Moralidad y sometimiento a la palabra
Sintetizaré las exigencias fundamentales de la ética kantiana:
Debes (Sollen hipotético- problemático) dominar la disciplina llamada resistencia de materiales si quieres (condición problemática) ser arquitecto.
Debes (Sollen hipotético asertórico) velar por tu salud, puesto que quieres (condición cierta, asertórica )ser feliz.
"Actúa unicamente en conformidad a una máxima tal que pudieras desear al mismo tiempo que fuera erigida en ley universal"
"Compórtate como si la máxima de tu acción pudiera ser erigida por tu voluntad en ley universal de la naturaleza"
El complemento de sentido que esta última fórmula procura se explica por el hecho de que Kant define la naturaleza (concretamente en los Prolegómenos de toda Metafísica futura,17 ) como existencia de las cosas en tanto determinadas por leyes universales. Así pues, en este texto de la Metafísica de las costumbres, la ley moral o imperativo categórico aparece, ni más ni menos, que como condición incondicionada de la naturaleza. Pero no puedo ahora focalizarme en este fascinante aspecto
Kant intenta poner de relieve la imposibilidad de que el orden social, persistiera si las máximas de acción contrarias a la moralidad fueran erigidas en leyes universales, a las que se adecuaría necesariamente nuestro comportamiento. Uno de los ejemplos que el pensador nos ofrece es relativo a la palabra empeñada, ejemplo concretizado en la persona que, apurada, solicita una ayuda económica. Esta persona puede hallarse tentada de prometer su devolución en un plazo determinado, aun a sabiendas de que ello no va a ser posible. Por definición, la palabra no surtirá efecto más que si el que la enuncia es susceptible de ser creído. Si la enunciación de falsas promesas fuera erigida en ley universal determinante del comportamiento, de tal manera que toda promesa tuviera entre sus rasgos esenciales el ser falsa... obviamente nadie avanzaría un penique, pues tendría la certeza de no recuperarlo.
El lector de Kant no dejará de sorprenderse por el extremado formalismo de la argumentación. Una objeción inmediata:
La contradicción entre la necesidad de credibilidad, a fin de obtener un préstamo y la erección de la falsa promesa en ley universal, sólo sería problemática si la efectiva mentira conllevara automáticamente la vigencia de dicha ley. Mas dado, que, de facto, no es así, dado que cabe perfectamente prometer con intención de engaño y ser creído, obteniendo el correspondiente provecho, ¿qué interés tengo en proceder sólo en conformidad a máximas que pudieran, sin contradicción para el orden como tal, ser erigidas en leyes universales?
Desde luego ningún interés, si por tal entiendo seguir garantizando hábitos de confort, e inclinaciones tomadas por naturales (sexualidad de hecho mediatizada por la publicidad, por ejemplo.). Tampoco tendré interés en atenerme a la norma, si me mueven objetivos más elevados: defensa de mi patria, por ejemplo, frente a las apetencias (siempre contradictorias con las de la propia) de las otras patrias, o aun el contribuir al asentamiento social de mi familia, alentando quizás la disposición de mis hijos a medrar en el pantano social (lo que no se consigue sin dejar rivales en la cuneta)...
La efectiva legislación del imperativo kantiano carece de interés así entendido, es decir, carece de interés subjetivo y contingente, aunque no de interés objetivo y racional. Hemos visto que incluso el proyecto más innoble (posesión contra voluntad, o crimen por mera envidia de la fortuna ajena ), exige para su realización la subordinación de las inclinaciones inmediatas a lo que se revela a través de una reflexión sobre los medios, y por consiguiente a la razón...Todo el problema consiste en pasar de esta constatación de la inevitabilidad instrumental de la razón, a la evidencia de su carácter legislador, es decir, a la certeza de que en la razón está la referencia última por la que hemos de ser medidos. Atengámonos al evocado ejemplo de la falsa promesa:
Miento porque, de avanzar la verdad, no obtendría el préstamo que solicito. No lo hago ciertamente ante un prestamista de oficio, pues éste nunca se conformaría con mi palabra. Miento ante quien estima que la palabra tiene valor por sí misma, que la palabra compromete y que, en consecuencia, no tengo interés en usarla en vano.
