donde está ambientada la novela,  plantó cara al “libertador” y pagó tan cara su osadía que casi doscientos años después de tan sangrientos sucesos todavía no se han cerrado las heridas. Para muchos habitantes de esa ciudad – y Evelio Rosero  es uno de ellos-, Bolívar es una figura mucho menos digna y heroica de lo que dicen los historiadores y hagiógrafos.  El propio autor ha confesado que muchas de las opiniones y hechos de escasa grandeza que se atribuyen  en Pasto al padre de la patria, y que se recogen en la novela, las escuchó él de niño a miembros de su familia que a su vez las habían escuchado de sus antepasados. Otro fondo documental abundantemente utilizado son los escritos de un historiador local llamado José Rafael Sañudo, cuyas investigaciones y conclusiones acerca de Bolívar le costaron no pocos disgustos en vida por chocar abiertamente con la versión oficial.
El proceso de demolición de la figura del controvertido político soñador de la Gran Colombia es una de las líneas argumentales más sólidas de la novela, pero no la más importante ni la que de verdad interesa al autor. La figura de Bolívar, y las reacciones  de adhesión o rechazo popular que provoca cualquier intento de negar la versión oficial constituyen el armazón que permite a Evelio Rosero contar una enloquecida historia de amor  en clave de comedia y tragedia, aparte de que los dos protagonistas - el doctor Justo Pastor Proceso López  y su esposa , Primavera Pinzón – se ven acompañados en el desarrollo de su pasión por una atractiva galería  de personajes locales  cuyas peripecias hacen de la lectura un ejercicio ameno y, a ratos, divertido.
El tiempo narrativo abarca desde el 28 de diciembre de 1966, día de los Inocentes, hasta el carnaval de Blancos y Negros que tiene lugar durante la primera semana del mese de enero.  En esos ocho o diez días siguientes, el doctor Justo Pastor y su esposa Primavera Pinzón van a vivir una historia de amor marcada por el ambiente grotesco y desaforado de las vísperas del carnaval. Entre la escena inicial, en la que el bienintencionado doctor trata de seducir a su mujer disfrazado de gorila, hasta a apoteosis final, en la que la celebración del carnaval da motivo a toda clase de transformismos y equívocos, el autor se las apaña para crear una atmósfera desquiciada y ostensiblemente sensual y apasionada en la que el amor, la política, la amistad o la prudencia son sometidas a toda clase de pruebas: las esposas beatas acaban demostrando ser unas hembras apasionadas, las esposas infieles son cruelmente  laceradas con un ramo de rosas y las hijas desfloradas sin que el hecho merezca mayor atención porque mientras tanto están pasando toda clase de sucesos bizarros y dignos de ser  atendidos una vez que el traspiés adolescente no parece que vaya a tener trascendencia. El doctor, el catedrático, el obispo, el alcalde, el artista o las esposas hacen cada cual su papel  en un entramado que poco a poco va tomando los tintes inequívocos de la tragedia. Cuando el doctor decide impulsar la creación de una carroza en la que el gran libertador desfilará por las calles haciendo de sí mismo (o al menos mostrando la faz que el doctor cree que debería exhibir en honor a la verdad) todo su entorno coincide: “No te dejarán mostrarlo como tú pretendes. Antes te matarán”.
Pero el carnaval arrecia y las calles de pueblan de personajes que se disfrazan de lo que quieren, o de lo que les gustaría, ser, y el doctor Justo Pastor Proceso López, nuevamente caracterizado de gorila, se encuentra  en la tesitura de quedarse a ver desfilar la carroza impulsada por él o ir en busca de su mujer, ahora en peligro de caer definitivamente en las garras del general. Y elija  lo que elija,  escogerá  lo que ya se ha convertido en su destino.

La carroza de Bolívar

Evelio Rosero
Tusquets

[Publicado el 06/2/2012 a las 12:30]

