
[Publicado el 05/8/2010 a las 06:23]
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La semana pasada estuve en el Lima con motivo de la feria internacional del libro. En casas, en calles y autos, flameaba la bandera peruana: era el mes patrio. En los taxis se hablaba de la ruptura de relaciones de Venezuela con Colombia, y de cómo el efecto dominó haría que Correa se alineara con Hugo Chávez, y Alan García con Uribe/Santos, con lo que volverían a aflorar las tensiones fronterizas entre el Perú y Ecuador. Si había tensiones, no las noté en los pasillos de la feria del libro, dedicada este año al Ecuador. Una nutrida delegación de escritores ecuatorianos presentaba libros y daba charlas, y los lectores y el público los escuchaban con avidez y compraban sus libros.
Siempre que llego a Lima me sorprendo por la intensidad de su vida cultural. A veces esta intensidad es sólo ruido y furia, como en las diatribas e insultos que proliferan en la discusión literaria (cualquiera que lea blogs peruanos sabe a lo que me refiero). Sin embargo, en la mayoría de los casos, el fervor sirve para la creación.
Por ejemplo, en el mundo editorial, impresiona la consolidación de varias editoriales independientes como Estruendomundo, Altazor y Matalamanga. Estruendomundo es la más destacada de todas ellas. Su editor, Álvaro Lasso, ha logrado formar en poco tiempo uno de los mejores catálogos de la literatura en castellano. A su clara apuesta por las mejores voces de la nueva narrativa peruana (entre los que destaca Luis Hernán Castañeda), se ha sumado en el último tiempo una clara vocación latinoamericanista: ya había publicado a César Aira, Samanta Schweblin y Dani Umpi, y ahora lanzó el libro de cuentos Álbum de familia, de la ecuatoriana Gabriela Alemán, y Las teorías salvajes, de la argentina Pola Oloixarac (la presentación de Pola fue casi un mitin; en su firma de libros, algunos lectores se le acercaban con tres ejemplares de su libro). Hubo un tiempo en que la red de editoriales latinoamericanas independientes estaba desmantelada, y los únicos que parecían publicar en América Latina eran los grandes grupos españoles; hoy, Estruendomundo es, junto a Almadía en México, Eterna Cadencia en Argentina y muchas otras editoriales en todos los países del continente, parte de un notable resurgimiento editorial.
Pero no todo son novedades. En nuestro frágil mundo cultural, a veces importa más la continuidad. Por eso, alegra ver que la revista Etiqueta Negra va por su noveno año y mantiene su calidad sin que se note mucho el nuevo cambio de editor general. David Hidalgo está ahora en el lugar que antes ocuparon Julio Villanueva Chang, Daniel Titinger y Marco Avilés. Hay cambios, pero quizás el secreto del éxito es que ningún nuevo editor ha querido volver a inventar la rueda: Etiqueta Negra encontró muy rápidamente su estilo, de modo que de lo que se trata ahora, más que nada, es de pulir y matizar. Ayuda que casi todos los anteriores editores generales formen parte del comité consultivo de la revista.
Una de esas noches, en el televisor del hotel, me topé con "En tus tierras bailaré". Esta canción del ecuatoriano Delfín Quishpe y las peruanas Wendy Sulca y la Tigresa del Oriente, es un ejemplo de la fuerza de la cultura popular: las parodias no cesan en YouTube, la Tigresa es hoy un ícono gay, y Wendy, que no ha cumplido quince años, se han convertido en ídolos de las masas. El fenómeno de "En tus tierras bailaré" -una canción sobre Israel sin aparentes connotaciones políticas- ha hecho que Alma Guillermoprieto escriba en el New York Review of Books que América Latina "es el último gran repositorio de arte inocente". ¿Por qué, visto desde los Estados Unidos, las creaciones artísticas del continente terminan siendo exóticas, ingenuas, naif? "En tus terras bailaré" es, simple y llanamente, kitsch. La cultura vibrante y dinámica que vi en Lima -la literaria, la de editoriales y revistas, la popular y la de masas- puede ser muchas cosas, pero no es inocente ni ingenua.
