El olor del dormitorio
Efectivamente tratándose de un olor con origen en cada habitante dormido, no llega a oler igual en el cuarto de los niños que en el cuarto del matrimonio o de la criada.
Ese tupido olor que desprenden involuntariamente los habitantes de la casa es sin duda el olor más inconsciente, verdadero y auténtico. Puede ser tan difícil de soportar como otros tantos olores en la vigilia pero posee la peculiaridad precisamente de que se desenvuelve de modo que sobrevuela sobre los bultos dormidos.
En los contrastes entre el olor de un bebé y el olor de un adulto se lee el compendio de historias. Y no sólo alimenticias sino rastros de aventuras, dolores y placeres que el niño todavía no conoce o ha pasado por ellos. En estas dos clases de olores, el infantil y el adulto, se evidencia cómo si el olor infantil es resistible e incluso amable llega poco a poco a revenirse y a empeorar con el paso de los años.
De hecho la firma japonesa de cosmética, Shiseido, una de las mayores del mundo, lanzó hace años un perfume destinado a borrar ese venteo de la edad debido a la emisión progresiva del ácido palmoteico y le llamaron genéricamente en su propaganda el aging odor que ellos venían a tratar y anular con eficiencia.
Ese olor de la edad debido al ácido palmoteico empieza a sentirse poco después de los 30 años y va incrementando su presencia hasta hacerse una categoría miasmática inseparable de una persona con setenta. En ese largo intervalo se desarrolla la vida de la mayoría de los matrimonios que siempre, al despertar y simplemente por haber permanecido unas horas en el mismo lugar cerrado, dejan empapado el aire de su fetidez correspondiente.
Los muertos, en efecto huelen mal, pero muchos de ellos, inconvenientemente dispuestos para ser enterrados limpiamente, despiden una característica y muda fermentación que puede considerarse una silenciosa bandera de su muerte recién conquistada.
Las casas cuentan también con ese anticipo de la defunción en estos dormitorios de los seres adultos mientras que, por el contrario en el cuarto de los niños puede respirarse una atmósfera (¿bendita?) que acompaña a la felicidad o la candidez de haber estrenado hace poco la vida.
Ese olor que el niño desprende es, con toda probabilidad, una señal de no haber madurado todavía, una fragancia fresca que trae desde su reciente origen y que aún, como es lógico, no se ha pringado con la grasa de la muchedumbre.
Toda reunión de niños sigue produciendo un aire del mismo tenor que cada niño por separado, mientras que la masa de la muchedumbre aumenta los olores de los adultos puesto que entonces forman la grey, fatalmente unida a la miseria. Una grey de la que enseguida y naturalmente se alza un vapor envolvente, una mezcla de olor a cuerpos y ropas, una anulación de la bondad que la fragancia infantil transmite y una inmersión integral en el llamado mundo inmundo.
El mundo y su inmundicia se componen pues de esta fluencia creciente y que va dejando tras de sí como un combustible de la vida perdida. Aunque también, esa envoltura odorífera es la huella olorosa que la Humanidad va imprimiendo a lo largo de su propia Historia y que, en ocasiones, cuando consultamos un libro de siglos atrás se recobra como si de todo lo que fuera real sólo hubiera quedado la tactilidad del olor o bien que de toda aquella realidad sólo se hubiera salvado el corazón de ese hedor, al cabo tan rancio como obligadamente querido.
La pareja, en fin, se reconoce en la mezcla de ese olor matrimonial que se alza en el cuarto y presume que el resultado final llega del cruce sin luz de sus respectivos efluvios. Un cruce que sin duda viene a ser como la mezcla final de un intercambio sin planeamiento, moléculas que se han entrelazado y confundido en pleno sueño y cuando cada cual ha sido incapaz de retener su verdad y su inconsciente, llegados hasta el otro y viceversa.
La habitación se convierte entonces en un peculiar recinto de una unión demasiado exacta, unión que huele y cuyo olor asusta. Unión que se ha por su inevitable densidad indica el paso del tiempo y el espesor, querido o no, de los vigentes pactos de convivencia.
No se trata, y esto es relevante, de un simple olor sexual como a menudo desprenden los animales sino de una esencia compleja donde se recoge, además del sexo o el intestino, otras notas ilocalizables del cuerpo y quién duda que también del alma. En ese jeroglífico se encuentra, sin duda, la salud reinante pero todavía, con más ahínco, el perfil de la enfermedad y el entorno de sus suspiros. También la tufarada bronca de los ronquidos, la reunión de lástimas fugadas y todos las posibles cociembres que en el sueño bullen y danzan en el espacio exterior.
Cada mañana, pues, la habitación, las sábanas, las mantas o las colchase se orean coincidiendo con la presencia de los residuos nocturnos, decargas sin orden de la noche encerrada que ha repartido su quehacer por todas partes. Y lo ha hecho, además, en un grado que el aire fresco viene a sorber esa herencia y desvanecerla, repartirla infinitesimalmente sobre el aire del mundo donde simultáneamente el sueño de tantos otros va produciendo un semejante elemento natural, ácidos de diferentes composiciones convergiendo o no hacia el ácido palmoteico donde terminamos naturalmente palmando.
