Historia e impostura, una fraternidad
No obstante, resistirse a la ficción socialmente útil es asunto de gran dificultad. Voy a presentar tres casos de impostura útil, cada uno de los cuales presenta un contenido moral distinto.
Un fotógrafo amigo mío tuvo la suerte de interesar a unas galeristas de San Francisco cuando éstas entraron por azar en una muestra suya mientras hacían turismo por España. Le contrataron una exposición, tuvo buenas críticas y le pidieron más material al tiempo que le animaban a visitar la galería americana. Así lo hizo, y cuando se presentó ante ellas, abrió una carpeta con fotos similares a las que le habían expuesto. Llevaba, sin embargo, otra carpeta con ejemplares de su obra más arriesgada, quizás calificable de "perversa", en todo caso, turbadora. En el momento de abrirla tuvo una iluminación. "Mirad, dijo, como no me quedaban más fotos, os he traído el trabajo de una amiga que vive en mi ciudad. Se llama Gladys Steiner y a lo mejor os parece un poco atrevida". Las galeristas se lanzaron sobre las fotos gorjeando de placer, compraron al instante la carpeta entera y le exhortaron a facilitar el contacto para contratar a Gladys como estrella fija. En consecuencia, mi amigo comenzó a entrenar a una muchacha de Tarragona para que ejerciera de Gladys. La moza se lo tomó con tanto entusiasmo que ahora mismo está persuadida de ser Gladys y pueden acabar todos en el juzgado.
Uno de los peligros de inventar héroes que nunca existieron, como suelen hacer los historiadores simbólicos en busca de raíces milenarias, legitimaciones medievales y otros arcaísmos, es queluego han de vivir con ellos. Los fantasmas se alimentan de sangre. Hay historiadores que llevan un pequeño Wilfredo o un Pelayo hincado en el cuello para siempre.
El segundo caso es el de otro amigo, excelente escritor y hombre muy competente en las más diversas y duras disciplinas, como la arqueología grecolatina, la filología clásica, las lenguas semíticas, la historia de los imperios orientales, en fin, aquellos saberes que caracterizaban al sabio alemán del siglo XIX. Sin embargo, esos conocimientos son el resultado de la pasión: su título universitario es el de Derecho. Tras muchos años de estudio, pagándose viajes a lugares remotos (y peligrosos), rebuscando en bibliotecas e incluso comprando en subastas, ha conseguido reunir la documentación suficiente como para presentar la hipótesis de que "Homero" es una atribución que corresponde a otro gran nombre de la antigüedad (que no puedo revelar), auténtico recopilador de la Iliada. Una propuesta de este calibre (¡habría que cambiar cientos de miles de escritos donde aparece "Homero" para poner "XYZ"!) no pudo asumirla ningún editor. Armándose de valor, impostó como autor del ensayo a un profesor alemán exiliado en Noruega durante el dominio soviético, le añadió una bibliografía impecable y, en fin, lo construyó de arriba abajo. El profesor alemán ya ha recibido dos ofertas de edición.
He aquí una variante de los falsos poemas de Ossian, en los que un patriota escocés se hacía pasar por rapsoda ancestral para dar lustro a la historia nacional. Los poemas que se inventó eran buenos, aunque no, desde luego, antiguos. El que presento es un caso más sutil: también precisa inventar un autor inexistente, pero no para expandir la mentira sino para que se sepa la verdad. De todos modos, las impostaciones siempre terminan mal. El falso Ossian acabó exasperado, frenético, ridiculizado por los ataques que recibió, sobre todo, de los irlandeses. Mi amigo tiene serias dudas de que pueda mantener la impostación, si llega a publicar el libro. ¿Qué dirán los macedonios?
El último caso lo conozco mejor. Hace unas semanas y en este mismo periódico me inventé una falsa biografía de Francis Bacon para justificar sus pinturas. Irritado por la importancia que daban los medios de comunicación a la santidad del artista como "explicación" de su obra (homosexual, sadomasoquista, un amante suicidado en el retrete, alcohólico, en fin, una vida ejemplar), le atribuí una vida que huyera del sentimentalismo. Felizmente casado (con Doris), dos hijos, votante del Partido Conservador, empleado de seguros y turista en la Costa Brava. Le di esos atributos escasamente románticos como si fueran decisivos para entender sus pinturas, en imitación de lo que habían escrito tantos otros sobre "la verdad" de Bacon. A pesar de todo, y por si algún despistado se lo tragaba sin pillar la ironía, añadí, a modo de escudo, una biografía imposible de Velázquez. Ni a tiros. Recibí una ola de mensajes, algunos interesándose por la esposa de Bacon (destaca el que exclama: "¡Ya era hora de que alguien sacara de la oscuridad a esa mujer!"), otros preguntando por el municipio portugués donde se guardan los documentos sobre la transexualidad del sevillano, y no faltaron lectores emocionados por el sufrimiento de Bacon al ser amonestado en su compañía de seguros. Los mejores, unos cuantos de seriedad apostólica insultándome por mentir como un bellaco.
He aquí una última enseñanza de por qué es peligroso mentir cuando se escribe la historia: es bastante probable que mucha gente te crea, sobre todo, si es algo por completo increíble. Y entonces, si eso va a suceder, ¿no es mejor decir la verdad? ¿Aunque sea por modestia o por sentido del humor?
Este dilema, sin embargo, tiene un recurso: es casi seguro que si digo la verdad (piensa el mentiroso) me expulsarán del biotopo político en el que me alimento. Tendré que buscarme la subsistencia en tierras extrañas, muchas de ellas dominadas por otros mentirosos. En cambio, en mi biotopo estoy bien alimentado, mis hijos tienen amigos, me han otorgado una distinción y me bendice la prensa patriótica. Además, mi nación ha sufrido mucho y está rodeada de enemigos, así que bueno es ayudarla aunque sea mintiendo. Es lo que hacen algunas personalidades con la Cuba de Fidel, por ejemplo.
Contra este argumento no hay defensa. Tiene razón el historiador ideológico, hay que conservarse. Sólo cabría recomendarle que escriba novelas porque, de seguir aceptando la denominación de "historiador", dentro de unos años la gente se reirá de sus mentiras como ahora nos reímos de los libros de historia escritos por franquistas de nómina. Es cierto que con un poco de suerte eso sucederá cuando ya esté criando malvas y la vergüenza sólo caerá sobre sus hijos. Pero eso a él ¿qué más le da? Viven las patrias eternamente. Efímeros son los patriotas.
Un aviso final: los tres casos que he relatado son verdaderamente históricos. He cambiado nombres y lugares para proteger a mis invitados.
Artículo publicado el lunes 20 de abril de 2009.
[Publicado el 27/4/2009 a las 09:27]
Comentado por: Alicia el 30/4/2009 a las 11:11
à mme. K.,
lo de 'mediocres lecturas'...no me convence; es decir, no me convence para que ud. no pueda dar la réplica, sin haber leído todo lo de W., acogiéndose a lo que ud. piense, sobre lo que haya escrito W., ud., yo o su carnicero; esto es lo que significa pensar 'en común', en diálogo, que, ciertamente, se separará de lo que hubiera pensado W., pero quizá abra problemas nuevos, en base a 'malas interpretaciones' de W....y qué más da!, lo importante será si se llega, si llegamos, si el pensamiento llega a algo interesante, que puede (seguro) no tuviera nada que ver con la formulación original de W., de hecho, lo que hacemos es un 'jugar al juego de interpretar a W.'