(La Tercera, 2 de agosto 2010)
[Publicado el 02/8/2010 a las 16:34]
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[Publicado el 19/7/2010 a las 18:49]
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Martín Kohan y las tretas del débil

[Publicado el 15/7/2010 a las 17:53]
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Mesut Özil
Son muchas las cosas que contribuyen a la forma en que esa "comunidad imaginada" llamada nación se entiende a sí misma y es entendida por los demás. Una de las más importantes es el fútbol. No es casualidad que muchos intelectuales se sientan atraídos por ese deporte; Albert Camus decía que lo más importante de la vida lo había aprendido en una cancha de fútbol. El fútbol como una escuela de aprendizaje a la vida, como la enseñanza de ciertos valores. Pero también como un espacio donde una nación puede redefinirse, descubrir algo que todavía no sabía sobre sí misma. El fútbol es siempre algo más que fútbol.
Mundial de Sud África. Mediados de junio, después del primer partido de Alemania, que barre fácilmente a Australia. Los comentaristas vuelven al lugar común de la "eficiencia germana". Pero hay algo diferente en esta Alemania, y tiene que ver con lo que el escritor peruano Iván Thays, en un guiño a su compatriota José María Arguedas, llama su vocación a mostrar en el equipo "todas las sangres" que componen a la nación. Özil tiene sangre turca, la ascendencia de Gomez es española, Podolski y Klose nacieron en Polonia, Cacau en Brasil, Khedira tiene raíces árabes, Boateng es hijo de inmigrantes de Ghana y Marko Marin viene de los Balcanes.
Algunos comparan a esta Alemania con la Francia de los años noventa, que presentó un mosaico multirracial y, de la mano de Zidane, alcanzó la copa. En ese momento, el seleccionado francés fue visto como un modelo de integración racial, el sueño de una Francia en que la integración de sus diversos grupos fuera armónica. Ya sabemos cómo anda esa historia: Francia vive un proceso traumático de adaptación de sus minorías, y el fracaso de su selección en este mundial ha avivado el fuego del discurso racista y xenófobo de la derecha. Anelka no sólo es un indisciplinado; es también un chiquillo de las barrios bajos que no lleva con orgullo los colores de su país. La descomposición del equipo refleja las tensiones locales: el capitán Evra y compañía han apartado al volante Gourcuff -un jugador que merecía ser titular-- porque es la hora de la venganza del "ghetto" contra la clase media alta.
De la mano de su selección triunfante, Alemania vive por ahora el lado utópico de la integración de las minorías en el proyecto colectivo. Las derrotas, cuando lleguen (porque también los alemanes pierden), harán obvia la fragilidad de ese sueño.
Si muchos latinoamericanos apoyaron a Chile en este mundial fue por lo que mostró. Había algo diferente a selecciones anteriores, y que no puede ser achacado únicamente a la disciplina táctica de un entrenador. La entrega y la vocación colectiva iban a contrapelo de la imagen que se tenía de Chile en América Latina: el país individualista y neoliberal. Por supuesto, Chile nunca fue sólo ese país tan fácilmente estereotipado como el vecino egoísta del barrio, ni es tampoco sólo esa voluntad de sacrificio mostrada por esta selección. Pero, en la lucha entre imágenes, lo que ha hecho esta selección es tornar más difícil la labor de simplificar a Chile, reducirlo a su versión menos amable. No es poco.
Sábado 3 de julio por la tarde en un café en Cochabamba. Una mesa larga de jóvenes ve el partido entre España y Paraguay con banderas y sombreros con los colores de la selección paraguaya; en una esquina, más tímido, un grupo aplaude las jugadas de España. Está claro que nadie aquí es español ni paraguayo. Dicen algunos que el fútbol aviva los nacionalismos, y es cierto; pero hay otro lado de la moneda, y es el hecho de que el fútbol también permite que uno vaya más allá de su parroquia, y termine apoyando una bandera supuestamente rival. Han sido muchos los bolivianos que han visto el partido entre Chile y Brasil con un nudo en la garganta, entusiasmados por el equipo de Bielsa. Que nadie se llame a engaño: esto suele durar poco.