[Publicado el 16/3/2010 a las 10:42]
Gabriel Ferrater se quitó la vida antes de cumplir los cincuenta porque no quería oler a viejo. Yo recuerdo el olor de mi abuelo y me estremezco de ternura. Cuestión de gustos, que por cierto no son más que olores.
Comentado por: Félix el 19/3/2010 a las 11:59
Siempre digo, recordando mis tiempos de mili, que prefería mucho más el olor del establo al olor de la camareta. El establo olía a animal, a heno y a hierba, aunque fuera procesada y excretada...; pero el barracón olía a pies agrios, a cebolla pocha, a sobacos, a cervezas calientes, a sabañones infectados, a alientos cansados, a vinos baratos, a chorizos de pueblo, a tabaco fuerte, a naipes grasientos. Definitivamente prefiero el olor de los animales. De ahí el agua, los jabones y perfumes.
En cuanto al olor de los niños, cómo se nota que no ha ido a recogerlos después de una fiesta en verano, principalmente cuando se quitan las zapatillas. Por cierto, la etapa en la que más huelen los pies es en la adolescencia. Yo no podía soportar mi propio olor a pies desde los trece a los veintiocho. Y una noche de maniobras pude, por fin, dormir solo en mi tienda de campaña porque mis compañeros prefirieron dormir al raso que conmigo. Había uno de Cai que al entrar decía ¡ahú quillo, qué pestashso, aquií no hay quien respire! ¡Yo aquí me muero! Qué tiempos. Jeje.
Todos olemos mal si le damos al cuerpo una oportunidad. Y si no es así, démosle tiempo que ya verán.
Comentado por: Hermógenes el 16/3/2010 a las 20:52
Vicente Verdú nació en Elche en 1942. Escritor y periodista, se doctoró en Ciencias Sociales por la Universidad de la Sorbona y es miembro de la Fundación Nieman de la Universidad de Harvard. Escribe regularmente en el El País, diario en el que ha ocupado los puestos de jefe de Opinión y jefe de Cultura. Entre sus libros se encuentran: Noviazgo y matrimonio en la burguesía española, El fútbol, mitos, ritos y símbolos, El éxito y el fracaso, Nuevos amores, nuevas familias, China superstar, Emociones y Señoras y señores (Premio Espasa de Ensayo). En Anagrama, donde se editó en 1971 su primer libro, Si Usted no hace regalos le asesinarán, se han publicado también los volúmenes de cuentos Héroes y vecinos y Cuentos de matrimonios y los ensayos Días sin fumar (finalista del premio Anagrama de Ensayo 1988) y El planeta americano, con el que obtuvo el Premio Anagrama de Ensayo en 1996. Además ha publicado El estilo del mundo. La vida en el capitalismo de ficción (Anagrama, 2003) y Yo y tú, objetos de lujo (Debate, 2005). Sus libros más reciente son No Ficción (Anagrama, 2008), Passé Composé (Alfaguara, 2008) y El capitalismo funeral (Anagrama, 2009).
Galería de cuadros del autor
El capitalismo funeral (2009), Anagrama.
Passé Composé (2008), Alfaguara.
No Ficción (2008). Editorial Anagrama
Yo y tú, objetos de lujo (2005). Editorial Debate
La ciudad inquieta: el urbanismo contemporáneo entre la realidad y el deseo (2005). Fundación Central Hispano
Noviazgo y matrimonio en la sociedad española: 1974-2004 (2004). (Coautor con Alejandra Ferrándiz). Taurus Ediciones
Alberto Schommer, el poeta de la visión (2003). La Fábrica
El estilo del mundo: la vida en el capitalismo de ficción (2003). Editorial Anagrama
Guillermo Vázquez Consuegra: obras y proyectos, 1996-2001 (2001). (Coautor con García-Solera Vera, Javier). Colegio Oficial. Arquitectos Comunidad Valenciana
Cuentos de matrimonios (2000). Editorial Anagrama
Señoras y señores (1998). Espasa-Calpe
El planeta americano (1997). Círculo de Lectores
Nuevos amores, nuevas familias (1992). Tusquets Editores
El éxito y el fracaso (1991). Ediciones Temas de Hoy
Poleo menta (1990). Instituto Alicantino de Cultura Juan Gil-Albert
Días sin fumar (1989). Editorial Anagrama
Héroes y vecinos (1989). Editorial Anagrama
Sentimientos de la vida cotidiana (1984). Ediciones Libertarias
El fútbol, mitos, ritos y símbolos (1981). Alianza Editorial
Las solteronas (1978). Editorial Dopesa
Si Vd. no hace regalos le asesinarán (1972). Editorial Anagrama
La Ausencia (2011). Editorial Esfera de los libros
La hoguera (2012). Editorial Temas de Hoy. Premio de Hoy 2012.

Entrevista en Canal 2 Andalucía.
Reseña en Babelia.
Reseña en El País.
Reseña en El Cultural de El Mundo.
Reseña en El País - País Vasco
Entrevista en Periodista Digital
2006 Premio Escritor del Año (Grupo Conde Nast)
2006 Grand Prix du Livre des Dirigeants
2002 Premio Julio Camba de Periodismo
1998 Premio Espasa de Ensayo
1997 Premio González Ruano de Periodismo
1996 Premio Anagrama de Ensayo
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