Nicholas Carr, un profesor de literatura, se ha sentido espantado tras comprobar que había perdido su capacidad (netamente profesional) para leer texto largos. Asustado, ha escrito un libro, Superficial. ¿Qué está haciendo internet con nuestras mentes? (Taurus) que no se debe uno perder. O bien se halla cualquiera de nosotros tan perdido, según el profesor Carr, que no habrá ya, en el futuro, capacidad humana para leer un libro.
Y así entramos en esta aporía de la información y el conocimiento muy del estilo del tiempo. Entramos en este superabuso (y gratuito) de la información que necesariamente sepulta la ocasión del conocimiento. Sabemos de muchas cosas pero al no pensarlas son como porciones alimenticias que no absorbemos, pastillas que no metabolizamos y cumplen así con el desideratum posmoderno del ligero tránsito intestinal.
Pasan muchas cosas y tantas más gracias a los infinitos medios de comunicación en la red. Pero además pasan todas ellas a gran velocidad y delirante premura para dar lugar a las que empujan detrás y requieren también su oportunidad de viaje por el tubo intestinal.
Precisamente la bulimia tradicional se ve remedada y doblada por la bulimia de los elementos informativos. El ocio que antes era un dejarse llevar para sesiones de dos horas o para contemplaciones de un fin de semana se viene a sustituir por un arrebatado consumo de inputs de la Red. Sean estos inputs las redes sociales las búsquedas que llevan de aquí para allá. Incluso esa absorción de trago corto no sólo ha terminado con nuestra flora mental o intestinal sino con el florecimiento de supuestas libertades más allá de la pantalla puesto que en la pantalla, según nos demuestra ella misma constantemente se encuentra todo lo que hay por ver. La libertad de Túnez o de Egipto incluidas.
Más allá de la pantalla, al otro lado de la información, va levantándose un desierto humano puesto que en comparación con la abarrotada población y acontecimientos en el ordenador, fuera de él sólo se ve la milésima parte de lo que acaso ocurra o sin ocurrir suceda.
Meditación sobre el ahora, el presente, el ausente, el pretérito o el porvenir se vuelven ocupaciones hueras. La meditación era la esencia del libro. Su médula. Meditación para la oración, meditación para la reflexión y la adquisición de la memoria. Ahora, esa herramienta ha descarrilado y va a tumbos sin cesar. Pero la velocidad del tren sobre la red no acepta estaciones ni carriolas. Ni parones, ni pausas para recapitular. La misma sucesión de páginas sobre un mismo tema acaban por marchitar el alma del tema. Cada elemento en la red, cada flor informativa es un brote que nace y se mustia, que nace y decae como abono para que venga la siguiente a crecer. Es, en suma, la forma de la comida rápida y la bulimia que acompañada de su vómito deja sitio, y cuanto antes mejor, para las nuevas deposiciones los millones de impactos que llegan por todas partes y por todas partes atufan. ¿Cómo la mente no iba a quedar afectada de esta respiración?[Publicado el 31/1/2011 a las 09:48]
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Sobre lo que significa escribir y terminar de poner el punto final a un libro hay tanta literatura como ficción. Tanta ficción literaria en la que se han basado no ya los argumentos de los libros sino las ficciones de los autores. Se acaba un libro y no pasa nada. Sólo vendría el alborozo si, como en los sorteos o en los partos, apareciera algo desconocido. De ahí que la sorpresa feliz del alumbramiento o del premio sean tan intensas. Nada es tan importante como aquello que no sabemos clon exactitud cómo se ha hecho o cómo lo hemos hecho. ¿Cómo, pues, esperar que nos alboroce un trabajo que, como la escritura, se realiza artesanalmente, primitivamente, letra a letra, adjetivo adjetivo, corrección tras corrección, fatiga tras insomnio, preocupación tras dudas y dudas?