Si pensara que ningún sujeto humano se halla en tal disposición, me ahorraría el procedimiento (¡que no dejo de experimentar como violento!) de la mentira. Así pues, la convicción que tiene mi interlocutor relativamente al valor intrínseco, a la dignidad, de la palabra, es absolutamente imprescindible para mi objetivo. Y en términos kantianos: el hecho de que el otro tenga como máxima de su acción el interés racional u objetivo, es necesario en mi propia economía, aun en el caso de que esta se halle motivada por intereses meramente subjetivos:
Erijo como regla de conducta el aprovecharme de la buena fe del otro. Obviamente, tengo entonces que desear que esta buena fe se de efectivamente, es decir, que el otro no sea idéntico a mi. En suma: hasta para conducir a buen puerto mis aspiraciones más inmundas, no podría dejar de desear que en el mundo haya seres motivados por valores desinteresados y favorables a la persistencia de los seres razonables, en lugar de serlo por meros intereses subjetivos.
¿Respuesta del cínico a tal argumentación? Pues la división de los comportamientos: la defensa de los intereses generales de los seres de razón para el otro, y la defensa de los intereses subjetivos para mí.
Mas ¿cabe realmente tal economía? ¿Cabe reducir el lazo entre humanos a comportamiento de "listillos" frente a comportamiento de ingenuos? Ciertamente Kant diría que no; que ni el cínico lo es totalmente, ni el ser moral deja, en ocasiones, de codiciar el pan (material y espiritual) del otro. Lo que sí se constata es que el orden que nos rodea se halla más bien regido por los intereses subjetivos que por los intereses racionales. Pero a esto el kantiano cree tener respuesta:
"La máxima es el principio subjetivo de la acción y debe ser diferenciado del principio objetivo, es decir de la ley práctica (ley por adecuación a la cual se mide el carácter moral de un comportamiento). La máxima determina en base a las condiciones del sujeto (muy a menudo en base a su ignorancia, o bien a sus inclinaciones) y constituye así el principio en conformidad al cual el sujeto procede, mientras que la ley es el principio objetivo, válido para todo ser razonable, el principio en conformidad al cual debe proceder, o sea un imperativo"
Este texto, siempre de la kantiana Metafísica de las Costumbres, en base al cual se articulaba la reflexión que precede, nos da la clave de dónde se sitúa el pesimismo y el optimismo en materia de comportamiento ético. Kant es optimista, tiene confianza en que el hombre, en última instancia, no puede ser totalmente ajeno a los imperativos de la razón, actitud que se traduce, entre otras cosas, en un comportamiento ético.
La diferencia jerárquica entre la máxima y la ley estribaría en que la primera sería subjetiva y contingente, mientras que la segunda sería objetiva y necesaria:
Todo ser humano está permanentemente atravesado por aspiraciones subjetivas, que se traducen en deseo respecto a determinado objeto, circunstancia, posición personal etc. Y esta capacidad subjetiva de desear es esencialmente contingente y mutable, subordinada a la variabilidad de individuos y peripecias.
Por el contrario, sea cual sea su circunstancia, el se humano desea tener razón, cuando menos tener razón instrumental, pues de perderla se hallaría en la imposibilidad de alcanzar sus fines, sórdidos o no (para envenenar a alguien hay que poner los medios racionales necesarios). Pero sobre todo, el ser humano no podría dejar de desear que el otro ser humano se halle motivado por objetivos que no se reduzcan a intereses subjetivos y mezquinos, Todo ser humano estaría obligado a desear que en el otro se de una parcela que lo convierte cabalmente en una persona, es decir que esté motivado por intereses universales de la humanidad. Y hasta cabría decir que, de hecho, está convencido de que así es efectivamente, pues de lo contrario, privado de toda confianza, viviría atravesado por el terror y el imperativo de la vigilia permanente.
En última instancia, la base del optimismo en ética consistiría en estimar que todo sujeto humano está obligado a considerar como (bien entendido) interés propio el que se den intereses universales (ideales de fraternidad y justicia), a los cuales los hombres adecuan su comportamiento. Esto no ocurrirá en todo tiempo y en todo lugar, e incluso es posible que aparentemente no ocurra casi nunca, mas de facto, en algún registro, en todo hombre perduraría un rescoldo de esta exigencia de adecuar su comportamiento a lo que posibilita la persistencia de la razón y de los seres que la encarnan.
Es más: confrontado a seres que subsisten embrutecidos por la miseria, seres que oscilan entre la expectativa de la pura rapiña ( generalmente de alguien aun más débil) y la consolación imaginaria de reconocerse en el equipo de fútbol triunfante, entonces, para conservar un hálito de confianza, para no caer en el terror, tengo que agarrarme a la idea de que en ellos persiste un respeto ante la razón, respeto traducido, por ejemplo, en el hecho de que, ya sea para urdir sus rapiñas o traiciones, dichos seres argumentan.