Por ello, a ver si le escribo algo de R.R. ue está en el prefacio de los Cuadernos, que no había leído y tiene que ver, en apariencia, con algo escrito ayer.
Aun así, seguiré: suponga que ud. está en A y quiere ir a B, y está esperando en una parada de autobús; yo le diré a ud.: "tiene que esperar al autobús 'rojo'". Ud. probablemente, comprenda lo que le digo, pero probablemente no se imagine, al yo decírselo, en ese momento, un autobús de rojo particular; es más, si lo hace puede que el autobús rojo que llegue no sea del mismo rojo que ud. imaginó, y eto no le sorprendería lo más mínimo; pero ello no le impide decir que me entendió, y cogerá el autobús correcto. ¿Por qué me entendió?.
Suponga que está en la víspera de una fiesta, y le dicen: "Pues Zutanita va a ir a la fiesta con un vestido 'rojo'". El 'rojo' del vestido de Zutanita no sabe cual es, pero sabe lo que le dicen cuando le dicen eso. ¿El significado de 'rojo' es el mismo en los dos casos?.
Ahora suponga que ud. es un desactivador de bombas, y a su jefe, que está en comisaría y vio la bomba, le llaman diciendo que para desactivarla tiene que cortar ud. el cable 'rojo'. ¿Podemos estar seguros de que ud. no fallará al cortar?. Ud. entiende lo que ha de hacer, y probablemnte sea un juego de niños la decisión de qué cable cortar. ¿Es el mismo' rojo' éste, que en los anteriores casos?. Probablemente no, pero el significado sí lo es
saludos
Comentado por: vic el 29/4/2009 a las 10:32
Comentado por: complice de Diego el 29/4/2009 a las 01:28
zí, zí, e mu zuperfisial kritikarnus por hezcrivir comon os am inzinyau las cuela. Lomportante é de téner jidea. Hasúa cha lo disen su árti kulo: liztoriha sa manipulah pakí-payá y ze lo cré tor mundo. Da hijual tó, totá...
Comentado por: dacuerdo con el dacuerdo con Diejo el 29/4/2009 a las 00:13
Armandorl Maradonarl: por mucho empeño que ponga en contra de la ortografía del tal Diego, la verdad es que él tiene toda la razón. La ortografía nunca ha sido justificante del grado de sentido común o inteligencia del que no sigue la regla. La ortografía, al fin y al cabo, es algo superficial para que personas como usted, tristemente, se sientan superiores a otras.
De todas formas, creo que Diego les esta tomando elpelo.
Comentado por: De acuerdo con Diego el 28/4/2009 a las 23:25
Diego, no encuentro por ninguna parte su comentario al texto de Azúa, díganos dónde lo dejó, por favor.
Y tenga cuidado en su universidad de letras, no vaya a ser que le suspendan por escribir intromisión con "c" o por convertir en reflexiva la acción de poder contactar, (eso está muuuy mal).
Comentado por: Armandorl Maradonarl el 28/4/2009 a las 23:06
Disculpen mi intromición soy estudiante de letras en una universidad argentina y creo bueno decir que los blog literarios han sido creados para comentar los textos publicados y no para ser utilizados como simples salas de chateo donde uno se puede contactar con otras personas y ponerse a charlar de cualquier tema (eso esta muy mal).
Comentado por: Diego el 28/4/2009 a las 22:09
Mr. Vic,
sé que de lo que Vd. habla es de ese componente extralingüístico que habilita el uso, pero como a mí este traje me queda grande y sólo tengo a mi alcance un par de (mediocres) lecturas de W., no puedo (ya me gustaría) darle réplica, así que mejor le doy las gracias porque va dejando Vd. aquí unas lecciones que me vienen al pelo.
P.S.
Me hace gracia que hable de mi anonimato, como si no fuese precisamente dicho anonimato una de las reglas del "juego blog", pues, aunque se firme con un nombre y dos apellidos, de no conocerlos, ya me dirá Vd. qué información va a proporcionar éso.
Lo de Kafka sí le confieso que me produce cierto resquemor, pues, junto con Borges ocupa en mi biblioteca el rincón de los irritantes, pero me lo merezco, así que, chitón.
(Knudsen es en honor de un marinerito que viajó con Amudsen, y que era mi héroe de infancia. No sé me ocurrió por solemnidad, sino por no saber qué cuernos escribir en la casilla "tu nombre". Ejem.)
Shalom.
Comentado por: knudsen el 28/4/2009 a las 20:24
à Mme. (kafkaïenne) K. nudsen,
(para empezar, no se me ofenda con la facecia, que no es por lo escrito por ud., sino un 'juego' que me ha venido por su nick, su K, y su anonimato)
lo que antes escribí, que, por cierto, me he dado cuenta al releerlo que no he explicitado algunas hipótesis, aunque creo que el contexto lo subsana suficientemente, era para mostrar que, al considerer la tesis de W. de la 'autonomía de la gramática', ésta, puramente descriptiva, y su relación con el significado, éste, como 'cosa' propiamente lingüística, me surgen dudas. Es decir, si es posible pensar, si es posible hacer la hipótesis de algún hablante como aquél que no ha visto el color rojo (ni le ha sido dado un símil) y suponemos se cumple lo que dice W., -luego es posible, en principio, que no se necesite pensar que se le ha dado este símil, y mantener aún la tesis de la autonomía de la gramática-, aquello de que el hablante usa correctamente conociendo la localización de "rojo" en el lenguaje. Y, además, es posible imaginar que se dé el caso que cité antes; lo que surge es el problema de que la tesis no es suficiente para afirmar que 'sólo' por el uso(uso correcto, se entiende) el hablante es competente a la hora de que en su vida práctica se le diga: ¿puede identificar algún objeto rojo?, (ojo, no "rojo", porque "rojo" lo utiliza bien, y en principio se podría creer que sabe identificarlo porque lo utiliza bien, hasta que surge, digamos, 'el problema de la muleta'), la localización correcta y la competencia lingüística no ayuda a saber si el hablante lo identificaría, ni el tampoco lo sabe con seguridad, (entendiendo que sabemos, nosotros, qué es identificar un objeto rojo como la muleta). Por tanto, digo que el significado es algo no absolutamente intrínseco, como postularía la tesis de W. sino que debe de haber un componente extra-lingüístico que habilite para poder decir(se): 'fulanito 'sabe'(sé) el significado del rojo', que es equivalente a decir que: no sólo lo usa correctamente según estándares lingüísticos, sino que ante hechos, de la vida ordinaria, donde el hablante puede no participar gramaticalmente, puede no ejercer un 'uso' activo (supongamos que se calla y sólo señala), sí percibimos que ha tenido una experiencia con un 'objeto rojo', porque me ha señalado uno, la muleta, y el percibe que la muleta es roja, porque ha tenido una experiencia con un objeto rojo, pero, ¿cómo sabemos que esta experiencia es solamente una experiencia intrínsecamente gramatical/lingüística?; W. no dice si lo sabemos o cómo saberlo, y creo que es por el hecho de que (realmente) no es exclusivamente gramantical. El ejemplo paradigmático forma parte fundamental del 'compositum' que es el significado, tan fundamental que la mera tesis de W., si la entiendo bien, que a lo mejor no, no garantiza(en el sentido de que puede que no se dé durante toda la vida del hablante) el 'hecho de la vida' de que el hablante "señale a la muleta".
saludos
p.s.:
a propósito de la dificultad de W., Corredor cuenta una anécdota entre él y Russell, y su estilo aforístico, o su estética aforística; dijo W. algo así como que si aclaraba lo que escribía debería renunciar a su estética...o algo parecido, de ahí la 'troupe' de comentadores
Comentado por: vic el 28/4/2009 a las 19:15
Javier Ortiz ha fallecido esta madrugada.
