El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

sábado, 26 de mayo de 2012

 Río Fugitivo / Blog de Edmundo Paz Soldán

Bret Easton Ellis: Obsesivos días circulares

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No todos los escritores celebran los veinticinco años de publicación de una novela célebre publicando una suerte de continuación de la historia. Bret Easton Ellis sí, con Imperial Bedrooms, que homenajea a y dialoga con Menos que cero. No podía ser de otra manera: Ellis se ha mostrado siempre consciente de su status de escritor célebre; en las últimas novelas, la celebridad del escritor se ha vuelto incluso un tema autorreferencial: en Lunar Park el personaje central se llama Bret Easton Ellis, un escritor perseguido por un adolescente disfrazado como Patrick Bateman (el personaje central de American Psycho).
   
El narrador de Imperial Bedrooms, Clay, es un personaje de Menos que cero. Las primeras páginas de la novela juegan con la realidad/ficción de la primera novela de Ellis: "Habían hecho una película sobre nosotros. La película estaba basada en un libro escrito por alguien que conocíamos". Clay habla con ironía del escritor de ese libro, que había mostrado "la indiferencia juvenil, el resplandeciente nihilismo" y "presentado con glamour el horror de todo esto". Clay es ahora guionista de Hollywood, y desfilan en torno a él los personajes de la primera novela: Rip, el rostro desfigurado por inumerables cirugías plásticas; Trent, el productor, y Blair, su esposa; Julian, a cargo de un servicio de acompañantes.
   
Bret Easton Ellis retorna a la escena del crimen y descubre que casi nada ha cambiado: su mundo autorreferencial es obsesivo y cíclico. La novela se lee rápido: el estilo es el de los primeras libros, de frases cortas, lenguaje básico y mucho diálogo. Los adolescentes nihilistas de antes son ahora adultos con dinero, cínicos que a una vida de privilegio le han añadido algo de poder. Clay se acuesta con actrices jóvenes con la promesa de conseguirles un papel en su próxima película. Cuando se ve en el espejo, se asemeja a un "adolescente viejo". Eso parece ser lo único que ha cambiado: el paso del tiempo ha hecho que Clay y sus amigos, que viven entre jóvenes, estén muy dispuestos a la próxima cirugia (o a la droga, para olvidarse de todo).
   
En este universo en que lo superficial es un valor por sí mismo, Clay se descubre con sentimientos hacia Rain, una actriz tan bella como mediocre. La novela, de pronto, se convierte en un homenaje al Chandler de El largo adiós: todos traicionan a todos. Eso se combina con la parafernalia de múltiples películas de horror -los mensajes que llegan al celular sin saber quién los envía, el auto que sigue a Clay todo el tiempo--, y se crea ese vago aire de amenaza que Ellis domina tan bien. Como en Lunar Park, la culpa y la ansiedad aparecen, el duelo y la melancolía se instalan. Los personajes de estas novelas saben que algo han hecho mal, pero no están seguros de qué es. Así, el escritor del cinismo amoral demuestra que también sabe narrar la culpa imprecisa.
   
Pero Ellis no sólo se conforma con visitar Menos que cero o Lunar Park. También están las referencias a American Psycho, sobre todo en la violencia de los juegos eróticos -en los que hay más sadismo que placer--, y en las muertes grotescas de algunos personajes. Esta novela, claro, no se compara con lo se despliega en American Psycho. Eso sí, un dato interesante: la aparición de lo mexicano como algo asociado a lo violento (los jóvenes torturadores de una pandilla en Los Angeles, la mención a muertes ritualísticas en Ciudad Juárez).

Queda la sensación de que esta novela se ha escrito antes. Quizás ése era el objetivo de Bret Easton Ellis: mostrar que algunas cosas cambian para que todo permanezca igual. Si ésa es la conclusión principal, digamos que es poco. 

(La Tercera, 21 de junio 2010)

[Publicado el 21/6/2010 a las 17:47]

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Carlos Monsiváis: Postales mexicanas

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Carlos Monsiváis acaba de fallecer. Lo leí, lo admiré, lo enseñé. Cuando lo conocí, me sorprendió la acidez de su humor, su mirada abarcadora sobre la cultura y política latinoamericanas. La última vez que lo vi, hace un par de años en Madrid, lo encontré muy pesimista sobre el presente mexicano, y me dijo que la culpa era de la violencia cotidiana. Sus comentarios tenían la brillantez de siempre.

En septiembre del 2006, cuando ganó el premio Juan Rulfo, escribí sobre él en La Tercera. La reproduzco a continuación. 

