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El blog literario latinoamericano

domingo, 12 de febrero de 2012

 Crítica literaria de Javier Fernández de Castro

Verano griego

 

Verano griego

Hay escritores de viajes y viajeros apasionados. Jacques Lacarrière es de los segundos. Entró en contacto con Grecia en 1947, cuando el país estaba en plena guerra civil. Y no sé qué tienen los griegos cuando pelean pero desde Homero hasta la edad moderna cuando alguien les ha visto matarse ha iniciado con ellos una de esas relaciones que cambian la vida.

                Sin necesidad de remontarse a la Grecia heroica, dos personas tan diferentes como Patrick Leigh Fermor y Kevin Andrews quedaron atrapadas al mezclarse con griegos en pie de guerra y ya nunca más volvieron a recobrar el camino que llevaban hasta entonces. Patrick Leigh Fermor fue enviado a Creta como oficial de enlace durante la feroz oposición de los isleños a la ocupación alemana. Debido a la intensidad de los sucesos  vividos en aquella contienda, el exquisito escritor británico estableció con Grecia una relación amorosa que dura hasta hoy. A sus noventa y cuatro años, "Paddy" continúa viviendo en  un ignoto rincón del Peloponeso y ni siquiera la muerte de su compañera de toda la vida le ha animado a regresar a Inglaterra.   Se considera un griego más y está donde tiene que estar.

                Kevin Andrews por su parte no fue tocado por el don de la longevidad, pero lo compensó a fuerza de intensidad. También él conoció Grecia en guerra - en su caso ya había acabado la II Guerra Mundial pero en cambio estaba en su momento álgido la contienda civil - y tras casi romper todos sus vínculos con Estados Unidos también él se quedó a vivir donde creía que era su lugar natural.

                Jacques Lacarrière no experimentó uno de esos devoradores coups de foudre que todo lo arrasan pero en cambio inició una relación amorosa basada en apasionados encuentros y largas distancias que también le iban a durar toda la vida. Fue a Grecia formando parte de una compañía de teatro universitario pero su implicación con el país fue total, y no deja de ser significativo que sus cenizas formen parte actualmente de la isla de Espetsas.

En su Verano griego se cuentan más bien los encuentros que las distancias, en el sentido de que no es el relato de un viaje que empieza y termina en sí mismo sino muchos relatos y muchos viajes a lo largo de casi veinticinco años. Y hay capítulos espléndidos, como el relato de sus estancias en las montañas santas de Atos, o los titulados "Los cipreses de Antígona" y "Los olivos de Delfos", por citar algunos.

Sin embargo, según avanzas en la lectura se va poniendo de manifiesto una circunstancia poco habitual. La Grecia clásica que todavía pervive en la Grecia moderna es para los occidentales la experiencia más próxima a un universo en el que los dioses conviven con los humanos y mantienen con éstos querellas que muchas veces son una prolongación de sus propias querellas. Porque estamos muy acostumbrados a interpretar el mundo desde la perspectiva del monoteísmo, nos fascina la sola posibilidad de una deidad múltiple y cercana (o al menos que no se oculta tras una zarza ardiendo un lo alto de un monte inhóspito). Y el viajero medio suele resaltar justamente ese rastro casi tangible que los dioses han dejado en alguno de sus lugares más frecuentados.  Pero no así Lacarrière, un gnóstico de convicción profunda aunque sin aspavientos. No cree en otra posibilidad de conocimiento que la derivada de la experiencia sensual y no va por Grecia rematando dioses ni desenmascarando impostores, pero desde luego el suyo es un discurso radicalmente laico. En Atos, por ejemplo, le interesa profundamente cómo es aquel universo y cómo se las apañan los monjes para vivir su espiritualidad en semejante lugar. Pero en ningún momento cuestiona el porqué de esa clase de vida, ni la razón última de la vida monástica.

Creo que es esa laicidad sin alharacas lo que sedujo a Lawrence Durrell. En su correspondencia con Henry Miller (que fue quien le puso tras la pista de Les gnostiques, de Lacques Lacarrière) Durrell el mitómano, el más fervoroso creyente en la persistencia de los dioses en la Grecia actual, se dice admirado por la clarividencia de ese libro, llegando incluso a decir que podría haberlo puesto como prólogo de su Cuarteto de Alejandría. Y esa influencia volverá a ponerse de manifiesto en el Quinteto de Avignon, ahora reeditado por Edhasa. Y por descontado que de cuando en cuando sale el Lacarrière erudito y de tono profesoral, pero lo que dice no sólo es pertinente sino que lo compensa de sobras con sus descripciones de paisajes y gentes que le salen al paso, en absoluto sacralizados.

