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El blog literario latinoamericano

domingo, 12 de febrero de 2012

 Blog de Eduardo Gil Bera

Lo que no tiene nombre


Un rasgo original de Séneca es la reproducción de ochocientas palabras, que supuestamente le ha escrito Anneo Sereno, como inicio de De tranquilitate animi. El resultado es que se desgrana largamente una carta de Sereno, que el lector espera ver replicada en cualquier instante por Séneca, quien se asegura una gran expectativa para su intervención. Y la obra empieza así:
“Al examinarme, se hicieron patentes en mí ciertos defectos evidentes, Séneca, que me resultaban del todo palpables. Difusos y recónditos, esporádicos, sólo presentes a intervalos fijos, molestos sobremanera, como enemigos ocasionales que hostigan, sin que uno esté preparado como en la guerra, ni relajado como en la paz. Percibo en mí esta indisposición del ánimo, como quien no está liberado de lo que temía y detestaba, aunque tampoco sometido a ello. Me hallo —¿por qué no decirte la verdad, como a un médico?— en una situación, si no pésima, sí deplorable y penosa: no estoy sano ni enfermo […] Diré lo que me sucede. Tú encontrarás nombre a la enfermedad.”
Oh Séneca, qué bien escribes que escribo bien, debió decir Sereno al leer la exhibición de poderío fingidor. Y en verdad Séneca es un escritor extraordinario, pero yendo a lo que nos interesa esta vez, la frase: “tú encontrarás nombre a la enfermedad” —para coleccionistas de originales: tu morbo nomen inuenies— es una descripción sucinta y ajustada de la ceremonia mágica del diagnóstico, reinventada veinte siglos después como psicoanálisis. Yo digo qué me pasa, el médico le pone nombre, y se inicia la curación.
Los sabios son nombradores. La gloria de un investigador médico es unir su nombre a un síndrome que la humanidad sufría hasta entonces con ignorancia. Séneca pone nombre y consuelo estoico a lo que Sereno dice no saber nombrar, y otras veces rectifica lo que otro amigo interlocutor, Lucilio (XIX, 110), creía nombrar rectamente:
“Son vanas esas cosas que nos impresionan, que nos tienen aturdidos. Ninguno de nosotros ha indagado qué hay de verdad en ellas, sino que uno a otro le ha contagiado el miedo; nadie se ha atrevido a aproximarse al objeto que lo perturba ni a conocer la naturaleza y provecho de su temor. Así que una cuestión falsa e inane se mantiene como fidedigna porque no se contrasta.” 
Lo peor no tiene nombre. Pero la literatura dice que se lo impone y así parece que aleja los males, por lo menos hasta donde nos aguardan sin nombre.
En la primera literatura, todas aquellas fuerzas que amparadas en el incógnito se resistían a revelar su identidad con nombres eran consideradas malignas y nefastas, porque no se dejaban conjurar. Un texto bilingüe sumerio-acadio de exorcismos cierra la descripción de los siete espíritus malignos así: “son desconocidos en cielo  y en la tierra / no tienen nombre alguno en el cielo y en la tierra”.
Desde el comienzo de la escritura, los sumerios trataron de reunir sus conocimientos, ordenados por series y categorías de objetos (dioses, funcionarios, animales, utensilios, astros). Ese recurso poético antiquísimo que es la catalogación de nombres creaba el orden del universo, y lo convertía en un lugar censado y urbanizado.
Como la escritura primitiva usaba caracteres ideográficos y dibujaba de manera esquemática la cosa designada, aquellos primeros escritores dibujaban croquis del universo. Y la literatura nació en cuanto vieron la productividad del equívoco. Una palabra cambiada de sitio, en una colección que era réplica del mundo, proyectaba conexiones inéditas, y demostraba que el equívoco es el contorno de todas las palabras escritas, igual que de las habladas. Y como la inscripción de la cosa es la cosa misma, la escritura nunca podía ser vana e inoperante. Nació así el nuevo poder manejador de los destinos de los nombres y sus hombres agregados.
Uno de los pasajes memorables de la Biblia es aquél donde Dios conduce ante Adán a todos los animales del campo y las aves del cielo, para ver cómo los llama. Ni Dios sabía qué había creado, hasta que lo oyó nombrar.

[Publicado el 22/7/2010 a las 09:00]

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Comentarios (2)

  • Entonces, el sabor de las cosas no se adquiere hasta que se nombran, hasta que... 'se saben'. ¿Por qué nos proporciona el 'saber' (el sabor) esta ansiedad, esta melancolía?... ¿Poseer es matar? En fin, en fin.

    Comentado por: pas de dos el 25/7/2010 a las 18:53

  • nombrar.

    Comentado por: juan-andres el 22/7/2010 a las 15:20

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Biografía

Eduardo Gil Bera (Tudela, 1957), es escritor. Ha publicado las novelas Sobre la marcha, Os quiero a todos, Todo pasa, y Torralba. De sus ensayos, destacan El carro de heno, Paisaje con fisuras, Baroja o el miedo, Historia de las malas ideas y La sentencia de las armas.

 

Bibliografía

1993 A este lado - ensayo - Editorial Pamiela, Pamplona.

1994 El carro de heno - ensayo - Premio Miguel de Unamuno. Editorial Pamiela, Pamplona.

Introducción, notas y apéndices a la edición facsímil de Diccionario de los nombres 

eúskaros de las plantas de José María de Lacoizqueta. Pamplona.

1996 Sobre la marcha - novela - Editorial Pre-Textos, Valencia.

Prólogo para Obra Vasca de Julio Caro Baroja - Editorial LUR San Sebastián.

1997 Os quiero a todos - novela - Editorial Pre-Textos, Valencia.

1999 Paisaje con fisuras - Sobre literaturas antiguas, tratos y contratos humanos - ensayo  

Editorial Pre-Textos, Valencia.

2000 Todo pasa - novela - Editorial Siglo XXI, Madrid 

2001 Baroja o el miedo - biografía - Ediciones Península, Barcelona.

2002 Torralba - novela histórica - Premio Nacional de Novela Históricia Alfonso X el Sabio 

Ediciones Martínez Roca, Barcelona. 

Los días de enmedio - ensayo - Ediciones Destino, Barcelona 

El pensamiento estoico - ensayo - Edhasa, Barcelona.    

2003 Historia de las malas ideas - ensayo - Premio Euskadi de Literatura 2004,

Ediciones Destino, Barcelona 

2007 Sentencia de las armas - ensayo - Finalista I Premio Internacional de Ensayo. Círculo de Bellas Artes/ A. Machado Libros, Madrid.

2011 Ninguno es mi nombre - ensayo - Pre-textos Ediciones

 

 




 

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