El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

sábado, 26 de mayo de 2012

 Río Fugitivo / Blog de Edmundo Paz Soldán

Al lado del cementerio

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Hace un mes me mudé a una casa al lado de un cementerio. Al principio, cuando fuimos a ver la casa y la agente inmobiliaria nos conducía por los dormitorios, había visto por la ventana un triángulo verde que creía un parque, e imaginé a mi hijo menor jugando al frisbee conmigo. Luego la agente nos informó que el parque era un cementerio, y las piedras rectangulares que había visto diseminadas dejaron de ser adornos y se convirtieron en lápidas. Creía entender por qué la casa no había podido venderse en más de un año. Me acerqué a la ventana de la cocina, desde donde se veía mejor el cementerio, y quise ver, no sé por qué, los nombres de los seres a los que esas lápidas pertenecían. No pude distinguir nada. Saqué una foto, tratando de decidir si me gustaba la casa. Ella ya lo sabía: amor a primera vista, dijo, fascinada con la idea de vivir en una de las pocas casas en forma de cubo de Ithaca (la casa había pertenecido a una pareja sin hijos; la mujer era arquitecta, discípula de Frank Lloyd Wright). Yo estuve de acuerdo, convencido de que el cementerio sería una inspiración para la escritura.

Me mudaba después de haber vivido nueve años en la primera casa que tuve en Ithaca. Allí habían transcurrido los primeros años de mi hijo mayor: no pusimos una mesa en el living para que hubiera campo para sus juguetes. En las paredes había cuadros de pintores bolivianos contemporáneos, un plano antiguo de Cuzco, marcos y espejos con motivos andinos. Los cuadros me gustaban, pero reconozco que en general mi actitud era dejar hacer. Me preocupaban otras cosas y no entendía cuán importante era tener un lugar limpio y bien iluminado para vivir. A veces salía al jardín a patear la pelota con mi hijo mayor, tratando de que se interesara por el fútbol. De lo más orgulloso que estaba era de mis libros.

Mi escritorio en el segundo piso era muy frío y sólo lo visitaba para imprimir cuentos y formularios. De hecho, toda la casa, construida más de cien años atrás, era fría: el viento se colaba por las rendijas de las ventanas. No ayudaban los largos inviernos, que duraban la mitad del año. Escribía en la cocina, el lugar más cálido. En esa cocina ocurrió la primera batalla. Hubo otras, que fueron haciendo que desapareciera el poco cariño que le tenía a la casa. Sucedían cosas entre sus habitantes, se desplazaban los sentimientos, y la casa se resentía. Una vez se coló un murciélago a las tres de la mañana y yo tuve que perseguirlo con un bate. Es un mal presagio, me dije, aunque sabía que nuestros problemas no tenían nada que ver con el murciélago.

Cuando me quedé solo, me encontré con las paredes vacías, con huecos en lugares donde antes había habido muebles, con polvo por todas partes. Pero no era sólo la casa la que había decaído; era todo el barrio. En realidad el barrio siempre había sido así, pero yo no lo había visto. Era hora de buscar abrigo en otro lugar.

(versión original publicada en Etiqueta Negra, agosto 2010)

[Publicado el 05/8/2010 a las 06:23]

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Noticias de Lima

La semana pasada estuve en el Lima con motivo de la feria internacional del libro. En casas, en calles y autos, flameaba la bandera peruana: era el mes patrio. En los taxis se hablaba de la ruptura de relaciones de Venezuela con Colombia, y de cómo el efecto dominó haría que Correa se alineara con Hugo Chávez, y Alan García con Uribe/Santos, con lo que volverían a aflorar las tensiones fronterizas entre el Perú y Ecuador. Si había tensiones, no las noté en los pasillos de la feria del libro, dedicada este año al Ecuador. Una nutrida delegación de escritores ecuatorianos presentaba libros y daba charlas, y los lectores y el público los escuchaban con avidez y compraban sus libros.

Siempre que llego a Lima me sorprendo por la intensidad de su vida cultural. A veces esta intensidad es sólo ruido y furia, como en las diatribas e insultos que proliferan en la discusión literaria (cualquiera que lea blogs peruanos sabe a lo que me refiero). Sin embargo, en la mayoría de los casos, el fervor sirve para la creación.