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El rey pálido

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En principio, rebuscar en los cajones del gran escritor recientemente fallecido y apañar con los fragmentos hallados un texto que permita sacar un rendimiento económico póstumo es una práctica deleznable y no por frecuente menos odiosa.El rey pálido entra de lleno en esta categoría, pero con importantes salvedades.
Como se sabe, David Foster Wallace sufría una depresión persistente y tan profunda que él mismo pidió ser ingresado en un centro donde le tuvieran vigilado las veinticuatro horas porque no estaba seguro de poder dominar sus tendencias suicidas. Por desgracia, y provechando un descuido de su esposa, David Foster Wallace se ahorcó el 12 de septiembre de 2008.
Es  probable que la propia certeza de que la muerte podía llegarle en cualquier momento le impulsara a disponer  –dentro de lo que cabe- el material que iba acumulando a fin de dar pistas acerca de cómo ordenarlo y darle la forma final.
Michel Pietsch, el encargado de editar El rey pálido reconoce en el prólogo que no tiene ni idea de qué hubiera hecho el propio Wallace, pues así como quedaron 12 capítulos (250 páginas) pulcramente ordenados y listos para su publicación, también quedaron varios centenares de páginas  que evidentemente hubieran sufrido un profundo proceso de reescritura y edición, aparte de que tampoco se sabe en qué orden  habrían quedado ubicadas en el texto final. En cuyo caso la pregunta es: ¿merece la pena echarse al coleto más de quinientas páginas de material inconcluso?
La respuesta es, rotundamente, sí. Junto con los Barth, Barthelme, Pynchon, Franzen y tantos otros, David Foster Wallace integra el nutrido pelotón de ilustres fracasados que, desconfiando de la capacidad del lenguaje para  contar el mundo con precisión, se han lanzado a la aventura de superar eso que la novelista inglesa Zadie Smith (otra que tal) denomina “el realismo lírico decimonónico de Balzac y Flaubert”, es decir, la narrativa tradicional con todos los aditamentos del posmodernismo,  realismo sucio y todo el resto de inventos ideados para vender lo mismo pero con un envoltorio diferente.
Al renunciar a las convenciones tradicionales de la  novela, Foster Wallace y muchos de los antes mencionados, se ven obligados a buscar sus fundamentos narrativos en valores que no son estrictamente literarios, pero que en cambio les dan resultados visibles. En el caso del autor de El rey pálido uno de esos fundamentos es un concepto del hecho narrativo desde la moral, o por decirlo en sus propias palabras, la producción de “una ficción apasionadamente moral, moralmente apasionada”. O también, por citar este  pasaje de una de sus Entrevistas breves con hombres repulsivos, “[…] la gran distinción entre el buen arte y el arte así así reside en  la finalidad del corazón del arte, la intención de la conciencia que se esconde detrás del texto. Tiene que ver con el amor. Con poseer la disciplina de hablar desde la parte de uno que es capaz de querer en lugar de la parte que sólo quiere ser querida….El lector deja atrás el arte verdadero con un peso mayor que cuando penetró en él. Está más lleno”.
Por volver a El rey pálido, el lector se va a encontrar con un texto caótico, desconcertante y en buena medida irritante, como esa sesentena larga de páginas (encima acribilladas a notas de extensión kilométrica) en las que sólo se describe el primer contacto de un personaje con lo que va a ser su lugar de trabajo en los próximos años. Medido en tiempo real, ese pasaje a duras penas abarca  un par de horas. O qué decir de las infinitas páginas dedicadas a describir morosamente el funcionamiento interno de la Agencia Tributaria norteamericana. O esos personajes que aparecen, son extensa y minuciosamente descritos y luego desaparecen para siempre sin que, en apariencia, cumplan una función en el conjunto del relato. Es decir que se trata de una novela que en lugar del desarrollo tradicional avanza por acumulación, y en ese sentido tiene razón el editor cuando reconoce que muchos de los fragmentos han sido colocados al azar: el orden en el relato se va formando en la mente del lector, que si tiene arrestos para seguir hasta el final va a ver recompensados de sobra sus esfuerzos. O para decirlo en palabras del propio Foster Wallace, saldrá con más peso que al entrar.   Y los incondicionales que ya hayan leído sus novelas anteriores van a encontrar gran parte de los temas y los tics habituales en este autor. Y también otra cosa: un agudo e indesmayable sentido del humor que atraviesa transversalmente el texto emergiendo a la superficie en los momentos más inesperados.

El rey pálido
David Foster Wallace
Mondadori

[Publicado el 30/1/2012 a las 11:13]

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Cambiar de idea

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Cambiar de idea es una heterogénea recopilación de ensayos, aunque tal vez fuera más preciso decir piezas de no ficción. En cualquier caso se trata de escritos, conferencias, reportajes y críticas literarias o cinematográficas que nada tienen que ver con el ensayo propiamente dicho, escrito por lo general con un ojo puesto en la Academia y el otro en los beneficios que aportará al currículo del autor.  Zadie Smith es, antes que nada, una novelista que redondea sus ingresos haciendo toda clase de trabajos editoriales y periodísticos. Y a diferencia de los ensayistas universitarios, que parecen dar por perdida la figura del lector, Zadie Smith no sólo  lo tiene siempre presente sino que entabla con él un diálogo continuo plagado de guiños, sobrentendidos y pequeñas confesiones personales, todo lo cual le da un encanto peculiar a sus escritos.

Sin que ello responda a una razón estructural, las piezas seleccionadas para el libro han sido agrupadas en cinco secciones (Leer, Ser, Ver, Sentir  y Recordar) y en dicho ordenamiento reside uno de los peros que cabe hacerle al libro. Como bien saben los lectores que la siguen gracias a los libros publicados por Salamandra, Zadie Smith tiene una prosa vivaz, directa, sin florituras y (válgame Dios) humana, en el sentido de que todo el rato transmite el hálito de la persona que está luchando a brazo partido con las palabras, las ideas  o la técnica para dar lo mejor de sí misma. Lo cual implica que nada de lo que escribe es abstruso, intelectual ni, por utilizar un término del que ella misma se vale, deconstructivo.

El problema reside en que sus referencias y preferencias culturales son inequívocamente británicas y contemporáneas, razón por la cual muchos de los autores y películas de las que habla no son plenamente conocidas del lector medio de habla española. Y ahí está por ejemplo el título del ensayo que abre el libro, titulado Sus ojos miraban a Dios: ¿qué significa soulful?  Dado que las siguientes entradas sí hablan de autores conocidos (E.M. Foster, George Eliot, Nabokov, Kafka, etc) parecería  lógico empezar  el libro con cualquiera de ellos y atrapar de entrada al lector dejando para más adelante a los menos conocidos. Sus ojos miraban a Dios es una novela escrita en 1937 y firmada por Zora Neale Hurstonl una escritora de raza negra y cuya temática central es la negritud (y más concretamente la suerte de las mujeres negras). Su mayor virtud es su habilidad para reproducir el habla de los ex esclavos del sur. Aunque Círculo de Lectores la publicó en 1997, y hay una película de televisión interpretada por Helle Berry, dista mucho de ser un referente para el lector de habla española, y leer acerca de un libro que no se conoce bien no resulta muy estimulante.