(La Tercera, 6 de julio 2010)
[Publicado el 06/7/2010 a las 22:17]
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Fútbol y tecnología: un intruso en la cancha

Si decidimos que la tecnología entre a un partido de fútbol -con cámaras más precisas que los árbitros- hay que tomarse el asunto en serio. Partiendo por la fifa. No hay problema en que los réferis se sigan equivocando en las decisiones pequeñas, pero la tecnología debe ayudar en las importantes.
Este mundial de fútbol ha presentado una disonancia excesiva entre el hecho de que un ser humano arbitra un partido junto a dos colaboradores, y treinta y dos cámaras poderosísimas captan todos los detalles del juego para los teleespectadores del mundo. Gracias a la FIFA, parece haber un enfrentamiento entre los árbitros y la tecnología, con la derrota continua de los árbitros. Los errores, han dicho Blatter y sus allegados más de una vez, son parte del fútbol: al eliminarlos se perdería algo de la belleza de este deporte. Pero, ¿qué ocurre cuando estos errores significan la diferencia entre la clasificación de un equipo a la siguiente fase o su eliminación? El fútbol es un deporte en el que la rapidez cuenta, y todos podemos entender que no haya ganas de parar las cosas para revisar una jugada, o que un juez se equivoque y no vea una posición adelantada por milimetros, una mano o un empujón capaces de cambiar el curso de los acontecimientos. Pero estamos seguros de que valía la pena revisar si entró o no el remate de Lampard contra Alemania: con tan pocos goles en un partido, ofende no aceptar uno en el que la pelota ha entrado casi un metro.
Hay una contradicción flagrante en la postura de la FIFA de dejar una responsabilidad de magnitud a tres pobres hombres (ya odiados por la naturaleza de su puesto), y al mismo tiempo socavar esa responsabilidad instalando pantallas gigantes en los estadios --que muestran las jugadas importantes en diferido--, y de hecho comercializando los derechos de la transmisión del espectáculo por televisión a todas partes del mundo. Cuando el domingo pasado Tevez marcó un gol contra México, todo estaba bien hasta que en las pantallas gigantes del mismo estadio pasaron la jugada; los mexicanos, con toda razón, fueron a increpar al árbitro el fuera de juego de Tevez. El árbitro dudó, y estaba dispuesto a rectificar, pero los jugadores argentinos dijeron correctamente que el árbitro no podía rectificar basándose en la ayuda de la pantalla. El árbitro aceptó el argumento y debió comerse el error, poniendo en evidencia a la FIFA.
Si la FIFA acepta el poder de la tecnología para transmitir imágenes impecables de los partidos y repeticiones de los lances más interesantes del juego, ganando así montos que permiten el crecimiento tanto de la FIFA como del producto que vende -el fútbol como espectáculo--, también debería aceptar ese poder para revisar decisiones capaces de alterar un juego. La tecnología seguirá progresando, haciéndose cada vez más sofisticada; la brecha entre lo que las imágenes podrán mostrar y las torpes decisiones humanas también seguirá aumentando. No se trata de una lucha entre ambas cosas, sino de encontrar la forma de complementarlas. Que los árbitros puedan seguir equivocándose en paz en las decisiones pequeñas, y que la tecnología ayude a tomar las importantes.
(Revista Qué Pasa, 3 de julio 2010)
[Publicado el 03/7/2010 a las 21:10]
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Gansos que fingen ser machos alfa

[Publicado el 01/7/2010 a las 00:28]
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Héctor Aguilar Camín
Hace un par de semanas, en una entrevista, el Ministro del Interior chileno recitó de memoria el inicio de La Guerra de Galio. ¿Qué tiene este libro que seduce a los políticos?