Estaremos hoy martes 28 en el Tanatorio Norte de Madrid (C/ Valdegovia, 8-10. 28034 Madrid) hasta su incineración, el miércoles 29 por la mañana en el Cementerio de la Almudena.
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Dejó escrito su propio obituario (24 de enero de 2007).
OBITUARIO
Javier Ortiz, columnista
Falleció ayer de parada cardio-respiratoria el escritor y periodista Javier Ortiz. Es algo que él mismo, autor de estas líneas, sabía muy bien que sucedería, y que por eso pudo pronosticar, porque no hay nada más inevitable que morir de parada cardio-respiratoria. Si sigues respirando y el corazón te late, no te dan por muerto.
Así que en ésas estamos (bueno, él ya no).
Javier Ortiz fue el sexto hijo de una maestra de Irún, María Estévez Sáez, y de un gestor administrativo madrileño, José María Ortiz Crouselles. Sus abuelos fueron, respectivamente, un señor de Granada con aspecto de policía –lo que tal vez se justifique considerando el hecho de que era policía–, una señora muy agradable y culta con allure y apellido del Rosellón, un honrado y discreto carabinero orensano con habilidades de pendolista y una viuda de Haro casada en segundas nupcias con el recién mencionado, Javier Estévez Cartelle, del que se derivó el nombre de pila de nuestro recién difunto. Si algún interés tienen todos estos antecedentes, cosa que dista de estar clara, es el de demostrar que, en contra de lo que suele pretenderse, el cruce de razas no mejora el producto. (Obsérvese qué gran variedad de procedencias se puso en juego para acabar fabricando a un vasco calvo y bajito.)
La infancia de Javier Ortiz transcurrió en San Sebastián, ciudad que le venía muy a mano, porque nació allí. Se dedicó básicamente a mirar lo que había por sus cercanías, en particular el pecho de las señoras –ahora que ya está muerto podemos descubrir ese inocente secreto suyo–, y a estudiar cosas tan peregrinas como las ciudades costeras del Perú, de las que no logró olvidarse hasta su postrer respiro. Los jesuitas trataron de encauzarlo por el buen camino, pero él descubrió muy pronto que era comunista. Eso malogró del todo su carrera religiosa, ya de por sí poco prometedora, sobre todo desde que notó con desagrado el interés que algunos sacerdotes ponían en sus partes pudendas.
Su primer trabajo como escribidor, aparecido en una página del periódico del colegio, fue, curiosamente, una necrológica, con lo que cabría decir que su carrera como periodista ha resultado capicúa, singular circunstancia de la que muy pocos podrían presumir, aún en el improbable caso de que lo pretendieran.
A los 15 años, hastiado de las injusticias humanas –algunas de las cuales seguían teniendo como referencia obsesiva los pechos femeninos–, decidió hacerse marxista-leninista. Los años siguientes tuvo que emplearlos en averiguar qué era eso que acababa de hacerse, a lo que contribuyeron decisivamente algunos esforzados miembros de la Policía política franquista.
A partir de lo cual, se dedicó con gran entusiasmo a cultivar el noble género del panfleto. Sin parar. A diario. Año tras año. Fue cambiando de punto de residencia, no siempre por voluntad propia –ahí merecen especial mención sus estancias carcelarias y su exilio, primero en Burdeos, luego en París–, pero jamás varió su inquebrantable afán de agitador político, que él pretendía haber adquirido, por absurdo que parezca –y sea, de hecho–, en la lectura de Los documentos póstumos del Club Pickwick, de don Carlos Dickens, y de las Aventuras, inventos y mixtificaciones de Silvestre Padarox, de don Pío Baroja.
Burdeos, París, Barcelona, Madrid, Bilbao, Aigües, Santander... Recorrió incontables sitios y holló innúmeros parajes sin parar de escribir, erre que erre. Zutik!, Servir al Pueblo, Saida, Liberación –y Mar, y Mediterranean Magazine– y El Mundo, y una docena de libros, y varias radios, y algunas televisiones... Por escribir, incluso escribió para otros y otras, ejerciendo de negro en momentos de particular penuria. También lo hizo a veces por amistad.
Movido por la lectura del Selecciones de Reader’s Digest y otras publicaciones estadounidenses tan aficionadas a ese género de operaciones, un día decidió calcular cuántos kilómetros cubrirían sus escritos, en el caso de colocarlos todos en una sola larguísima línea de cuerpo 12. El resultado de la estimación fue concluyente: ocuparían la tira.
En materia de amores (de la que sería injusto decir que careciera de alguna experiencia), también fue capicúa. Decía que las mejores mujeres, las más cariñosas y las más nobles con las que compartió sus días (sin desdeñar dogmáticamente a ninguna otra), le resultaron la primera y la última. Aunque la favorita le apareciera por medio: su hija Ane.
Y todo para acabar con algo tan vulgar como la muerte. Por parada cardio-respiratoria, como queda dicho. En fin, otro puesto de trabajo disponible. Algo es algo.
______
Javier Ortiz, escritor y columnista, nació en Donostia-San Sebastián el 24 de enero de 1948 y murió ayer en Aigües (Alicante), tras dejar escrito el presente obituario.
Comentado por: RIP el 28/4/2009 a las 18:28
Mr. Vic,
en lo poco que dan de sí mis entendederas, me parece que W. sale del atolladero recurriendo al símil. "Rojo" admitiría una explicación complementaria para aquel que no lo posee en su "bolsa de certezas paradigmáticas", de manera que al definirlo, el hablante se vería obligado/podría recurrir a la comparación, p. ej., "rojo es casi como naranja sin amarillo".
Creo entender que la posibilidad de que una explicación complementaria, al ser requerida, pase de inmediato a convertirse en regla de dicho juego es lo único que permite salir de ese cul de sac.
Siguiendo su otro ejemplo, como si un jugador ejerciese a la vez de árbitro y tal cosa fuese posible porque así se ha pactado previamente. Aunque, claro, de excepción en excepción nos saldríamos completamente del juego inicial y todo empezaria a tener un tufillo a trampa hasta llegar a lo que Vd. enunció el otro día como "¿se puede inventar un juego al que no es posible jugar?". Pero W. sí dio salida (además del silencio), de modo que habrá que leerlo una y otra vez.
W. es difilísimo, pero por eso precisamente, apasionante. He oído que Corredor ayuda mucho a leer las Investigaciones, ¿no? y que tiene algo excelente sobre Gadamer, pero ahí no he llegado.