Y ello trae a colación  una invitación a realizar la lectura de este libro teniendo a mano un buen acceso a internet, pues éste puede ser un remedio excelente  para salvar las lagunas referenciales que surgen a cada paso, como ocurre con Netherland: el club de cricket de Nueva York, de Joseph O´Neill ,y Residuos, de Ton McCarthy.  Con respecto al primero creo que hay una edición  en El Aleph( 2009) pero si no se tiene a mano se pueden encontrar en la red buenas noticias, como la que da ahora mismo Edmundo Paz Soldán en El Boomeran(g).  En el caso de Tom McCarthy la búsqueda de referencias es todavía más precaria porque también es menos conocido y traducido. A pesar de lo cual merece mucho  la pena documentarse bien acerca de ambos porque Zadie Smith se vale de ambos para ilustrar el capítulo  "Dos direcciones para la novela", en el que, partiendo de la vieja cuestión de si el mundo puede o no ser interpretado por medio de la palabra, la autora lleva a cabo una brillante exposición de las respuestas que los novelistas contemporáneos van encontrando ante tan debatida cuestión.

Y lo mismo cabe decir para el capítulo que cierra el libro, "Entrevistas breves con hombres repulsivos: los obsequios difíciles de David Foster Wallace". Aunque Mondadori está haciendo lo imposible para ofrecerlo al lector de habla española, no es un  autor fácil, dándose la desgraciada circunstancia de que no será posible conocer su evolución porque no pudo sobreponerse a la depresión crónica que se apoderó de él en los últimos años y acabó suicidándose. Y entre que era un autor fascinante, y que la lectura que hace de él Zadie Smith es estupenda, la lectura de ese capítulo - como el resto del libro en general - resulta altamente gratificadora.

 

Cambiar de idea

Zadie Smith

Salamandra

[Publicado el 23/1/2012 a las 13:04]

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El cartógrafo de Lisboa

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A primera vista podría parecer que para  novelar un suceso histórico bien conocido – por ejemplo el descubrimiento de América –  uno no necesita romperse mucho los cascos porque, en líneas generales, el argumento ya está inventado. Sin embargo, a la hora de la verdad  resulta que sí es necesario agudizar el ingenio porque el lector conoce la historia en líneas generales y espera algo más que un simple remedo o recreación de los hechos históricos. Y en este sentido El cartógrafo de Lisboa es un ejemplo extremo de inventiva y búsqueda de material narrativo novedoso.
Puesto en la tesitura de no caer en la rutina, el autor parece haber obedecido a un reflejo personal.  Profesionalmente, Erik Orsenna pertenece al Consejo de Estado francés y ha sido asesor de altos funcionarios gubernamentales. Es decir, es un hombre acostumbrado a moverse en los estadios más altos del poder pero siempre desde un discreto segundo plano. Y eso es lo que ha hecho en su novela. En lugar de centrarse en el verdadero descubridor de América, Cristóbal Colón, ha preferido darle voz a su hermano Bartolomé, hombre de confianza y mano derecha del Almirante pero que siempre se mantuvo en segundo plano.
Y quizás por el mismo reflejo personal, en lugar de arrancar la historia en aquel luminoso 3 de agosto de 1492 en que las tres carabelas partieron hacia lo desconocido desde el puerto de Palos, Erik Orsenna ha elegido una vía mucho menos espectacular y directa. La casi totalidad del relato transcurre en Lisboa antes del Descubrimiento, mientras que el final tiene lugar en Santo Domingo, unos años después de la muerte del Almirante. Puesto en términos clásicos, esta sería una novela con planteamiento y desenlace, quedando el nudo a disposición del lector para que lo desarrolle a su gusto.
Es cierto que Bartolomé Colón trabajó como cartógrafo en Lisboa al servicio de la corona portuguesa, y hasta se conserva en Italia un mapa de las Indias Occidentales que un Alessandro Zorzi dibujó siguiendo sus instrucciones (y que contiene tantos y tan notorios errores relativos a las distancias y la situación de los continentes que incluso asombra que las naves españolas  fuesen y volviesen tantas veces de América sin perderse). Pero tampoco es una biografía del hermano casi desconocido de los Colón. Lo que de verdad interesa a Erik Orsenna es el ambiente que se vivía en Lisboa en vísperas de la gran aventura, cuál era la mentalidad imperante y el grado de desarrollo de la navegación o los límites del conocimiento de las ciencias relacionadas con ésta. Y para cumplir lo propuesto ofrece una  magnífica galería de personajes, ocurrencias  y parajes de la capital lisboeta: la prostituta que se ganaba la vida gracias a su oreja izquierda, la navegación como fabricante de viudas, las andanzas de éstas en el Bosque de los Ciegos, la llegada de aves y animales exóticos a Lisboa o la evocación de los temibles dogos devoradores de indios  son hallazgos felices pero que sobre todo ilustran el ambiente y las transformaciones que estaba experimentando el mundo gracias al impulso otorgado por el rey Enrique el Navegante a las exploraciones marítimas.
Desde su oficio de cartógrafo al servicio de una importante empresa de elaboración de mapas, y gracias a su estrecho contacto y colaboración con su hermano Cristóbal, Bartolomé Colón se convierte en un testigo privilegiado de la fase previa al Descubrimiento. Los notorios avances de los marinos portugueses a lo largo de las costas de África y la progresiva convicción de que ahí estaba la puerta de acceso a Oriente hacía cada vez más inverosímil el empeño del marino genovés por ver aprobada su idea de llegar a Las Indias por el lado contrario, o sea salir hacia el oeste con intención de llegar al este. Sin grandilocuencias ni visiones enfebrecidas, más bien como si se tratase de una chifladura personal, Bartolomé Colón colabora con su hermano y durante años ayuda a éste a encontrar pruebas documentales y testimonios personales que avalen su proyecto. Y es muy característico del papel secundario de Bartolomé el hecho de que él estuviese visitando diversas cortes europeas recabando apoyo para su hermano mientras  éste, aprovechando un repentino voto favorable de la corona castellana, parte hacia América sin avisarle, de manera que el fiel y oscuro colaborador  es casi el último en enterarse  de que la historia del mundo ha sufrido un vuelco sensacional gracias al descubrimiento de las Indias Occidentales.