Por ejemplo, en el mundo editorial, impresiona la consolidación de varias editoriales independientes como Estruendomundo, Altazor y Matalamanga. Estruendomundo es la más destacada de todas ellas. Su editor, Álvaro Lasso, ha logrado formar en poco tiempo uno de los mejores catálogos de la literatura en castellano. A su clara apuesta por las mejores voces de la nueva narrativa peruana (entre los que destaca Luis Hernán Castañeda), se ha sumado en el último tiempo una clara vocación latinoamericanista: ya había publicado a César Aira, Samanta Schweblin y Dani Umpi, y ahora lanzó el libro de cuentos Álbum de familia, de la ecuatoriana Gabriela Alemán, y Las teorías salvajes, de la argentina Pola Oloixarac (la presentación de Pola fue casi un mitin; en su firma de libros, algunos lectores se le acercaban con tres ejemplares de su libro). Hubo un tiempo en que la red de editoriales latinoamericanas independientes estaba desmantelada, y los únicos que parecían publicar en América Latina eran los grandes grupos españoles; hoy, Estruendomundo es, junto a Almadía en México, Eterna Cadencia en Argentina y muchas otras editoriales en todos los países del continente, parte de un notable resurgimiento editorial.

Pero no todo son novedades. En nuestro frágil mundo cultural, a veces importa más la continuidad. Por eso, alegra ver que la revista Etiqueta Negra va por su noveno año y mantiene su calidad sin que se note mucho el nuevo cambio de editor general. David Hidalgo está ahora en el lugar que antes ocuparon Julio Villanueva Chang, Daniel Titinger y Marco Avilés. Hay cambios, pero quizás el secreto del éxito es que ningún nuevo editor ha querido volver a inventar la rueda: Etiqueta Negra encontró muy rápidamente su estilo, de modo que de lo que se trata ahora, más que nada, es de pulir y matizar. Ayuda que casi todos los anteriores editores generales formen parte del comité consultivo de la revista.    

Una de esas noches, en el televisor del hotel, me topé con "En tus tierras bailaré". Esta canción del ecuatoriano Delfín Quishpe y las peruanas Wendy Sulca y la Tigresa del Oriente, es un ejemplo de la fuerza de la cultura popular: las parodias no cesan en YouTube, la Tigresa es hoy un ícono gay, y Wendy, que no ha cumplido quince años, se han convertido en ídolos de las masas. El fenómeno de "En tus tierras bailaré" -una canción sobre Israel sin aparentes connotaciones políticas- ha hecho que Alma Guillermoprieto escriba en el New York Review of Books que América Latina "es el último gran repositorio de arte inocente". ¿Por qué, visto desde los Estados Unidos, las creaciones artísticas del continente terminan siendo exóticas, ingenuas, naif? "En tus terras bailaré" es, simple y llanamente, kitsch. La cultura vibrante y dinámica que vi en Lima -la literaria, la de editoriales y revistas, la popular y la de masas- puede ser muchas cosas, pero no es inocente ni ingenua. 

(La Tercera, 2 de agosto 2010)

[Publicado el 02/8/2010 a las 16:34]

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Del inglés al globish

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Hace un par de semanas descubrí en una licorería de Santa Cruz la Coca Colla, el refresco aprobado por Evo Morales para combatir a la Coca Cola en Bolivia. El energizante era más dulzón que el Red Bull y tenía el sabor indiscutible de la hoja de coca. Aparte de la fuerza simbólica del gesto antiimperialista, hubo algo que me llamó la atención: debajo del nombre del refresco, un subtítulo decía: Bol Energy. ¿En vez del inglés, no hubiera sido más consistente escribir esto en quechua o aymara? Luego pensé que, incluso para los que luchan contra Estados Unidos, el inglés había sido despojado de su carga ideológica de avanzada del imperio --"Siempre la lengua fue compañera del imperio", escribió el gramático Antonio de Nebrija en 1492--, y era tan aceptado como los jeans y las hamburguesas.

Para entender lo que ocurre con el inglés resulta útil leer Globish: How the English Language Became the World's Language (Norton, 2010), de Robert McCrum. El argumento de McCrum es que el inglés ha adquirido una dinámica "supranacional" que lo aparta cada vez más de sus raíces inglesas y estadounidenses; es una "lingua franca emergente", "un fenómeno global" con fuerza multinacional. Nosotros conocemos el Spanglish (esa mezcla controversial pero imparable de inglés y español en los Estados Unidos), pero también existen el Englasian (vocabulario inglés con sintaxis china e hindú), el Konglish (inglés en Corea del Sur), Manglish (inglés con malayo), el Singlish (inglés de Singapur) y el Chinglish (inglés de China). Los hombres de negocios en Asia no hablan inglés; hablan Englasian.

Se calcula que dos mil millones de personas en el mundo (un tercio de los habitantes del planeta) hablan algo de inglés en alguna de sus formas. Sólo el chino es hablado por más gente, pero las dificultades de este idioma para ser aprendido incluso por los chinos y adaptarse a otras culturas hacen que el inglés no tenga competencia como lengua global. El francés Jean-Paul Nerrière, un lingüista amateur, fue el primero en sugerir que esa lengua global debía llamarse "globish": una suerte de inglés "descafeinado", "sin gramática o estructura" y con un vocabulario "utilitario" de alrededor de mil quinientas palabras.