Hace un par de años en la feria del libro de Miami, asistí a un feroz debate entre Mario Vargas Llosa, Carlos Alberto Montaner y Carlos Monsiváis. El intercambio de ideas llevó a una clara polarización: en una esquina, Vargas Llosa y Montaner; en la otra, Monsiváis. Pese a ser superado numéricamente, el intelectual mexicano se defendió con humor y lucidez; sus ataques al ALCA no tuvieron desperdicio. Todo el público quedó convencido de la ortodoxia izquierdista de Monsiváis.

Esa misma noche, en la cena en homenaje a los participantes del debate, tuve la oportunidad de sentarme a su lado. De inmediato, Monsiváis me contó que Evo Morales había visitado México hacía poco, y que lo habían escandalizado los aplausos de la intelectualidad de izquierda cuando el líder indígena boliviano habló de llevar a la cultura occidental "al paredón de fusilamiento". Ahí me quedó claro que Monsiváis era un izquierdista peculiar: nada ortodoxo, capaz de ser crítico con la misma izquierda cuando era necesario. Otro ejemplo más actual: su ferviente apoyo a la candidatura presidencial de Lopez Obrador, su convicción de que en las elecciones mexicanas hubo fraude y de que la protesta es justa y necesaria, no ha evitado que atacara en un carta pública los métodos elegidos por Lopez Obrador para la protesta: "el bloqueo... es un hecho de insensibilidad profunda que lastima una causa que es de muchísimos".

Carlos Monsiváis, reciente ganador del premio Juan Rulfo, es un intelectual tan conocido por el público que ha aparecido en más de una tira cómica (ya en 1995, el periódico La Jornada llamó a esto "monsimanía"). Nacido en 1938 en el seno de una familia protestante en el México católico, se estrenó como periodista en 1954 -año en que también aparece el primer libro de Carlos Fuentes--, con una crónica sobre una manifestación política en la que habían participado Frida Kahlo y Diego Rivera. Con más de cincuenta años de participación continua en la esfera pública, Monsiváis ha sido uno de los que más ha hecho por mantener la elevada calidad del género de la crónica en la tradición latinoamericana (una tradición que tiene su punto elevado con los modernistas de fines del siglo XIX). Lo suyo, claro, es más bien "nueva crónica", pues dialoga activamente con el "nuevo periodismo" de los Estados Unidos (Tom Wolfe, Hunter Thompson), con su estilo de no oponer la crónica a la ficción (la crónica también participa de la ficción, de la imaginación). Entre sus libros más importantes de crónicas se encuentran Amor perdido (1977), Escenas de pudor y liviandad (1981) y Los rituales del caos (1995).

Monsiváis es un creador prolífico, de admirable versatilidad temática: sus textos van desde el análisis de la alta calidad literaria presente en la obra de Salvador Novo hasta la importancia del bolero y la telenovela como formas culturales imprescindibles para entender el siglo veinte mexicano, pasando por los ritos melodramáticos relacionados con la Virgen de Guadalupe. Después de Borges, es el que más ha hecho por convertir al prólogo en un género literario.

Monsiváis es un agudo observador de la vida política; de hecho, su fama comienza con sus crónicas sobre la masacre de Tlatelolco en 1968, recogidas en su libro Días de guardar (1970): "En el féretro el hijo único, victimado dos días antes en el Casco de Santo Tomás, al adueñarse el ejército de las escuelas del Politécnico. No, ella no ha acumulado reproches, ni maldiciones, ni injurias. Avanza y va demostrando, con desplazamientos irrevocables y exactos, la torpeza de la estatuaria cívica. Ella camina y su paso lo preside todo, restaura proporciones que el caos había olvidado. Sus brazos en alto concluyen en la V. Un concepto del luto y de la pérdida se está enterrando ahora". Se puede decir que, en Tlatelolco, la izquierda mexicana encuentra su voz en los textos de Monsiváis y Elena Poniatowska.

A través de las crónicas de Monsiváis se puede seguir el crecimiento desaforado de la ciudad de México. Como dice John Kraniuskas, el tema constante es el de la "creatividad de la cultura popular en un contexto de urbanización acelerada y precariedad económica". La identidad mexicana no se forma en la escuela sino a través de la industria cultural; la radio, el cine, la música popular, la televisión ofrecen modelos de conducta para ser sacralizados (el pelado, el macho, Cantinflas): Monsiváis señala que entre 1930 y 1950, gracias a la radio, "se va precisando el nuevo personaje o nueva categoría social, el Ama de Casa, el primero y el más firme de los auditorios cautivos... la criatura de la domesticidad y los detergentes que llora, ríe o se pasma a petición del melodrama y de las sugerencias como órdenes del locutor".

El melodrama ayuda a unificar la sociedad, su sentimentalismo amortigua la transición de la sociedad tradicional a la sociedad moderna. En Monsiváis no hay nostalgia ante aquello que se pierde; hay más bien crítica ante la forma regocijada en que la gente se integra a la sociedad de consumo capitalista, y una mirada dispuesta a sorprenderse ante las nuevas formas que tomará la creatividad popular.