La sensación más ajustada a la terminación de la obra es la de alivio. La obra bien hecha sólo será posible de estimar, si llega el caso, mucho después. Cuando está impresa y no es igual a los folios entregados, cuando se lee y no parece que, estando bien, la hayamos escrito nosotros. El nosotros, el yo, para acabar, es una pesada carga que de la fatigosa identidad va a la queja, que de la queja pasa al falso orgullo y que del orgullo desemboca en la humillación. El yo es un círculo que apresa. El yo es un anillo que circunvala. Cuando más se disfruta del mundo es en aquellos momentos que creemos volar sintiendo que nos hemos liberado del yo como se liberaría de su amo la paloma anillada.
Gozamos más cuando no podemos creernos que el yo sea quién recibe el galardón y creemos que se trata de otro tipo, aquél sujeto inimaginable, que ahora por error y circunstancialmente nos habita. Por error nos habita y, encima, ante el asombro de los demás que, a su vez, nos contemplan con extrañeza. Es decir, con el máximo halago.
[Publicado el 27/1/2011 a las 12:23]
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Hace treinta años, las palomas urbanas representaban un orgullo para la ciudad y no se diga ya de la estampa que componían ellas y los niños que las alimentaban ofreciendo la palma de sus manos repletas del dorado maíz. Esta belleza de la inocencia, la concordia y la paz urbana ha ido girando, sin embargo, diabólicamente en los últimos tiempos y hoy a las palomas, que ensucian a granel ventanas o voladizos y que corroen monumentos y ornamentos con su incansable defecación, se las ha llegado a llamar "ratas voladoras". La ignominia de las alcantarillas tiene su correspondencia con el oprobio del cielo cubierto de pájaros repulsivos. Queda gente que las alimenta pero hay brigadas municipales o nacionales que las persiguen, las esterilizan o las espantan hasta perderlas de vista.
Pero quedaba, todavía, mucho más que ver. Nos quedaba por presenciar, nada menos, que la hipóstasis del bien y el mal, de la ignominia y de su opuesto. Todo ello ha llegado recientemente a producirse gracias a una bacteria, casi invisible, aislada por el biólogo flamenco Tuur Van Balen que ha conseguido, nada menos, que las heces de esas aves se conviertan en detergentes. No sólo sus deposiciones no menguan el lugar que eligen para hacer de cuerpo sino que su quehacer corporal lo enaltece.
Este proyecto, financiado por las autoridades flamencas -no faltaba más- es significativamente flamenco. Flamenca la investigación, flamenco el científico flamenco, flamencas las palomas. Y no sólo como adjetivo de procedencia geográfica sino de pertinencia funcional: a la insólita aportación biológica se la ha denominado Pigeon D´Or con lo que la paloma no sólo ha reivindicado su antigua mierda sino que siguiendo las asociaciones de Freud ha convertido en oro puro la excrecencia.
[Publicado el 24/1/2011 a las 11:10]
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A la manera en que se presentan los primeros indicios de una enfermedad o las pistas de felicidad en vísperas de un reencuentro, la pulsión hacia pintar tira del cuerpo y de la cabeza, del pecho y del cerebro hacia la relación con el lienzo. Este tirón, además, nace con una promesa de gozo que responde a una carencia. ¿A una carencia de gozo?' Evidentemente puesto que la recompensa se halla a unos pasos y todavía no se han recorrido. Esta distancia es la carencia. Pero también la promesa de gozo tiene que ver exactamente con la satisfacción de una droga que si un momento antes no pasó por la mente ahora no hace sino establecer su fantasma sobre el deseo y el deseo no parece obedecer a ninguna reclamación presente. Es así la comezón de pintar una sintomatología parecida al absentismo en la adicción y aunque menos intensa es, sin embargo, más plácida. En ella se advierte su mandato pero se trata de un mandato sin efectos secundarios sino que por el contrario todo se presenta bueno (salvo fracasos) en el proceso que ha desencadenado esta ansiedad del pensamiento. El pensamiento que opera como un ser vivo y deseante y vivo y sanador (santificante) a propósito de que su impulsión sobreviene para ofrecer un plus de vida feliz, una dosis agregada sin desventaja alguna. Ser pintor de nuevo gracias a la llamada de la pintura es como convertirse en un yo mejor y ajeno a un tiempo. Yo pintando y pintando el yo que nos admira sobre todo porque hace de nuestra presencia una ausencia y de la ausencia del cuadro una presencia admirada. No en donde yo me reconozco sino precisamente en la que yo traspaso la frontera entre mi conocimiento y el otro conocimiento inabarcable, inexplicable, indescifrable del yo pintor. Esa oportunidad de descasar de sí en un lugar desconocido. Ese lugar que es en sí el gran espacio donde descansar. Deshacerse del propio cansancio a la vez que desvestirse del yo y, en su lugar, contemplar el asombro de una obra sin fatiga que se hace y deshace a su antojo un segundo y ajeno yo, aquél que no somos continuadamente y sólo de vez en cuando nos visita altruistamente, alternamente, alteramente, desde un invisible lugar ilocalizable lugar que en nada podría ser mi residencia habitual, mi domicilio. O es, exactamente, mi soñado exilio.