 

 

 

 

Verano griego

4.000 años de Grecia cotidiana

Jacques Lacarrière

Altaïr

[Publicado el 28/9/2009 a las 21:09]

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Comentarios (4)

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    Comentado por: coach bag el 08/10/2011 a las 13:58

  • Estimado Sr F de Castro, me disculpo de antemano por meterle en un debate en el que probablemente no haya pretendido entrar, pero su respuesta a Chema Lobo capturó mi atención y no he podido evitar transmitirle mis impresiones.

    Tal y como dice, la mayoría de dibujantes de cómic estamos encantados de serlo y elegimos este medio porque su técnica, forma de expresión y recursos lo convertían en el vehículo de expresión idóneo para dar salida a nuestra creatividad. Y le doy la razón en que los cómics están muy bien tal y como son. Por ello, no queremos adornos pero tampoco menosprecios ni miradas condescendientes. Cada cual tiene sus gustos y preferencias y esto, naturalmente, incluye a los autores de cómic, que varían en talento e intención.
    El medio ha ofrecido entretenimiento y carcajadas al estilo de nuestro admirado Ibañez, junto a obras que por su complejidad fueron merecedoras de un premio Pulitzer, como la de Spiegelman que siempre sale a relucir en este tipo de debates. Obviar estas últimas es, en mi opinión, tremendamente injusto.

    Cuando defendemos que el cómic es arte estamos no estamos diciendo que cualquier cómic es arte. Hablamos de las grandes obras que el medio ha ofrecido y de las que puede ofrecer. No es cuestión de ponerle calzas, sino de reafirmar parte de lo que es y, sobretodo, de no cortarle las alas. De su opinión se deduce la imposibilidad de un cómic que no sea mero pasatiempo. Confórmense ustedes con entretener, que está muy bien, pero no pretendan estar a nuestra altura. No acabo de entender por qué ha de negarse de facto la posibilidad de que algún dibujante entre en ese panteón de los inmortales del que usted habla, acompañando a fotógrafos, escultores o cineastas, ni por qué es ridículo o petulante tratar de expresar ideas complejas o pensamientos profundos en una serie de imágenes con desarrollo narrativo.

    Comentado por: Max Vento el 05/10/2009 a las 07:29

  • Hola. La polémica que ha suscitado el artículo de Vicente Molina Foix me parece marciana. Si yo fuera un dibujante de cómics estaría encantado de ser eso y nada más que eso, y me molestaría enormemente que alguien viniese a ponerme adornos que ni me corresponden ni me ennoblecen. El cómic tiene una técnica y una forma de expresión propias, tiene su mitología y unos recursos personales y originales. Y por lo tanto no necesita mendigar medallas ni medrar en otros campos para parecer más grande, más integrado o más honesto. Se basta a sí mismo siendo lo que es y ponerle calzas para que luzca más airoso es cosa de tontos. Es como si un torero se creyese de verdad eso de que el toreo es un arte y al terminar una faena pretendiese dejar su firma en la arena con la sangre del toro. Qué petulancia. Qué manera de perder el tiempo. Con lo bien que están los cómics, tal y como son, parece como si sus acérrimos quisieran fundar una Academia donde amortajar a los mejores dibujantes en el panteón de los inmortales.

    Comentado por: Javier F. de Casstro el 30/9/2009 a las 08:39

  • Exquisito comentario Sr. F. de Castro, al que ahora supongo también filoheleno. Me encantan los libros que reseña. Gracias.

    Comentado por: Artemis el 29/9/2009 a las 11:40

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Foto autor

Biografía

Javier Fernández de Castro (Aranda de Duero, Burgos, 1942) ha ejercido entre otros los oficios de corresponsal de prensa (Londres) y profesor universitario (San Sebastián), aunque mayoritariamente su actividad laboral ha estado vinculada al mundo editorial.  En paralelo a sus trabajos para unos y otros, se ha dedicado asiduamente a la escritura, contando en su haber con una decena de libros, en especial novelas. Desde hace unos años reside de forma permanente en  Barcelona.

Bibliografía

Entre sus novelas se podrían destacar Laberinto de fango (1981), La novia del capitán (1986), La guerra de los trofeos (1986), Tiempo de Beleño ( 1995) y La tierra prometida (Premio Ciudad de Barcelona 1999). En el año 2000 publicó El cuento de la mucha muerte, rebautizado como Crónica por el editor, y que es la continuación de La tierra prometida. En 2008 apareció en Editorial  Bruguera,  Tres cuentos de otoño, su primera pero no última incursión en el relato corto.

 

Traducciones

Wagenbach (2011)

 

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