Kraniuskas también sugiere que todo se desplaza en los textos de Monsiváis: el cronista deambula por la ciudad; la cultura alta se disemina a través de la cultura de masas (la poesía modernista se refugia en los boleros); lo religioso impregna lo secular (el vocabulario sacro es central en las canciones de Luis Miguel). Las crónicas y ensayos de Monsiváis, obsesivamente centrados en México, también sirven para entender a América Latina -de hecho, el año 2000 ganó el premio Anagrama de ensayo con Aires de familia, un análisis de la cultura y sociedad latinoamericana--. Con todo, lo cierto es que en Monsiváis se encuentra una paradoja necesaria: por más que lo suyo sea el desplazamiento continuo, él es principalmente el privilegiado cronista de un espacio único, la ciudad de México.

[Publicado el 19/6/2010 a las 21:49]

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Sólo para conversos

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Una hora antes de que comience el partido entre Estados Unidos y Eslovenia, la gente en los cafés de Ithaca no parece haberse dado por enterada. Algo muy opuesto a lo que se acostumbra en América Latina y España (bueno, en el mundo entero) cuando juega la selección nacional: las calles desiertas, la sensación de que algo importante está por ocurriendo, la efímera unión de los contrarios. Compro USA Today, y me sorprendo: no sólo un titular en primera página ("No room for error"), también cuatro de las doce páginas de la sección de deportes están dedicadas al mundial. Dos de ellas son un perfil del entrenador, Bob Bradley, cuyo detalle más importante, según el artículo, es que no es ni Dunga ni Maradona ni Capello, sino, simplemente, un hombre común al que le gusta la música de Bruce Springsteen. Su hijo Michael, que juega de titular en la selección sin que nadie cuestione favoritismos, declara, redundante como buen futbolista: "Él es el seleccionador, es mi padre. Yo soy un jugador, su hijo. No hay nada más que decir". Pues sí.

Las cámaras de Univisión -el canal más grande de televisión en español en los Estados Unidos-- muestran bares atestados en Nueva York y Boston, gente con banderas y sombreros con los colores de la bandera norteamericana. El periodista entrevista a un grupo, y resulta que uno es salvadoreño y otro panameño y así sucesivamente; les pregunta, entonces, por qué apoyan a los Estados Unidos. "Porque todos somos americanos", dice un boliviano, también redundante. El que no parece entusiasmado por esto es el locutor del partido en Univisión, que ayer relataba México-Francia con un claro apoyo al equipo del Vasco Aguirre, pero hoy no está dispuesto a que los eslovenos lo acusen de parcializado.

Del partido se puede decir que fue de ida y vuelta. Estados Unidos no brilla, pero siempre está dispuesto a entregar 90 minutos de emoción. Para hacerlo más interesante, el equipo norteamericano suele dejarse meter un gol en los primeros minutos. Y luego, a correr se dijo, a remontar, tan metido en el ethos de sus jugadores el espíritu de la épica. Alguien escribe en Twitter: "Los gringos son los nuevos alemanes del fútbol: tenaces, seguros". Sí, un equipo que no se da por vencido ni aun vencido. Y con dos en contra, apareció Donovan, que se inventó un golazo casi sin tener ángulo para el disparo, y luego el hijo del seleccionador, para que nadie dude de que está aquí por méritos propios, puso el segundo, e incluso hubo tiempo para un tercero, que el árbitro anuló equivocadamente.

La innata incapacidad para aceptar la derrota, la fe (no ciega) en ellos mismos, el funcionamiento de la meritocracia, la presencia natural de inmigrantes o hijos de inmigrantes en la selección (Donovan, Altidore, Onyewu, Howard, Torres, Bocanegra, Cherundolo...): el fútbol como mensajero de algunos de los valores más importantes de la sociedad norteamericana. Una lástima que, una vez más, al menos en los Estados Unidos, esta prédica magnífica haya sido sólo para los conversos.

(Blog Papeles Perdidos, Babelia, El País, 18 de junio 2010)

       

[Publicado el 18/6/2010 a las 22:33]

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El portero con Tourette

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El nacionalismo del que se precian los norteamericanos no parece haber llegado al fútbol. En la prensa, en Internet y en la televisión estos días, se da la misma atención tanto a Messi como a Donovan. El gran empate de los Estados Unidos ante Inglaterra no ha hecho mella: en las páginas deportivas de USA Today, un periódico que sirve de barómetro del interés nacional, los titulares están dedicados al abierto de golf que comenzará pronto y a la final de baloncesto entre los Boston Celtics y Los Angeles Lakers. En las revisterías, Eto'o posa en la portada de ESPN Magazine y Cristiano Ronaldo y Drogba en la de Vanity Fair. El único norteamericano que me habló de fútbol en Ithaca fue mi abogado, pero en él no había el mínimo interés en el partido de este viernes; lo suyo, más bien, parecía sacado de los "trending topics" de Twitter: ¿qué opinas de las vuvuzelas? ¿Y qué te parece el Jabulani?