El cartógrafo de Lisboa
Erik Orsenna
Tusquets

[Publicado el 16/1/2012 a las 10:32]

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La vida de las mujeres

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Tratándose de Alice Munro, mundialmente reconocida como una de las mejores narradoras contemporáneas, decir que La vida de las mujeres es una novela puede llamar a engaño porque no sigue el clásico esquema del planteamiento, nudo y desenlace, ni hay tampoco una relación estructural entre sus diversas facetas argumentales. Es cierto que hay una narradora única, Del Jordan, una niña que tiene ocho o diez años al inicio de la narración y a la que dejamos camino del autobús que ha de llevarla a enfrentarse a su destino asiendo con mano firme una maleta y los mimbres con los que urdirá su propia vida. Para decirlo de una vez, La vida de las mujeres es una deliciosa exploración del mundo a través de las experiencias de una niña-mujer. El  titulo original, Lives of Girls and Women , expresaba mejor una dualidad que constituye uno de sus mejores aciertos.
Alice Munro tenía ya cuarenta años cuando llevó a cabo esta su primera y única incursión en el ámbito de la novela. Es decir, era ya una mujer  adulta, casada y con dos hijas, cuando eligió darle voz en primera persona a una niña que inicia la exploración del mundo a partir de su propia familia para luego ir ampliando el campo de conocimiento a costa de los vecinos de la diminuta aldea en la que vive: los maestros, los compañeros de clase, las amigas y las confidencias secretas entre ellas, etc. Hay que agradecerle a Alice Munro  que, aun a costa de forzar hasta sus últimas consecuencias la convención o alianza entre el narrador y el lector, en ningún momento trate de ocultar que escribe una persona adulta, ni pretenda por tanto imitar las expresiones, actitudes y perplejidades infantiles. Esa contención, la habilidad para ir mostrando contenidamente la curiosidad, las reflexiones o los  hallazgos propios de una niña, escalonando la progresiva incorporación de ésta a los arcanos de la vida de los mayores es uno de los mejores logros de la novela.
Otro acierto correlativo, y este podría hacerse extensivo a todo lo escrito por Alice Munro, es su extraordinaria habilidad para, sin salir de lo cotidiano y reconocible, pasar de pronto a lo más profundo del alma humana sin alterar el lenguaje familiar.  Y si no ,véase este fragmento del arranque del capítulo titulado “Cambios y ceremonias”:
“El odio de los chicos era penetrante y vivo, un legado prodigioso […]El odio de las chicas, en comparación, parecía confuso y lacrimógeno, amargamente defensivo. Los chicos se te echaban encima con sus bicicletas y hendían el aire por donde habías pasado, grandiosamente, sin piedad, como si lamentaran no tener cuchillos en las ruedas. Y decían cualquier cosa.
Decían, en voz baja: “Hola, furcias”.
Decían: “Eh, ¿dónde tenéis el agujero de follar?”, con un tono de alegre repugnancia.
Decían cosas que te arrebataban la libertad de ser lo que querías, te reducían a lo que ellos veían, y eso solo bastaba para provocarles arcadas”.
O más adelante, cuando finalmente “lo ha hecho” del todo con un gañán que se ha echado de novio: “Después de esas sesiones junto al río volvía a casa y no podía conciliar el sueño, a veces hasta el amanecer, no por las tensiones no liberadas, como cabría esperar, sino porque tenía que revivir, no podía soltar, los grandes dones que había recibido […] El sexo me parecía la rendición, no de la mujer al hombre, sino de la persona al cuerpo, un acto de fe pura, la libertad en la humildad”.
Ya se que son dos citas abusivamente largas, pero las reproduzco desde la convicción de que ellas expresan mucho mejor de lo que pueda hacerlo yo, la asombrosa facilidad para reflejar eso que los anglosajones  llaman insight, la visión que permite atravesar la superficie y llegar al fondo, pero expresándolo con sencillez y sin necesidad de recurrir a imágenes oscuras y rebuscadas. Esos cuchillos que los chicos quisieran llevar en las ruedas de sus bicicletas, esa repugnancia que les queda después de haber reducido a un agujero el objeto de su deseo, o esa entrega de la persona al cuerpo en el acto amoroso. No se puede decir más con menos palabras.

La vida de las mujeres
Alice Munro
Lumen

[Publicado el 09/1/2012 a las 10:40]