[Publicado el 03/6/2010 a las 09:00]
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Comentado por: John Paul el 03/11/2011 a las 13:41
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Comentado por: John Paul el 03/11/2011 a las 13:40
Comentado por: John Paul el 03/11/2011 a las 13:40
Comentado por: John Paul el 03/11/2011 a las 13:39
Comentado por: John Paul el 03/11/2011 a las 13:38
Es verdad,LU,que con demasiada frecuencia nos tratan de forzar las evidencias.
Creer en determinadas lineas de actuación te ponen en desventaja y te viene la consiguiente frustración.Pero la apuesta es firme si te ayuda tu propio convencimiento de que es necesario hacer las cosas de determinada manera.Y puede que haya pérdida o fracaso,pero tu vida,tu forma de entenderla merecerá la pena.Muy por encima de los embates constantes de la sórdida y desagradable realidad.Sólo así tendremos la sensación,cuantas más veces mejor,de que lo que nos gustaria se acerca a lo que realmente es.
Es bueno llegar al fondo,pero si tenemos la capacidad segura de una rápida salida a la superficie.Simplemente así.Con la adecuada energia.
En cuanto a las cartas boca arriba,de acuerdo,sí.No puede ser de otra forma,pero...con calma.Y tú sabes que en mi caso no es simple retórica,oK?.
Un beso.
Comentado por: ÁNGEL el 08/6/2010 a las 08:15
Sí, Ángel, es cierto que estoy un poco obsesionada, quizá no con lo que a ti te ha parecido, pero sí con la "grandeza" que los hombres de bien atribuyen a la moral y las contradicciones que flotan en el viento. Y el empeño en forzar la evidencia para que la vida resulte ser lo que nos gustaría. No lo que es.
Lo que me importa es llegar hasta el fondo del asunto.
Solo es eso.
Besotes.
Comentado por: Lu el 08/6/2010 a las 01:09
En la Metafisica de las costumbres,como dices Victor,la ley moral y el imperativo categórico son incondicionales.Y lo son al margen de máximas subjetivas,circunstancias y contingencias.
La ley jerarquiza y resulta incondicional por naturaleza.Y es indispensable la razón y su carácter legislador por encima de cualquier interés subjetivo.
En cuanto a la moral en las relaciones personales,por supuesto que tienen que estar basadas en la buena fé.La emanada de uno mismo en la confianza de su mejor voluntad,no puede ser de otra forma,y la que se le tiene que presuponer al otro.Y tengo la convicción de que habiendo por medio tantos intereses subjetivos inmundos y bastardos, tienen que seguir validando de pleno aquellos seres razonables que se motivan por valores desinteresados.Aunque estén también ideales y principios de justificación,de sublimación,siempre será preferible.
EN CUANTO a la argumentación para conseguir hálitos de confianza,Victor,en forma de consolaciones imaginarias,diria que las buenas ilusiones confirman la VIDA cuando la realidad que es la que tenemos encima permanentemente nos agobia de modo insoportable.Y por supuesto que,dentro de su irracionalidad,como todas las ILUSIONES,soportan una base de la RAZON.Y sin contrasentido.
-LU, no todas las connotaciones morales tienen que llevar utilidad.Según sea sobrevivir o vivir o soñar o comunicar,la llevarán en mayor o menor grado.Te veo un poco obsesionada con el interés,la amoralidad y la justificación.Mujer,démos por hecho que ante el desaprensivo mundo y sus despiadados seres y aún en desventaja,cabe alguna esperanza.
En lo que a mí concierne,creo que justifico como todo el mundo,pero para nada buceo en mi interior en la convicción de que hay un fondo malvado e interesado.El sustrato animal se neutraliza como no puede ser de otro modo con todas las fuerzas,si te refieres a su inevitabilidad.Las ambiciones de semidioses que citas no sé si existen.Creo que ya hemos hablado otras veces del posibilismo.Y no hay que asustarse de la contradicción que es asunto menor.Lo malo es la incoherencia.Ahí está el meollo.
Finalmente,cito,para alinearme al sentido práctico y positivo de la razón al que constatemente alude KANT.
SALUDOS.