McCrum nos muestra a las masas de trabajadores chinos que, en un esfuerzo por conseguir mejores trabajos, aprenden "Crazy English" con obsesiva dedicación; a los jóvenes hindúes en Bangalore, tomando cursos en inglés para conseguir un puesto en un "call center" y formar parte de la economía global. McCrum no es ingenuo, y sabe que Nebrija está en lo cierto. De hecho, para él, el triunfo del inglés en la cultura contemporánea es la prueba clara de que estaban equivocados quienes pensaban que, con el ascenso reciente de China, India y Rusia se acababa el mundo unipolar dominado por los Estados Unidos en los años después de la guerra fría. El globish señala más bien que la cultura angloamericana es parte fundamental de la "conciencia global". La lengua es un virus invisible, un instrumento de poder a través del cual se disemina una forma de ver el mundo, una ideología, los valores de la cultura angloamericana.

McCrum es un anglófilo acabado. Sus ataques constantes a la cultura francesa, su incapacidad para tomar en cuenta el avance del español, hacen que este libro de apariencia polifónica termine siendo un monólogo. Después de todo, si es cierto lo que sugiere McCrum de que el inglés se ha vuelto una lingua franca gracias a su capacidad de adaptación, entonces, por dar un ejemplo, el Chinglish no llevaría dentro de sí sólo la ideología de la cultura angloamericana, sino también de la cultura china, que se apropió del inglés y lo adaptó a sus propios usos. Es decir, se trataría de un triunfo parcial de la cultura angloamericana. Igual, su libro es necesario para entender fenómenos contemporáneos como el hecho de que una bebida antiimperialista use el inglés para publicitarse.

(La Tercera, 19 de julio 2010)

[Publicado el 19/7/2010 a las 18:49]

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Martín Kohan y las tretas del débil

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La prosa del escritor argentino Martín Kohan, sobre todo en los últimos libros, transmite precisión clínica, fría distancia. De una a otra novela, sin embargo, los efectos son diferentes. Si, por ejemplo, en Ciencias Morales (Anagrama, 2007) esa escritura servía para trabajar la rigidez amoral de la dictadura y sus formas represivas, y la manera panóptica en que esa rigidez se inmiscuía en la conciencia, en el imaginario de la clase media (en este caso, en el personaje de la preceptora), en Cuentas pendientes (Anagrama, 2010) sirve para construir de manera tan minuciosa como desapasionada a Giménez, el personaje aparentemente central de la narración. Ese estilo, ya lo veremos, es engañoso: le permite a Kohan construir el secreto, la vuelta de tuerca sobre la cual descansa la novela.

El narrador presenta a Giménez en el primer párrafo: "arrastra los pies" al caminar, está cansado y tiene las piernas "acechadas por calambres, quebradizas". Poco después el lector se entera de que vive solo en un departamento muy pequeño y que está a punto de llegar a los ochenta. Su mundo es mezquino, está hecho de gestos miserables: los planes para no pagar el alquiler del departamento, la relación con la ex (que vive en el mismo edificio y lo atormenta), su comercio sexual con putas viejas y sus sueños de acostarse con putas más jóvenes. Sus ideas están llenas de lugares comunes: ¿es verdad que murieron tantos judíos en la guerra, o es una propaganda sionista? "Mañana será otro día", piensa Giménez antes de dormirse, pero en verdad el otro día parece ser el mismo. Kohan ha creado un personaje notable, redondo en su fidelidad a una "vida oscura y triste".

En el imaginario de Kohan aparecen siempre los años de la violencia, de la dictadura, de la guerra sucia. El título parece remitir a las "cuentas pendientes" de la sociedad argentina con su pasado. Giménez tiene una relación servil con Vilanova, un militar que, décadas atrás, les dio a Giménez y su esposa un bebé para que lo adoptaran. Kohan no necesita insistir en este tema porque resulta fácil llenar los espacios en blanco, asumir que los padres del bebé fueron víctimas "desaparecidas" de la dictadura. Estamos en el presente, pero el pasado no termina de convertirse en pasado. A estas alturas, este tema se ha convertido en un lugar común de la ficción argentina, y hace bien Kohan en no insistir. Igual, no es esto lo mejor de la novela. De hecho, quizás Cuentas pendientes no necesitaba de este subtexto para funcionar.

