El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

domingo, 12 de febrero de 2012

 Crítica literaria de Javier Fernández de Castro

Invisible

Paul Auster

   

Invisible

El tema de la pareja "mayor" (treinta y algo) que se vale de los encantos de ella para seducir al efebo adolescente (literalmente, "un Adonis atormentado") tratando de arrastrarlo a sus pervertidos juegos eróticos ha sido reiteradamente utilizado en la literatura y el cine contemporáneos. No es que sea un clásico, pero hay modelos suficientes como para que a un escritor inteligente (y Auster lo es) no le ofrezca excesivas posibilidades de sorpresa. A no ser que se dedique a introducir variaciones para ver qué pasa.

                Port ejemplo: después de una primera parte escrita en primera persona, y que sirve para que el protagonista se de a conocer y plantee el conflicto que les va a afectar a él y a los demás personajes, ¿qué ocurre si a continuación aparece un nuevo narrador en primera persona que no tiene relación directa con los hechos pues se trata de un antiguo compañero de universidad al que el "Adonis atormentado" ha nombrado depositario del manuscrito autobiográfico? Y ya puestos, ¿qué ocurre si el adolescente no es tan inocente como parecía en la primera parte porque ahora mismo le invento un apasionado romance incestuoso con su encantadora hermana Gwyn? Y para introducir una perspectiva aún más novedosa, entre la primera parte (la seducción) y la segunda (el incesto) se puede manipular el tiempo y dar un salto de cuarenta años de forma que el adolescente sea ahora un anciano que para más inri está aquejado de una enfermedad terminal .  Evidentemente, ello hace que en la tercera parte, cuando se narre qué ocurrió en realidad cuando el matrimonio mayor pasó a la acción y quiso pervertir al adolescente perverso, la voz de éste, la voz de un moribundo, sonará ya como uno imagina que resonará una voz desde la ultratumba. Máxime si se tiene en cuenta que, en efecto, a partir de un momento determinado del relato el adolescente atormentado será alcanzado por su enfermedad y pasará de narrador a narrado.

                Es decir: página a página,  Paul Auster recurre a su oficio y a su imaginación (ambos muy notables) para ir dando nuevas vueltas de tuerca con tal de evitar que tanto a él como al lector la historia que está contando les suene a algo manido y ya vivido. En cierto modo es una técnica similar a la de aquella película de Buster Keaton en la que éste, para variar, es sañudamente perseguido por el interior de una gran mansión cuyas habitaciones dan siempre sobre un escenario inesperado, pues al salir corriendo del comedor el perseguido cae de bruces en un desierto con palmeras y dromedarios, pero que comunica con un suntuoso dormitorio que da a su vez sobre la Antártida, de la cual pasa al cuarto de la plancha y de éste a una peluquería de señoras. O lo que fuera, pues recuerdo la música pero no la letra.  La novela se llama Invisible porque nada de lo que se ve es lo que parece, cada personaje añade una nueva visión que no contradice del todo la versión del anterior pero sí introduce perspectivas que la cambian hasta hacerla irreconocible.  Todo ello sin caer en la inverosimilitud, ni tampoco en el virtuosismo. El lector sabe estar atrapado en un juego de espejos y acepta gustoso el envite porque cada reflejo enriquece el anterior. Qué importa si alguien que puede saberlo de primera mano (la propia Gwyn) niega rotundamente la historia del incesto y la reduce a una simple posibilidad, algo que estuvo ahí y pudo ocurrir pero no pasó del deseo. El largo capítulo dedicado a los tórridos amores de los dos hermanos es un prodigio de intimidad, delicadeza y pasión, y ello basta para legitimar ese amor como real, con independencia de lo que diga después algún enterado.

                Llevado por el entusiasmo, el portadista de Anagrama encuentra un símil con el Corazón de las tinieblas, de Conrad, pero es eso, entusiasmo, porque ni siquiera Auster es capaz de insuflar aliento épico a una historia entre refinados profesores universitarios franceses, su amante inapetente de todo aquello que ocurra fuera de la cama y un poeta norteamericano en los inicios de su andadura. Es una novela muy interesante y que se lee con creciente interés hasta el inesperado final (claro), pero no gana nada comparándola con lo que ocurre cuando uno se adentra en los oscuros confines del río Congo.

 

Invisible

Paul Auster

Anagrama

[Publicado el 06/1/2010 a las 07:53]

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Comentarios (1)

  • Manda cojones, que decía mi pariente obispo. La saga se perpetúa con quien llamaremos Guillermo García. Le quitamos ese apellido que ni siquiera es el primer apellido del padre.
    Cuando el padre no ha hecho toda su vida más que cagarse a la violeta en las dinastías artísticas, ahora van sus hijos y le salen artistas.
    No hay peor cuña que la de la propia madera y G. es un dibujante atascado, de trazos deshilachados, que se pajillea con el rotulador. Empero, también lleva consigo el jesuitismo del padre y después de haberse pasado por la piedra a la poetisa E. M. ya dibuja para una editorial.
    Un amigo me dice por correo privado que a cambio la poetisa se ha ganado dos páginas en el libro-comida de polla que próximamente publicará la editorial judía Pre-textos, en honor del diarista que más entradas tiene en su catálogo.
    El otro muchacho, R., no sabía tocar la guitarra ni cantar, pero se decía músico, como su padre se dice poeta. Bochornoso.
    Quédense con sus nombres.
    Pronto los contrataría como monaguillos el pollicorto Eureka Espada, si como me han transmitido fuentes bien informadas su engendro no fuera a desaparecer esta primavera.
    El diarista miente hasta en la altura de sus hijos. Los míos les sacan tres palmos a los suyos, quizá gracias a mi sangre vasca. X es el hijo de un tendero y siempre se ha alimentado mal, mientras que en mi caserío se comía carne todos los días.
    Un día hablaremos de toda esa familia. Se lo prometo a ustedes. Les contaré lo que hubo entre Q. R. y la mujer de X. Ni el memo de X lo sabe.
    Antes tengo que hacerle una visita a X y decirle algunas cosas cara a cara.

    Comentado por: Pancho Ortuño el 13/1/2010 a las 22:48

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Foto autor

Biografía

Javier Fernández de Castro (Aranda de Duero, Burgos, 1942) ha ejercido entre otros los oficios de corresponsal de prensa (Londres) y profesor universitario (San Sebastián), aunque mayoritariamente su actividad laboral ha estado vinculada al mundo editorial.  En paralelo a sus trabajos para unos y otros, se ha dedicado asiduamente a la escritura, contando en su haber con una decena de libros, en especial novelas. Desde hace unos años reside de forma permanente en  Barcelona.

Bibliografía

Entre sus novelas se podrían destacar Laberinto de fango (1981), La novia del capitán (1986), La guerra de los trofeos (1986), Tiempo de Beleño ( 1995) y La tierra prometida (Premio Ciudad de Barcelona 1999). En el año 2000 publicó El cuento de la mucha muerte, rebautizado como Crónica por el editor, y que es la continuación de La tierra prometida. En 2008 apareció en Editorial  Bruguera,  Tres cuentos de otoño, su primera pero no última incursión en el relato corto.

 

Traducciones

Wagenbach (2011)

 

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