[Publicado el 11/1/2011 a las 19:10]
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De las ciudades invisibles que describió Italo Calvino, una de ellas, Leonia, tenía por característica que allí se desperdiciaban con la mayor abundancia las cosas. Se desperdiciaban para que al perderse la ciudad abundante se creara una estela de disgregación y al no conservarse materia suficiente, el establecimiento ascendiera. Literariamente ascendiera, pero seguramente también físicamente cobrara un peso ligero que la permitiría volar. Todo lo que pesa parece del pasado. Todo lo que se hace plano, ligero y volátil, vuela hacia el porvenir.
2011 es un año de este carácter volandero. Los dos unos donde se apoya su cuerpo de veinte siglos son como dos patas de palmípedas, tallos animales que sobrevuelan plegados sobre las superficies encharcadas y que aterrizan apoyándose apenas sobre la superficie del agua. Desde esa lámina húmeda se impulsan hacia otros humedales o silban hacia el cielo traspasando el espacio en un silencio absoluto. El silencio de ser habitantes provenientes de un lugar, una ciudad, Leonia, donde sólo se salvarán quienes sin sonido, sin peso, sin destino, formaron de antemano parte de la nada. Esa nada célebre y contemporánea en la que las ciudades tienden a convertir sus muchos desperdicios, perder todos sus desperdicios en un reciclaje tan perfecto que convierte la cantidad en cero, el volumen en transparencia y del deshecho del deshecho en nada.
[Publicado el 04/1/2011 a las 14:15]
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Decimos, dicen: los enemigos son los mercados. ¿Qué mercados? ¿Dónde están? ¿Por qué son nuestros enemigos y nos atacan? ¿Qué podría detenerlos o disuadirlos? Preguntas todas carentes de toda pertinencia.
Lo característico del mercado es su abstracción. Pero además, lo capital del mercado, es su abstracción central y gradualmente global. Los mercados pueden ser nuestros enemigos pero o también pueden transformarse en amigos y permitirnos prosperar. La naturaleza del mercado, siendo en apariencia tan abstracta, pertenece al orden de lo inefable y a lo inasible y a lo fatal. También, efectivamente, forma parte de lo inexplicable de este mundo porque de otro modo, siendo parte del pensamiento lógico, podría establecerse negociaciones, diálogos para hacerle entrar en razón.
Sin embargo, la razón que nos hiere o nos mata a través de su conducta bárbara forma parte de su organismo excéntrico. Los mercados enloquecen y los mercados nos hacen libres. Nos esclavizan en sentido moral pero nos hacen libres en sentido político, nos destruyen en sentido humano pero nos construyen en sentido económico. O nos destruyen en todos los aspectos igualmente que nos edifican sin pausa.
