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El blog literario latinoamericano

domingo, 12 de febrero de 2012

 Crítica literaria de Javier Fernández de Castro

La familia Wittgenstein

Cabe la desgraciada posibilidad de que este bien documentado libro de Alexander Waugh se convierta en un foco de atracción para rencorosos desencaminados. Y dentro de dicha categoría incluyo a toda persona no profesional pero dotada de una considerable dosis de buena fe que deseando ingenuamente acercarse a la obra y el pensamiento de Ludwig Wittgenstein haya cometido la heroicidad de comprar el Tractatus lógico-philosophicus con la intención de empezar a leerlo por las primera página y  no cejar en su loable empeño hasta llegar a la última. Quien así haya procedido tiene un altísimo porcentaje de posibilidades de no haber pasado de la primera página, siendo casi inevitable que haya terminado cerrando el libro con un profundo sentimiento de frustración.

                Pero nadie debería sentirse así. Al fin y al cabo lo mismo les pasó a Bertrand Russell y George Moore, que eran  maestros  y mentores de Ludwig Wittgenstein desde que éste aterrizó en Cambridge huyendo de la carrera de ingeniero  que trataba de imponerle su padre. Russell incluso escribió una especie de prólogo explicativo del Tractatus que el propio Wittgenstein ordenó retirar en las siguientes ediciones porque - decía - el maestro no había entendido nada y con sus aclaraciones no hacía sino confundir aún más al lector. Tampoco a Moore le fue mucho mejor y si bien supo desde el primer momento que tenía en las manos una obra capital hubo de confesarle a su joven discípulo que no estaba muy seguro de qué había querido decir con su libro. Progresivamente alarmado, Wittgenstein se lo  mandó personalmente al muy prestigioso Gottlob Frege. Siendo los dos del mismo ramo - pensaba el lógico en ciernes - la comprensión sería inmediata. Pero quiá. Un desconcertado Frege no tardó en contestar a su joven colega que no había entendido una sola palabra de su escrito.

                En plena frustración el lector puede caer ahora en la tentación de probar un acercamiento  Wittgenstein por la puerta de atrás, o si se prefiere, de la mano de un buen biógrafo. Si éste acaba sabiendo todo lo pertinente en la vida del biografiado - puede pensar el lector - quién te dice que no te va a dar unas cuantas claves decisivas para entender su obra. Pero aquí sale lo del rencoroso desencaminado, pues si alguien quiere llevar a cabo esa operación de aproximación, tan digna o inútil como cualquier otra, debe encaminarse hacia la biografía de Ray Monk, Ludwig Wittgenstein: el deber de un genio, publicada por Anagrama en 2002.  Ésta si es una auténtica biografía de Wittgenstein y un loable esfuerzo por mostrar al personaje y dar pistas fidedignas acerca de su obra.

                Por el contrario Los Wittgenstein, como bien dice el título, tiene por protagonista a la familia entera y Ludwig sale mucho, pero sólo como uno más. Lo cual podría  ser motivo para cuestionar este libro en su conjunto, pues a quién puede caberle la menor duda de que si un investigador inglés escribe la historia de una riquísima familia vienesa de principios del siglo pasado, y que si esa historia se traduce ahora al castellano, se debe fundamentalmente a que uno de sus miembros, Ludwig, autor de un librito de apenas dos centenares de páginas, acabó siendo uno de los filósofos más prestigiosos y fructíferos del siglo xx. En cuyo caso, por qué tratarlo como uno más y por qué poner a los demás en plano de igualdad con quien de verdad dio fama a todos.

                Pero ahí, en su aparente limitación, radica también su mejor virtud. Los Wittgenstein eran tantos (el abuelo, Hermann Christian Wittgenstein tuvo once hijos, y el padre, Karl, otros nueve, el último de los cuales fue Ludwig, familiarmente conocido como "Lucki"); era todos tan ricos e influyentes, estaban tan bien relacionados en las altas esferas de la economía y la música, y (dicho esto de forma coloquial) estaban todos tan rematadamente desquiciados que sólo con seguirle detenidamente la pista a cada uno de ellos y sus circunstancias acaba saliendo la historia entera del Imperio Austrohúngaro  y con ella una panorámica muy variopinta de Viena y Europa antes de la Primera Guerra Mundial, es decir, en su último esplendor, y una visión terrible de las esperpénticas Viena y Europa después de la primera catástrofe universal y abocadas, irremisiblemente, al remate escenificado con motivo de la Segunda Guerra Mundial con Hitler, los nazis y toda aquella terrible parafernalia. Contra ese telón de fondo van naciendo, creciendo y muriendo los pobres ricos Wittgenstein, con sus suicidios, sus querellas personales y colectivas, sus manías y fantasmas  o sus respectivos desgraciados destinos. Y por qué será que siempre parecen más trágicos dichos destinos cuanto más ricos son quienes los padecen. Muy vistosa esa imagen casi al final, con Wittgenstein repartiendo entre sus hermanos su porción de la fabulosa fortuna paterna, todo para irse a ejercer de maestro en un paupérrimo pueblo de Austria del que hubo de salir a la carrera porque, en su afán por enseñarles alta matemática a aquellos pobres niños pueblerinos, muchas veces perdía los estribos y a uno le pegó hasta hacerle sangrar por los oídos mientras que a otro le hizo perder el sentido. Qué vidas.