La literatura latinoamericana está poblada de grandes novelas que radiografían el poder y sus excesos. En general, este poder se ha personalizado en el dictador, en el gran caudillo, aunque han habido obras que han preferido explorar más bien la figura de aquellos que, desde las sombras, mueven los hilos. Una de las más importantes es La guerra de Galio (1991), del escritor mexicano Héctor Aguilar Camín, novela ambiciosa que también se atreve a indagar en la fascinada y compleja relación del intelectual latinoamericano con el poder.
La novela retrata, a lo largo de sus seiscientas páginas, dos décadas de la vida política y cultural mexicana: de mediados de los sesenta a mediados de los ochenta, con mucho alcohol y sexo y conspiraciones de por medio. La guerra de Galio narra principalmente una cruzada: la de Carlos García Vigil y su jefe Octavio Sala, que, desde el periódico La Vanguardia, intentan defender la libertad de prensa de los ataques del gobierno. García Vigil es un historiador del período colonial que, después de la matanza de Tlatelolco en 1968, llega a ser "tocado más que nunca por lo inmediato". Su atracción por el presente, "la urgencia de intemperie", está relacionada con el "salto al vacío de parte de su generación". Su ingreso al periódico será un intento por revelar la verdad de esos turbulentos años setenta en los que se lleva a cabo una guerra silenciosa entre el gobierno y la guerrilla. Si hay silencio, si los mexicanos no se enteran de esa lucha, es gracias a que el PRI, desde el poder, tiene un control casi hegemónico de los medios de comunicación.
El título de la novela es en honor a Galio Bermúdez, otro historiador, que, desde su cargo de Secretario de Gobernación, es una suerte de intelectual orgánico seducido por el poder y sus formas violentas. Su guerra puede entenderse de varias formas: es la represiva del gobierno del que forma parte, la necesaria para que, en la turbulenta década de los setenta, se imponga la razón de estado; es la del intelectual que provee al Estado de una ideología que entiende a la violencia como un instrumento necesario. La lucha es contra la guerrilla, pero también contra los medios de comunicación independientes. Galio logrará que se cierre La Vanguardia, aunque luego Sala y García Vigil abrirán La República, un periódico aun más intransigente (gente del gobierno quiere que ese periódico se abra, por una razón gramsciana: la mejor forma de imponer una hegemonía es permitir "democráticamente" que haya una oposición).
"La moral de la vida pública no tiene que ver con los diez mandamientos, ni con las cuitas de las almas nobles", dice Galio. "Tiene que ver con la eficacia y la eficacia suele tener las manos sucias y el alma fría". Ya lo sabemos: el fin justifica los medios. No es extraño, entonces, que esta novela seduzca a políticos. "Odio la noche", dice el profesor de García Vigil al comenzar la novela. Pero Galio la ama.
(Revista Qué Pasa, 26 de junio 2010)
[Publicado el 30/6/2010 a las 02:10]
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[Publicado el 27/6/2010 a las 23:05]
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[Publicado el 24/6/2010 a las 02:12]
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Edmundo Paz Soldán (Cochabamba, Bolivia, 1967) es profesor de Literatura Latinoamericana en la Universidad de Cornell. Es autor de nueve novelas, entre ellas Río Fugitivo (1998), La materia del deseo (2001), Palacio Quemado (2006) y Los vivos y los muertos (2009); y de los libros de cuentos Las máscaras de la nada (1990), Desapariciones (1994) y Amores imperfectos (1998). Ha coeditado los libros Se habla español (2000) y Bolaño salvaje (2008). Su libro más reciente es Norte (Mondadori, 2011). Sus obras han sido traducidas a ocho idiomas, y ha recibido numerosos premios, entre los que destaca el Juan Rulfo de cuento (1997) y el Nacional de Novela en Bolivia (2002). Ha recibido una beca de la fundación Guggenheim (2006). Colabora en diversos medios, entre ellos los periódicos El País y La Tercera, y las revistas Etiqueta Negra, Qué Pasa (Chile) y Vanity Fair (España).

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