Un caso de entereza
Los admiradores de Enrique Granados evocan con emoción la muerte de éste tras ser torpedeado el trasatlántico anglosajón Susex por la armada alemana. El compositor había encontrado lugar en uno de los botes, mas se lanzó al agua al ver que su mujer era arrastrada por las olas, compartiendo así el destino de esta última.
Enrique Granados tenía hijos y, al parecer, su desaparición dejaba a estos en la penuria, por lo que, en Nueva York (donde había estrenado su ópera Goyescas) un grupo de artistas y amigos organizaron un concierto destinado a sufragar la subsistencia y educación de los mismos. De ahí que su memoria pudiera eventualmente quedar enturbiada por consideraciones relativas al deber de preservar su vida a fin de no dejar en el abandono a los suyos.
Y, no obstante, el gesto del compositor conserva esa connotación de distancia frente a sí mismo que llega al alma y que, en algún registro, hace envidiar su destino. Obviamente, para aquel que asume la gigantesca responsabilidad de ser efectivo eslabón en el ciclo de las generaciones, de ser instrumento de recreación de seres humanos, es indiscutiblemente deber imperativo el velar por sus hijos. Mas reitero que la singularidad absoluta de la vida humana, lo que hace intolerable toda tentativa de reducirla a la forma elemental que la vida tiene en los otros animales, reside en el hecho de que la dignidad está por encima de la permanencia: vivir ha de ser para el ser humano una condición subordinada a ciertos fines, y en modo alguno un objetivo incondicionado.
El pensamiento de la doble orfandad de sus hijos atravesó quizás a Enrique Granados en el instante crítico. Mas quizás percibió con evidencia apodíctica que tal pensamiento no operaba como razón moral relativizadota de su disposición a compartir el destino de su esposa, sino como pretexto que -mientras aquella se abismaba en el océano- le permitiría incumplir la promesa implícita de compartir efectivamente tal destino. Quizás percibió que la imagen de la orfandad funcionaba en realidad como coartada que le permitía subordinar la dignidad a la subsistencia.
[Publicado el 25/4/2008 a las 11:30]
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El pensamiento que cruza la mente en esos momentos críticos es tratar de salvar el ser que tenemos delante, me ha pasado en varias ocasiones que vigilando a mis niños en el parque de repente veo que otro niño se cae, se hace daño y ya estoy consolando al niño sin percatarme que mi bebé avanza victorioso hacia la carretera. En ese momento me siento fatal, por haber puesto en peligro mi prole, por salvar a otro niño, que además no conozco de nada, pero reflexionando debe ser un instinto muy fuerte de supervivencia, que llevamos en los genes, para poder reaccionar a tiempo en situaciones peligrosas.
Comentado por: María Magain el 27/4/2008 a las 19:56
Sí, también lo veo como dice Mitin y si fuera hija no pensaría de ningún modo en suicidio sino en accidente. De todas formas, me parecen igualmente nobles las dos opciones. No sería yo quien le reprochase que salvara su vida por sus hijos.
Comentado por: alicedd el 25/4/2008 a las 21:50
"Lo que debilita a un niño es la imagen de un adulto genuflexo ante el poder arbitrario, y pusilánime a la hora de contemplar lo inevitable."
En contra de lo que usted decía ayer pienso que los niños no entienden ni piensan como adultos, no tienen las mismas referencias. Si se refiere a lo que entiendo como el mecanismo podría ser pero, aunque también lo dudo, pero no con respecto a la elaboración.
Estos niños en un primer momento solo entenderían su propio dolor, pero posteriormente, y me atrevo a suponer esto en función de sus también supuestos genes, entenderían a su padre. Este hombre también puedo suponer que habría hecho lo mismo por cualquiera de sus hijos. No veo en su actitud pretensión de morir ni de compartir un destino fatal sino, probablemente, de salvar una vida tan cara como la propia
Comentado por: Mitin el 25/4/2008 a las 12:19
Victor Gómez Pin estudió Filosofía en la Sorbona dónde obtuvo el grado de Doctor de Estado con una tesis sobre el orden aristotélico. Actualmente es Catedrático de la Universidad Autónoma de Barcelona dónde ha impartido las asignaturas de Teoría del Conocimiento, Introducción al Pensamiento matemático, Ontología y Filosofía de las ciencias Formales. Ha sido profesor en la VIU (Venice International University), de Venecia, en cuya ciudad recibió en 2009 el Premio Internacional del Istituto Veneto di Scienze, Lettere ed Arti.
Su transcurso indisociablemente profesional y social está marcado por su incorporación al proyecto de "Zorroaga", en San Sebastian, iniciado en 1979 por el filósofo Ramón Valls Plana, e inmediatamente asumido por Javier Echeverría. Se aspiraba allí a que la Universidad del Pais Vasco se dotara de una sección de Filosofía que respondiera a la exigencia kantiana de ser "un departamento entre otros y sin embargo toda la universidad". La dificultad y previsible fracaso del empeño no impidió que en su día aceptaran incorporarse al proyecto, o jugaran un importante papel puntual, personas de muy diferentes intereses teóricos (incluidas personalidades ajenas a la filosofía en el sentido estricto, como Eduardo Chillida o el Medalla Fields de Matemáticas René Thom). Grande era también la disparidad en posicionamientos políticos, en un momento en el que el problema vasco era absolutamente candente. Pero se pretendía en aquella facultad de Zorroaga (otra cosa es que se consiguiera) que la diversidad en filiación política nunca primara sobre la exigencia de ser cabalmente humanos, es decir, avanzar siempre con la razón por delante.
Victor Gómez Pin trabaja actualmente en una tentativa de establecer el estado de la cuestión sobre las implicaciones que para el concepto heredado de naturaleza tienen ciertas disciplinas científicas contemporáneas. Pero convencido de que el reconocimiento de la pluralidad de intereses de la razón no implica renunciar a explorar los diferentes ámbitos de la misma, se ha introducido en el universo de Marcel Proust y en la apuesta de este escritor por hacer de la palabra matriz exclusiva de redención.
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