Comentado por: ÁNGEL el 07/6/2010 a las 19:15
Yo no lo veo tan fácil, ya me gustaría.
El acuerdo sobre un paquete de principios morales es indispensable para que los hombres se agrupen y formen sociedad. También es imprescindible formar sociedad pues, un hombre solo es evidente que no puede valerse, no digamos en tiempos remotos.
Es decir, la moral sería la consecuencia de un pacto de ayuda. Referencias básicas, creo que universales, en la génesis de la moral serían el tabú del incesto, el de la autoridad (fundamentalmente paterna), el de la propiedad del territorio… Y, sobre todo, el acuerdo de ayuda y solidaridad entre el grupo de cazadores. Este acuerdo es tácito, casi instintivo, no necesita la menor argumentación y se produjo mucho antes, seguramente, de que el hombre fuera capaz de pensar.
Si limpiamos la idea de moral de sus connotaciones “morales” (interesadas) nos queda solamente un catálogo de mandamientos desprovisto de adornos y de sentido trascendente. Es decir, queda, por encima de todo, la utilidad. La moral sólo es un instrumento útil y necesario para supervivir.
Esto lo sabe perfectamente el sinvergüenza, aunque no haya dedicado tiempo a razonarlo nunca. Y esto, por otra parte, en alguien que no pertenezca al grupo de los desaprensivos, puede generar locura. Es decir, el ser humano descubre en el interior de su ser a otro que traiciona su bondad. Hay otro que se pasa las normas por el arco de triunfo, y que también es él mismo. Muchas veces, la gente “buena” tiende a justificar con razones sus actos malvados. Engañan y se engañan, porque nadie quiere admitir que en lo más profundo de su naturaleza palpita un inocente (en el sentido de animal), amoral e interesado.
A mí esto es lo que más me preocupa porque nos refugiamos en sensaciones de grandeza, ambiciones de semidioses, y olvidamos tratar el asunto ahí, donde estaría el epicentro de la contradicción. Y así a lo largo de la historia de la humanidad. Siempre acarreando el mismo problema.
Quizá la solución estaría en enfrentarnos de verdad a lo que somos y hacer un nuevo pacto desde la inteligencia, sin desteñirlo de emociones ni sentimentalismos, con todas las cartas boca arriba.
Comentado por: Lu el 03/6/2010 a las 12:18
Victor Gómez Pin estudió Filosofía en la Sorbona dónde obtuvo el grado de Doctor de Estado con una tesis sobre el orden aristotélico. Actualmente es Catedrático de la Universidad Autónoma de Barcelona dónde ha impartido las asignaturas de Teoría del Conocimiento, Introducción al Pensamiento matemático, Ontología y Filosofía de las ciencias Formales. Ha sido profesor en la VIU (Venice International University), de Venecia, en cuya ciudad recibió en 2009 el Premio Internacional del Istituto Veneto di Scienze, Lettere ed Arti.
Su transcurso indisociablemente profesional y social está marcado por su incorporación al proyecto de "Zorroaga", en San Sebastian, iniciado en 1979 por el filósofo Ramón Valls Plana, e inmediatamente asumido por Javier Echeverría. Se aspiraba allí a que la Universidad del Pais Vasco se dotara de una sección de Filosofía que respondiera a la exigencia kantiana de ser "un departamento entre otros y sin embargo toda la universidad". La dificultad y previsible fracaso del empeño no impidió que en su día aceptaran incorporarse al proyecto, o jugaran un importante papel puntual, personas de muy diferentes intereses teóricos (incluidas personalidades ajenas a la filosofía en el sentido estricto, como Eduardo Chillida o el Medalla Fields de Matemáticas René Thom). Grande era también la disparidad en posicionamientos políticos, en un momento en el que el problema vasco era absolutamente candente. Pero se pretendía en aquella facultad de Zorroaga (otra cosa es que se consiguiera) que la diversidad en filiación política nunca primara sobre la exigencia de ser cabalmente humanos, es decir, avanzar siempre con la razón por delante.
Victor Gómez Pin trabaja actualmente en una tentativa de establecer el estado de la cuestión sobre las implicaciones que para el concepto heredado de naturaleza tienen ciertas disciplinas científicas contemporáneas. Pero convencido de que el reconocimiento de la pluralidad de intereses de la razón no implica renunciar a explorar los diferentes ámbitos de la misma, se ha introducido en el universo de Marcel Proust y en la apuesta de este escritor por hacer de la palabra matriz exclusiva de redención.
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