Lo que sí funciona de maravilla es la vuelta de tuerca que se inicia en el capítulo XIV, 15. Ahí, Giménez se encuentra con el Dueño del departamento, y se entabla un diálogo que le permite a Giménez un despliegue de estrategias para evitar una vez más pagar los cuatro meses de alquiler que adeuda. Cuentas pendientes, que hasta el momento había sido narrada en un estilo indirecto libre y se focalizaba en Giménez, de pronto gira a la primera persona, para descubrir que el narrador "impersonal" no lo es tanto. El Dueño (de la novela), el narrador, es un escritor, obvia parodia del mismo Kohan: acaba de publicar una novela cuya trama es la de Segundos afuera (una de las novelas más importantes en la obra de Kohan). Y el Dueño lee su propia novela y la describe como un "diálogo de sordos" entre la cultura alta y la cultura popular. De igual manera, el Dueño de Cuentas pendientes es un letrado incapaz de entender las "tretas del débil" de Giménez.  

En ese cambio de perspectiva, Cuentas pendientes, que podía leerse como un estudio notable de un personaje, o como un relato sobre la violencia histórica y su rastro de sangre en el presente, se abre a otra lectura en clave metaliteraria: aquella que reinscribe en la literatura el conflicto entre civilización y barbarie, obsesivo paradigma de la cultura argentina. Este paradigma, que comienza con Echeverría ("El matadero" es un texto fundacional para Kohan), se consolida con Sarmiento y se reconfigura a lo largo del siglo XX, en la obra de Borges, Cortázar y Piglia -por citar sólo algunos--, no termina de agotarse. Martín Kohan le ha dado nueva vida para el siglo XXI. Las "cuentas pendientes" adquieren una resonancia mayor: no sólo tienen que ver con el pasado más reciente sino que echan sus raíces en el "diálogo de sordos" con el que se origina la nación argentina.

(Letras Libres, julio 2010)

[Publicado el 15/7/2010 a las 17:53]

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Algo más que fútbol

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Mesut Özil

Son muchas las cosas que contribuyen a la forma en que esa "comunidad imaginada" llamada nación se entiende a sí misma y es entendida por los demás. Una de las más importantes es el fútbol. No es casualidad que muchos intelectuales se sientan atraídos por ese deporte; Albert Camus decía que lo más importante de la vida lo había aprendido en una cancha de fútbol. El fútbol como una escuela de aprendizaje a la vida, como la enseñanza de ciertos valores. Pero también como un espacio donde una nación puede redefinirse, descubrir algo que todavía no sabía sobre sí misma. El fútbol es siempre algo más que fútbol.   

Mundial de Sud África. Mediados de junio, después del primer partido de Alemania, que barre fácilmente a Australia. Los comentaristas vuelven al lugar común de la "eficiencia germana". Pero hay algo diferente en esta Alemania, y tiene que ver con lo que el escritor peruano Iván Thays, en un guiño a su compatriota José María Arguedas, llama su vocación a mostrar en el equipo "todas las sangres" que componen a la nación. Özil tiene sangre turca, la ascendencia de Gomez es española, Podolski y Klose nacieron en Polonia, Cacau en Brasil, Khedira tiene raíces árabes,  Boateng es hijo de inmigrantes de Ghana y Marko Marin viene de los Balcanes.

Algunos comparan a esta Alemania con la Francia de los años noventa, que presentó un mosaico multirracial y, de la mano de Zidane, alcanzó la copa. En ese momento, el seleccionado francés fue visto como un modelo de integración racial, el sueño de una Francia en que la integración de sus diversos grupos fuera armónica. Ya sabemos cómo anda esa historia: Francia vive un proceso traumático de adaptación de sus minorías, y el fracaso de su selección en este mundial ha avivado el fuego del discurso racista y xenófobo de la derecha. Anelka no sólo es un indisciplinado; es también un chiquillo de las barrios bajos que no lleva con orgullo los colores de su país. La descomposición del equipo refleja las tensiones locales: el capitán Evra y compañía han apartado al volante Gourcuff -un jugador que merecía ser titular-- porque es la hora de la venganza del "ghetto" contra la clase media alta.
De la mano de su selección triunfante, Alemania vive por ahora el lado utópico de la integración de las minorías en el proyecto colectivo. Las derrotas, cuando lleguen (porque también los alemanes pierden), harán obvia la fragilidad de ese sueño.
 
Si muchos latinoamericanos apoyaron a Chile en este mundial fue por lo que mostró. Había algo diferente a selecciones anteriores, y que no puede ser achacado únicamente a la disciplina táctica de un entrenador. La entrega y la vocación colectiva iban a contrapelo de la imagen que se tenía de Chile en América Latina: el país individualista y neoliberal. Por supuesto, Chile nunca fue sólo ese país tan fácilmente estereotipado como el vecino egoísta del barrio, ni es tampoco sólo esa voluntad de sacrificio mostrada por esta selección. Pero, en la lucha entre imágenes, lo que ha hecho esta selección es tornar más difícil la labor de simplificar a Chile, reducirlo a su versión menos amable. No es poco.