Lo característico, en fin, del mercado es su aparente independencia, su dura autonomía su implacable sinrazón. Gracias precisamente a esta sinrazón de primer grado, inflexible, creemos en ellos. Los odiamos o los amamos sin saber qué amamos o no pero siendo su efecto tan terrible como la mano de Dios los tememos. Los tememos y contiguamente los respetamos. Son nuestros enemigos pero no conocemos dónde se encuentran con exactitud y para neutralizarlos no podemos hacerlos parar. Operan, de hecho, como si no existieran puesto que nadie conoce la fórmula para delimitarlos y, a continuación, desintegrarlos. Nadie conoce su paradero mortal que como un ser inmortal se halla por todas partes y en ninguna. Pero no conocer su paradero les permite seguir funcionando con la mayor libertad y dentro de ella hacernos sentir libres. Moribundo pero liberados. Esclavos pero manumitidos, pervertidos moralmente pero inducidos a compartir el pan y la sal.
La paradoja de los mercados, buenos y malos al mismo tiempo, explotadores y liberadores, verdaderos y falsos, productores y especuladores, es que convierten su neta identidad en transparencia y su presencia en una ausencia. Actúan desde lo invisible para hacerse sentir y desaparecen en lo invisible tal y como si no necesitaran lugar alguno donde asentarse. La ausencia del mercado sería nuestra perdición y, paradójicamente su crónica ausencia garantiza su perduración.
[Publicado el 21/12/2010 a las 09:00]
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Determinados pintores, no pocos pintores de renombre, basan su nueva obra en una simple réplica de la anterior. No van al estudio con la alegría de pintar cualquier cosa sino de recrear, en el mejor de los casos, lo que se les ocurrió en un tiempo anterior. De este modo buscan, fuerza de repetir lo mismo, ser identificables a distancia y con toda satisfacción por parte del espectador, el marchante, el coleccionista y el visitador.
Estos pintores garantizan, gracias a esa perfecta reedición de sí, la marca de la casa. Tienen poco que disfrutar mediante la pesada reiteración de su logo pero, probablemente, tienen mucho que ganar. Ser un experto capaz de distinguir en un cuadro sin firma el nombre de su creador puede ser una labor ímproba si el pintor trata hoy este tema y mañana cambia de melodía, técnica y composición. Ahora bien, si en cada obra plasma de forma destacada el mismo sonsonete, aún el menos avezado de los contempladores acertará al emparejar pintura y pintor.
De este talante se vale hoy y desde hace tiempo el mercado de la pintura. El comercio de obras de arte, como de galletas Fontaneda o bolsos de Louis Vuitton requiere que las obras muestren claramente el emblema de su producción. Efectivamente, la repetición del mismo logo, puede facilitar mejor la falsificación pero será sólo la primorosa falsificación del logo lo que más importe puesto que el resto de la obra, por lo general, no ofrece grandes dificultades de imitación. La clave de la buena falsificación exige pues la perfecta falsificación de ese logo puesto que la obra poco a poco, a fuerza de repetirse, ha perdido misterio y lo que deja acaso flotando sería la originalidad de su primera ideación. ¿Y cuál será la originalidad de esa primera ideación? La primera y al cabo máxima originalidad de valor para el mercado del arte tiende a ser el buen logo, inconfundible y cabal, de modo que si se repite tan tenazmente en cada obra y se impone inconfundible en el cuadro es por razón de que aquella cosa, ese anagrama es la fuente de su valor. Una fuente pictórica pero no una pintura y menos, después, una creación. En realidad, el logo aparece una y otra vez como un sello sagrado. No es la firma sino unas formas seguras que aún no dibujando las letras del nombre de nadie, dan, sin equívocos, el nombre del cotizado autor. Podrían ser sus huellas, podrían ser sus garabatos, su semen, su sangre o su sudor, pueden ser muestras auténticas de la mano maestra llevada al punto en que la dinámica de la compraventa perfecta y millonaria lleva a la parálisis y su desecación. Es decir, a un estilo que en lugar de seguir resbalado sobre sí mismo para probar nuevos mundos de conocimiento y de construcción, se ha coagulado en aquel momento crítico, "divino", coincidente con el momento de su máxima cotización comercial. Sucede pues que, en no pocos casos, una obra y otra obra no son ni mejores sin peores, no inspiradas ni expiradas, ni óptimas ni asombrosas, son tan iguales que el precio se determina a través de su tamaño y, a su vez, resultan tan superponibles que el autor, antes de llegar a muerto siente que va sepultándose en los estratos iguales que derivan de su labor. Estratos que van cubriéndole de gloria o de pesantez, de fama o de cierre en la logia de su lógica fatal. Sepultado prematuramente en el coleccionable logo de su historia, la gloriosa historia de su calculada momificación.