De modo que algunas cosas cambian para que todo siga igual en el Reino en el que el Fútbol no es Rey. El que más parece haber ganado puntos es el portero, Tim Howard. "La voz de América", lo llama USA Today en su edición del 15 de junio, y recalca, claro, que este grandulón de rostro amenazante es tan amable que merecería ser parte de una película de Ron Howard. "Gran persona, gran familia", dice de él su entrenador, y ya tenemos la imagen perfecta para los comerciales. Lo curioso de esa nota es que no menciona el dato más importante de Howard: como el detective de Jonathan Lethem en su magnífica Huérfanos de Brooklyn, el portero padece de síndrome de Tourette.

Para enterarse de estas cosas hay que leer el New Yorker. Allí, en la edición del 7 de junio, uno se entera de que James Leckman, un especialista en Tourette que trabaja en Yale, cree que alguna gente con este síndrome tiene una "empatía somática extraordinaria", lo cual los lleva a "sentir cosas en el movimiento corporal de los otros que la mayoría de la gente no siente, alguna señal o vibración... que es algo que les permite ver lo que va a ocurrrir antes de que ocurra". En otra palabras: Howard es un gran portero porque tiene Tourette (señores cazatalentos, ya saben dónde buscar a los futuros Iker Casillas).     

Howard, como todos los que tienen Tourette, tartamudea, tiene tics exagerados y movimientos faciales inesperados, y por eso un tabloide inglés lo llamó "retardado" cuando éste fue contratado por el Manchester United en el 2003 (ahora es el portero del Everton). Las cámaras no suelen captar estos gestos de Howard porque su concentración en los partidos tiende a bloquearlos,  y eso que él no toma medicamentos por miedo a convertirse en un "zombi". Ese tabloide que lo insultó estaría hoy muy feliz si Howard fuera el portero de la selección inglesa. ¿Qué dirán los eslovenos después del partido de este viernes? ¿Y qué dirá mi abogado? Estoy dispuesto a aceptar cualquier otra teoría coherente que explique por qué Howard es enorme. Mientras no se me hable de vuvuzelas y Jabulanis, todo estará bien.

(Blog Papeles perdidos, El País, 17 de junio 2010)
 

[Publicado el 17/6/2010 a las 14:06]

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Estados Unidos: como si fuera China

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Vi el partido entre Estados Unidos e Inglaterra en la casa de mi pareja en Santa Cruz (Bolivia). Solo frente a una pantalla de televisión, pensé que no me perdía de nada: incluso en un bar en Boston me hubiera sentido igual. Para evitar desilusionarse, hay que asumir la soledad del que sigue el fútbol en los Estados Unidos.

En los papeles, Inglaterra partía como el favorito: un equipo que tiene como estrella a Rooney debería ser mucho más que uno cuya carta principal se llama Landon Donovan (elegido mejor jugador joven del mundial 2002, Donovan se ha convertido en un armador decente, pero su juego nunca ha terminado de explotar). Los primeros cinco minutos, así fue: llegada clara, toque de Heskey para la definición de Gerrard. Estados Unidos, sin embargo, no se achicó, y mostró la mejor cara que tiene, quizás la única que entiende: salir al frente con valentía, olvidarse de quién es el rival. Así, poco a poco, la pelota pasó a poder de los norteamericanos, que no son maestros del pase corto pero sí son capaces de complicarle a cualquiera y entienden que el fútbol debe ser vertical. Y llegó el gol, de forma inesperada: un remate de Dempsey que no llevaba peligro, y las manos de Green que empujaron el balón adentro. Para los tabloides ingleses, seguro habrá una culpable: la Jabulani. Pero está claro que un equipo en el que el portero titular es conocido como "Calamity" James (que hoy no jugó por estar lesionado) no tiene mucho de qué enorgullecerse en este tema.  

En el segundo tiempo, hubo un remate de Altidore, y eso fue todo para los Estados Unidos, que pareció contentarse con el empate. O quizás no daba para más. Se trata de un equipo correcto, que juega al fútbol de la manera más clásica y tradicional posible. Ningún jugador se sale del libreto estratégico, todos tienen una gran disciplina táctica y su despliegue físico es envidiable. Curiosamente, un país en el que el individualismo es la clave del éxito, tiene un equipo de abejas obreras, en el que lo colectivo es lo único que cuenta: si vamos a los lugares comunes de las idiosincracias nacionales, digamos que Estados Unidos juega al fútbol como si fuera China.