Sábado 3 de julio por la tarde en un café en Cochabamba. Una mesa larga de jóvenes ve el partido entre España y Paraguay con banderas y sombreros con los colores de la selección paraguaya; en una esquina, más tímido, un grupo aplaude las jugadas de España. Está claro que nadie aquí es español ni paraguayo. Dicen algunos que el fútbol aviva los nacionalismos, y es cierto; pero hay otro lado de la moneda, y es el hecho de que el fútbol también permite que uno vaya más allá de su parroquia, y termine apoyando una bandera supuestamente rival. Han sido muchos los bolivianos que han visto el partido entre Chile y Brasil con un nudo en la garganta, entusiasmados por el equipo de Bielsa. Que nadie se llame a engaño: esto suele durar poco.
 
(La Tercera, 6 de julio 2010)

[Publicado el 06/7/2010 a las 22:17]

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Fútbol y tecnología: un intruso en la cancha

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Si decidimos que la tecnología entre a un partido de fútbol -con cámaras más precisas que los árbitros- hay que tomarse el asunto en serio. Partiendo por la fifa. No hay problema en que los réferis se sigan equivocando en las decisiones pequeñas, pero la tecnología debe ayudar en las importantes.

Este mundial de fútbol ha presentado una disonancia excesiva entre el hecho de que un ser humano arbitra un partido junto a dos colaboradores, y treinta y dos cámaras poderosísimas captan todos los detalles del juego para los teleespectadores del mundo. Gracias a la FIFA, parece haber un enfrentamiento entre los árbitros y la tecnología, con la derrota continua de los árbitros. Los errores, han dicho Blatter y sus allegados más de una vez, son parte del fútbol: al eliminarlos se perdería algo de la belleza de este deporte. Pero, ¿qué ocurre cuando estos errores significan la diferencia entre la clasificación de un equipo a la siguiente fase o su eliminación? El fútbol es un deporte en el que la rapidez cuenta, y todos podemos entender que no haya ganas de parar las cosas para revisar una jugada, o que un juez se equivoque y no vea una posición adelantada por milimetros, una mano o un empujón capaces de cambiar el curso de los acontecimientos. Pero estamos seguros de que valía la pena revisar si entró o no el remate de Lampard contra Alemania: con tan pocos goles en un partido, ofende no aceptar uno en el que la pelota ha entrado casi un metro.

Hay una contradicción flagrante en la postura de la FIFA de dejar una responsabilidad de magnitud a tres pobres hombres (ya odiados por la naturaleza de su puesto), y al mismo tiempo socavar esa responsabilidad instalando pantallas gigantes en los estadios --que muestran las jugadas importantes en diferido--, y de hecho comercializando los derechos de la transmisión del espectáculo por televisión a todas partes del mundo. Cuando el domingo pasado Tevez marcó un gol contra México, todo estaba bien hasta que en las pantallas gigantes del mismo estadio pasaron la jugada; los mexicanos, con toda razón, fueron a increpar al árbitro el fuera de juego de Tevez. El árbitro dudó, y estaba dispuesto a rectificar, pero los jugadores argentinos dijeron correctamente que el árbitro no podía rectificar basándose en la ayuda de la pantalla. El árbitro aceptó el argumento y debió comerse el error, poniendo en evidencia a la FIFA.

Si la FIFA acepta el poder de la tecnología para transmitir imágenes impecables de los partidos y repeticiones de los lances más interesantes del juego, ganando así montos que permiten el crecimiento tanto de la FIFA como del producto que vende -el fútbol como espectáculo--, también debería aceptar ese poder para revisar decisiones capaces de alterar un juego. La tecnología seguirá progresando, haciéndose cada vez más sofisticada; la brecha entre lo que las imágenes podrán mostrar y las torpes decisiones humanas también seguirá aumentando. No se trata de una lucha entre ambas cosas, sino de encontrar la forma de complementarlas. Que los árbitros puedan seguir equivocándose en paz en las decisiones pequeñas, y que la tecnología ayude a tomar las importantes.

(Revista Qué Pasa, 3 de julio 2010)

[Publicado el 03/7/2010 a las 21:10]

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Gansos que fingen ser machos alfa

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Uno tras otro, los periódicos del mundo van desapareciendo. Internet y la televisión por cable son culpables de la sangría: el ciclo de noticias de 24 horas al día hace que un periódico impreso se vuelva obsoleto rápidamente. Hay quienes luchan por sobrevivir y buscan todo tipo de formas para adaptarse al aire de los tiempos. Sea como fuere, la época dorada parece estar detrás nuestro: la industria no morirá, pero tampoco reconoceremos en ella lo que alguna vez fue.