 La familia Wittgenstein

Alexander Waugh

Lumen

 

 

[Publicado el 13/7/2009 a las 12:54]

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Comentarios (5)

  • Señor eran mi padre y mis abuelos,Odón,ahora ya no quedan señores,quedan mandados y mandones y,temo,que la situación sea irreversible.
    Cierto,si un millón de moscas comen caca,la caca es buena y cuanto mas caca mejor.
    Hace unos días un individuo inefable al que osé corregir sus faltas garrafales de ortografía me respondió que fijarse en eso era cosa de cursis. Desde entonces y por no parecerlo,de bez en cuando,procuro cometer alguna.Malos tiempos para la verdad y la lírica.

    Comentado por: maleas el 16/7/2009 a las 15:20

  • Señor o señora Maleas:

    Es verdad que a veces los cambios de significado impuestos por el uso común empobrecen el lenguaje, como en el caso de "oír" por "escuchar" o en el de "problemática" por "problema". Pero en nuestro contexto no veo ninguna grave connotación en el empleo de "mandar" en donde puede decirse "enviar". Es como si fuera usted muy susceptible.

    Por otro lado, el papel de la reseña es hablar del libro, no del personaje. Mucho menos cuando no hablamos del personaje principal sino de uno más de tan pintoresca familia. Así que es absurdo pedirle al crítico que hable, por ejemplo, de las trincheras europeas en las que Ludwig escribió su tratado. Sería como exigirle que hubiera comentado que otro de los hermanos era un pianista manco. O que una hermana, si no recuerdo mal, fue retratada por Klimt. Y así sucesivamente.

    En mi modesta opinión, claro.

    Comentado por: Ozón el 16/7/2009 a las 09:07

  • Efectivamente señor rector,tal y como reconoce el María Moliner,en el lenguaje corriente,vulgar,mandar va pasando a ser de uso mas corriente que enviar y la Academia recoge acriticamente este hecho.Pero las raíces de ambas palabras son diferentes y corresponden a acciones bien diferenciadas.He mandado a mi subalterno que envie un aviso a quien corresponda creo que seria el uso mas adecuado de ambos verbos.El lenguaje no es neutro,tiene una carga politica profunda y el caso que tratamos lo confirma.
    Por lo demás no entro en la calidad de la critica del libro pero ya que vd. se refiere a ella,le diré que en mi opinión una cita del inicio del prologo al Tractatus : " Posiblemente sólo entienda este libro quien ya haya pensado alguna vez por sí mismo los pensamientos que en él se expresan o pensamientos parecidos ", y una referencia a que el texto original fue escrito por primera vez en las trincheras de la I Guerra Mundial hubiesen ayudado a una mejor aproximación al personaje.
    De nada

    Comentado por: maleas el 14/7/2009 a las 20:08

  • Señor o señora Maleas:

    ¿Ha consultado usted el Diccionario de la RAE? ¿Por qué no busca la cuarta acepción del verbo "mandar"? No entiendo a las personas capaces que se ponen a dar lecciones en público sin haberse informado antes.

    Por otro lado la crítica es estupenda. Y el libro, que casualmente compré el domingo en la librería Documenta de Barcelona, tiene verdaderamente muy buena pinta. El autor, por cierto, es nieto de Evelyn Waugh. ¿Y alguien sabe a quién hay que identificar en el arbol genealógico como "sobrino de Wittgenstein"?

    Comentado por: Rector el 14/7/2009 a las 14:17

  • " Wittgenstein se lo mandó personalmente ".
    De un tiempo a esta parte el país se ha llenado de mandones y mandamases. ¡Si Lazaro Carreter levantase la cabeza !. Ya hasta los criticos literarios mandan,esto progresa.

    Comentado por: maleas el 14/7/2009 a las 00:37

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Foto autor

Biografía

Javier Fernández de Castro (Aranda de Duero, Burgos, 1942) ha ejercido entre otros los oficios de corresponsal de prensa (Londres) y profesor universitario (San Sebastián), aunque mayoritariamente su actividad laboral ha estado vinculada al mundo editorial.  En paralelo a sus trabajos para unos y otros, se ha dedicado asiduamente a la escritura, contando en su haber con una decena de libros, en especial novelas. Desde hace unos años reside de forma permanente en  Barcelona.

Bibliografía

Entre sus novelas se podrían destacar Laberinto de fango (1981), La novia del capitán (1986), La guerra de los trofeos (1986), Tiempo de Beleño ( 1995) y La tierra prometida (Premio Ciudad de Barcelona 1999). En el año 2000 publicó El cuento de la mucha muerte, rebautizado como Crónica por el editor, y que es la continuación de La tierra prometida. En 2008 apareció en Editorial  Bruguera,  Tres cuentos de otoño, su primera pero no última incursión en el relato corto.

 

Traducciones

Wagenbach (2011)

 

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