Me estoy olvidando del portero, Tim Howard. Elegido por la FIFA como el mejor jugador del partido, él sí demostró seguridad en cada una de sus intervenciones. Nueva ruptura del lugar común: una nación imperialista, acostumbrada a la guerra y al ataque, tiene a su figura principal allá atrás, de custodio. Me temo que eso no hará que los norteamericanos se conviertan en fanáticos de este deporte.   

(Blog Papeles perdidos, Babelia, El País, 13 de junio 2010)
 

[Publicado el 13/6/2010 a las 16:49]

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Estados Unidos y el fútbol: una curiosa desconexión

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Hacia 1994, fui a ver un partido de fútbol en Texas entre los Estados Unidos y Bolivia. Al llegar al estadio, me sorprendió que no hubiera aglomeraciones, que los autos circularan como si nada importante estuviera ocurriendo, que no hubiera gente vendiendo banderas. El día seguía su curso, el tráfico fluía, la televisión seguía con su programación normal. Entendí que lo que veía era un buen símbolo del estado del fútbol en los Estados Unidos: la selección podía jugar, pero eso le era indiferente al ciudadano medio. Después de todo, no se trataba de un partido de fútbol americano, ni uno de baloncesto o béisbol.

Una vez en el estadio, descubrí que la mayoría de los espectadores eran inmigrantes bolivianos. También había otros inmigrantes hispanos (mexicanos, salvadoreños, etc). El resultado de todo esto era que, esa tarde en Texas, Bolivia jugaba como si estuviera de local y los Estados Unidos era un equipo visitante en su propio país. No debía haberme sorprendido, de hecho había visto jugar a los Estados Unidos contra México en Los Angeles, y el clima en el estado era incluso agresivamente ofensivo contra los Estados Unidos.

Más de quince años después, las cosas no han cambiado. El ciudadano medio sabe quién es David Beckham, pero si le preguntan por Landon Donovan pondrá una cara de desconocimiento total. Estados Unidos sigue jugando de visitante en estados como California, Texas y la Florida. La liga de fútbol nacional (MLS) se ha consolidado, los equipos tienen sus seguidores fervorosos, pero esto se debe sobre todo a que el país es tan grande que hasta una liga de cricket podría funcionar sin problemas: hay suficientes inmigrantes como para respaldar los deportes más exóticos. Eso de el fútbol como pasión de multitudes no termina de cuajar aquí.

Hay, entonces, una curiosa desconexión entre lo que sucede en las calles (y en las pantallas) y en la cancha. Estados Unidos juega cada vez mejor, y la FIFA lo considera uno de los quince mejores equipos del mundo. La última vez que perdió España, el gran favorito de este mundial, fue contra Estados Unidos (el año pasado, en las semifinales de la Copa Confederaciones). A su acostumbrado despliegue físico, los norteamericanos le han ido añadiendo, con los años, disciplina táctica y tranquilidad a la hora de salir jugando; nada de los pelotazos y el correr como gallinas sin cabeza de hace apenas dos décadas.

Incluso el futuro está del lado de los Estados Unidos: en Soccernomics, Simon Kuper y Stefan Szymanski llegan a la conclusión de que hay ciertos factores que influyen mucho en el resultado de un partido, entre ellos tener un PIB impresionante y una población enorme. Debido a eso, Kuper y Szymanski pronostican que entre las grandes potencias del fútbol de este siglo estarán Japón, Australia, Turquía y… los Estados Unidos.

Un equipo sólido con un gran futuro, un mundial con suficientes fanáticos como para llenar los principales bares de Boston, Nueva York y otras grandes ciudades… ¿Qué más se puede pedir? Si al país le va bien, no habrá despliegues apasionados en las calles, pero digamos que nadie es perfecto. En cuanto a mí, para el partido de este sábado contra Inglaterra esperaré con ansias una victoria de los Estados Unidos. ¿Y cuándo a esta selección le toque jugar contra un equipo latinoamericano o España? Mejor no digo nada por ahora. Yo, argentino.  

(Blog Papeles Perdidos, Babelia, El País, 11 de junio 2010)

[Publicado el 11/6/2010 a las 20:06]

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1994: Un mundial sin la pelota

 

El periódico El Comercio de Lima pidió a varios escritores y deportistas que escribieran algunas líneas sobre mundiales pasados. A mí me tocó el de 1994. Esto fue lo que escribí:

Tuve la suerte de pasar mis vacaciones de invierno en Bolivia el 94, de modo que pude ver el mundial de Estados Unidos con mis amigos de la infancia en Cochabamba, en bares con pantalla gigante. Tenía un mal recuerdo del mundial del 90, que me había tocado ver en los Estados Unidos (donde vivo), en casa y solo, y me prometí no volver a hacerlo. Además, el 94, Bolivia había clasificado para el mundial y teníamos una generación notable, que incluía al Diablo Etcheverry, Milton Melgar y Platini Sánchez. Valía la pena verlo en casa, entre banderas tricolores, con esa fe que no se agota a pesar de tantos desengaños.

