El grito
Hace poco estuve de nuevo en Lisboa, una ciudad que siempre apacigua. Fue una estancia breve de apenas dos días, con escaso tiempo por tanto para dedicarme a la mejor actividad que ofrece la ciudad, el paseo. Sin embargo, pese a esta brevedad, experimenté otra vez la misma sensación que ya había tenido en estancias anteriores. A las pocas horas de estar en Lisboa sentí, sin que sucediera nada especial, un bienestar singular, lo que me empujó a pensar en el contraste entre aquellas percepciones y las que había dejado en Barcelona por la mañana, antes de coger el avión.
De pronto se me ocurrió que allí en Lisboa la gente no gritaba al hablar, o gritaba mucho menos que aquí, y que esta podía ser una razón que explicara el cambio que percibía. Como no tenía nada que hacer hasta la noche me puse a observar la forma de comunicarse de los lisboetas: hablaban, en efecto, en voz baja e incluso los turistas e inmigrantes compartían este tono como si fuera una exigencia del espíritu de la ciudad.
En cambio, pensé, en Barcelona -en Catalunya, en España- el grito parece consubstancial al habla. Con todo lo significativo es que la necesidad de gritar no es únicamente un fenómeno fonético sino también un hecho ontológico: aquí la gente grita para desprenderse de la intimidad de las palabras. Fíjense, si no, en tantos hombres y mujeres que se dirigen a interlocutores cercanísimos y sin embargo se sienten en la necesidad de gritar. Lo comprobamos continuamente en la calle, en los restaurantes, en la playa. Quien habla gritando, lo hace a un metro, a un palmo de quien recibe el grito. Fisiológicamente no haría falta para nada elevar la voz. Sospecho que aun inconscientemente nuestros gritones gritan para evitar la soledad, que les parece abrumadora, del cara a cara y para buscar la genérica aprobación del involuntario espectador. Un país de gritones se convierte automáticamente en un país de fisgones. El gritón, que quiere llamar la atención, está encantado de estar rodeado por otros gritones que, a su vez, llamen su atención. Todo con tal de no tener que responsabilizarse de la autenticidad de sus propias palabras. Aquí para convencer el grito se hace imprescindible como nos demuestran permanentemente parlamentarios, alcaldes, tertulianos, cómicos o padres de familias; y quien no grita para persuadir queda relegado a una indeseable marginalidad.
Volviendo a esa tarde en Lisboa me pareció averiguar otros factores, estrechamente vinculados al antigrito, que contribuían a la serenidad del visitante. Puesto que la gente por lo general no berreaba tenía su lógica que los distintos individuos con que uno se topaba hicieran gala de una cierta discreción o de lo que en otros tiempos se llamaba educación. El recepcionista del hotel te trataba con amabilidad, al igual que el empleado del parking e, increíblemente, también el taxista y hasta el camarero. Además en toda una tarde por Lisboa nadie me apabulló con nuestro brutal tuteo, perfecto para el gritón pero desconcertante para la mayoría de los habitantes del planeta, incluidos los italianos afines en el cultivo del grito aunque con ritos lingüísticos bastantes más esmerados.
Por la noche al ir al Bairro Alto para cenar con unos amigos me alegró ver una pintada en una pared que confirmaba mis pensamientos: Tourist: respect the portuguese silence or go to Spain! (guardo la foto de esta magnífica proclama que quizá algunos españoles encuentren revanchista). Imaginé lo que hubiera pensado el autor de la pintada al ver el comportamiento de los turistas en nuestras ciudades. En la patria del grito todos se sienten libres para aullar.
Junto con los amigos portugueses participaba en la cena una señora originaria de Madrid que trabajaba en el Instituto Cervantes y residía desde hacía más de veinte años en Lisboa. Al transmitirle mis impresiones acerca del silencio lisboeta y el bienestar que este procuraba cuando se procedía de una tierra de gritones, ella me comunicó tajantemente que iba lo menos posible a España porque se le hacía insoportable el trato que recibía. En su opinión el deterioro se había acentuado mucho en esas dos décadas en que había estado ausente.
Estuvo de acuerdo con respecto a la función siniestra que juega el griterío en nuestra vida colectiva. En cuanto el uso soez y despiadado del tuteo, piedra angular de nuestra pésima educación similar a la de muchos latinoamericanos que visitan por primera vez la Madre Patria y quedan horrorizados por los abruptos ritos maternos.
La lisboeta de adopción me dio más pistas con respecto a nuestro malestar y todas me parecieron razonables. Por ejemplo, según ella, los horarios laborables españoles, tan dilatados como ineficaces acentuaban la ansiedad general. Los españoles dormían poco pues no podían prescindir de una amplia dosis de televisión y de una concepción neurótica del ocio. Con respecto a esto último mi interlocutora insistía mucho en la calidad de que todavía gozaba el noctámbulo portugués frente al pillaje absurdo y puramente cuantitativo de la noche que representaba nuestra universalmente famosa marcha que, como se sabe, no es nada si no se grita mucho.