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Los nombres

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Partiendo de la base de que nadie sabe de antemano por qué se venden mucho unos libros y otros no (si alguien lo supiera estaría produciendo best-sellers todo el tiempo y sería más rico que las petroleras) Don DeLillo es un enigma total. En Estados Unidos goza de gran prestigio y popularidad (ventas), gana premios importantes y está traducido a las principales lenguas cultas. Reduciendo Los nombres a su esquema más elemental podría sonar así: un grupo de privilegiados norteamericanos auto exilados (banqueros, altos ejecutivos, analistas de riesgo, un director cinematográfico de culto) viajan por Oriente Medios y coinciden ocasionalmente en una isla griega de las Cícladas. La muerte a martillazos de un anciano tullido les llama la atención y  las discretas averiguaciones posteriores hacen recaer la autoría sobre una secta secreta practicante de sacrificios humanos. La sucesión de muertes rituales en diversos países de Oriente Medio y los sucesos dentro del propio grupo de afortunados  investigadores (espionajes mutuos, aparición de la CIA bajo el disfraz de la empresa a la que pertenece el  personaje protagonista, rupturas e infidelidades dentro del grupo, etc) enrarecen y tensionan el ambiente y hacen temer un desenlace trágico. Es decir, un esquema que parece destinado a un best-seller como los hay a docenas en las librerías, con todos los ingredientes de sexo, alcohol, glamour, sectas , conspiraciones y espías de altos vuelos.
Y sin embargo Los nombres apenas si responde vagamente a lo que el esquema promete.  En primer lugar porque la presencia física, espiritual y simbólica de Grecia tiene un protagonismo casi constante, y muchas veces la influencia de la luz, las formas, los olores o la atmósfera reciben más atención que los conspiradores, por poner un ejemplo; en segundo lugar, los personajes están tratados con una técnica que podría denominarse tangencial, ya que la mayoría de las veces empiezan siendo anecdóticos respecto a la narración y sólo poco a poco ésta va centrándose en ellos casi sin llamar la atención. Y en tercer lugar porque la visión general, en sentido profundo de la existencia que une, dirige y condiciona a los personajes y los sucesos recibe una atención primordial pero igualmente discreta.
Obviamente, este tratamiento del material narrativo impone una cadencia pausada y distendida que nada tiene que ver con el tremendismo y la aceleración inherentes a la literatura de consumo. Por poner un ejemplo, la secta de asesinos rituales no hace su aparición hasta pasadas las cien primeras páginas y ni siquiera entonces en ningún momento se apodera de la acción ni absorbe la atención del lector. Mas bien es como un leit motiv de fondo que da lugar a discusiones sobre el lenguaje y el significado de las palabras y las acciones que estas designan. Y también el motivo para el clímax que propicia la aparición de la CIA, la cual, a su vez, tampoco es una irrupción estelar. “¿Qué hace un analista de riesgos?”, pregunta en un momento determinado uno de los personajes. Respuesta: “Política”.  Un analista de riesgos es una suerte de consejero de inversiones y necesita estar al tanto de la realidad de una región para apoyar o desaconsejar una inversión a sus adinerados clientes. Por lo tanto no puede tomarle de nuevas la presencia de la CIA en Oriente Medio ni su aparición le puede resultar estrepitosa. El analista deja la empresa por una cuestión de estrategia profesional y no porque moralmente le parezca mal colaborar con un organismo que recibe la siguiente descripción: “Si Norteamérica es el mito viviente de nuestro mundo, la CIA es el mito viviente de Norteamérica”. Aunque en  Los nombres no sea tan acusado como en otras novelas, el interés de DeLillo por  el papel de Norteamérica en el mundo y su condición de chivo expiatorio es crucial en su narrativa, hasta el extremo de que un autor como Martin Amis lo ha trivializado calificándolo de “poeta de la paranoia”.  El papel de líder mundial que ejerce Norteamérica le confiere grandes ventajas pero también inconvenientes que los personajes de DeLillo resienten como propios. Están en el mundo para influir (a favor de su país) y por lo tanto saben no ser inocentes.
En definitiva, como decía al comenzar,  Los nombres es una novela muy singular y que atraerá desde las primeras páginas a quienes sepan gustar del ritmo lento y una cierta delectación por las atmósferas y la recreación sutil de personajes.
    

Los nombres
Don DeLillo
Seix Barral

[Publicado el 02/1/2012 a las 10:42]

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Bad Lands

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Últimamente resulta tan raro encontrar una buena novela del Oeste que los amantes del género debieran saludar la aparición de Bad Lands como un acontecimiento. Porque se trata de un auténtico y genuino “novelón” ambientado en un territorio salvaje poblado de gente ruda y entregada  a toda clase de excesos violentos, pero que también cumple todos los ritos del género, con estampidas de ganado, rodeos, cabalgadas vertiginosas, tiros y un desaforado consumo de whisky en el salón del pueblo.

 

Oakley Hall (nacido en 1920  y muerto en 2008) es un escritor que dejó una veintena de notables novelas, muchas de ellas ambientadas en el Oeste y  varias protagonizadas por el excelente periodista-detective llamado Ambrose Bierce (nada que ver con el escritor del mismo nombre). Durante más de veinte años estuvo al frente del taller de escritura de la Universidad de California, Irvine, del cual salió entre otros muchos el prestigioso Richard Ford. Fue además creador e impulsor de la Squaw Valley Community of Writers, una iniciativa que tenía como finalidad el que escritores consagrados o en ciernes pudieran convivir con críticos, agentes, editores y distribuidores. La perla más preciada salida de esa comunidad fue la superfamosa Amy Tan.

Sin embargo, y en contra de lo que pueda parecer viniendo de un experimentado profesor, la escritura de Oakley Hall no tiene una estructura compleja ni tampoco refleja su profundo conocimiento de las técnicas y artificios literarios. Tampoco le interesó reinventar un género o trascender un espacio físico (el Oeste) para convertirlo en un símbolo universal de la condición humana. Por el contrario, Hall es un narrador puro al que lo único que le interesaba de verdad era contar bien una historia que le apasionaba y que él encarnaba en unos personajes con los que se comprometía a fondo. Y no hay más que leerlo para comprobarlo.

