El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

jueves, 24 de mayo de 2012

 Agresiones cotidianas / Blog de Sanjuana Martínez

El miedo

La tumba de Wendy

Nohemí tenía cuatro horas esperando en su casa. Eran las siete de la tarde y oscurecía. Preparó el café. Pidió sillas a las vecinas. Barrió el piso de tierra. Y espero a que llegara. 

Sus familiares fueron los primeros en aparecer, luego los amigos, los vecinos o más bien, algunos vecinos. Era poca gente, pero a Nohemí no le importaba. Quería que llegara. La esperaba con ansias, con el deseo de verla nuevamente. 

Una llamada en el celular la sobresaltó. La voz del hombre fue escueta: “Soy el señor González de la funeraria. No podemos pasar. Los Zetas nos han dicho que no podemos pasar. Nos vamos a regresar y al rato lo intentamos otra vez”. 

Nohemí se trago el llanto. En la casa había como 20 personas. Se armó de fuerzas para hablar: “Les agradezco que hayan venido, pero me dicen que no pueden traer a la niña. Los malos no los dejan pasar. Si se quieren ir, se pueden ir. Lo entiendo”. La mayoría se fue.

En la oscuridad espero junto a sus otros dos hijos y su esposo. Echo la vista atrás y recordó como cinco días antes la recibió allí mismo, a la entrada de la casa. Estaba pálida. Se tocaba el estomago ensangrentado. Una bala le había perforado los intestinos. Era domingo. Venían de Cerralvo en el coche de un primo y los acompañaba una amiga, ambas de 17 años. Dos camionetas salieron por una vereda en la carretera y les dispararon a mansalva. Wendy pensó que no le habían dado, pero luego la mancha de sangre se fue extendiendo. Dicen que hay balas que no se sienten cuando entran al cuerpo; balas sigilosas, malévolas y mudas.

Nohemí reaccionó inmediatamente, se la llevó al primer hospital ubicado a 80 kilómetros de la zona rural donde vive, un lugar lleno de pobres sin esperanza, sin futuro; asolado por la violencia y convertido en pueblo fantasma sin ley. 

Durante el camino se quejaba: “Me duele mucho, dame algo para el dolor”. La internó en el Hospital Metropolitano, un moridero con apenas medicinas y médicos inscrito en el Seguro Popular de Felipe Calderón con cientos de desheredados moribundos que salen en carroza. Fueron cinco días de silencio. Estuvo en cuidados intensivos luchando por seguir aquí. Alfredo su hermano de nueve años logró entrar a verla. Lo recuerda con dificultad, se retuerce en la silla y dice con la mirada clavada en el suelo: “Estaba hinchada, muy hinchada. Falleció”. 

Al primo de Wendy ya se la habían sentenciado: “No vuelvas por aquí hijo de tu chingada madre, porque te mato”, le dijo un tipo de Cerralvo empeñado en quedarse con su novia. Nunca pensó que sucedería. Luego supo que el sujeto forma parte de una célula Zeta. 

La carroza no apareció hasta la mañana siguiente. El funeral duró apenas unas horas. Mucha gente del pueblo prefirió no asistir. El cura de Marín apareció tarde y con frialdad y arrogancia preguntó: “¿Quien es la madre? Pues no parece, ni siquiera llora”, espetó casi enfrente de Nohemí que con enorme entereza aguantaba el adiós a su niña. Había llorado tanto durante toda la noche.  

Fueron pocos los que siguieron el paso fúnebre por las calles hasta el cementerio. La gente tiene miedo. “La mataron los malos. Sabrá Dios en que pasos andaban. Mejor ni pararse”, me dice una vecina. La estrategia gubernamental de enlodar a las víctimas inocentes de esta guerra ha tenido éxito.

La tumba es un hoyo en la tierra. Y esta rodeada de niños, de adolescentes, compañeros de Wendy. Apenas unas cuantas flores son colocadas. Alguien hace una cruz de madera. La colocan. Nadie escribe su nombre. 