Éste es el momento ideal, entonces, para que la literatura, siempre entusiasta en su búsqueda de personajes, artefactos y lugares sobre los cuales construir una elegía, se fije en el mundo del periódico, "ese informe diario de la estupidez y la brillantez de la especie". Tom Rachman, nacido en Londres hace 35 años, acaba de publicar su primera novela, Los imperfeccionistas (Urano), una sátira entrañable sobre un periódico sin nombre cuya base de operaciones se encuentra en Roma. El periódico recuerda en algo al International Herald Tribune: está escrito en inglés y tiene cierta proyección internacional. Sus periodistas son en su mayoría norteamericanos expatriados, gente de muchos defectos que se imagina mejor de lo que es pero termina siempre vencida por sus mezquindades.   

La estructura de la novela parece compleja pero es en realidad muy simple: once capítulos que se leen como cuentos, dedicado cada uno a un personaje del mundo del periódico, entre ellos Winston Cheung, el inseguro corresponsal en el Cairo, Arthur Gopal, responsable de los obituarios, o Herman Cohen, el editor de correcciones, que, obsesionado por la "credibilidad" de su producto, tiene un ataque de nervios cada vez que alguien escribe "Sadism Hussein" o la palabra "literalmente"; entre capítulos se incluyen secciones breves en cursivas que van contando la historia del periódico, desde que se discute la idea de su fundación, en un café romano en 1953, hasta que, golpeado por la crisis, el nieto del fundador, Oliver Ott, un excéntrico que sólo habla con su perro, decide cerrarlo en el 2007. Es notable el esfuerzo de Rachman por lograr una narrativa que funcione a la vez como novela y como libro de cuentos; sin embargo, lo cierto es que, cuando uno recuerda Los imperfeccionistas, se queda sobre todo con algunos capítulos brillantes (es decir, triunfan los cuentos, no la novela). Los dedicados a Cheung y Cohen son los mejores.

Los cuentos también tienen un armado muy reconocible. El personaje en torno al cual gira la acción tiene un punto débil que producirá su caída. Por dar un ejemplo: a Lloyd Burko, el corresponsal en París, le ha llegado la edad y no encuentra historias para venderle al periódico en su calidad de "freelance"; cuando su hijo, que trabaja en un ministerio de gobierno en París, le cuenta algo confidencial en la comida, Lloyd decide utilizar esa información para escribir la noticia, sin importarle el hecho de que pondrá en riesgo el trabajo de su hijo. El cuento se resuelve con un giro sorpresivo que recuerda a O. Henry. Durante casi todo el libro, estos finales sorprenden de veras, pues nos revelan al personaje en toda su complejidad. Sin embargo, este giro se vuelve predecible, y la novela pierde algo de fuelle: dos de los últimos tres capítulos/cuentos (los de la lectora y de la directora financiera) son los más débiles y llegan a ser inverosímiles.

Lo que emerge de Los imperfeccionistas es una elegía agridulce a ese mundo de "gansos que fingen ser machos alfa". Rachman ha conseguido un sólido debut literario. La edición en español hace justicia al libro al incluir el subtítulo "una novela en relatos". La traducción es precisa y no llama la atención sobre sí misma.

(Babelia, El País, 26 de junio 2010)

[Publicado el 01/7/2010 a las 00:28]

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Desde las sombras

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Héctor Aguilar Camín

Hace un par de semanas, en una entrevista, el Ministro del Interior chileno recitó de memoria el inicio de La Guerra de Galio. ¿Qué tiene este libro que seduce a los políticos?

 

La literatura latinoamericana está poblada de grandes novelas que radiografían el poder y sus excesos. En general, este poder se ha personalizado en el dictador, en el gran caudillo, aunque han habido obras que han preferido explorar más bien la figura de aquellos que, desde las sombras, mueven los hilos. Una de las más importantes es La guerra de Galio (1991), del escritor mexicano Héctor Aguilar Camín, novela ambiciosa que también se atreve a indagar en la fascinada y compleja relación del intelectual latinoamericano con el poder.

La novela retrata, a lo largo de sus seiscientas páginas, dos décadas de la vida política y cultural mexicana: de mediados de los sesenta a mediados de los ochenta, con mucho alcohol y sexo y conspiraciones de por medio. La guerra de Galio narra principalmente una cruzada: la de Carlos García Vigil y su jefe Octavio Sala, que, desde el periódico La Vanguardia, intentan defender la libertad de prensa de los ataques del gobierno. García Vigil es un historiador del período colonial que, después de la matanza de Tlatelolco en 1968, llega a ser "tocado más que nunca por lo inmediato". Su atracción por el presente, "la urgencia de intemperie", está relacionada con el "salto al vacío de parte de su generación". Su ingreso al periódico será un intento por revelar la verdad de esos turbulentos años setenta en los que se lleva a cabo una guerra silenciosa entre el gobierno y la guerrilla. Si hay silencio, si los mexicanos no se enteran de esa lucha, es gracias a que el PRI, desde el poder, tiene un control casi hegemónico de los medios de comunicación.