Cronológicamente, Bad Lands es inmediatamente posterior a Warlock, una novela asimismo del Oeste que le valió un gran éxito de público pero también encendidos elogios de alguien como Thomas Pynchon. A todo el mundo le suena gracias a la versión cinematográfica que hizo  Edward Dmytryck protagonizada por Richard Widmark, Henry Fonda y Anthony Quinn, y estrenada en España como “El hombre de las pistolas de oro”. Si la cito es porque, debido a su éxito, Hall debió de sentirse moralmente obligado a superarla pero sin imitarla. En Warlock, que en cierto modo recuerda la muy filmada matanza de Tombstone, un pistolero es contratado por la asociación de ciudadanos de Warlok para que imponga la ley y el orden. El recurso a la violencia y los límites que puede alcanzar ésta en el curso de su implantación planteaba una apasionante serie de problemas y contradicciones morales. En Bad Lands también hay ganaderos y granjeros, vaqueros y cuatreros que resuelven a tiros sus diferencias pero empuñando las armas ellos mismos, sin recurrir  a pistoleros profesionales. En este caso el conflicto moral se deriva del hecho de que, en el fondo, todos tienen sus razones y nadie puede detentar en exclusiva la Razón: las Bad Lands, un amplísimo territorio de caza que abarcaba una gran parte de Dakota y donde, sólo tres años atrás pastaban 300.000 búfalos hoy extinguidos a tiros, se están viendo saturadas por la llegada de nuevos ganaderos y granjeros cuyos derechos chocan violentamente con los derechos de los ya instalados. El problema se agrava por la pretensión de los recién llegados de vallar unas propiedades que hasta entonces habían sido territorios libres en los que debido a la precariedad de las condiciones de vida predominaba la necesidad de cooperar unos con otros. La propiedad privada y su símbolo más odiado (la cerca de alambre espinoso) amenazan con arruinar los modos de vida tradicionales y de ahí el (irresoluble) conflicto de intereses.

Pero el gran atractivo de la novela son los personajes que se van a ver atrapados en los acontecimientos, entre los que destacan un aristócrata escocés que maneja con idéntica soltura la poesía que la pistola, bebedor irredento, degustador de mujeres y excesivo incluso en sus virtudes; su compinche, madame de un burdel que es como la quintaesencia de  todos los burdeles del Oeste; pero también Mary, la desgraciada muchacha lisiada de una mano; el viejo trampero, obligado a vender su pistola al mejor postor porque ya no se puede ganar la vida con la caza o Andrew Livingstone, el banquero de Nueva York que ha ido a las Band Lands a cazar pero que se quedará tan fascinado por la belleza del lugar que se embarcará él mismo en la complicada aventura de convertirse en ganadero. Como digo, un novelón que, en contra de lo que suele ser habitual en los productos dirigidos a consumidores de literatura de quiosco, ocupa casi 500 páginas y, sobre todo, está muy bien escrito.

 

 Bad Lands

Oakley Hall

Galaxia Gutenberg

[Publicado el 26/12/2011 a las 12:49]

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Reloj sin manecillas

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La reaparición de Carson McCullers en librerías, en esta ocasión se trata de su última novela, Reloj sin manecillas, constituye una buena ocasión para releer a esta excelente narradora sureña que nunca tuvo demasiada suerte con la fama y el reconocimiento público. Para entendernos, fue una escritora merecedora de más prestigio que ventas, y alguien de la talla de Arthur Miller incluso la consideró siempre “una novelista menor”.

 

La experiencia demuestra que morir joven (y Carson McCullers lo hizo a los cincuenta años) no es la mejor forma de hacer frente al olvido. Y si encima de morir joven eres una persona de vida rara pero discreta, de salud enfermiza y poco dada a abusar de los focos y las candilejas casi se puede decir con tota seguridad que se trata de una candidata segura  al anonimato.

Una de las causas de relativamente escaso  aprecio multitudinario que acompañó a toda la trayectoria pública de Carson McCullers podría ser la oportunidad. O por mejor decir, la inoportunidad de dar a  conocer  a destiempo una obra  cuyas características estaban poco acorde con los gustos y las necesidades sociales de la época.

En lo que se refiere al ámbito anglosajón, la tendencia la marcaban nombres de escrituras tan complejas como James Joyce o William Faulkner, mientras que las figuras públicas eran los Tennessee Williams (que siempre fue un defensor y protector a ultranza de su tímida compatriota sureña), Ernst Hemingway, Truman Capote o el propio Arthur Miller, es decir, hombres todos ellos muy comprometidos con la época y visitadores frecuentes de las primeras planas de los medios de comunicación.  Gente de carácter recio y que por entender la escritura como un arma de combate aspiraba a influir en la sociedad. En cambio,  la primera novela de Carson McCullers, El corazón es un cazador solitario (1941) le valió un sólido prestigio personal pero también un doloroso tropiezo sentimental: estaba casada desde los veinte años con un escritor mediocre llamado Reeves McCullers, para el cual  la buena acogida de la novela de su esposa fue como el primer paso en una trayectoria descendente que terminaría en suicidio unos años más tarde en París, no sin antes haber hecho cuanto estuvo en su mano para hundirla a ella en la miseria. Como final de una historia de amor, resulta harto significativo el que, al enterarse en  Nueva York de la muerte de su esposo en París, Carson McCullers se negara a hacerse cargo de la repatriación del cadáver y que incluso se negase a sufragar los gastos del entierro.

Una prosa limpia, sencilla y sin altibajos, sin rastros de técnicas narrativas de vanguardia y con gente humilde y sin relevancia como protagonistas poco tenía que hacer frente a la reciedumbre de los productos que sus contemporáneos estaban dando a la imprenta.

En el ámbito castellano la aparición de las primeras traducciones, Reflejos en un ojo dorado (1953), La balada del café triste (1958) o la propia Reloj sin manecillas (1961), fue saludada con gran aprecio pero sin que tuvieran  repercusión alguna en los narradores de la época. La atención general estaba centrada en las últimas boqueadas de la literatura social y en las propuestas vanguardistas  del movimiento surgido en torno al Nouveau Roman. Hasta que de repente hizo su aparición el pelotón de escritores latinoamericanos y el panorama de la narrativa castellana estalló literalmente (no en vano se habla de aquel momento como un boom) y las perspectivas ofrecidas por un movimiento cenital como era el Nouveau Roman se vieron definitivamente barridas por la prosa alegre, colorista e imaginativa liderada por Cien años de soledad.