Saludos.
Comentado por: knudsen el 28/4/2009 a las 17:06
Pues sí, cada loco con su tema…
A mí, la historia de Velázquez - que desveló la patraña de Bacon - me recordó aquella que andaba pregonando en televisión (de esto hace años) un historiador: Colón era mujer. De ahí que se entendiera tan bien con Isabel, que nunca se separara de su hijo, y que fuera la causa de ‘las rebeliones periódicas’ en su nave; atribuidas, claro, a la menstruación de el/la navegante. Yo todavía me lo creo. Saludos!
Comentado por: me el 28/4/2009 a las 12:20
La cultura, ese invento del Gobierno
RAFAEL SÁNCHEZ FERLOSIO
EL PAÍS
22/11/1984
El Gobierno socialista, tal vez por una obsesión mecánica y cegata de diferenciarse lo más posible de los nazis, parece haber adoptado la política cultural que, en la rudeza de su ineptitud, se le antoja la más opuesta a la definida por la célebre frase de Goebbels. En efecto, si éste dijo aquello de "Cada vez que oigo la palabra cultura amartillo la pistola", los socialistas actúan como si dijeran: "En cuanto oigo la palabra cultura extiendo un cheque en blanco al portador". Humanamente huelga decir que es preferible la actitud del Gobierno socialista, pero culturalmente no sé qué es peor.Aún agrava las cosas el hecho de que tales criterios se los imiten todos: la oposición, los Gobiernos autonómicos, las cajas de ahorro, los organismos paraestatales, etcétera. Confieso que tal vez esté yo esta mañana un poco fuera de mí para escribir con la serenidad debida, pero es que acabo de recibir la gota que colma el vaso: es una carta cuyo infeliz autor va a sufrir por mi parte la injusticia de pagar por todos, ya que, como botón de muestra de la miseria a la que me refiero, considero apropiado transcribirla. Es del jefe de un organismo paraestatal (y no sé si hago bien callando nombres), que sin conocerme de nada me tutea, y dice así: "Querido amigo: / Te escribo para invitarte a participar con un texto tuyo, (sic por la coma) en un catálogo de una exposición que deseamos sea un tanto distinta. Se trata de una muestra de pintores actuales, que en lugar de pintar lienzos lo harán sobre abanicos. Sin embargo, no es una exposición de "abanicos" (sic por las comillas), sino que el soporte no será un lienzo. Por tanto, los abanicos son de gran tamaño, y los pintores tienen libertad absoluta para pintarlos, romperlos, jugar y lo que se les ocurra. / Estos soportes los hemos conseguido de China, Japón, y algunos más pequeños, Valencia. / Para el catálogo, nos gustaría que nos mandaras si aceptas, (he renunciado ya antes a seguir poniendo sic) un texto de dos-tres folios, que se ha acordado retribuir con 50.000 pesetas. Hemos invitado a los principales prosistas y poetas, cuya aportación creemos que podría ser muy interesante, y entre los que encontrarás a muchos amigos. Nos gustaría tener el texto a principios del mes de febrero. / Siguiendo nuestra costumbre, queremos subrayar especialmente el acto inaugural, y esperamos que la presentación de la muestra, a principios de mayo, tenga un aire festivo y refrescante. / Un abrazo, NN".
Fíjense no más: si yo, que conozco a poca gente, habría de encontrar "muchos amigos" entre esos "principales prosistas y poetas" y todos ellos van a salir a 10.000 duros por barba, ¿cuánto no va a costar sólo el catálogo de tan descomunal parida? Añádanse a ello las probablemente superiores cantidades que van a cobrar los artistas por hacer el gilipollas con los soportes -embadurnándolos, rompiéndolos o jugando con ellos con absoluta libertad, como prevé el proyecto-, los costos de impresión del catálogo -a todo color, supongo-, gastos de organización, programación, franqueo, propaganda y qué sé yo qué más, precio de los soportes, con sus fletes e impuestos aduaneros nada menos que desde China y Japón, y, por fin, despilfarro de canapés y de borracherías para "el acto inaugural", que el ente en cuestión se complace en asegurar que, "siguiendo su (nuestra) costumbre, quiere (queremos) subrayar especialmente", y se tendrá a cuánto asciende la factura de la "festiva", "refrescante", indecente y repugnante monada cultural.
El autor de la carta se aprovecha de que los llamados intelectuales, teniendo precisamente por gaje del oficio el de no respetar nada ni nadie, no pueden sentir respeto alguno hacia sí mismos ni, por tanto, se van a dar jamás por insultados al verse destinatarios de una carta así, como se darían, en cambio, los miembros de cualquier otro gremio. No es esa, por consiguiente, la cuestión, sino la del insulto que el hábito generalizado de tales despilfarros es para el presupuesto y el contribuyente, así como el mal ejemplo y la degeneración que para cualquier idea de cultura supone la proliferación de mamarrachadas semejantes, de las que el actual Ministerio de Cultura -precedido tal vez por algunos ayuntamientos socialistas- es el primer y más entusiástico adalid. Pero, aunque los intelectuales estén excluidos del derecho a sentirse insultados por nada ni por nadie, sí pueden dolerse íntimamente por la constatación de su propia nulidad, y nada se la confirma tan palmariamente como la incondicionalidad ante la firma que caracteriza los actuales usos del tráfico cultural. Cuántas veces, en los últimos tiempos, he tenido que soportar que me dijeran: "Nada, dos o tres folios sobre cualquier cosa, lo que tú quieras, lo que se te ocurra... ¡Vamos, no me dirás que si tú te pones a la máquina ... !" Nadie te pide nunca nada específico, un desarrollo de algo particular que considere que has acertado a señalar en algún texto y, sobre todo, nadie te exige que lo que le envíes sea interesante y atinado; y así ves perfectamente reducido a cero cuanto antes hayas pensado y puesto por escrito y cuanto en adelante puedas pensar y escribir, para que solamente quede en pie la cruda y desnuda cotización pública de tu firma, sin que la más impresentable de las idioteces pueda menoscabar esa cotización; claramente percibes cómo, sea lo que fuere lo que pongas encima de tu firma, equivale absolutamente a nada.