Al volver al hotel pasé por delante de la estatua de bronce de Pessoa, sentado silenciosamente en el café A Brasileira. Su silencio le hacía compañía a la hermosa noche lisboeta. Nosotros, más bien, deberíamos colgar reproducciones de El grito de Munch por todas partes. Igual así aprendemos algo.
El País, 09/02/2008[Publicado el 14/2/2008 a las 09:00]
Muy bueno el artículo, estoy de acuerdo prácticamente en todo, excepto quizás en que el tuteo en sí mismo no creo que suponga un problema en su forma verbal, sino en la expresión de este a través de conductas monstruosas de acercamiento extremo en el primer contacto y en la ausencia total de prudencia y de educación en general. Sirva como ejemplo el genuino impacto español en la espalda, acompañado del alarido correspondiente.
Comentado por: Samsa el 01/10/2008 a las 14:16
Estuve también hace muy poco en Lisboa y hay una gran diferencia, es verdad. el silencio, la gente es amable, todos tienen más paciencia.
Una cosa más que me dí cuenta es que sitios céntricos como el Bairro Alto o el chiado agradable no están tan llenos de gente. Por esta razón, hasta las cenas estuvieron más tranquilas por este silencio de escasez de gente en un lugar cerrado. Si, otra vez, el Silencio.
Comentado por: Vito el 17/2/2008 a las 23:47
Coincido con la apreciación que el Sr Argullol hace de nuestra costumbre de gritar y de la mala educación general de nuestro entorno. Viajo con cierta frecuancia y aprecio cada vez más el silencio y la educación en otros paises. He hecho muchas cábalas y he comentado con amigos cuales serían las raíces del griterío generalizado. La explicación de los programas de Televisión siendo un poco cierta me parece demasiado fácil. Si el Sr. Argullol tuviera alguna idea le agradecería que nos las expresara
Marvi
Comentado por: mavi el 17/2/2008 a las 22:40
Cuando el otro dia dije "hasta los inmigrantes", nada mas lejos de mi imaginacion hacer ningun comenterio de tipo xenofobo. Con esa expresion quise ddecir que hasta los que vienen de fuera nos imitan en lo malo no en lo bueno (si es que tenemos algo).un saludo
Comentado por: carmen el 17/2/2008 a las 20:23
estoy de acuerdo con Escarola respecto al comentario de Carmen: ¿Cómo así que "hasta los inmigrantes"? Soy colombiano, y no entiendo cómo puede tener ésto que ver ("hasta...") en el momento de tutear a alguien, sea médico, doctor, doctora, o de determinado rango, lo que sea. ¿Significa acaso que el inmigrante no puede tutear a alguien de cierto rango? Considero esto un comentario xenófobo, Carmen, que no tiene lugar en este blog (salta usted del grito a la educación a la inmigración) sin explicar muy bien cómo es eso.
Comentado por: javi el 15/2/2008 a las 08:15
estupendo artículo que ya leí el otro día en el País. pero no dejo de leerte. Don Rafael, me tiene usted fascinada
Comentado por: cruz el 14/2/2008 a las 21:43
Si escribe ese artículo, sr. Argullol,espero que no se olvide de mencionar la desconsideración xenófoba.
Comentado por: escarola el 14/2/2008 a las 21:21
Comentado por: escarola el 14/2/2008 a las 21:18
Me he llevado una gran alegria al leer su artuculo sobre lo que gritamos los españoles, estoy totalmente de acuerdo con usted. Pero no solo los gritos sino tambien la mala educacion en todos los estamentos y clases sociales.Hasta los inmigrantes le llaman de tu al medico y a cualquier persona de cierto rango o simplemente a personas desconocidas ( a imitacion nuestra por supuesto ).
¿Usted como profesor piensa que esto podra enmendarse algun dia ?
¿Podria escribir un articulo sobre la mala educacion en nuestro pais?.
En los sitos oficiales sobre todo cuando te acercas a preguntar algo en vez de una persona te sale el Leon de la Metro.
Un cordial saludo. Carmen
'
Comentado por: Carmen el 14/2/2008 a las 20:57
Argullol disculpe, pero me causó gracia: cuando despotrica contra el volumen de los españoles parece que lo hiciera gritando.
Comentado por: amalia el 14/2/2008 a las 17:10
¿Estará vinculada la sensibilidad al ruido, el oido fino con el tono de voz bajo? En mi caso, diría que es así.
Comentado por: ssss el 14/2/2008 a las 16:32
Comentado por: HjorgeV el 14/2/2008 a las 14:30
Cuando después de su viaje le pregunté a mi hermana qué es lo que más le había llamado la atención de Berlín me contestó que el silencio. El que en los centros comerciales el nivel del rumor sonoro fuera sensiblemente menor que en los de España.