El partido inaugural lo vi en un restaurante a tres cuadras de mi casa. Bolivia sorprendió jugándole de igual a igual a Alemania, uno de los favoritos; de todos modos, como suele ocurrir en estos casos, el gol lo metió Alemania. En los minutos finales entró Etcheverry, que acababa de recuperarse de una lesión muy grave. Creíamos que el mundial lo podía consagrar; en cambio, terminó expulsado minutos después de un choque con Matthaus. El lugar común volvió a aparecer: jugamos como nunca, perdimos como siempre.

No se puede hablar maravillas de un mundial en el que, por primera vez en la historia, el título se decide por penales: Brasil, repetitivo campeón, con la creación de Romario y Bebeto y la destrucción de Dunga. Quedan los tiros libres de Hagi, la magia de Baggio, el jogo bonito de los holandeses, la capacidad para fallar penales de los mexicanos, y, como posdata sangrienta, el asesinato del defensor colombiano Andrés Escobar, poco después de que terminara el mundial, culpable de haber metido un autogol en un partido clave. Ah: terminamos últimos en nuestro grupo, incluso después de Corea.

Una vez más, la gran estrella fue Diego Maradona. Pero esta vez se trataba de una estrella caída. Véanlo hacerle un pase maravilloso a Caniggia para uno de los goles contra Nigeria. Asómbrense de la forma en que encara el área para marcar su último gol en un mundial. Qué energía, dice un amigo, y a su edad. Despídanlo de la cancha de la mano de una enfermera, ave de mal agüero que lo llevará al control antidoping y al infierno del positivo. Los cables dirán efedrina, pero la literatura no es tan prosaica y ya se encargará de inventarle una historia a la medida de su leyenda.    

Etcheverry, Escobar y Maradona: lo que más recuerdo de ese mundial no ocurrió con la pelota. Nada bueno para el fútbol, sublime para la literatura.    

(El Comercio, Lima, junio 2010)

[Publicado el 09/6/2010 a las 17:41]

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Mundial de estadísticas

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Los ingleses, eternos candidatos a títulos, esperando el desenlace de una tanda de penales

El fútbol es un obsesivo juego de números, lo saben quienes siguen la campaña de su equipo año tras año y estudian en detalle la tabla de posiciones, se fijan en los goles a favor (por si hay empate al final), hacen cálculos acerca de los posibles puntos a ganar en los siguientes encuentros. En cada partido, se sabe el porcentaje de posesión de la pelota de cada uno de los equipos, la cantidad de disparos al arco, incluso los kilómetros recorridos por los mediocampistas. Hay muchísimos datos a disposición de todos los interesados, y sin embargo esos estudios no han llegado a ser sistematizados de la misma forma que en el básquetbol o en el fútbol americano.

Sin embargo, las cosas están cambiando. En Soccernomics, Simon Kuper y Stefan Szymanski, el primero cronista deportivo y el segundo economista, se ponen a ver el fútbol como "un problema a resolver", estudian los datos con fórmulas provenientes de la estadística y la economía y descubren que, "hasta cierto punto, el fútbol es racional y predecible", aunque, claro, esto se puede ver en tendencias de larga duración: en cada partido hay una "gloriosa incertidumbre". Por ejemplo: después de usar la técnica de la múltiple regresión para estudiar los datos de 22.000 partidos internacionales jugados entre 1872 y 2001, Kuper y Szymanski llegan a la conclusión de que hay ciertos factores que influyen mucho en el resultado final de un partido: jugar de local te da una ventaja de un gol en dos de cada tres partidos; tener el doble de experiencia que tu rival vale medio gol; tener el doble de población que tu rival vale una décima de un gol, al igual que tener el doble del PIB.

Gracias a estos datos, "es muy fácil predecir la primera fase de una Copa Mundial". Y también se puede descubrir que están equivocados los ingleses, quienes consideran a su selección como un equipo que en las últimas décadas no ha logrado resultados acordes con su historia. Más bien, Kuper y Szymanski muestran que desde 1980 hasta el 2001 Inglaterra consiguió resultados mejores a los que sugería el modelo. Los ingleses, como creadores del fútbol, jamás han sido capaces de abandonar la imagen elevada que tienen de su selección, ni siquiera cuando la historia no los ha acompañado.