Ha pasado una semana. El crimen de Wendy ni siquiera ha sido investigado por la policía o el ministerio público, tampoco ocupó un espacio en los medios de comunicación. Todo mundo sabe quien fue, pero nadie dice nada. Es la ley del silencio, la ley del miedo: ver y callar.

Todos los días, Alfredo camina quince minutos hasta el panteón para llevarle una flor a su hermana. Hoy viene acompañado de su amigo Manuel. Ambos se enfrentan a la muerte con asombrosa entereza. Y asumen irremediablemente la tragedia de esta guerra delirante que ha dejado 1,400 menores asesinados y 20 mil huérfanos.

Alfredo y Manuel no pueden verbalizar su dolor, pero al salir del cementerio corren por las veredas del monte. Se suben a una moto y se pierden. Los busco durante horas. Al final de la tarde los encuentro perdidos en un inmenso campo de béisbol: “¿Por qué se fueron? Estaba asustada buscándolos”, les digo. Alfredo guarda silencio. Manuel me mira reprochando la obviedad... 

“Estamos tristes. Queremos estar solos”. 


[Publicado el 10/11/2011 a las 18:28]

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Comentarios (2)

  • Son las 8 de la tarde y acaba de caer el helicóptero del ministro del interior, 9 muertos. La historia se repite. Vente para Europa, te queremos Sanjuana, eres lo mejor.

    Comentado por: Beta el 11/11/2011 a las 20:10

  • No entiendo eso de la impunidad, este Pais está peor que Colombia, matar menores con esa alevosía no creo que pase en ningún Pais del mundo, aunque tampoco creí pasara en Mexico. Haces unos escritos muy comprometidos, he visto en Google que estas en el ojo de mira de los terroristas, suerte y cautela , eres mi escritora favorita, saludos cordiales desde España

    Comentado por: Manuel el 10/11/2011 a las 20:55

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Biografía

Sanjuana Martínez es egresada de la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Autónoma de Nuevo León. Continuó sus estudios de posgrado en la Universidad Complutense de Madrid. Ha investigado asuntos relacionados con la defensa de los derechos humanos, violencia de género, la actividad terrorista y el crimen organizado, tanto en México como en Estados Unidos y Europa. Ha trabajado para Milenio Diario de Monterrey, Canal 2, la revista Proceso y el periódico La Jornada.  Por sus investigaciones sobre los delitos de pederastia cometidos por el clero, recibió el Premio Nacional de Periodismo 2006. El Club de Periodistas de México le entregó en 2007 el primer Premio Nacional de Periodismo por sus reportajes, crónicas, entrevistas y artículos. Y en 2008 por sus trabajos difundidos en La Jornada recibió el Premio Ortega y Gasset de Periodismo. Ha publicado los libros: Manto púrpura. Pederastia clerical en tiempos del cardenal Norberto Rivera Carrera (Grijalbo), La cara oculta del Vaticano (Plaza y Janés), Si se puede. El movimiento de los hispanos que cambiará a Estados Unidos (Grijalbo). Por su libro Prueba de fe. La red de cardenales y obispos en la pederastia clerical (Editorial Planeta) recibió en 2008 el premio "Rodolfo Walsh" de la Semana Negra de Gijón. Sus último libros son: Se venden niños (Editorial Temas de Hoy), Periodismo incómodo (UANL), Verdades que no mueren (Ediciones Oficio) y La frontera del narco (Planeta, 2011). Es coautora de los textos: Los intocables (Editorial Planeta), Un día sin inmigrantes (Grijalbo) y Voces de Babel (Alfaguara).

 

Actualmente desarrolla su labor periodística como freelance. Radica en Monterrey y colabora con varios medios mexicanos y extranjeros.

 

Bibliografía

 
 
 
 
 
 
 

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