[Publicado el 13/12/2010 a las 13:25]
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Recordé siempre el comienzo de Los heraldos negros de César Vallejo con una versión equivocada que, sin embargo, la mayor parte de mi vida he recitado a unos y a otros como si fuera literal. Es sin duda una versión mejor que la versión original. Yo digo "Hay golpes tan duros en la vida... yo no sé... que como heraldos negros son presagio de la muerte".
Algo muy redondo. Sin embargo, César Vallejo da muchas vueltas para decir prácticamente lo mismo y más torpemente. Lo siento mucho porque Vallejo fue mi gran maestro y lo siento doblemente por no haber sido capaz de respetar lo que realmente escribía en sus versos. Sus versos dice: "Hay golpes en la vida, tan fuertes...Yo no sé". Y seis versos más abajo dice: "Serán los potros de bárbaros atilas; /o los heraldos negros que nos manda la Muerte". No está mal, sinceramente, pero no se trata ahora de eso. Se trata de que quien nos enseña no nos enseña lo que sabe o lo que se cree saber sino que a la fuerza tiene que someterse al que "sabe" la lección. Quiero decir, a quien con su personal sabor decide la cualidad del alimento que saborea. No habría podido soportar la idea de que manipulaba a César Vallejo a lo largo de decenios citándolo mal pero, ya veo que no lo traicionaba, ni voluntaria ni involuntariamente. Sólo lo saboreaba. El regusto de la lectura deriva finalmente de la condición del paladar y ni siquiera un alimento muy determinado y fuerte impone su autoridad sobre la entidad del organismo que lo metaboliza. En consecuencia, la obviedad -largo tiempo descuidada- de que la obra sólo se realiza efectivamente con el cumplimiento de su recepción y sólo de este modo se determina, es la sentencia maestra de cualquier arte. O dicho más serenamente, neutralmente, sin romanticismos ni exaltaciones del receptor: la obra sólo es obra cuando se edifica usando los materiales del lector. Pero entonces ¿cómo puede seguir afirmándose que uno escribe aunque no publique?, ¿qué pinta si no expone? La escritura, la música o la pintura, todo el arte es tú y yo. Es eso o no es.
[Publicado el 09/12/2010 a las 11:26]
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Todo junto, a través de indicios disgregados, conduce a pensar que efectivamente la autoridad se muestra tan confusa y débil como auto-des-auto-rizada. Y siendo así ¿cuánto falta para proclamar la anarquía? O la anarquía ha llegado ya y son los más poderosos, la autoridad económica entre ellos, quienes están saqueando los hogares, las tiendas, las empresas, aprovechándose del caos.
[Publicado el 05/12/2010 a las 20:31]
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El frigorífico (2): la vida congelada
Tener un frigorífico no es ya signo alguno de estatus. El estatus se manifiesta a través de los diferentes modelos de este electrodoméstico pero el frigorífico, como el coche, no posen ya poder simbólico de por sí dentro de la clase más amplia. Todos ellos sólo simbolizan en términos relativos dentro del sistema general de los aparatos semejantes.
De este modo hay frigoríficos pobres y ricos, de mejor o peor calidad y de buen o mal diseño pero todos pueden ser contemplados como depositarios de una misma función esencial que divide el tiempo en dos gracias a su inducción del bajo cero. De este modo, prácticamente cualquier hogar se haya provisto de este ingenio que prolonga, gracias al helor, la perennidad de los alimentos y que incluso, en su extremo, introduce una escalofriante fórmula de eternidad en la cocina.