Nunca nadie recurre a los llamados intelectuales tomándolos en serio, como sólo demostraría el que los reclamase, no para pasear sus meros nombres remuneradamente, sino para pedirles alguna prestación anónima y gratuita (¡y qué Gobierno podría haber soñado una mejor disposición hacia el colaboracionismo como el que este de ahora tenía ante sí en octubre de 1982!). Mas no se quiere, no se necesita su posible utilidad valga lo que valiere -ésta, acaso, hasta estorba-, sino la decorativa nulidad de sus famas y sus firmas. Es como para sospechar si no habrá alguna especie de instinto subliminal que incita a reducir a los intelectuales a la condición de borrachines de cóctel, borrachines honoríficos de consumición pagada, para dar lustre a los actos con el hueco sonido de sus nombres, a fin de que se cumpla enteramente la clarividente profecía del chotis: "En Chicote un agasajo postinero / con la crema de la intelectualidad". Tal confusión de lo espiritual con lo espirituoso hace que una auditoría realmente expresiva de la actual concepción de la cultura no sería cometido de un contable que detallase en pesetas los distintos capítulos del despilfarro cultural, sino más bien oficio de un hidráulico que midiese en hectolitros el aforo de los ríos de alcohol suministrado. Aunque a veces ni siquiera parece necesaria la asistencia fisica, sino que basta con que el nombre aparezca en el programa. Un intelectual orgánico de la Menéndez Pelayo, que tenía a su cargo un seminario sobre tauromaquia en Sevilla, se pasó un par de meses poniéndome conferencias (lo menos puso cinco) para que asistiese, y por mucho que yo le contestase que no sólo no pensaba ir, sino que además veía muy mal que la Meriéndez Pelayo no hallase cuestión más grave en que gastarse los dineros públicos (me imaginaba yo un etílico aquelarre aflamencado sobre las consabidas falacias y chorradas de lo lúdico, lo mítico, lo telúrico, lo vernáculo, lo carismático, lo ritual, lo ancestral, lo ceremonial, lo sacrificial y lo funeral... iiibastaaa!!!), seguía insistiendo con una actitud incluso de desprecio personal -pues éste sí era conocido mío-, al ignorar por completo mi explícito rechazo, como si no lo oyese, repitiéndome: "Sí, hombre, si tú vendrás; ya verás como vienes y te gusta", hasta que al fin, quieras que no, pese a mi negativa y a mi ausencia, terminó por poner mi nombre en el programa, pues, por lo visto, era el nombre lo único que realmente importaba, su presencia y su permanencia en el prospecto impreso, como en una orla de honor de fin de carrera, ya que la única función real de los actos culturales es la de que hayan llegado a celebrarse, y el prospecto es su testimonio perdurable.
Si en el origen de la pasión por los actos, culturales o no, de este afán que podríamos llamar actomanía está la motivación interna del meritoriaje burocrático -puesto que el número y el brillo de los actos celebrados es siempre un tanto de valor visible y sólido en la columna del haber para el currículo de cualquier burócrata-, aún agrava el fenómeno la influencia, a mi entender palmaria, del espíritu de la publicidad. Y a esa influencia se halla especialmente expuesto todo lo que llamamos cultural. No hay más que ver lo llanamente que se aviene a aceptdr una palabra congénitamente publicitaria como promoción: se habla de "actos patrióticos", pero suena chocante "promoción patriótica"; en cambio, corre como sobre ruedas "promoción cultural". Ya en la incondicionalidad ante la firma, que arriba he señalado, puede advertirse cómo los usos culturales imperantes imitan el sistema de valores de la publicidad, para la cual un Nombre es siempre un Nombre, como para los anunciantes de champaña catalán Gene Kelly, aunque salga embalsamado en salmuera de polvos de talco a dar dos o tres pasos de baile de semiparalítico (homologables a los dos o tres folios "sobre cualquier cosa" que se les piden a las firmas consagradas), será siempre incondicionalmente Geneee... iiiKelly!!!, del que se sabe que no cobra precisamente cuatro reales por decir "kahrtah nevahdah".
En cuanto a la actomanía, ha llegado, en lo cultural, a impregnarse hasta tal punto del espíritu de la publicidad, que hasta llega a adoptar las formas económicas de la gestión publicitaria: en unos festejos culturales de Navarra, en los que tomé parte este verano, descubrí, para mi estupefacción, que el entero tinglado de los actos, financiados por el Gobierno de Navarra y la institución Príncipe de Viana, había sido completamente encomendado a la gestión de una agencia profesional especializada en montajes culturales. La promoción cultural ya tiene, pues, ella también, agencias, como la promoción publicitaria. La extensión del ejemplo del actual Ministerio de Cultura -especialmente por lo que se refiere a la universidad de verano Menéndez Pelayo, su más deslumbrante y escaparatero "peer en botija para que retumbe"-, envidiado e imitado por los departamentos homólogos de los Gobiernos autonómicos, los municipios, los entes paraestatales, bancos, cajas de ahorro o cualesquiera otras instituciones que tengan presupuesto cultural, se dirige resueltamente a un horizonte en el que la cultura, y con ella su misma concepción y su sentido mismo, se vea totalmente sustituida por su propia campaña de promoción publicitaria. La cultura quedará cada vez más exclusivamente concentrada en la pura celebración del acto cultural, o sea, identificada con su estricta presentación propagandística, tal como con paladina ingenuidad declara expresamente el autor de la carta transcrita al comienzo de este artículo: "Siguiendo nuestra costumbre, queremos subrayar especialmente el acto inaugural".
La misma degenerativa y reductora concepción de la cultura está detrás del sonrojante eslogan La cultura es una fiesta, que ha hecho tanta fortuna, y al que Santiago Roldán, rector de la Menéndez Pelayo es, por lo visto, un adicto cordial y convencido. El prestigio de la fiesta y de lo festivo parece haberse vuelto hoy tan intocable, tan tabú, como el prestigio de el pueblo y lo popular. No se diría sino que una férrea ley del silencio prohíbe tratar de desvelar el lado negro, oscurantista, de las fiestas, lo que hay en ellas de represivo pacto inmemorial entre la desesperación y el conformismo, y que, a mi entender, podría dar razón del hecho de que en el síndrome festivo aparezca justamente la compulsión de la destrucción de bienes o el simple despilfarro. Si esta suposición es acertada, dejo al lector la opción de proseguir la reflexión sobre lo que, para el contenido interno del asunto, podría significar y aparejar esa total identificación entre cultura y fiesta; yo, por mi parte, seguiré aquí ciñéndome al aspecto más externo.
Así, por si no bastaba el mimetismo con la mentalidad publicitaria de las grandes marcas para hacer que en esta Cena de Trimalción de la cultura socialista el mero gasto en sí mismo y por sí mismo resulte ya, sin más, convalidado como atributo cierto del decoro y hasta ingrediente de la calidad, viene a sumársele en igual sentido, mediante la homologación de la cultura como fiesta, la compulsión hacia el despilfarro sin residuo, cimentada tal vez en los más torvos y oprimentes lastres del sospechoso espíritu festivo. Otro factor que, como un casi inevitable acompañante natural, suele traer consigo tal propensión festiva y hasta festivalera de las actividades culturales, es el del imperativo de popularidad de, la cultura. Félix de Azúa, en un espléndido artículo (La política cultural `socialvergente', EL PAÍS, 17 de febrero de 1984), referido al ambiente catalán, señalaba la práctica identidad de directrices entre la política cultural de Convergència i Unió y la del Partido Socialista de Cataluña. Entresaco unas frases del artículo: "La política cultural de los socialistas catalanes tiende a un populismo de la peor especie idealista. Se trata, según dicen, de 'eliminar el elitismo' (...) o de 'promover el arte popular'. Caminan ciegamente en dirección a Max Caliner y la política cultural de Convergencia. (... ) Hay en este planteamiento un par de equívocos. El primero y superior es el del término lo popular. ¿Qué pueblo? ( ...) El segundo equivoco es el de la neutralidad y el miedo al dirigismo cultural. Se trata de un puro engaño. Dirigismo cultural lo hay siempre que existe financiación. Pero la izquierda trata de disimular la mala conciencia con el cuento de la cultura popular. Promover un cine de halago a las zonas más brutales y acéfalas de la sociedad (como Locos, locos carrozas) o financiar espectáculos que rozan lo patológico (como la práctica totalidad del teatro que se exhibe en Barcelona), con la excusa de que son populares, oculta la impotencia de los funcionarios para poner en pie una producción inteligente. Tratan de evitar críticas de la izquierda mediante el fantasmón del pueblo o de la tradición popular catalana, mientras ofrecen cifras de asistencia ( ... ), cifras que podrían multiplicarse por diez si se decidieran a financiar una ejecución pública, el espectáculo más popular de todos los tiempos". (Hasta aquí, Félix de Azúa.)
