Breve noticia de dos guillotinados
El sábado 12 de febrero de 1764 fue presentado en Versailles, en los departamentos de las hijas de Luis XV, un niño de siete años que tocó el clavecín ante ellas. Las princesas quedaron encantadas con el pequeño genio y encargaron al intendente de los Menus-Plaisirs (conocidos como “los placeres que llaman menudos” o simplemente “Menus”) que le pagara cincuenta luises. El niño prodigio era Mozart, que había llegado a la corte versallesca con su padre y su madre. Los Mozart se alojaron durante quince días en el hotel Cormier de la calle Bons-Enfants, y el dueño les pelucó doce luises.
El acontecimiento está anotado en las memorias de Denis-Pierre-Jean Papillon de La Ferté, intendente de los Menus-Plaisirs, y también en las de Friedrich von der Trenck, caballero memorialista que recorría Europa ofreciendo sus servicios como espía, duelista, diplomático y militar. Papillon y Trenck representaban dos formas de sobrevivir al arrimo de las monarquías del Antiguo Régimen, ambos nacieron en 1727 y, por lo demás, eran tan diferentes en carácter y circunstancias, que apenas coincidían una vez cada treinta años.
En 1744, Trenck ingresó en el ejército prusiano del modo en que solía suceder tan magno acontecimiento: le cayó en gracia a Federico II que pasaba por Prusia oriental en viaje de inspección. Federico II, quitando su amor de juventud, fue un homosexual comedido y discreto, se limitaba a reclutar guapos, ejercía su derecho de pernada sobre los mozos de su reino que le parecían de buena planta, y los coleccionaba para que combatieran y murieran por él. El enciclopedista D’Alembert contaba que una vez estaba charlando con Federico II cuando entró un camarero imponente. D’Alembert pareció impresionado, y el rey le dijo: “Este es el más guapo de mis Estados. Lo tuve una temporada de cochero y he estado tentadísimo de enviarlo como embajador a Rusia.”
Papillon no era tan guapo, pero sí hijo de un importante tesorero de la corona, por todo lo cual, a los veinte años se impuso viajar para vencer la timidez. La venció, se casó, tuvo tres hijos en tres años, y al cuarto, se le murieron los tres, su mujer, su padre y su madre. Entonces, como se vio solo y rico, se compró un cargo.
Uno de los tres cargos de intendentes de los Menus-Plaisirs estaba vacante por cese de su titular, el imprudente Curis, que permitió a Fontainebleau un prólogo donde se burlaba de los nobles del lugar. Papillon no tenía esas veleidades. Como itendente, debía velar por el presupuesto de las distracciones de la corte, comedia, ópera, ballet, decoraciones, pompas incluyendo fúnebres y jabonosas, construcción de catafalcos, reglamento de las ceremonias, preparativos de bodas regias, más los viajes y la renovación del ajuar del rey y el delfín. Tenía por encima a los cuatro primeros nobles de cámara, que nunca se entendían entre ellos, y por debajo, a dos secretarios, una docena de inspectores de decorados, vestuarios, maquinarias, guardarropas y obreros tramoyistas, y tres tesoreros. Papillon ganaba diez mil libras más una gratificación anual de seis mil. Como su cargo le costó doscientas sesenta mil, su rentabilidad era del seis por ciento. Algo bastante modesto comparado con un mangante actual. Y no se enriqueció, porque cuando se compró el tercer cargo de intendente tuvo que pedir dinero. Además debía festejar en su mesa casi a diario a comediantes, autores y nobles.
El guapo Trenck, en cambio, se dedicaba a sus duelos y conquistas sin presupuesto. Cuando aún no llevaba un año de soldado, conoció en Berlín a una bella dama y, visto y no visto, Federico II lo hizo encerrar un año por el atrevimiento. Cuando salió, Trenck ofreció sus servicios a la emperatriz de Austria, pero Federico II lo supo y lo volvió a encerrar, esta vez encadenado a la pared del más negro calabozo de Magdeburgo. La bella dama resultó ser la princesa Amalia, hermana pequeña del celosísimo Federico II, que la hizo ingresar en un convento en Quedlinburg. Amalia era, por lo visto, muy buena compositora, entre otras prendas, lo que le valió para que su hermano la encerrara de por vida.