Frutas y verduras, carnes y pescados, transitan por el espacio culinario cumpliendo el circuito tradicional alimentario: adquisición, tratamiento y consumición de las comidas. Sin embargo, otra división más compuesta por productos que se adquieren no para ser ingeridos de inmediato sino para ser sometidos a un enfriamiento extremo, añaden al hecho vital de comer un carácter adicional de relación con la muerte. No la muerte hedionda sino una suerte de muerte incorrupta de la que sólo volverán a la tibieza de la realidad mediante un nuevo y delicado procedimiento biológco. El cuerpo del alimento abandona, en fin, durante un intervalo su condición de vivo para asumir una muerte teóricamente eterna y como consecuencia artificial deliberadamente marcada en la fecha de caducidad o en las mentes del amo.
El amo o el ama de casa son pues también dueños del doble destino que se le atribuye actualmente al, llamado, vívere. Un doble destino consistente en decidir que la vivacidad del vívere se desarrolle desde su recolección a su maduración y de su maduración a su descomposición de una manera espontánea o que la cadena se interrumpa mediante una barrera de hielo que paraliza la carrera existencial de las cosas. Que cambia, en fin, lo natural por lo sobre-natural, lo cálido por lo congelado, el infierno en llamas por el desierto helado, el color por la lividez, la ternura de la carne por la piedra. Transustanciación del producto en su cadáver yerto, no libre sino controlado, no elocuente sino enmudecido, no sexual sino emasculado. El congelador realiza esta función múltiple y extraordinaria transformando, mediante el frío artificial, el ser natural en artificio.
No importa si sus caracteres organolépticos se recobran más o menos al descongelarlos, lo decisivo es que pierde prácticamente todas sus cualidades bajo aplastadas por el poder del frío, tal como si hubiera efectivamente muerto en todos sus aspectos peculiares.
El congelador de la nevera procura esta muerte, tan terrible, para alargar paradójicamente la vida. O, lo que sería lo mismo, detiene el tiempo que se acercaría a esos cuerpos y los protege de su contacto. Serán, al cabo, provisiones que nos darán sustento pero son también provisiones que per-viven en virtud de haber sido desprovistas. El terror implícito en este quehacer extirpatorio ha venido superándose humanamente con la colaboración de una sociedad que ha debido experimentar simultáneamente las operaciones de injerto de órganos y prótesis, la omnipresencia de la cirugía estética contra las marcas de la edad, la creación de productos transgénicos en los cultivos vegetales y en las granjas.
La manipulación de los alimentos forma parte, en consecuencia, de una manipulación general en todos los campos, se trate de la información o de la alimentación, del cuerpo o del carácter. Se trate en definitiva de la realidad o su doble en el orden de las apariencias.
Una operación como el congelado aterraría a la sociedad de hace cien años y todavía hasta cincuenta el congelado se veía como la creación de inquietantes cadáveres.
La naturalidad con que ya actualmente se congela todo y en cualquier hogar se corresponde con la aceptación general de que la vida puede y debe ser controlada, y en su asíntota tratar de hacerla interminable, sea mediante la cosmética anti-edad o a través de los cuidados médicos para la vejez sin nombre donde parece alargarse sin término la prolongada esperanza de vida. (CONTINUARÁ)
[Publicado el 30/11/2010 a las 14:22]
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Vicente Verdú nació en Elche en 1942. Escritor y periodista, se doctoró en Ciencias Sociales por la Universidad de la Sorbona y es miembro de la Fundación Nieman de la Universidad de Harvard. Escribe regularmente en el El País, diario en el que ha ocupado los puestos de jefe de Opinión y jefe de Cultura. Entre sus libros se encuentran: Noviazgo y matrimonio en la burguesía española, El fútbol, mitos, ritos y símbolos, El éxito y el fracaso, Nuevos amores, nuevas familias, China superstar, Emociones y Señoras y señores (Premio Espasa de Ensayo). En Anagrama, donde se editó en 1971 su primer libro, Si Usted no hace regalos le asesinarán, se han publicado también los volúmenes de cuentos Héroes y vecinos y Cuentos de matrimonios y los ensayos Días sin fumar (finalista del premio Anagrama de Ensayo 1988) y El planeta americano, con el que obtuvo el Premio Anagrama de Ensayo en 1996. Además ha publicado El estilo del mundo. La vida en el capitalismo de ficción (Anagrama, 2003) y Yo y tú, objetos de lujo (Debate, 2005). Sus libros más reciente son No Ficción (Anagrama, 2008), Passé Composé (Alfaguara, 2008) y El capitalismo funeral (Anagrama, 2009).