Sintetizando, en fin, con un ejemplo: puesto que, por una parte, la cultura es una fiesta, y las fiestas están obligadas a ser caras, una escenografía teatral barata, como lo es la cámara de cortinas, hallará resistencias entre los promotores, por el temor típicamente hortera de que el espectáculo pueda ser tachado de pobretonería o hasta indecencia; y puesto que, por otra parte, la cultura no ha de ser elitista, sino popular, de nuevo el uso de la cámara de cortinas se verá rechazado por el grave defecto de su carácter elitista. De modo, pues, que la cámara de cortinas -el más espléndido invento formal de la antigua vanguardia-, por el doblado achaque de no ser ni popular ni cara, sino, por el contrario, barata y elitista, se verá repudiada por los actuales promotores culturales, como algo doblemente indeseable, constituyéndose incluso en paradigma de lo que según ellos no hay que hacer.
Pero estos gobernantes socialistas, que a veces gustan de proclamarse machadianos, o no han frecuentado mucho el aula de Mairena, o ya ni lo recuerdan. Cuando Mairena expuso su proyecto ideal de centro de enseñanza, contraponía claramente una posible Escuela Superior de Sabiduría Popular, como lo rechazable, frente a una posible Escuela Popular de Sabiduría Superior, como lo deseable. Así que lo que Mairena propugnaba podría, muy ajustadamente, designarse como elitismo barato, en el que, por afectar la baratura tan sólo a la actividad de la enseñanza, no al saber enseñado, la tal escuela podía permitirse concebir la aspiración de llegar algún día a hacer mayoritario ese saber. La política cultural de este Gobierno hace lo exactamente inverso al elitismo barato de Mairena: un populismo caro; mejor dicho, carísirno, ruinoso. Aunque, eso sí, "festivo y refrescante", sobre todo si en el concepto de refrescos entran también los vinos y licores
Comentado por: copia/pega el 28/4/2009 a las 12:09
à Mme. Knudsen,
sí, estoy entre Cristina Corredor y 'Sobre la certeza'.
Pero no estoy muy de acuerdo, o mejor, tengo una duda sobre algo que dice W. a propósito de las definiciones ostensivas, como las de los colores.
Pues, siguiendo a W., y a sus 'parecidos de familia', nosotros sabemos el significado del color, p.ej., "rojo", porque lo podemos 'meter' dentro de las palabras que funcionan como colores, i.e., sabemos que pertenece a este ámbito y su significado sería su uso dentro de las reglas que gobiernan a las palabras con función de colores en las expresiones lingüísticas; la definición ostensiva, sólo da ejemplos paradigmáticos. Ahora bien, si yo sin haber visto el rojo en mi vida, y sí otros colores, sé, porque me lo dicen, que "rojo", es un color, podré ser competente en el uso de expresiones que contengan a "rojo", sin haberlo visto nunca; y, por ejemplo, a alguien que tampoco lo haya visto nunca, y que no haya visto nunca una corrida de toros, le diré, faroleando, que eso a que llaman 'muleta' es un trapo de color amarillo [bien, supongamos aquí que tampoco ni él ni yo hayamos visto nunca el amarillo]. Pero alguién que sí los haya visto podrá recriminarme que es falso porque, de hecho, la muleta es roja, o, 'se la llama' roja (al menos hasta ahora). Con lo cual, aquél que me reconvino, actuará, más o menos, como el árbitro del partido de fútbol, sanciona "al" uso, y no "en" el uso, estrictamente. Además, ello implica que hay algo de extrínseco y que no se conocía el significado de "rojo", sino sólo donde se localizaba en el lenguaje
saludos
Comentado por: vic el 28/4/2009 a las 11:45
Mr. Vic,
"Seguir es que la regla va por delante tuya y te indica, si quieres llegar a algo. Luego hay un fin. El que la sigue sabe que hay un fin y quiere llegar a él. El que aplica las reglas no sabe que hay un fin, ni quiere llegar porque la regla no va delante suya."
en el ensayo del que le hablaba el otro día, el lingüista D. Anthony explica cómo funciona el "juego" de reconstruir una lengua muerta hace miles de años. No he leído una mejor novela policiaca en mucho tiempo.
El mayor impedimento para sus conclusiones no estaba, tanto, en las dificultades propias de las reglas de dicho juego, sino en el empecinamiento de algunos de sus colegas y de muchos arqueólogos, que refutaban los resultados que este señor iba exponiendo, basándose en que él "manipulaba" los hallazgos para que la regla proporcionase el resultado esperado, cosa que lugo Anthony pudo demostrar falsa, puesto que, como bien dice Vd.,la regla iba por delante de él y, al mismo tiempo, él sabía que había un fin. ("estandar de correción EN el uso VS estanar de correción AL uso").
¿Está Vd. releyendo a W.?
Comentado por: knudsen el 28/4/2009 a las 11:10
Buenos días, locos todos.
Yo miro la realidad desde la orilla de la literatura, al menos en este momento. La realidad es algo tan aburrido, o tan cruel o tan increíble a veces, que no queda más remedio que reescribirla y aparentar que fabulamos. Muchas veces la realidad, tal cual, no se la cree nadie y por eso le ponemos un título y lo llamamos cuento o novela. La magia está en no preguntarse qué parte es la verdadera, pues todo es posible, sobre todo lo más increíble.
A veces, como hizo el Sr. Azúa, alguien nos cuenta una trola tan bien contada que nosotros, en nuestra inocencia o con el deseo de creerle, nos la tragamos o disimulamos. Lo cierto es que, por ejemplo la biografía de Bacon, me pareció mucho más interesante y posiblemente a él también le hubiera parecido así. Sin olvidar el hecho que estuve mirando largo rato el cuadro de la Venus del espejo de Velázquez...
Casi todo, incluída la religión, a mi parecer, nace de la necesidad.
Comentado por: Isis el 28/4/2009 a las 08:42
Buenos días otra vez.
Ea, cada loco con su tema (y con sus fuentes)... yo no lo llamaría gatopardismo, sino teoría general de sistemas.
Comentado por: provoqueen el 28/4/2009 a las 07:50
Buenos días, madrugadora Isis.
Pensando en tu pregunta, me viene a la cabeza otra frase de otro profesor.
Se felicitaba éste de que a los estudios sobre sociología de la religión se les hubiese dado el feliz nombre genérico de "(estudios sobre) el 'hecho' religioso". Un hecho es un hecho. Se podrá dudar de todo, se podrá decir de la religión que si es un monstruo inventado, que si un constructo, un gigante con pies de barro, lo que sea..., pero como "hecho", es indudable que lo es. Algo así creo yo que es la realidad: un puerto.