También me contó que en los parques los gorriones se acercan a comer de tu mano. Aquí ante esa cercanía, en muchos casos, serían recibidos con un silbido, una patada, un apretón con la mano o un grito.
Comentado por: hermann el 14/2/2008 a las 09:40
Rafael Argullol Murgadas (Barcelona, 1949), narrador, poeta y ensayista, es catedrático de Estética y Teoría de las Artes en la Facultad de Humanidades de la Universidad Pompeu Fabra. Es autor de 25 libros en distintos ámbitos literarios: poesía (Disturbios del conocimiento, Duelo en el Valle de la Muerte, El afilador de cuchillos), novela (Lampedusa, El asalto del cielo, Desciende, río invisible, La razón del mal, Transeuropa, Davalú o el dolor) y ensayo (La atracción del abismo, El Héroe y el Único, El fin del mundo como obra de arte, Aventura. Una filosofía nómada, Manifiesto contra la servidumbre. Escritos frente a la guerra, entre otros) dirigiéndose cada vez más hacia una escritura transversal que rompe los géneros literarios (Cazador de instantes, El puente del fuego, Enciclopedia del crepúsculo, Breviario de la aurora, etc.).
Ha estudiado Filosofía, Medicina, Economía y Ciencias de la Información en la Universidad de Barcelona y ha asistido a cursos en la Universidad de Roma, en el Warburg Institute de Londres y en la Universidad Libre de Berlín, doctorándose en Filosofía (1979) en su ciudad natal. Como profesor ha enseñado en universidades europeas y americanas y ha dado conferencias en ciudades de Europa, América y Asia. Colaborador habitual de diarios y revistas, ha vinculado con frecuencia su faceta de viajero y su estética literaria. Ha intervenido en diversos proyectos teatrales y cinematográficos. Ha ganado el Premio Nadal con su novela La razón del mal (1993), y el Premio Ensayo de Fondo de Cultura Económica con Una educación sensorial (2002).
A partir del 15 de septiembre estará disponible su más reciente libro: Visión desde el fondo del mar (Acantilado, 2010).

Lampedusa (2008). El Acantilado, España
El Héroe y el Único (2008). El Acantilado, España
Breviario de la aurora (2006). El Acantilado, España.
Del Ganges al Mediterránea: un diálogo entre las culturas de India y Europa (2004). Argullol, Rafael y Mishra, Vidya Nivas. Ediciones Siruela, España.
El puente de fuego (2004). Ediciones Destino, España.
El pont de foc (2004). Ediciones Destino, España.
Wolfgang Amadeus Mozart. Las últimas sinfonías (2004). Argullol, Rafael y Reverter, Arturo. Diario El País, S.A., España.
Manifiesto contra la servidumbre: escritos frente a la guerra (1990-2003) (2003). Ediciones Destino, España.
Una educación sensorial: historia personal del desnudo femenino en la pintura (2002). Fondo de Cultura Económica, España.
Tres miradas sobre el arte (2002). Ediciones Destino, España.
El cazador de instantes: cuaderno de travesía 1990-1995 (2002). Ediciones Destino, España.
Davalú o el dolor: crònica d'un duel (2001). Edicions dels Quaderns Crema, España.
Aventura, una filosofía nómada (2000). Plaza & Janés Editores, S.A., España.
El afilador de cuchillos: un poema (1999). El Acantilado, España.
L'esmolador de ganivets: (un poema) (1998). Edicions dels Quaderns Crema, España.
Transeuropa (1998). Ediciones Alfaguara, España.
Naturaleza: la conquista de la soledad (1995). Fundación César Manrique, España.
Sabiduría de la ilusión: quince escenarios (1994). Taurus Ediciones, España.
La razón del mal (1993). Ediciones Destino, España.
Territorio del nómada (1993). Ediciones Destino, España.
El cansancio de Occidente: una conversación (1993). Argullol, Rafael y Trías, Eugenio. Ediciones Destino, España.
El fin del mundo como obra de arte: un relato occidental (1991). Ediciones Destino, España.
Desciende, río invisible (1990). Ediciones Destino, España.
El Quattrocento: arte y cultura en el renacimiento italiano (1988). Montesinos Editor, S.A., España.
Lampedusa: una historia mediterránea (1987). Montesinos Editor, S.A., España.
Territorio del nómada (1987). Fondo de Cultura Económica, S.L., España.
Duelo en el valle de la muerte (1986). Ayuso, España.
Leopardi: infelicidad y titanismo (1985). Montesinos Editor, S.A., España.
Tres miradas sobre el arte (1985). Icaria, España.
El héroe y el único: el espíritu trágico del Romanticismo (1984). Taurus Ediciones, España.
La atracción del abismo: un itinerario por el paisaje romántico (1983). Bruguera, S.A., España.
Disturbios del conocimiento (1980). Icaria, España.
Obra completa en El Acantilado
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