Galería de cuadros del autor
El capitalismo funeral (2009), Anagrama.
Passé Composé (2008), Alfaguara.
No Ficción (2008). Editorial Anagrama
Yo y tú, objetos de lujo (2005). Editorial Debate
La ciudad inquieta: el urbanismo contemporáneo entre la realidad y el deseo (2005). Fundación Central Hispano
Noviazgo y matrimonio en la sociedad española: 1974-2004 (2004). (Coautor con Alejandra Ferrándiz). Taurus Ediciones
Alberto Schommer, el poeta de la visión (2003). La Fábrica
El estilo del mundo: la vida en el capitalismo de ficción (2003). Editorial Anagrama
Guillermo Vázquez Consuegra: obras y proyectos, 1996-2001 (2001). (Coautor con García-Solera Vera, Javier). Colegio Oficial. Arquitectos Comunidad Valenciana
Cuentos de matrimonios (2000). Editorial Anagrama
Señoras y señores (1998). Espasa-Calpe
El planeta americano (1997). Círculo de Lectores
Nuevos amores, nuevas familias (1992). Tusquets Editores
El éxito y el fracaso (1991). Ediciones Temas de Hoy
Poleo menta (1990). Instituto Alicantino de Cultura Juan Gil-Albert
Días sin fumar (1989). Editorial Anagrama
Héroes y vecinos (1989). Editorial Anagrama
Sentimientos de la vida cotidiana (1984). Ediciones Libertarias
El fútbol, mitos, ritos y símbolos (1981). Alianza Editorial
Las solteronas (1978). Editorial Dopesa
Si Vd. no hace regalos le asesinarán (1972). Editorial Anagrama
La Ausencia (2011). Editorial Esfera de los libros
La hoguera (2012). Editorial Temas de Hoy. Premio de Hoy 2012.

Entrevista en Canal 2 Andalucía.
Reseña en Babelia.
Reseña en El País.
Reseña en El Cultural de El Mundo.
Reseña en El País - País Vasco
Entrevista en Periodista Digital
2006 Premio Escritor del Año (Grupo Conde Nast)
2006 Grand Prix du Livre des Dirigeants
2002 Premio Julio Camba de Periodismo
1998 Premio Espasa de Ensayo
1997 Premio González Ruano de Periodismo
1996 Premio Anagrama de Ensayo
24/5/2012 22:09
Publicado por: Seth Knight
20/5/2012 13:04
Tal vez lo que esta Gran Crisis...
Publicado por: pepedamian
18/5/2012 16:33
Según el nivel de desarrollo de...
Publicado por: Rosita Gracia
15/5/2012 23:48
Publicado por: jorge juan
15/5/2012 23:23
Sigo desde hace mucho tiempo...
Publicado por: Angel Polo
12/5/2012 11:09
Y tras la crisis, ¿qué? Creo...
Publicado por: iluso
10/5/2012 11:56
Desde mi pequeña cueva, apoyo...
Publicado por: quique pastor
10/5/2012 09:05
La racionalidad te hace buscar...
Publicado por: Seth Knight
07/5/2012 21:01
Si afirmara que el hombre no...
Publicado por: + o -
07/5/2012 12:09
Que la narrativa flaquea no es...
Publicado por: El Pozo y el Numa
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