El título de la novela es en honor a Galio Bermúdez, otro historiador, que, desde su cargo de Secretario de Gobernación, es una suerte de intelectual orgánico seducido por el poder y sus formas violentas. Su guerra puede entenderse de varias formas: es la represiva del gobierno del que forma parte, la necesaria para que, en la turbulenta década de los setenta, se imponga la razón de estado; es la del intelectual que provee al Estado de una ideología que entiende a la violencia como un instrumento necesario. La lucha es contra la guerrilla, pero también contra los medios de comunicación independientes. Galio logrará que se cierre La Vanguardia, aunque luego Sala y García Vigil abrirán La República, un periódico aun más intransigente (gente del gobierno quiere que ese periódico se abra, por una razón gramsciana: la mejor forma de imponer una hegemonía es permitir "democráticamente" que haya una oposición).

"La moral de la vida pública no tiene que ver con los diez mandamientos, ni con las cuitas de las almas nobles", dice Galio. "Tiene que ver con la eficacia y la eficacia suele tener las manos sucias y el alma fría". Ya lo sabemos: el fin justifica los medios. No es extraño, entonces, que esta novela seduzca a políticos. "Odio la noche", dice el profesor de García Vigil al comenzar la novela. Pero Galio la ama.

(Revista Qué Pasa, 26 de junio 2010)

[Publicado el 30/6/2010 a las 02:10]

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Tres como Donovan

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Los días previos al partido de octavos contra Ghana fueron de portadas con titulares celebratorios (Goooooal for USA!), noticias de records de teleespectadores en los partidos transmitidos por ESPN, análisis cautos de las chances de los Estados Unidos, precios astronómicos por las figuritas de Landon Donovan en eBay (antes del mundial costaban 40$us, después del partido contra Argelia se llegó a pedir 500$us), y de Bill Clinton. Sí, el ex-presidente estuvo en todas partes. Con un gran sentido de la ubicuidad, se encontraba en el palco del estadio cuando se logró el pase a octavos; se quedó afónico con el gol en descuentos y bajó a los camarines a festejar con el equipo. Un ambiente en general positivo, aunque no faltaron los que querían arruinar la fiesta: un comentarista de CNN llegó a sugerir que el interés actual en los Estados Unidos por el fútbol era como el que se le daba a los deportes raros cada cuatro años en las Olimpiadas. Es decir, que a todos les encantaba que a los del equipo de bobsled les fuera bien, pero que apenas terminaba se olvidaban de ellos. Otros aprovecharon para defender el excepcionalismo norteamericano y decir, orgullos, enfáticos, que los deportes de los Estados Unidos eran aquellos inventados en los Estados Unidos (el beisbol, el basquetbol y el fútbol americano).

Por una vez, el fútbol concitó titulares, portadas, expectativa. Clinton estaba nuevamente en el palco, esta vez junto a Mick Jagger. Todo estaba servido para la gran celebración. Al principio, se repetía una película conocida: gol tempranero de Ghana, y a remar contra corriente. La compañía de televisión por satélite DirecTV se había puesto a llamar a los Estados Unidos "el equipo de los segundos tiempos", así que había esperar. Donovan apareció en ese segundo tiempo para marcar el empate, y se llegó al alargue. El drama continuaba, y la sensación de que una vez más habría un final feliz con suspense no abandonaba a los comentaristas. Pero esta vez no fue así.

En el fondo todos los equipos saben bien hasta donde pueden llegar, pero, una vez en octavos en un mundial, es fácil lanzarse a soñar en conquistas imposibles. Estados Unidos es un equipo sólido, batallador, de excelente nivel físico, pero tampoco daba para mucho más. ¿Qué le faltó? Por lo menos, algo así como tres de la calidad de Donovan. Estoy siendo humilde y no pido mucho, porque, todo hay que reconocerlo, Donovan es muy bueno, pero no está en el primer escalón de los grandes. Aunque estuvo casi ausente en el partido contra Ghana, lo que hizo le bastó para ser superior a sus compañeros. Altidore, Findley, Bradley, Gomez: tan empeñosos como olvidables. Alguien dijo que Estados Unidos había demostrado en este mundial que para el fútbol actual se necesita más mentalidad que destreza. Pues no. Con la primera sólo se llega a octavos; con las dos y un poco de suerte, puede que también se ganen campeonatos.