En algún momento de Reloj sin manecillas se dice: “Sin duda la vida se compone de innumerables milagros cotidianos, la mayor parte de los cuales pasan inadvertidos”. A mi me parece una descripción muy acertada de la escritura de la propia Carson McCullers: la acción transcurre en un pueblecito del Deep Sur donde un viejo juez y un farmacéutico enfermo de muerte, y los criados negros, y las diferencias raciales o las minúsculas aspiraciones vitales de las generaciones siguientes transcurren sin altibajos y prácticamente desapercibidas (como los milagros cotidianos). El reloj sin manecillas es un conocido término carcelario, símbolo de un espacio sin tiempo donde las horas se siguen unas a otras  sin más esperanza que la llegada de la última, la de la libertad. Una libertad que allí, en ese pueblo sureño enterrado en el calor y el olvido, tiene un extraño parecido con la muerte.

 

Reloj sin manecillas

Carson McCullers

Seix Barral

[Publicado el 19/12/2011 a las 11:23]

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A sangre y fuego

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Si fuera costumbre poner a la puerta de las librerías un Cuaderno de Recomendaciones casi seguro que una de sus primeras entradas diría: “Compre a ciegas cualquier libro de Manuel Chaves Nogales que caiga en sus manos porque todos ellos son excelentes”.

Después de muchos años de olvido, y tras un notorio esfuerzo por recuperar la figura y la obra del  excelente periodista sevillano, ahora coinciden en las librerías dos obras suyas de primera línea, aunque no sean de las más conocidas. Una de ellas es La defensa de Madrid, centrada en la figura del general Miaja, el hombre que tuvo a su cargo la defensa de la capital y que al final fue abandonado a su suerte por el gobierno de la República. Junto  con el viejo, melancólico y desengañado general, el protagonista del relato es el pueblo de Madrid, tanto en su faceta de combatiente sin apenas medios como en su calidad de población civil que vive en sus carnes el progresivo ensañamiento de la aviación y la artillería rebeldes contra objetivos no militares en un intento despiadado por  minar la moral de los combatientes. El libro es estremecedor porque, más allá de la retórica militar, el acento recae en el sufrimiento de unos hombres y mujeres sometidos al doble terror de los extremismos, ya fueran fascistas (desde el exterior) o revolucionarios (en el interior). Era la llamada Tercera España, desgarrada por sus extremos y a merced del odio y el afán de revancha de unos y otros. Y en medio un hombre, una sola voz clamando cordura, defensor de la libertad, aferrado desesperadamente al faro de la razón .

La objetividad en el punto de vista narrativo es la aportación más notoria  de Chaves a la cada vez más copiosa bibliografía sobre la Guerra Civil española. En la segunda de sus obras que actualmente se encuentra en las librerías, A sangre y fuego, el lector nunca sabe qué va a encontrar en cualquiera de los nueve relatos que componen en volumen: ejemplos de la eufemísticamente  llamada “justicia revolucionaria”; la guerra de exterminio llevada a cabo por una tropa de señoritos caballistas sevillanos; la violenta irrupción de fanáticos, desertores y saqueadores que se dicen a si mismos luchadores por el pueblo o estremecedores ejemplos de ferocidad y heroísmo en uno y otro bando. Al fin y al cabo quienes luchaban a uno y otro lado de las trincheras eran un solo y mismo pueblo al que Chaves Nogales se esfuerza por defender. .

Pero junto a la objetividad o ecuanimidad en el punto de vista narrativo, lo verdaderamente significativo en el quehacer de Chaves Nogales es su condición de escritor de una calidad extraordinaria. Y pongo varios ejemplos: en una estación de ferrocarril castellana ocupada por los  militares rebeldes se espera la llegada de un tren de dinamiteros asturianos. Pero en su lugar llega un simple tren de pasajeros cuyo maquinista es detenido y obligado a saludar “como Dios manda”. Y al pobre hombre no se le ocurre mejor cosa que dar un “Viva la República” que, obviamente, le cuesta la vida allí mismo. O esa pobre muchacha que baila desnuda en un escenario  cuando interrumpe el espectáculo la llegada de un grupo de forajidos armados hasta los diente: “los músicos de la orquestilla se callaron a destiempo, y la muchachita  desnuda que estaba en el escenario se quedó más desnuda y encogida cuando le faltó incluso el son de la música con que únicamente se arropaba”. Un  último ejemplo podría ser la descripción de Bigornia, un hombre gigantesco  “herrero, hijo de herrero y nieto de herrero, había conocido en su infancia una fragua que no difería gran cosa de la de Vulcano, y, aunque el raudo progreso mecánico del siglo hubiese  sometido su instinto y su fuerza natural a la deformación y el aguzamiento de la técnica, conservaba un fondo selvático de forjador primitivo, un hombre del bosque, fuerte y de gran resuello, que por primera vez junta el hierro, el fuego y el agua, sopla, golpea, templa e inventa el acero”. O las dos  frases que cierran el libro:

“Daniel  [un obrero sin más ideología que la del trabajo con el comprar pan para sus hijos], convertido en miliciano de la revolución, luchó como los buenos.

Y murió heroicamente luchando por una causa que no era la suya. Su causa, la de la libertad, no había en España quien la defendiese”.

                Chaves Nogales sabía bien de qué hablaba porque cuando en 1937 se vio obligado a exilarse, era buscado por fascistas y revolucionarios aunados en su deseo de fusilarlo porque la libertad, como bien decía él mismo, no había quien la defendiera.