Comentado por: provoqueen el 28/4/2009 a las 07:43
Eso que decía tu profesor, Provo, lo decía también el siciliano Príncipe de Salina, o lo puso en su boca Tomasi di Lamepedusa.
El gatopardismo que se dice...
Comentado por: Isis el 28/4/2009 a las 07:32
Comentado por: Isis el 28/4/2009 a las 07:22
Recuerdo cuando estudiaba, una frase de mi profesor de Antropología Social:
"En realidad las tradiciones están en constante evolución, pero eso sí, se procura que la comunidad no lo note. Por muchos cambios que sufran, no deben dejar de ser consideradas 'tradiciones'".
La finalidad de estos cambios "retoques" es homeostática: la misión de las tradiciones es constituir la base o soporte moral de la comunidad, y esta función deben seguir ejerciéndola aunque la comunidad se vea obligada a adaptarse a un entorno cambiante. Aquello de "cambiar algo para que nada cambie".
Comentado por: provoqueen el 27/4/2009 a las 23:13
ideas al servicio de lo que haga falta,
Another Incarnation
By PANKAJ MISHRA
Published: April 24, 2009
"Visiting India in 1921, E. M. Forster witnessed the eight-day celebration of Lord Krishna’s birthday. This first encounter with devotional ecstasy left the Bloomsbury aesthete baffled. “There is no dignity, no taste, no form,” he complained in a letter home. Recoiling from Hindu India, Forster was relieved to enter the relatively rational world of Islam. Describing the muezzin’s call at the Taj Mahal, he wrote, “I knew at all events where I stood and what I heard; it was a land that was not merely atmosphere but had definite outlines and horizons.
Forster, who later used his appalled fascination with India’s polytheistic muddle to superb effect in his novel “A Passage to India,” was only one in a long line of Britons who felt their notions of order and morality challenged by Indian religious and cultural practices. The British Army captain who discovered the erotic temples of Khajuraho in the early 19th century was outraged by how “extremely indecent and offensive” depictions of fornicating couples profaned a “place of worship.” Lord Macaulay thundered against the worship, still widespread in India today, of the Shiva lingam. Even Karl Marx inveighed against how man, “the sovereign of nature,” had degraded himself in India by worshipping Hanuman, the monkey god.
Repelled by such pagan blasphemies, the first British scholars of India went so far as to invent what we now call “Hinduism,” complete with a mainstream classical tradition consisting entirely of Sanskrit philosophical texts like the Bhagavad-Gita and the Upanishads. In fact, most Indians in the 18th century knew no Sanskrit, the language exclusive to Brahmins. For centuries, they remained unaware of the hymns of the four Vedas or the idealist monism of the Upanishads that the German Romantics, American Transcendentalists and other early Indophiles solemnly supposed to be the very essence of Indian civilization. (Smoking chillums and chanting “Om,” the Beats were closer to the mark.)
As Wendy Doniger, a scholar of Indian religions at the University of Chicago, explains in her staggeringly comprehensive book, the British Indologists who sought to tame India’s chaotic polytheisms had a “Protestant bias in favor of scripture.” In “privileging” Sanskrit over local languages, she writes, they created what has proved to be an enduring impression of a “unified Hinduism.” And they found keen collaborators among upper-caste Indian scholars and translators. This British-Brahmin version of Hinduism — one of the many invented traditions born around the world in the 18th and 19th centuries — has continued to find many takers among semi-Westernized Hindus suffering from an inferiority complex vis-à-vis the apparently more successful and organized religions of Christianity, Judaism and Islam.
The Hindu nationalists of today, who long for India to become a muscular international power, stand in a direct line of 19th-century Indian reform movements devoted to purifying and reviving a Hinduism perceived as having grown too fragmented and weak. These mostly upper-caste and middle-class nationalists have accelerated the modernization and homogenization of “Hinduism.”..."
(artículo completo):
http://www.nytimes.com/2009/04/26/books/review/Mishra-t.html?_r=1&ref=books
Comentado por: knudsen el 27/4/2009 a las 20:58
http://www.culturalianet.com/pro/prod.php?codigo=13684
De todos modos, comenta cosas muy interesantes. Saludos.
Comentado por: Alicia Vidal-Álvaro el 27/4/2009 a las 20:38
A mí ya me pareció muy rara esa biografía de Bacon... pero en fin. En cuanto a la Ilíada y la Odisea, como si las escribió Homer Simpson. Seguirán siendo imprescindibles.
Comentado por: Circe el 27/4/2009 a las 20:13
Comentado por: desmemoriado el 27/4/2009 a las 19:32
Entre ser un bufón que hace reir a los tiranos con la verdad, la irrisoria verdad del bufón, y ser un demagogo, sólo queda ser un ciego que palpa el mundo y lo recorre a golpes de bastón. Esto lo podría decir Edipo después de su drama (o sea tragedia) o usted mismo. El ciego, por lo que le falta de sentido, es obligado a afinar más, a hurtarse incluso al sentido ajeno, su busto es invisible, parece no tener tumba, o al contrario se repara cuando es epitafio, cuando la piedra da vida a su muerto sentido.
Comentado por: Manuel Montero el 27/4/2009 a las 15:51
Comentado por: Gabriela de Greiff el 27/4/2009 a las 15:37
Muy bien escrito. Lo malo es que cada vez nos "colarán más goles" de este calibre. No hay nada peor que un supueso intelectual al servicio de una ideología. Pero los impostores intelectuales, como algunos algo han leído, tienen para muchos la concepción de que hablan "ex cathedra", eso es lo funesto. Hace unos días estuve en la provincia de Castellón. Un canal de televisión local es el más digno ejemplo del neo-fascismo, y nadie dice nada, incluso muchos lo aplauden. Los alcaldes de la costa levantina( no todos, pero muchos) se han enriquecido descaradamente con la especulación inmobiliaria, pero una buena dosis de retórica en los discursos ha anestesiado al auditorio. Cada vez percibo un populismo de la peor calaña,barato, muy barato.
Comentado por: escoin el 27/4/2009 a las 13:33
Comentado por: la esposa de Francis Bacon (qepd) el 27/4/2009 a las 13:25
No sé es que a Buñuel le ponían "muy nervioso" todas las interpretaciones de sus obras y yo, lo entiendo, pero bueno le sigo leyendo :)
Comentado por: Alicia Vidal-Álvaro el 27/4/2009 a las 11:28
¿se puede inventar un juego que sea imposible de jugar?
esto supone que lo que defina al juego: las reglas del juego, deben entenderse, pero no se ha de tener la capacidad de 'seguir las reglas'. No puede suponer que no se entiendan las reglas, ni puede suponerse, en principio, que no sean reglas.
Por tanto, al formular la pregunta, lo que decimos es que las reglas del juego no son el juego mismo. El juego es el juego jugádose. Las reglas del fútbol no son el fútbol. El fúltbol es el seguimiento de las reglas del fútbol, y no tiene sentido decir que no sabemos jugar o sí. Porque, conocer las reglas del fútbol, o explicarlas, no es ser 'competente en el fútbol'. De hecho, el árbitro no juega al fútbol.