(Blog Papeles Perdidos, Babela, El País, 27 de junio 2010)

[Publicado el 27/6/2010 a las 23:05]

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Digno de Hollywood

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Ayer un estudiante peruano me dijo que uno de sus amigos tenía que dar una charla en Chicago, pero le cambiaron el horario para que no coincidiera con el partido de los Estados Unidos contra Argelia. ¿Podía ser que algo que estuviera cambiando? A juzgar por lo que veo en el lobby de la biblioteca Mann, en la universidad de Cornell, parece que sí. Han instalado una pantalla gigante (lo han hecho en varios lugares del campus), y quince minutos antes del partido hay un buen grupo de estudiantes agitando banderas y con la tensión en el rostro. Están los indiferentes y los que se detienen a preguntar qué diablos pasa, pero la mayoría al menos está enterada. Las imágenes de ESPN muestran bares en la Florida, en Nueva York, en California: definitivamente, la fiebre del mundial ha llegado a los Estados Unidos. Ya veremos qué pasa cuando la Copa acabe, pero por lo pronto, yo que vivo aquí hace veinte años, noto un cambio.

Algunos estudiantes comentan los cambios estratégicos en la alineación de Bradley: Bornstein no es muy querido, pero se reconoce que Onyewu no ha estado jugando bien. Comienza el partido y todo discurre con normalidad hasta el gol anulado a los Estados Unidos. La repetición de la jugada indica que el árbitro se equivocó, y se instala en el ambiente algo que casi todos los países chicos conocen: que la mano negra de la FIFA conspira contra Estados Unidos. ¿Cuántos goles tiene que meter este país para que alguno cuente? Uno de los estudiantes, seguro de algún postgrado en psicología, dice que no cree en teorías conspiratorias, sino más bien en un "prejuicio inconsciente" de los árbitros, que desde chicos han sido acostumbrados a ir contra los Estados Unidos. Suena plausible, aunque también, a su manera, se trata de una teoría conspiratoria.

Segundo tiempo. Inglaterra está ganando y los Estados Unidos se queda fuera. Se suceden los ataques, Dempsey la tira al palo, los estudiantes se comen las uñas. Se va acabando el partido, y los que nunca dejan de ser optimistas comienzan a resignarse. El árbitro dice que dará cuatro minutos extra. De pronto, salida violenta de los Estados Unidos, galopada de Donovan liderando la carga de caballería, pase de la muerte, rebote, y un final feliz digno de Hollywood: Donovan ha marcado y se ha hecho justicia. Gritos de júbilo, el retumbar del "USA, USA, USA!".

Me abrazo con desconocidos. Uno de ellos dice: "¡Ahora, que venga Alemania!" Da lo mismo cualquier rival, parece, porque Estados Unidos juega de igual a igual contra todos. Una locomotora desbocada (como Altidore), que va al frente con más corazón que cabeza, que sólo tiene a Donovan para pararla y pensar un poco. Un equipo que falla muchos goles y no tiene a los árbitros de su lado, pero no importa, no ahora. La televisión muestra autos tocando la bocina en Times Square, algarabía en algunos barrios de Los Angeles. Para que se imponga el fútbol aquí no se requiere de la estrategia de la FIFA, lo que se necesita es emoción. Y los muchachos de Bradley, con Donovan a la cabeza (el pobre, no sabe lo que se le viene: ya lo han comenzado a llamar "héroe"), se han dedicado a darle emoción al mundial.  

(Blog Papeles Perdidos, Babelia, El País, 23 de junio 2010)
   
 

 
 

[Publicado el 24/6/2010 a las 02:12]

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Biografía

Edmundo Paz Soldán (Cochabamba, Bolivia, 1967) es profesor de Literatura Latinoamericana en la Universidad de Cornell. Es autor de nueve novelas, entre ellas Río Fugitivo (1998), La materia del deseo (2001), Palacio Quemado (2006) y Los vivos y los muertos (2009); y de los libros de cuentos Las máscaras de la nada (1990), Desapariciones (1994) y Amores imperfectos (1998). Ha coeditado los libros Se habla español (2000) y Bolaño salvaje (2008). Su libro más reciente es Norte (Mondadori, 2011). Sus obras han sido traducidas a ocho idiomas, y ha recibido numerosos premios, entre los que destaca el Juan Rulfo de cuento (1997) y el Nacional de Novela en Bolivia (2002). Ha recibido una beca de la fundación Guggenheim (2006). Colabora en diversos medios, entre ellos los periódicos El País y La Tercera, y las revistas Etiqueta Negra, Qué Pasa (Chile) y Vanity Fair (España).

Bibliografía

Portada 'Los vivos y los muertos'

Norte (2011). Mondadori

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