Trenck, en cambio, salió nueve años más tarde y publicó sus memorias, que anduvo distribuyendo por las cortes europeas. Papillon era entonces director de la Ópera, además de todo lo anterior, y había publicado, por puro entretenimiento, varias obras sobre materias tan diversas como pintura, geografía, introducción a Copérnico y matemáticas.
Llegó la Revolución y Trenck se presentó en París, donde anduvo hecho un intrépido corresponsal que tomaba nota de todo, con miras a publicar algo gordo. Papillon, por su parte, perdió todos sus cargos y se retiró a su casa de Saint-Denis. Como era prudente, pensó que acaso se había comprometido demasiado con el régimen anterior. Así que prestó el juramento cívico obligatorio, se inscribió como voluntario para guardia nacional y lo nombraron comandante de la guardia de su comuna. Además, obsequió una hermosa bandera nueva a su batallón y, cuando empezaron las requisas de dinero, entregó su vajilla de plata para que batieran moneda, y suscribió un bono patriótico de cuarenta mil libras. Mientras tanto, Trenck hacía saber a todo el mundo que pertenecía al servicio secreto austríaco.
Papillon fue finalmente reconocido y encarcelado por los jacobinos. Tras unos meses en maceración carcelera, compareció ante el tribunal revolucionario que ofició una farsa de juicio. Los sesenta y un acusados que lo acompañaban fueron ejecutados esa misma noche en la place de la Barrière-Renversée, antes llamada du Trône. Entre ellos estaba Mique, antiguo arquitecto de María Antonieta, Randon de La Tour, administrador del tesoro, un comisario de policía, empleados del ayuntamiento de París, escribientes del Parlamento, y el guapo Trenck, que aún presumía de ser un pollo ligón, de cartearse con el emperador José II de Austria, muerto ciertamente cuatro años antes, y de haber sido encarcelado por Federico II. Todavía tuvo ganas de farolear un poco, y a última hora recordó al público su pedigrí de represaliado, a fin de que alguien tomara nota para la posteridad: “¡Federico de Prusia era grande e infame, pero vosotros no sois más que infames!” El prudente Papillon y el fanfarrón Trenck, fueron guillotinados en la misma jornada veraniega.
[Publicado el 06/2/2012 a las 08:00]
Eduardo Gil Bera (Tudela, 1957), es escritor. Ha publicado las novelas Sobre la marcha, Os quiero a todos, Todo pasa, y Torralba. De sus ensayos, destacan El carro de heno, Paisaje con fisuras, Baroja o el miedo, Historia de las malas ideas y La sentencia de las armas.
1993 A este lado - ensayo - Editorial Pamiela, Pamplona.
1994 El carro de heno - ensayo - Premio Miguel de Unamuno. Editorial Pamiela, Pamplona.
Introducción, notas y apéndices a la edición facsímil de Diccionario de los nombres
eúskaros de las plantas de José María de Lacoizqueta. Pamplona.
1996 Sobre la marcha - novela - Editorial Pre-Textos, Valencia.
Prólogo para Obra Vasca de Julio Caro Baroja - Editorial LUR San Sebastián.
1997 Os quiero a todos - novela - Editorial Pre-Textos, Valencia.
1999 Paisaje con fisuras - Sobre literaturas antiguas, tratos y contratos humanos - ensayo
Editorial Pre-Textos, Valencia.
2000 Todo pasa - novela - Editorial Siglo XXI, Madrid
2001 Baroja o el miedo - biografía - Ediciones Península, Barcelona.
2002 Torralba - novela histórica - Premio Nacional de Novela Históricia Alfonso X el Sabio
Ediciones Martínez Roca, Barcelona.
Los días de enmedio - ensayo - Ediciones Destino, Barcelona
El pensamiento estoico - ensayo - Edhasa, Barcelona.
2003 Historia de las malas ideas - ensayo - Premio Euskadi de Literatura 2004,
Ediciones Destino, Barcelona
2007 Sentencia de las armas - ensayo - Finalista I Premio Internacional de Ensayo. Círculo de Bellas Artes/ A. Machado Libros, Madrid.
2011 Ninguno es mi nombre - ensayo - Pre-textos Ediciones


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