Cuestión de método

Tambos de 200 litros, instrumentos de exterminio.
El olor era penetrante. Las carnes asadas a la leña de mezquite son comunes alrededor de las reuniones familiares de domingo. Pero esta vez, el humo que salía del monte contenía un aroma distinto, más fuerte, más acentuado a carne. Extraño, pero en algún momento la emanación de humo se convirtió en fetidez, en pestilencia, en hedor a carne humana.
Se trataba de una narcococina, terminología de la estética del lenguaje de la violencia que vivimos. El sentido del olfato logró alertar a los soldados que pasaban por allí de manera rutinaria. Sucedió en Doctor González, Nuevo León, la tierra de mi infancia, concretamente a la altura del Rancho El Orégano.
El estupor al enterarnos de lo sucedido aún permanece en el cuerpo. Ocho hombres “cocinaban” a cuatro compañeros que se negaban a continuar en su grupo de la delincuencia organizada. Los militares los encontraron con “las manos en la masa”: cuatro huyeron, uno fue acribillado y tres lograron ser detenidos.
Los olores de la tierra son ahora confusos. Lo que antes era el típico aroma de la cocina regional, ahora puede resultar una sórdida escena de campo de exterminio, al más puro estilo de los hornos crematorios de Hitler, convertidos al lenguaje mexicano en “narcococinas”.
El método tiene su complejidad: arrojar los cuerpos de seres humanos al fuego y permanecer allí hasta verlos convertidos en cenizas, tiene que ser horrible. Observar lentamente como la hoguera consume la existencia de otra persona.
El termino narcococina incluye otros métodos de exterminio. En Vallecillo, Nuevo León encontraron un narcocampamento donde “cocinaban” personas. Había 12 tambos de 200 litros con restos óseos y sustancias químicas utilizadas para deshacer los cuerpos.
Nadie sabe cuantas personas fueron desintegradas en esa narcococina. El método se ha extendido rápidamente. Las narcococinas abundan y las han encontrado en Galeana donde hallaron 30 restos óseos; en Ciénega de Flores donde encontraron los mismos tambos de 200 litros y restos de combustible, ropas e identificaciones que pertenecieron a las personas que desintegraron, en Juárez, en el Cerro de la Silla...
Incluso hay pueblos donde los tambos de 200 litros distribuidos por los ayuntamientos como depósitos de basura y colocados en las esquinas, han desaparecido. Algún alcalde se ha rebelado y ha dicho que no comprara más tambos porque la delincuencia organizada se los roba para luego utilizarlos como instrumentos de exterminio.
Los tambos no siempre son necesarios. En Guerrero, Coahuila, por ejemplo, encontraron 20 pozos en la tierra. Allí aparecieron mil 314 piezas de huesos humanos calcinados.
El extermino con este método tiene un claro objetivo: es imposible hacer pruebas genéticas. No hay manera de extraer el ADN de un hueso calcinado o deshecho en ácido. Y los familiares de los 30 mil desaparecidos registrados en México durante los últimos cinco años, lo saben.
La banalidad del mal, como diría Hannah Arendt tiene que ver con la condición humana, con esa capacidad extraordinaria para cometer actos de extrema crueldad contra otro ser humano sin mostrar el menor signo de compasión. Y estamos en guerra, aunque los organismos internacionales y el gobierno, prefieran ignorar ese estatus.
Los victimarios suelen ser “personas normales”, a veces arropados por la razón de Estado.
[Publicado el 27/12/2011 a las 03:43]
Sanjuana Martínez es egresada de la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Autónoma de Nuevo León. Continuó sus estudios de posgrado en la Universidad Complutense de Madrid. Ha investigado asuntos relacionados con la defensa de los derechos humanos, violencia de género, la actividad terrorista y el crimen organizado, tanto en México como en Estados Unidos y Europa. Ha trabajado para Milenio Diario de Monterrey, Canal 2, la revista Proceso y el periódico La Jornada. Por sus investigaciones sobre los delitos de pederastia cometidos por el clero, recibió el Premio Nacional de Periodismo 2006. El Club de Periodistas de México le entregó en 2007 el primer Premio Nacional de Periodismo por sus reportajes, crónicas, entrevistas y artículos. Y en 2008 por sus trabajos difundidos en La Jornada recibió el Premio Ortega y Gasset de Periodismo. Ha publicado los libros: Manto púrpura. Pederastia clerical en tiempos del cardenal Norberto Rivera Carrera (Grijalbo), La cara oculta del Vaticano (Plaza y Janés), Si se puede. El movimiento de los hispanos que cambiará a Estados Unidos (Grijalbo). Por su libro Prueba de fe. La red de cardenales y obispos en la pederastia clerical (Editorial Planeta) recibió en 2008 el premio "Rodolfo Walsh" de la Semana Negra de Gijón. Sus último libros son: Se venden niños (Editorial Temas de Hoy), Periodismo incómodo (UANL), Verdades que no mueren (Ediciones Oficio) y La frontera del narco (Planeta, 2011). Es coautora de los textos: Los intocables (Editorial Planeta), Un día sin inmigrantes (Grijalbo) y Voces de Babel (Alfaguara).
Actualmente desarrolla su labor periodística como freelance. Radica en Monterrey y colabora con varios medios mexicanos y extranjeros.
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