 

 

A  sangre y fuego

Héroes, bestias y mártires de España

Manuel Chaves Nogales

Libros del Asteroide

[Publicado el 12/12/2011 a las 10:44]

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El viaje de Mastorna

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En 1965 tuvo lugar un sincero pero fallido intento de colaboración entre Dino Buzzati y Federico Fellini.  Pese a la fama universal que le había valido su novela El desierto de los tártaros (1940), el primero continuaba siendo un hombre huraño y extrañamente reacio a ser considerado un escritor. “Sólo cuento historias”, solía decir. Una de ellas, El extraño viaje de Domenico Nolo, era la que había atraído la atención de Fellini y la causa del fallido intento de colaboración.

 

Pero se trataba de un proyecto maldito y desde el primer momento dio lugar a situaciones imposibles. Aunque visualmente los universos de Buzzati y Fellini sean opuestos, hay una extraña lógica en el planteamiento vital de ambos: para los dos, el mundo es un extravagante lugar regido por una misteriosa ley universal que puedes cuestionar e investigar, y que permite incluso intuir sus mecanismos, pero da lo mismo porque la suerte está echada y el desenlace final se escapa a todo intento de  control”. Sin embargo, y pese a la coincidencia de fondo, la concreción de las peripecias de Domenico Nolo, al que Fellini le cambió el nombre por el de Guido Mastorna, se revelaron imposibles de compaginar y el novelista se retiró.

También hubo una extraña interrupción de la colaboración con Tullio Pinelli, el compinche con el que Fellini había urdido todas sus películas, desde ”I Vitelloni" (1953) hasta “Giulietta de los espíritus”, de ese mismo año 1965. Por alguna razón no bien explicada, tan fructífera colaboración se interrumpió para siempre. Fellini mientras tanto estaba tan  lanzado con el proyecto que embarcó a Dino de Laurentis para que construyese todos los escenarios donde tendrían lugar las diferentes secuencias de la película para la que llegó a estar  contratado Marcelo Mastroianni. Para dar una idea de a qué nivel iban los dos, en algún estudio de Cinecittá ha persistido una piscina repleta de aviones hundidos, uno de los cuales lleva el nombre de “Mastorna”.

Por eso, cuando por alguna otra razón tampoco bien explicada (la leyenda más repetida asegura que una vidente vaticinó a Fellini que moriría si pretendía realizar la película) el cineasta se negó a culminar el proyecto De Laurentis se lo tomó muy a mal y a resultas del juicio subsiguiente Fellini vio embargados todos sus bienes. Años más tarde el dibujante Milo Manara hizo una versión en cómic que está muy bien en sí misma y tuvo mucho éxito, pero que apenas si tiene nada que ver con la idea original porque las muy eróticas y estilizadas figuras femeninas del dibujante son lo más opuesto que se puede imaginar a esas mujeres desbordantes de carnes y deseos que tanto gustaban a Fellini.

Ahora Backlist reedita el guión de esa película maldita, ligeramente reelaborado para que se pueda leer como una novela. Y es “un fellini” en estado puro. Una vorágine de procesiones de  obispos encabezadas por el papa, saltimbanquis, forzudos, mujeronas inmensas y demás personajes habituales encadenando escenas en las que todo lo que se dice en ellas es de inmediato negado por la “realidad “ posterior. “Volábamos sobre los Alpes”, dice uno de los pasajeros del avión de la secuencia inicial. “Pero hemos aterrizado ante la catedral de Colonia”, dice otro. “¿No íbamos a Florencia?”, remata un tercero. La vida, la muerte, el deseo, el sueño y la obsesión por el destino se entrecruzan en un lenguaje cinematográfico que recuerda mucho a lo que Fellini hizo después en “8 y medio”.  Y el texto está  entreverado de frases en las que resuena una extraña sinceridad: “La verdad es una aprehensión directa: no se llega a ella subiendo por una escalera de conceptos mentales”, dice uno de los muchos alter egos del narrador. El mismo que poco antes, hablando de su ex mujer, ha dicho  con irreverente respeto:  “ Una mujer excelente, pobrecilla, sigue dando clases de Historia de las  Religiones, pero en la cama, me cago en la leche, era como el Mesías, nunca llegaba”.

Que, después de tantas pistas falsas  y situaciones imposibles (por ejemplo el avión en el que escapa, atado con alambres y conducido por una niñita china) el bueno de Guido Manara culmine su destino y termine donde debía y haciendo lo que se disponía a hacer es uno más de los muchos guiños con los que Fellini, un maestro de las situaciones desesperadas, dirige al lector para tranquilizarlo. No es más que un cuento, parece decir el bueno de Federico.

 

El viaje de Mastorna

Federico Fellini

Backlist

[Publicado el 05/12/2011 a las 11:36]

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Foto autor

Biografía

Javier Fernández de Castro (Aranda de Duero, Burgos, 1942) ha ejercido entre otros los oficios de corresponsal de prensa (Londres) y profesor universitario (San Sebastián), aunque mayoritariamente su actividad laboral ha estado vinculada al mundo editorial.  En paralelo a sus trabajos para unos y otros, se ha dedicado asiduamente a la escritura, contando en su haber con una decena de libros, en especial novelas. Desde hace unos años reside de forma permanente en  Barcelona.

Bibliografía

Entre sus novelas se podrían destacar Laberinto de fango (1981), La novia del capitán (1986), La guerra de los trofeos (1986), Tiempo de Beleño ( 1995) y La tierra prometida (Premio Ciudad de Barcelona 1999). En el año 2000 publicó El cuento de la mucha muerte, rebautizado como Crónica por el editor, y que es la continuación de La tierra prometida. En 2008 apareció en Editorial  Bruguera,  Tres cuentos de otoño, su primera pero no última incursión en el relato corto.

 

Traducciones

Wagenbach (2011)

 

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