Historia de mi vida

Historia de mi vida
La editorial Atalanta he realizado la proeza de editar Historia de mi vida de Giacomo Casanova. Y digo proeza porque se trata de dos tomos que suman la friolera de 3575 páginas. Gracias a ello el lector español tiene ocasión de leer, por vez primera, los escritos íntegros de Casanova. Las ediciones que habían circulado hasta ahora por las librerías españolas eran una traducción de la versión francesa publicada por la Editorial Plon a partir de 1826. Jean Laforgue, que fue quien se encargó de la edición material del texto, no sólo limpió éste de inconveniencias lingüísticas, geográficas y amatorio-nocturnas sino que rebajó aquellas opiniones que consideró inadecuadas, suavizó juicios y, en general, adaptó lo dicho por Casanova a las convenciones de la moral del siglo XVIII. Es decir, que, finalmente, se puede saber qué dijo en realidad el aventurero veneciano. Y lo que es mejor, se puede saber cómo lo dijo.
Y justamente en ese cómo ahora rescatado radica gran parte de la fascinación que han ejercido estas memorias desde su aparición. Porque Casanova, aunque resulte casi sonrojante recordarlo aquí, era un seductor. Su estilo es ágil, directo y coloquial hasta el extremo de lindar muchas veces con la oralidad, es decir, nada que ver con el tono moroso y discursivo de dos contemporáneos tan ilustres como Rousseau o Voltairte. La diferencia radical con la escritura de aquella radica en que Casanova, repito, era un seductor nato. De mujeres por descontado, pero al contar su historia también pretendía seducir a príncipes y grandes señores (pues al fin y al cabo gran parte de su vida vivió de ello). También pretendía ser reconocido por sus muchas virtudes además de las amatorias, entre las cuales su habilidad para vivir el lado más peligroso de la vida y salir más o menos indemne de tamaña osadía. Pueden detectarse en determinados pasajes y afirmaciones rasgos de vanidad y vanagloria y hasta algún que otro ajuste de cuentas. Pero sobre todo y ante todo Casanova pretende seducir al lector y se toma infinitas molestias para tenerlo entretenido, bien informado y, si se tercia, incluso un punto excitado a costa del relato pícaro y pormenorizado de sus aventuras amorosas. Es raro tener la sensación, mientras lees, de estar oyéndole declamar en voz alta gustándose mucho a sí mismo. Tampoco lo imaginas corrigiendo párrafos porque, al releerlos, ha caído en la cuenta de que no responden a los gustos del momento. Y mucho menos le crees capaz de insistir, pormenorizar o tergiversar un lance cualquiera en nombre de la verdad, la justicia, la historia o cualquier otra consideración que no sea la literaria. Ni era ni pretendía ser un historiador, un sociólogo o un memorialista. Escribía porque pretendía ser leído. Y a diferencia del historiador, que no tiene más interlocutor que la Historia, el narrador dialoga todo el tiempo con el Lector y ello crea unas leyes internas que son, en definitiva, las que marcan la diferencia entre un texto literario y otro que no lo es. Determinar si encima es bueno, buena literatura, es una misteriosa operación cuyo mecanismo (por fortuna, creo yo) todavía estamos muy lejos de llegar a comprender.
El resultado de todo ello es un documento asombrosamente exacto y de primera mano acerca de la vida en la Europa del siglo XVIII, narrada a través de las peripecias de un pícaro ilustrado cuyas hazañas a veces transcurren en las cortes y los palacios y a veces, sin apenas transición, en las camas más perfumadas o en las más lóbregas tabernas, sin descartar las huidas vergonzosas a través de las fronteras para salvar el pellejo y evitar dar con sus huesos en la cárcel. Sin embargo, y aunque sociológicamente resulte ser un testimonio de gran valor, las memorias de Casanova son, insisto, un texto literario de primera magnitud. Algunas de sus aventuras amorosas (y de inmediato salen los nombres de Lucrezia, Henriette, Caterina Capretta y tantas otras), son pequeñas obras maestras que bastarían para poner de manifiesto el talento narrativo de Casanova y su clara conciencia de estar haciendo una obra literaria en el sentido más noble y creativo de la palabra.
Es de resaltar la notable tarea llevada a cabo por Mauro Armiño, que además de traducirse de una sentada las 3.500 páginas del original, ha tenido que liar con la ingente labor de dar sentido, sin tergiversarlo, un texto escrito en francés, una lengua que Casanova, veneciano de nacimiento, aprendió sobre la marcha y de oído. Paralelamente, es asimismo de resaltar la tarea llevada a cabo por Atalanta, pues si es de alabar su cuidado y bien editado contenido, encima ha hecho un libro de esos que dan ganas de leerlos sólo por el gusto de tenerlo en las manos, sentir el tacto de las cubiertas o escuchar el crujir de las páginas. Incluso los cuadros elegidos para ennoblecer las guardas son un gozo. Y el prólogo, de Félix de Azúa, es incisivo, mordaz y, como cabía esperar, ofrece eso que los anglosajones denominan insigths, y que es una forma de describir ese tipo de mirada capaz de atravesar la apariencia para ir directamente al meollo del asunto.
Historia de mi vida
Giacomo Casanova
Atalanta
[Publicado el 17/11/2009 a las 06:57]
A la lengua del deleite de Don Juan (a nuestra lengua) le hacía falta este encuentro, le hacía falta apropiarse cuidadosamente de la lengua de Casanova. Enhorabuena!
Comentado por: Jean Jacques el 21/5/2010 a las 23:42
Si la seducción tiene que ver con el engaño y el engaño con ciertos valores establecidos, puede ser aceptable definir a Casanova como un seductor, pero por lo que llevo leído del segundo tomo, Casanova me parece más bien un predicador incomprendido de nuevos valores. Recuerdo por ejemplo que cuando alguna jovenzuela se le resistía, él le decía: "¿pero cómo puedes ser tan tonta de rechazar al Amor?". Si mal no lo entiendo Casanova es el artífice de eso que tanto hoy se dice pero que se sigue sin creer, es decir, que el amor no es un dios, una idea o un mandamiento venido de los cielos sino que es algo muy humano que se hace día a día, o mejor dicho, noche a noche.
Comentado por: juandiezdelcorral el 28/12/2009 a las 20:27
Entre sus novelas se podrían destacar Laberinto de fango (1981), La novia del capitán (1986), La guerra de los trofeos (1986), Tiempo de Beleño ( 1995) y La tierra prometida (Premio Ciudad de Barcelona 1999). En el año 2000 publicó El cuento de la mucha muerte, rebautizado como Crónica por el editor, y que es la continuación de La tierra prometida. En 2008 apareció en Editorial Bruguera, Tres cuentos de otoño, su primera pero no última incursión en el relato corto.
Traducciones

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