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El blog literario latinoamericano

jueves, 24 de mayo de 2012

 Crítica literaria de Javier Fernández de Castro

Todos los cuentos

Cristina Fernández Cubas

Tusquets

Los primeros volúmenes de relatos, aquellos que tanto llamaron la atención y tantos elogios le valieron a Cristina Fernández Cubas, datan  de 1980 (Mi hermana Elba) y 1983 (Los altillos de Brumal).  Por tanto puede decirse con toda seguridad que desde entonces se ha incorporado una generación entera a la cada vez más extraña banda de usuarios de esa antigualla llamada libro.
 
/upload/fotos/blogs_entradas/todos_los_cuentos_med.jpgLa publicación ahora de Todos los cuentos ofrece a los recién llegados una ocasión magnífica para entrar de lleno en la obra que Cristina Fernández Cubas , de forma pausada pero constante, ha ido produciendo a lo largo de 30 años. Y que, quizás por aquello de que son relatos cortos  uno tiende a pensar que es asimismo una obra "breve", cuando ahora puede verse que sólo su producción de cuentos, sin contar las novelas, suma más de 500 páginas.
 
El libro va precedido de un prólogo de Fernando Valls en el que, además de una documentada apreciación global, hay un pormenorizado repaso, casi cuento por cuento, del tema y contenido de cada uno. O sea que no merece la pena insistir por ahí porque el lector dispone de información suficiente para ponerse a leer de una vez, que al fin y al cabo es de lo que se trata.
 
En cambio quizás no esté de más recordar ahora, siempre en beneficio de los recién llegados, por qué tantos críticos fiables continúan distinguiendo a Cristina Fernández Cubas como una de las mejores - si no la mejor - narradora de relatos breves de la literatura española.  A mi entender, y dejando de lado la calidad de una prosa que es como el destilado de un incansable proceso de creación y depuración creativa, la razón última de esa unanimidad en el aprecio es que Cristina Fernández Cubas conserva una rara cualidad que casi todo el mundo posee de niño y que luego, lamentablemente, casi todo el mundo pierde al crecer.
 
Y me estoy refiriendo a aquella capacidad - ese don - para oír la voz antigua que entonces resonaba en los relatos y los sucesos cotidianos; en las distorsionadas informaciones que llegaban desde el mundo de los mayores o en las preciosas informaciones que los niños siguen pasándose unos a otros generación tras generación  y que tan útiles son para sobrevivir en un mundo poblado de enigmas y peligros y, sobre todo, de signos. Lo curioso es que esa voz está ahí, sigue estando ahí, aunque la mayoría ya no la distingamos y por lo tanto ya no seamos capaces de desentrañar aquellos signos que hoy siguen marcando los muchos peligros pero también las muchas maravillas de este mundo de adultos.
 
Por lo tanto es útil buscar en estudios y enciclopedias cosas acerca de la estructura y las técnicas narrativas de Cristina Fernández Cubas, su cercanía o no a la gran tradición de la short story anglosajona o su gusto por el género de terror. Pero todo ello, con ser aconsejable, no sirve de nada si el lector no es capaz de reconocer instantáneamente la importancia de una fotografía infantil que la narradora desfiguró de niña con un cortaplumas; el estado de alerta que debe provocar la aparición de un huevo con dos yemas; la fascinación que emana de una tienda, como perdida en una ciudad extranjera y azotada por la nieve, y llamada La Flor de España; de la seriedad del aviso que encierra el sólo hecho de que, nada más llegar al aeropuerto Yesilkov de Estambul, la viajera comente: "Tengo la sensación de que van a pasarnos cosas". O del dudoso honor -porque la cosa tiene sus ventajas e inconvenientes- de que un recepcionista te de la habitación número siete en un hotel en el que todas las habitaciones llevan el número siete.  Claro que también puede ser un baúl al que su propietaria, una niña camino del internado llama mundo, o el suspiro -quizás un lloriqueo- que escucha el novio recién casado y que está en la cocina preparando un combinado para la novia que le espera en el cuarto de estar. Como ya se han ido todos los invitados a la ceremonia y ella es la única habitante de la casa, el suspiro, o lloriqueo, es suyo, la novia recién casada que lloriquea el día de su boda.  De manera que un suspiro basta para desencadenar una acción que nadie sabe dónde irá a parar, pues se trata de un signo que da acceso a otros ámbitos marcados con signos igual de enigmáticos y  que sólo la voz narradora parece capaz de desentrañar. Pero qué más da. Qué importa adentrarte en un universo del que desconoces casi todas las claves. Bastan unas pocas páginas para saber que estás en buenas manos y que  no debe preocuparte por qué te suena tan familiar ese ignoto rincón de África donde transcurre "La fiebre azul" y que parece directamente sacado de una aventura de Tintin. Que vaya otro buen compañero de viaje.

[Publicado el 15/10/2008 a las 11:59]

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Comentarios (3)

  • gracias por este cuento chao

    Comentado por: doralis el 04/4/2009 a las 22:56

  • "La fiebre azul" de Cristina Fdez. Cubas es uno de los mejores relatos que he leído jamás e invito a todo el mundo a comprobarlo.

    Comentado por: M. Bilbao el 24/10/2008 a las 10:04

  • Excelente y clarificador comentario. Saludos

    Comentado por: Fernando el 20/10/2008 a las 19:28

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Foto autor

Biografía

Javier Fernández de Castro (Aranda de Duero, Burgos, 1942) ha ejercido entre otros los oficios de corresponsal de prensa (Londres) y profesor universitario (San Sebastián), aunque mayoritariamente su actividad laboral ha estado vinculada al mundo editorial.  En paralelo a sus trabajos para unos y otros, se ha dedicado asiduamente a la escritura, contando en su haber con una decena de libros, en especial novelas. Desde hace unos años reside de forma permanente en  Barcelona.

Bibliografía

Entre sus novelas se podrían destacar Laberinto de fango (1981), La novia del capitán (1986), La guerra de los trofeos (1986), Tiempo de Beleño ( 1995) y La tierra prometida (Premio Ciudad de Barcelona 1999). En el año 2000 publicó El cuento de la mucha muerte, rebautizado como Crónica por el editor, y que es la continuación de La tierra prometida. En 2008 apareció en Editorial  Bruguera,  Tres cuentos de otoño, su primera pero no última incursión en el relato corto.

 

Traducciones

Wagenbach (2011)

 

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