En cuanto a los penales, escuchamos tantas veces a los entrenadores decir que hubieran ganado el partido de no ser por ese "injusto" penal cobrado por el árbitro. La pregunta que se hacen los autores de Soccernomics es si de verdad los penales cambian el resultado de un partido. Después de analizar 1520 partidos de la liga inglesa, la conclusión contundente es que no: los equipos locales ganaron el 47% de las veces cuando no hubo penal a su favor, y 50% cuando lo hubo; para los visitantes, los datos indican: 27% y 28%; empates: 26% y 22%. Las diferencias son estadísticamente insignificantes como para ser tomadas en cuenta.

Kuper y Szymanski también atacan el mito del fanático hasta la muerte del club de su infancia, cuyo más ferviente defensor es Nick Hornby en Fever Pitch. Hornby cuenta en esas memorias de su "encadenamiento" al Arsenal, un equipo al que no puede abandonar a pesar de sus pésimas campañas en los setenta, y con el que tiene la relación más duradera de su vida. ¿Es ése el fanático más típico del fútbol? Las estadísticas dicen que no. Si se toma en cuenta a la gente que va a los estadios-un buen indicador del entusiasmo en apoyar a un club--, se puede ver que en el 70% de los casos hay una correlación directa entre la buena campaña de un equipo y un aumento en el apoyo. El 2008, la compañía Sport + Market calculó que, desde que Roman Abramovich compró el Chelsea en el 2003, el número de sus fanáticos en Inglaterra ha crecido en un 523%. Un apreciable número de fanáticos tiende a abandonar a su equipo si éste no logra resultados positivos. Y otro buen número son polígamos capaces de apoyar al mismo tiempo a varios equipos.

Entonces, ya lo sabemos para este mundial: es muy probable que en la primera fase Chile le gane a Honduras y Suiza. No hagamos caso a los entrenadores que se quejen de haber perdido por culpa de un penal. Si a Costa de Marfil le va bien, aumentará el número de sus hinchas en el mundo. De hecho, yo me volví fanático de Argentina y Holanda durante el mundial 78. Y de España en la última Eurocopa.

(La Tercera, 7 de junio 2010)

[Publicado el 07/6/2010 a las 17:10]

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Zombie

Hace unos diez años estaba revisando las solicitudes para el doctorado en literatura latinoamericana en Cornell cuando me topé con un ensayo deslumbrante sobre Borges. Su autor se llamaba Mike Wilson. Mis colegas coincidieron conmigo al reconocer la calidad del dossier de Mike, y así él vino a hacer su doctorado con nosotros. Era un caso curioso: un estadounidense que quería escribir en español (había nacido en la Argentina y estaba casado con chilena). Lo tuve como alumno de cursos de literatura contemporánea, y recuerdo su emoción al descubrir la obra de Rodrigo Fresán. Fascinado por la ciencia ficción, por la literatura fantástica y la novela gráfica, no me sorprendió que su tesis doctoral dialogara tanto con El Eternauta y Borges como con películas como Moebius o Dark City.
 
Esos años en Ithaca, Mike luchaba por combinar el trabajo académico con la vocación literaria. Se fue a vivir a Chile el 2005 y con el tiempo ha logrado consolidar ambas cosas. Mike es, por un lado, profesor de literatura en la Universidad Católica de Santiago de Chile. Por otro, su primera novela, El púgil (2008), logró muy buenas críticas. La segunda, Zombie, acaba de publicarse en Chile por Alfaguara y muestra un notable salto cualitativo. Zombie está ambientada entre las ruinas de un suburbio de clase media-alta en el día después de una conflagración nuclear ("del otro lado está el cráter; la desolación negra de donde una vez se alzaba la Capital"). En ese devastado paisaje post-apocalíptico deambulan los adolescentes de esta novela dueña de una poderosa carga visual y un sofisticado ensamblaje literario, con referencias inteligentes a Lovecraft y a otros clásicos del horror y la ciencia ficción. El que se roba la novela es Frosty; con su cara desfigurada y su adicción al meth, es el corazón oscuro de este texto que sugiere que acaso no haya nada peor que seguir viviendo después del fin.

La carrera de Mike Wilson está lanzada. Habrá larga vida para Zombie

P.D.: Aquí se pueden leer las críticas a Zombie.
 

[Publicado el 26/5/2010 a las 11:10]

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Los verdaderos dueños de Wall Street

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A fines de los noventa tuve una estudiante canadiense que, para descansar de la escritura de su tesis doctoral, se puso a invertir en la bolsa desde la computadora de su departamento. En ese entonces, una de las grandes promesas de Internet era la posibilidad de convertir al ciudadano común en un inversor astuto desde la comodidad del hogar. Mi estudiante me convenció de que le diera buena parte de mis ahorros para que ella los invirtiera por mí; las ganancias estaban aseguradas. Seis meses después, debí retirarme después de haber perdido el 70% del dinero invertido.
   