W. dice que el significado es uso según reglas, según unos estándares de corrección de uso. Y los estándares son intrínsecos. Parecería que en el lenguaje no existen árbitros, no existe nadie que no juegue. Pero, alguien que no sepa alemás y le expliquen las reglas de la gramática alemana, o algunas reglas de la grmática y le pongan en el problema de sancionar una construcción en alemán, puede ser 'competente para aplicar un estándar de corrección', sin jugar al juego del alemán, sin ser competente en alemán.
Luego, sería posible, en principio, diferenciar entre aplicar un estándar de corrección en el uso, i.e., jugando el juego, y aplicar un estándar de corrección al uso, al juego que juegan otros, en este caso no es necesario ser competente en el juego.
Sumar, es aplicar las reglas de la suma. Pero esto implica que verificar una suma es aplicar las reglas, y no cabe decir correctamente. En el concepto de aplicar está 'correctamente', quien falla 'creía aplicar las reglas de la suma'. Pero este creer venía de que en cierto modo, seguía las reglas de la suma, lo que implica un proceso y una capacidad(adquirida). Sin embargo, el ordenador no sigue reglas, ni ha aprendido reglas, sólo aplica reglas. Luego seguir una regla no es aplicarla.
Seguir es que la regla va por delante tuya y te indica, si quieres llegar a algo. Luego hay un fin. El que la sigue sabe que hay un fin y quiere llegar a él. El que aplica las reglas no sabe que hay un fin, ni quiere llegar porque la regla no va delante suya.
Comentado por: vic el 27/4/2009 a las 11:28
*Nunca acabaré de entender por qué importa tanto la vida personal de un "artista". Yo prefiero ponerme delante y sólo fijarme en la emoción que me provoca.
Saludos, Sr. Azúa.
Comentado por: Alicia Vidal-Álvaro el 27/4/2009 a las 11:22
Félix de Azúa nació en Barcelona en 1944. Doctor en Filosofía y catedrático de Estética, es colaborador habitual del diario El País. Ha publicado los libros de poemas Cepo para nutria, El velo en el rostro de Agamenón, Edgar en Stephane, Lengua de cal y Farra. Su poesía está reunida, hasta 2007, en Última sangre. Ha publicado las novelas Las lecciones de Jena, Las lecciones suspendidas, Ultima lección, Mansura, Historia de un idiota contada por él mismo, Diario de un hombre humillado (Premio Herralde), Cambio de bandera, Demasiadas preguntas y Momentos decisivos. Su obra ensayística es amplia: La paradoja del primitivo, El aprendizaje de la decepción, Venecia, Baudelaire y el artista de la vida moderna, Diccionario de las artes, Salidas de tono, Lecturas compulsivas, La invención de Caín, Cortocircuitos: imágenes mudas , Esplendor y nada y La pasión domesticada. Los libros recientes son Ovejas negras, Abierto a todas horas y Autobiografía sin vida (Mondadori, 2010). Escritor experto en todos los géneros, su obra se caracteriza por un notable sentido del humor y una profunda capacidad de análisis.
La nueva edición del Diccionario de las artes (Debate, 2011) se amplía en más de cien páginas y corrige todas las entradas anteriores.
Ensayo
Contre Guernica, Prefacio para Antonio Saura (2008). Archives Antonio Saura, Genève.
La pasión domesticada (2007). Abada, Madrid.
Ovejas negras (2007), Bruguera, Barcelona.
Cortocircuitos. Imágenes mudas (2004). Abada, Madrid.
La invención de Caín (1999). Alfaguara, Madrid.
Baudelaire y el artista de la vida moderna (reedición) (1999). Anagrama, Barcelona.
Lecturas compulsivas. Una invitación (1998) Anagrama, Barcelona.
Salidas de tono (1996). Anagrama, Barcelona.
Diccionario de las artes (1995). Planeta, Barcelona.
Baudelaire y el artista de la vida moderna (1992). Pamiela, Pamplona.
Venecia (1990). Planeta, Barcelona.
El aprendizaje de la decepción (1989). Pamiela, Pamplona.
La paradoja del primitivo (1983). Seix Barral, Barcelona.
Conocer a Baudelaire y su obra (1978). Dopesa, Barcelona.
Novelas y prosa literaria
Autobiografía sin vida (2010). Mondadori, Barcelona.
Abierto a todas horas (2007). Alfaguara, Madrid.
Esplendor y Nada (2006). Lector, Barcelona.
Momentos decisivos (2000). Anagrama, Barcelona.
Demasiadas preguntas (1994). Anagrama, Barcelona.
Cambio de bandera (1991). Anagrama, Barcelona.
Diario de un hombre humillado (1987). Anagrama, Barcelona.
Historia de un idiota contada por él mismo, o el contenido de la felicidad (1992), Anagrama, Barcelona.
Mansura (1984). Anagrama, Barcelona.
Última lección (1981). Legasa, Madrid.
Las lecciones suspendidas (1978). Alfaguara, Madrid.
Las lecciones de Jena (1972). Barral E., Barcelona.
Relatos
"Quien se vio", Tres cuentos didácticos (1975). La Gaya Ciencia, Barcelona.
"La venganza de la verdad" (1978). Hiperion nº1, Madrid.
"Herédame" (6 y 7 agosto 1985). El País, Madrid.
"El trencadizo", con grabados de Canogar (1989) Antojos, Cuenca.
"La pasajera" (18 nov. 1990). El País, Madrid.
"La resignación de la soberbia", Los pecados capitales (1990). Grijalbo, Barcelona.
El largo viaje del mensajero (1991) Antártida, Barcelona.
Cuentos de cabecera ("La pasajera" y "La segunda cicatriz") (1996). Planeta NH.
"El padre de sus hijos" (1998). Barcelona, un día, Alfaguara, Madrid.
"La verdad está arriba" (1998). Turia, Teruel.
Poesía
Última Sangre. Poesía 1968-2007 (2007). Bruguera, Barcelona.
Poesía 1968 1988 (1989). Hiperion, Madrid.
Farra (1983). Hiperion, Madrid.
Siete poemas de La Farra, con un grabado de A. Saura (1981). Cuenca.
Poesía 1968 78 (1979). Hiperion, Madrid.
Pasar y siete canciones (1977). La Gaya Ciencia, Barcelona.
Lengua de cal (1972). Visor, Madrid.
Edgar en Stéphanie (1971). Lumen, Barcelona.
El velo en el rostro de Agamenon (1970) El Bardo, Barcelona.
Cepo para nutria (1968). Madrid
1987 Premio Anagrama de Novela.
2000 Premio a la cultura "Sebetia-Ter" del Centri di Studi di Arte e Cultura di Napoli".
2001 Premio a la tolerancia de la "Asociación por la Tolerancia", Barcelona.
22/5/2012 10:20
Afortunados por David Brook ...
Publicado por: He descubierto al enemigo: son ellos, incluído el cp
22/5/2012 09:07
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Gracias por decirlo tan claro,...
Publicado por: francesca
21/5/2012 22:57
esto la cocaina en la transición...
Publicado por: un tieso
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Magnífico artículo, don félix....
Publicado por: DPA
20/5/2012 19:37
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Publicado por: Pakito
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Hola te estaría muy agradecido...
Publicado por: jesus zamora
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