Al otro extremo del inversor común, en la mitología de la bolsa del fin de siglo, se encontraban los Gordon Gekkos de Wall Street, el filme de Oliver Stone: los hombres despiadados, de reflejos rápidos y nervios de acero, que conocen el mercado perfectamente pero cuyo talento para hacer dinero depende, sobre todo, de su gran intuición. Stone nos hizo creer que eran ellos los que controlaban los vaivenes del dinero. Sin embargo, Scott Patterson, en su libro The Quants (2010), nos muestra que la realidad es, a la vez, más compleja, prosaica y fascinante.
   
En el lenguaje de Wall Street, los quants son los inversores que utilizan supercomputadoras y sofisticados algoritmos para vencer al mercado. Para los quants no hay intuición que valga: todo depende de desarrollar fórmulas y modelos matemáticos que puedan utlizarse para "calcular los patrones predecibles del funcionamiento del mercado". El padrino de los quants se llamaba Ed Thorp, un profesor de M.I.T. que, en la década del sesenta, después de desarrollar estrategias matemáticas para ganar en los casinos de Los Vegas, tuvo la brillante idea de aplicar lo que sabía para triunfar en Wall Street.

Según Patterson, Thorp no sólo entendió que, en el fondo, Wall Street es como un gran casino; también que la hipótesis del mercado eficiente que en ese entonces predominaba en Wall Street -y que sugiere que el mercado es impredecible y que los precios reflejan correctamente toda la información conocida sobre éste- estaba equivocada: "había fallas en la información que tenían algunos inversores en el mercado, factores técnicos que podían llevar a breves discrepancias en precios". Armado de matemática pura y computadoras poderosas, un buen quant podía aprovecharse de esas fallas y volverse millonario.  
   
A principios de la década pasada, los quants no eran la excepción sino los que dominaban Wall Street. Para Patterson, son ellos los principales culpables de la crisis financiera que explotó el 2007 y que provocó el colapso de bancos prestigiosos en Estados Unidos. Los modelos financieros que los quants impusieron en Wall Street durante el último cuarto del siglo pasado se convirtieron en una doctrina invisible de tan poderosa; estos modelos entendían que la volatilidad de los precios en las opciones dependía de movimientos brownianos -no se puede adivinar cuál será el siguiente movimiento, pero sí el promedio, que tiende a obedecer a una distribución normal--, lo cual excluía grandes cambios en los precios. Ya sabemos que en una crisis financiera el pánico y la histeria hacen presa fácil de los inversores, y ocurren esos saltos en los precios para los cuales no están preparados los modelos (a principios de los sesenta, el matemático Benoit Mandelbrot desarrolló teorías que incluían la posibilidad de estos saltos o fat tails, pero los quants no lo tomaron en cuenta).
   
Patterson señala que en los últimos tres años la hipótesis del mercado eficiente ha dado lugar a nuevos modelos que usan teoría del caos para entender los mercados financieros. Han surgido la "neuroeconomía" y las teorías de la conducta financiera que tratan de incluir en los modelos el comportamiento a veces irracional del inversor, incluso la forma en que funciona el cerebro.

Los quants llevaron a muchos inversores al precipicio y fueron humillados. Sin embargo, poco a poco van planeando su venganza. Las computadoras son cada vez más rápidas, y hay quants que ya han desarrollado máquinas inversoras capaces de responder a la orden de un cliente en tres milisegundos. Otros han creado "algoritmos depredadores" capaces no sólo de buscar discrepancias entre precios sino de causarlas. La nueva regulación financiera emprendida por Obama no será un rival adecuado para el deseo del hombre de ganar mucho dinero lo más rápido que se pueda.

(La Tercera, 24 de mayo 2010)

[Publicado el 24/5/2010 a las 16:16]

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Biografía

Edmundo Paz Soldán (Cochabamba, Bolivia, 1967) es profesor de Literatura Latinoamericana en la Universidad de Cornell. Es autor de nueve novelas, entre ellas Río Fugitivo (1998), La materia del deseo (2001), Palacio Quemado (2006) y Los vivos y los muertos (2009); y de los libros de cuentos Las máscaras de la nada (1990), Desapariciones (1994) y Amores imperfectos (1998). Ha coeditado los libros Se habla español (2000) y Bolaño salvaje (2008). Su libro más reciente es Norte (Mondadori, 2011). Sus obras han sido traducidas a ocho idiomas, y ha recibido numerosos premios, entre los que destaca el Juan Rulfo de cuento (1997) y el Nacional de Novela en Bolivia (2002). Ha recibido una beca de la fundación Guggenheim (2006). Colabora en diversos medios, entre ellos los periódicos El País y La Tercera, y las revistas Etiqueta Negra, Qué Pasa (Chile) y Vanity Fair (España).

Bibliografía

Portada 'Los vivos y los muertos'

Norte (2011). Mondadori

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